|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
En efecto, un porcentaje del producto de las
ventas de ganado se reservaba para cubrir los gastos de mantenimiento y subsistencia de
los misioneros e indígenas que habitaban las misiones y pueblos, comprar las necesarias
baratijas con las cuales se atraía a los aborígenes a las reducciones, dotar a las
haciendas de nuevas y mejores herramientas y, finalmente, proporcionar a las iglesias y
capillas de los pueblos y haciendas los ornamentos indispensables para el culto. Otra
buena parte era remitida a las cajas comunes de la orden.
Durante el siglo XVIII el crecimiento de
los ganados de las haciendas y hatos de la comunidad fue bastante notorio, especialmente a
partir del gobierno del virrey Sebastián de Eslava (1740-1749), cuando los jesuitas
obtuvieron un contrato para abastecer de carne de ganado vacuno a Santafé de Bogotá y
Tunja. Es así como, periódicamente, salían desde las haciendas partidas de reses
vacunas con destino a esas ciudades. La mayor parte del ganado de las haciendas de
Caribabare, Cravo y Tocaría salía desde esta última hasta Lengupá o Paya, en donde
descansaban y se reponían reses y hombres para pasar luego la cordillera hasta Firavitoba
y seguir, tras un reposo en el que las reses recuperaban parte o la totalidad de su peso,
hacia Sogamoso y Tunja.
Para lograr un abastecimiento permanente, los
jesuitas tuvieron que habilitar una cadena de sitios de parada, en los cuales el ganado se
pudiera recuperar del desgaste causado por las largas y agotadoras jornadas. Este fue el
caso de la hacienda de Apiay, que en 1740 la Compañía adquirió de funcionarios de
diezmos de San Martín, con dos fines básicos: uno, disponer de un lugar al cual pudiera
llegar el ganado de los hatos de comunidad de las misiones del Meta (Surimena, Macuco,
Casimena y Jiramena), y dos, establecer un sitio de compra del ganado que se producía en
los llanos de San Martín y San Juan.
|
|
|
Las haciendas eran básicamente ganaderas (Pastoreo de los Llanos, dibujo de
Riou.
Tour du Monde, Librairie Hachette, 1877).
|
Con la hacienda de Apiay, entre los ríos Ocoa y
Guayuriba, los mencionados objetivos se cumplían, pues desde ella era factible ir
fácilmente a las misiones de Jiramena y Casimena y podían los jesuitas utilizar en las
labores de la hacienda a los naturales allí reducidos. Además podían adquirir el ganado
de los hatos y haciendas vecinas, pues, como sólo hacia 1760 hubo un camino que
comunicara a Santafé de Bogotá con los llanos de San Martín y San Juan, los criadores
de los alrededores, al no poder transportar el ganado a Santiago de las Atalayas y de
allí a Tunja, preferían vender los semovientes en la hacienda de Apiay, la cual quedaba
a ocho días de la capital del virreinato.
Todas estas
circunstancias hicieron que para el momento de la expulsión, en 1767, las haciendas y
hatos de la comunidad ignaciana en los llanos hubieran alcanzado un total de 51.287
cabezas de ganado, entre vacuno y caballar, discriminadas de la siguiente forma:
|
Lugar
|
Ganado vacuno
|
Ganado caballar
|
|
|
|
|
|
Hacienda de Caribabare
|
10.606
|
1.384
|
|
Hacienda de Tocaría
|
12.000
|
1.224
|
|
Hacienda de Cravo
|
5.946
|
380
|
|
Hato de Patute
|
938
|
42
|
|
Hato de Tame
|
215
|
|
|
Hacienda de Apiay
|
1.693
|
382
|
|
Misión de Surimena
|
4.000
|
400
|
|
Misión de Macuco
|
6.900
|
292
|
|
Misión de la
Casimena
|
4.000
|
885
|
|
|
46.298
|
4.989
|
|
TOTAL
|
51.287
|
|
* El inventario
de Tocaría sólo se pudo verificar entre mayo y agosto de 1768.
Fuente: Rausch, ¡984: Colmenares.
1969: Temporalidades.
Como hemos visto, además de ganado había
sembrados o tablones de caña de azúcar dedicados a la producción de miel,
para de ella extraer aguardiente. Según el gobernador de los llanos don Francisco
Domínguez de Tejada, los padres de la Compañía no habían podido producir azúcar
(Temporalidades, tomo V), quizá porque ni los terrenos ni el medio eran apropiados y, por
consiguiente, la variedad de caña que en ellas se daba no era la óptima. La razón
fundamental, sin embargo, era que para el montaje de un ingenio se requería una
inversión de capital muy grande, la cual no estaban dispuestos los ignacianos a arriesgar
sin tener asegurado un mercado (en principio regional) mínimo. Además de la caña de
azúcar, en Caribabare también se cultivaban algunos productos de pan coger,
especialmente el plátano.
V
El complejo de
haciendas, pueblos y misiones del Casanare constituyó, junto con los de Maynas, Mojos,
Chiquitos y Guaraní, uno de los cinco polos de desarrollo de las misiones jesuíticas en
América del Sur. Este conjunto tuvo como características esenciales: 1) la de no estar
ubicadas en la periferia del continente, sino en el corazón de los llanos, que recorren
como una espina dorsal todos los puntos céntricos del espacio suramericano; 2) la de
servir como muros de contención al insaciable avance de los portugueses en territorio
americano (Popescu, 1967).
|
|
|
Abanicos aluviales de Casanare (fotografía de
José Vicente Piñeros).
|
La
gran extensión de las haciendas del Casanare, y especialmente la de Caribabare, de la
cual tenemos conocimiento real, nos confirman ciertos hechos históricos. La Compañía de
Jesús fue el más cuantioso propietario individual de la época, así como el principal
terrateniente, no sólo de los llanos sino del virreinato de la Nueva Granada (Colmenares,
1984). La base del éxito alcanzado por los ignacianos radicó en su sólida y bien
racionalizada organización socioeconómica, tras la cual, y como telón de fondo, estaba
una ideología política (Morner, 1968; Chevalier, 1950). Esa misma racionalidad les
permitió adaptarse a la diversidad productiva de las regiones donde estaban establecidas
sus empresas económicas. Y mediante una buena administración y planeación, mas no con
innovaciones, pues los hijos de Loyola no introdujeron tipo de adelanto tecnológico
alguno, lograron que fueran verdaderos modelos o polos de desarrollo económico y social
(Popescu, 1967; Colmenares, 1969-1984; Riley, 1975).
Es
así como las haciendas de la Compañía en los llanos de Casanare y Meta estuvieron
dedicadas, casi exclusivamente, a la cría de ganado vacuno, mular y caballar, tipo de
explotación que permitió la ocupación de extensos territorios de frontera a los cuales
tuvieron acceso los jesuitas gracias a su actividad misionera y a las mercedes de tierras
a que tenían derecho a cambio de la pacificación y reducción de indígenas.
|
|
|
Morcote, Casanare (fotografía de José Vicente
Piñeros).
|
BIBLIOGRAFÍA
COLMENARES, Germán, Las haciendas de los
jesuitas en el Nuevo Reino de Granada, siglo XVIII. Bogotá, 1969.
COLMENARES, Germán, Los jesuitas:
modelode empresarios coloniales, en Boletín Cultural y Bibliográfico, núm. 2,
Bogotá, 1984.
CUERVO, Antonio, Colección de Documentos
Inéditos, t. III, Bogotá, 1893.
CHEVALIER, François (compilador), Instrucciones
a los hermanos jesuitas administradores de haciendas, México, 1950.
DOMÍNGUEZ
, Camilo,
Poblamiento colonial de los llanos, en Revista de Geografía, núm. 3,
Bogotá, 1982.
GROOT, José María, Historia eclesiástica y
civil de la Nueva Granada (cuatro volúmenes), Bogotá, 1889-1893.
MORNER, Magnos, Actividades políticas y
económicas de los jesuitas en el Río de la Plata, Buenos Aires, 1968.
POPESCU, Oreste, Sistema económico en las
misiones jesuíticas. Barcelona, 1967.
RILEY, James Denson, Santa Lucía:
desarrollo y administración de una hacienda jesuita en el siglo XVIII, en Enrique
Florescano (comp.) Haciendas, latifundios y plantaciones en América Latina, México,
1975, págs. 212-272.
RUEDA, José Eduardo, Preproyecto
bibliográfico: Relaciones interétnicas en los llanos de Casanare y Meta, 1767-1830, Bogotá,
1987 (mecanografiado).
RUEDA, José Eduardo, Notas criticas sobre
la bibliografía existente respecto a la historia llanera, en Memorias, VI
Congreso de Historia (en prensa).
RUEDA, José Eduardo, Cravo: la antigua
hacienda jesuítica, en revista Lámpara, núm. 105, Bogotá, 1987.
TOVAR, Hermes, Elementos constitutivos de
la empresa agraria jesuita en la segunda mitad del siglo XVIII en México, en
Enrique Florescano (comp.), Haciendas, latifundios y plantaciones en América Latina, México,
1975, págs. 132-222.
|