Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

Vírgenes para escoger


Los lugares de Maria
Emma Forero Diago

Arte-Publicaciones, Bogotá, 1988, 142 págs.

 

A pesar de ser éste un libro de “sobria intención”, como lo anota el prologuista, el abogado Gustavo Ibarra Merlano, quien acertadamente soslaya a la Virgen como uno de los factores más notables de nuestra identidad nacional, tan dada al culto de hiperdulía, es, no obstante, el primero y único en su género. 

No es preciso formar parte de asociaciones de romeros extasiados ni tampoco ser especialmente adicto al tema para disfrutar esta especie de guía, concebida durante el pasado año mariano para facilitar visitas a los lugares “elegidos para su veneración y que no son sino una imagen reduplicada del verdadero sitio donde Ella tiene su asiento: el abismo del corazón humano” (pág. VII). 

Y si es verdad que los más visitados santuarios son, en su orden, los muy célebres de Chiquinquirá, Las Lajas (Nariño) y La Misericordia (Santa Rosa de Osos), en el alma colombiana lleva el primer lugar, sin duda, la muy nuestra Virgen del Carmen, traída antaño de los cármenes, esas quintas andaluzas ornadas de hermosos huertos y jardines, ahora venerada en especial en la catedral primada y en el hoy renaciente camarín del Carmen. De ello da fe el que sea la patrona de las fuerzas armadas, de la policía nacional, de los transporta­dores y de los mineros, y que hasta consiguiera en viejos tiempos una milagrosa conversión de un presidente de la república. 

Una breve aunque muy cuidada historia en cada caso, un recorrido rápido e interesante por unos ochenta santuarios, con la belleza que confiere la sencillez, dan vida a una galería que en el tiempo se inicia con la desaparecida Santa María la Antigua del Darién, devorada por selvas impenitentes, y en el texto, dividido por regiones, con el muy original santuario de la Peña, de 1716, que fuera lugar de conspiración patriótica clausurado por Morillo y que en esta vistosa edición identifica la cubierta, en una imagen lejana debida a la pluma del maestro Gonzalo Ariza, bien complementada en el texto con una bella iconografía y con reproducciones de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos. El libro incluye, además, la plegaria a la Virgen de Chiquinquirá, de Juan Pablo II, una variación del avemaría, junto con algunos poemas variados que dan mayor resalte a la presentación. 

A juzgar por estas páginas, las manifestaciones de la Virgen, “ejemplar humanamente perfecto” (pág. VII), no son poco frecuentes, amén de extrañas, y en general deparan recuerdos de curiosas advocaciones y otras maravillas ignoradas. 

Si bien las historias difieren en el detalle, no dejan de contener singulares puntos de contacto: se suelen iniciar con un milagro, una aparición personal, y en ocasiones, lo que es más sorprendente aún, bajo la forma muy criolla de una doncella mestiza o indígena, o en imágenes o lienzos que destilan lágrimas o bálsamo, a menudo toscamente dibujadas sobre trozos de roca o de madera descubiertos en una cueva, en un nevado o llegados por barco de quién sabe dónde y sin que nadie lós haya nunca reclamado como suyos, a lo cual sigue otro proceso, no por dilatado menos milagroso: la renovación de las imágenes a fuerza de rezos o del implacable paso del tiempo, tras el cual viene finalmente un proceso jurídico con testigos y juramentos seguido en ocasiones por una solemne coronación y hasta, una vez, por una Cruz de Boyacá.

El recorrido, que es amplio, abarca desde la Virgen de la Peña hasta Nuestra Señora del Campo, en San Diego, abogada y patrona de Santafé, tan ligada a la vida disoluta del virrey Solis. Mencionaré otras, casi al azar: Nuestra Señora de las Angustias, la que inspiró la creación del barrio El Minuto de Dios; la célebre “bordadita” del Rosario; la virgen negra original de Monserrate, continuadora de un culto catalán, sustituida después por el más moderno culto al Señor Caído; la de Guadalupe, esa imagen de estirpe extremeña de quince metros de altura, del escultor Gustavo Arcila Uribe; Nuestra Señora de la Salud, curandera de prestigio, venerada ya sea en Bojacá, ya en Chocontá, ya en Jericó; la de Czestochowa en Usme, réplica de la muy polaca virgen negra de Jasna Gora; en Boyacá, la Virgen del Refugio, en el nunca bien ponderado templo de Santo Domingo; la de Tutasá, vencedora en el Pantano de Vargas, no es menos llamativa que la extraña historia de las imágenes trastocadas de Sogamoso y de Monguí, esta última “tan celebrada por sus prodigios”, al decir de Lucas Fernández de Piedrahita; Nuestra Señora de la ”O” en Betéitiva; la de Salazar de las Palmas, en Norte de Santander, que resalta por su belleza plástica; el libro se traslada a Medellín, ‘villa de la Candelaria’, para mostrarnos luego la virgen de Rionegro, traída en lejanos tiempos desde la desaparecida población de Santiago del Arma, “madona” que ostenta orgullosa los cargos de alcaldesa mayor de la ciudad y de miembro honorario de la Academia de Historia. En el Valle del Cauca destaca la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, en el convento de La Merced, que a su lado tiene el Niño con un chontaduro, el fruto regional, y en Pasto es notable la Virgen de la Panadería, recuerdo de un antiguo depósito de trigo. 

Cierran el libro una amplia lista de santuarios marianos y un mapa que, como este libro, se destaca como el primero en su género, lo que es ya un mérito digno de mención. 

LUIS H. ARISTIZÁBAL