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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
20, Volumen XXVI, 1989
Haz y envés de dos lecturas
litoral y altiplana
De gozos y desvelos
Roberto Burgos Cantor
Editorial Planeta, Bogotá, 1987
El oficio de la adoración
Milcíades Arévalo
Ediciones Puesto de Combate, Bogotá, 1988
Tanto De gozos y desvelos como El
oficio de la adoración son historias de soledad, desamor, sexo y nostalgia. La
primera obra, de Roberto Burgos Cantor, más literaria y opaca; la de Milcíades Arévalo,
más prosaica y translúcida.
Estos volúmenes de relatos que se publicaron a
pocos meses de distancia y cuyos autores son coetáneos (ambos nacen en 1948) son, pese a
muchas significativas coincidencias temáticas, libros escritos en sentidos divergentes:
contenidos semejantes se desarrollan a partir de escrituras (intenciones) en cierto modo
antitéticas.
El estilo de Burgos Cantor es artificioso,
barroco, voluminosamente denso. Tal densidad se logra más por un procedimiento
acumulativo que polisémico: las descripciones, por ejemplo, que proliferan en sus textos,
consisten en apretadas enumeraciones de objetos, personas, olores, sonidos, fenómenos
sensoriales en general. La minuciosidad y exuberancia descriptiva ocasionan que el tiempo
transcurra con suma lentitud y la narración se centre prioritariamente en las sensaciones
y no en las acciones. La escritura de De gozos y desvelos es hiperrealista y
febril: Desembocaron en la calle que bordea la orilla de la bahía y aunque
siguieron la acera del lado de las bodegas de granos, cemento, hierro en varillas y
hoteles de habitaciones separadas por paredes de cartón, los golpeó el tufo sólido de
las agallas y tripas de sábalo y lebranche que se pudrían sobre la arena negra y las
escamas resecas. Volvieron a apretar el paso y dejaron atrás los tenderetes de vitualla y
frutas armados junto al agua, el atracadero de las lanchas que traían los cocos y el
sonido uniforme de la marea mansa que lamía la orilla. Caminaron por el aleteo de los
pájaros dormidos en las jaulas de caña brava y alambre delgado cubiertas de retales de
varios colores y las mesas de venta de comida con el silbido de la manteca caliente, el
chisporroteo del carbón vegetal, el olor a guiso de conejo y el temblor de la
iluminación de unas velas (págs 20-21).
En cierto modo lo que se traza y colorea a lo
largo y ancho de las páginas del narrador costeño es la geografía sentimental de
Cartagena, su ciudad natal, De ahí ese barroquismo tan característico de los
escri6tores caribeños que, más que un rasgo literario, parece una cualidad de la sangre.
El verbo fácil, desenvuelto y atropellado de los habitantes del litoral se traduce en un
tono que a pesar de las arduas elaboraciones, de la artesanía del lenguaje
puede calificarse como coloquial e informal. Así lo demuestran el frecuente uso del
que galicado, la sintaxis descomplicada, la eventual elipsis de signos de
puntuación, la intromisión constante de regionalismos y lugares comunes, las referencias
y citas de canciones populares o leyendas de provincia.
Es interesante observar cómo el estilo
sensitivo y ampuloso del cartagenero encuentra su contraparte en el realismo idealista y
la sobriedad descriptiva de Milcíades Arévalo. Bogotá, lugar de nacimiento de este
último, y también escenario de su obra, origina un ámbito imaginativo, espiritual y
narrativo bien distinto (casi complementario, si se quiere insistir en el maniqueísmo que
vicia estas reflexiones). La ciudad fría y gris en blanco y negro de
Arévalo, suscita un sensualismo a la par descarnado y estilizado, en el cual las
sensaciones visuales se imponen sobre la táctiles y olfativas. La nostalgia del amor se
sufre de un modo espiritual, casi religioso, a diferencia del exacerbamiento con que las
conciencias de Burgos Cantor rememoran un ayer oloroso a sudor y a aire estancado. El
pasado en el narrador bogotano se evoca con los ojos entrecerrados del ensueño; en el del
litoral como un desapacible dolor físico: Yo iba detrás de ella y desde ahí la
miraba toda, con su pelo endrino, su figura magra, los ojos tristes, el vientre abultado,
el pañolón. ¿Quién era yo? Un niño corriendo detrás de ella, jugando con nada,
tirándole piedrecitas al viento, que la veía cruzar el puente del río y el pueblo
(pág. 91); En la noche después de aceptar la punzada sin misericordia de que no te
encontraría y que caminé en balde por las callecitas que huelen a cangrejo podrido y me
aferré sin fundamento a la sorpresa de que aparecieras llegué a la casa desenrollé la
estera y me acosté bocarriba en la oscuridad alerta por si de pronto oía tu voz o tus
pasos que me buscan y sin poder dormir enferma de la desdicha de no verte la noche se
detenía y queda suspendida se mece en las respiraciones de mis padres y hermanos que
sueñan sus sueños de sábados gigantes descamados en la playa y barcos sin rumbo que la
mareta vara en las orillas (pág. 122)
El oficio de la
adoración
hace gala de
la economía de recursos expresivos. La imagen se basa más en el silencio y la sugestión
que en la locuacidad. Las historias se entretejen con frases cortas, directas y ágiles.
Con un lenguaje sencillo, tal vez hasta convencional, se cuentan las peripecias del
protagonista (Alejandro), un adolescente que se inicia en la vida, la literatura y el amor
fugaz y resplandeciente que le ofrecen las dulces colegialas que frecuentan su microcosmos
de barriada. Su erotismo es crudo pero refinado un poco a lo David Hamilton (una de
cuyas fotografías, precisamente, ilustra la portada).
La Bogotá de finales de la década del
cincuenta está retratada por Milcíades Arévalo con bastante fidelidad. La acción se
circunscribe a un pequeño pero significativo espacio: El barrio era todo aquello
que recorríamos diariamente, desde la calle 26 hasta la Avenida Jiménez, pasando por el
parque Oscar a la Iglesia de las Aguas. Muy pocas veces salíamos de ese territorio. Allí
teníamos todo o yo creía tenerlo todo (pág. 23). Allí, pues, en el barrio Santa
Fe, un asentamiento de gentes venidas de todos los lugares del país y en una
de aquellas pensiones tan características de la capital, se congrega un pequeño mundo de
cotidianidades y conflictos caseros que configuran la apariencia debajo de la cual esbozan
sus primeras sonrisas los labios aún pueriles del deseo.
El narrador protagonista reconstruye el edén
perdido de su pubertad privilegiada sin remilgos ni lamentos. Las frecuentes escenas
sexuales se desenvuelven con naturalidad y gracia, lo cual contribuye a mantener esa
tensión emocional tan propia de la literatura erótica, en la cual la verosimilitud y el
asombro se asocian para producir en el lector un efecto excitante, gratuito y lujurioso:
Yo podía mirarla por dentro y por fuera como a una urna de cristal. Los labios de
su sexo se desparramaban sobre el asiento [...] Quería tener ojos sólo para ella y que
ella me mirara con su sexo o me matara si era el caso, pero que nunca dejara de mirarme
como ahora lo estaba haciendo.
En el momento que el torero le clavó la
espada al animal, lanzó un suspiro de agonías. Después no pude seguir mirándola como
yo quería porque cerró las piernas (pág. 57).
Paradójicamente, contra lo que podría
esperarse al confrontar una narrativa del interior, de clima frío, con la prosa de tierra
caliente de Burgos Cantor, la primera denota una clara intención lúdica y le ofrece al
lector una visión bastante placentera de la existencia y de un mundo poblado por seres
básicamente bondadosos e ingenuos, y en donde las desgracias, por terribles que sean, no
sobrepasan el nivel de calamidades domésticas aceptadas con resignación o sereno
estoicismo. Otra cosa sucede con De gozos y desvelos: la infancia, el
enamoramiento, el sueño, la aventura, son asuntos que adquieren un sentido trágico y
desesperanzado. Los personajes no viven el presente inmediato del gozo para
solazarse en él, sino que soportan el desvelo y la cruel melancolía de
saberlo inasible. Los protagonistas de estos cuentos (o pequeñas novelas) viven, como ya
se anotó, obsesionados por el pasado y por la certidumbre de no poder escapar del
infierno interior de la soledad.
Roberto Burgos Cantor construye unos personajes
que consideran, porque lo han vivido en carne y alma propias, que el amor es una
pasión solitaria y los recuerdos una especie de condena, pues de ellos
no deriva consuelo sino que atizan la opresión en el hueco del
pecho. Son criaturas que monologan sin cesar y aman sin ser amados y son víctimas
de una memoria inclemente que no parece olvidar ni el más nimio detalle y de una
sensualidad sin atenuantes que no parece hallar nunca la ocasión de satisfacer su gran
hambre.
De esta manera,
el sexo, que es el motor sentimental de las dos obras comentadas, se resuelve en El
oficio de la adoración en Comedia, y en los relatos del cartagenero en Tragedia.
Porque si, para el héroe de Milcíades Arévalo, el alma logra encontrar en el cuerpo un
lugar propicio para encarnar sus ansias de belleza y pasión, para los malhadados amantes
de Burgos Cantor aquella es una prisión de la cual no es posible que la carne se libre.
Alejandro persigue el resplandor inefable del instante, y su propia narración no es más
que la conmemoración ritual de un eterno retorno que logra perpetuar la vida gracias a
que coexiste con la muerte y el olvido: Sí. Yo también iba a morir. La belleza de
la flor, el perfume del bosque, las glorias de los hombres y sus vanos sueños, todo
moría. Las bibliotecas terminaban consumidas por el fuego o la polilla. Lo único eterno
era el movimiento circular de la vida, el viaje inmóvil del hombre sobre la tierra
(pág. 106). Pero los hombres y mujeres de De gozos y desvelos, quienes no buscan
tanto apresar lo presente sino deshacerse del costal torturante de todo lo pretérito, no
pueden más que anhelar aquel último sueño sin memoria de la muerte que les permita
acceder a una perennidad monótona, semivacía, sin regresos ni pérdidas: Cuando
Alba Marina tocó el fondo de la profundidad de corales y rocas con langostas y la sombra
de la ballena sabía que estaba libre entregada a las mareas del más allá. Y allí
quedó para siempre de los siempres con las ballenas de sus sueños por el tiempo sin
término ni plazo de la muerte donde las penas de amor no condenan a la vida
(pág. 81).
RYMEL E. SERRANO
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