Boletín Cultural y BibliográficoNúmero 21, Volumen XXVI, 1989

Disgresiones [sic] sobre hechos y desechos


Ensayos selectos
Abel Naranjo Villegas
CCS, BCH, Bogotá, 1989, 174 págs.

Un inconcebible error preludia cualquier aproximación a estas páginas. Porque la sonora bofetada que nos infieren la cubierta y buena parte de las páginas interiores, en letras de hasta un centímetro cuadrado, exigiría la devolución del dinero por su compra. Prefiero otorgar al autor, todo un miembro correspondiente de la Real Academia Española, el beneficio, no muy improbable, de que la culpa de tantas "disgresiones" recaiga en el apócrifo editor. No hay derecho; por más que una errática fe de erratas intente disculpar in extremis el crimen ya consumado. Porque, además, el analfabetismo del corrector nos descubre autores tan extraños como Faucault (pág. 29), Lanclos (pág. 41) o Kloester (pág. 60).

Jurista, sociólogo, filósofo, Abel Naranjo Villegas nació en 1910 en Abejorral (Antioquía), el primer pueblo de Colombia (en orden alfabético, se entiende, y quizá en el burocrático, porque Abejorral es, por lo demás, como lo dijo Fernando González en su inmortal Viaje a pie, la cuna de los ministros, de los jueces, de los alcaldes y de todos los secretarios de las oficinas del país. Dotado de una inteligencia privilegiada, pronto tuvo agudos reproches contra la sociedad: "Me di cuenta de que nos habían inculcado que no se debía mentir, pero ocultándonos escrupulosamente la verdad ". Gracias a lazos familiares, se vinculó tempranamente al diario El Tiempo. Como a todos los de su generación, alguna vez lo tentó el espectro del marxismo. Se curó de él de la manera más radical:  entrando como simple obrero en una fábrica. Quedó vacunado contra todo dogmatismo y, como él mismo lo anota con cierto impudor, contra cualquier juicio apodíctico de los que "no admiten contradicción ni producen convicción". Terminó, claro está, arbitrariamente catalogado por algún miope clasificador como "justificador del régimen jurídico burgués ".

Para su fortuna, no cupo en la generación del Centenario. Tampoco la administración pública logró asimilarlo para siempre. Cuando halló por fin su rumbo, estudió filosofía en Buenos Aires con García Morente y con Francisco Romero, entre otros. Intuyó que el destino de la filosofía era encontrar el equilibrio entre las cosas y los valores. Desde entonces fue un ético, un axiológico, un moralista: "En todo caso me parece que en los momentos en que los hombres se preocupan tan poco de los filósofos es conveniente que los filósofos se ocupen de los hombres ". Menos valedero, me parece, sería decir que fue ministro y embajador.

La actual impopularidad de la moral garantiza sobradamente pocos lectores a este libro. Más que digresiones o divagaciones, este volumen encierra ensayos sociológicos (algunos de primer orden) y notas —léase disgresiones (sic)— que a lo largo del tiempo el autor fue desgranando en periódicos y revistas. Guiado por sus dioses tutelares, Max Scheller, acaso Foucault, acaso también Ortega, acaso también Zubin (a quien, por cierto, dedica un homenaje explícito), encara de frente el estudio de esas palabras ambiguas que avergüenzan a los diccionarios: decencia, pudor, cortesía, humanismo, lealtad... Y las explica, ya que no las define. Una primera disgresión (sic), acerca de la canción contemporánea, comete la ligereza de alinear a un Julio Iglesias al lado de un Atahualpa Yupanqui, de un Bob Dylan y de un Serrat; ligereza bien disculpable, porque aunque el ensayo es muy válido, el autor parece no conocer sino superficialmente la música contemporánea, si nos atenembs al hecho de que infiere a Serrat cierta canción: "Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así..." Realmente el mundo le hubiera hecho así si alguna vez el buen juglar catalán hubiese cantado aquello. Y digo que el ensayo es válido porque advierte con tino que la música de hoy no incita a la revolución sino a la rebeldía pura y simple, en una protesta no muy consciente contra la cultura tecnifícada y contra la marcusiana "tolerancia represiva". La canción ha pasado gradualmente del contenido subjetivo —que podía tener el bolero— al contenido social. La canción, pues, ha socializado la poesía. Las energías liberadas por la sociedad se han filtrado —como diría Marcuse—, hacia formas mágicas y rituales.

La sociología es un islote feliz en donde la literatura convive con las ciencias exactas. Si bien a veces se descubre en estos ensayos un lenguaje de página editorial —no puedo decir que sea literatura—, hay en ellos hallazgos notables. En la disgresión (sic) sobre la decencia, encuentro una curiosa frase de Erich Kahler (Historia universal del hombre): "En el mundo moderno, el intento de ser una persona razonablemente buena, no es sencillamente una cuestión de disposición natural, sino de profunda percepción y conocimiento". Decente se considera hoy al hombre secuaz, aquel que como el Don Pacheco de Ega de Queiroz no juzga para no ser juzgado o para aparecer como "dotado de sobrehumana discreción".

"El pudor es virtud capitalmente femenina", escribió Pedro Salinas. Las mujeres han explorado su significado. Colette anotó: "Empleo mi pudor en velar aquello que supongo menos agradable". Simone de Beauvoir estableció que el pudor es "un rechazo espontáneo a dejarse captar como carne", sentencia feliz, si bien limitada, entre la muy extensa literatura sobre el tema, que parte, por supuesto, de Stendh al. El pudor es innato; la gazmoñería es aprendida, recapitulará acertadamente Naranjo Villegas.

Muchos son hoy los que niegan el valor de la cortesía, una conducta que protege al hombre contra el infortunio físico. En un mundo señalado por la grosería, no es gratuita; ella "viene a salvaguardar lo poco o mucho que nos resta de personal y auténtico". "La rudeza, escribió Thomas Mann, lo hace a uno vulgar; es la cortesía la que confiere distinción y crea distancias". La tesis de otra grata disgresión (sic), muy llamativa y muy discutible, es que la cortesanía, vicio de castillo medieval, se tomó en cortesía al encarnar en el pueblo. Su contrapartida es la insolencia. Dice Naranjo Villegas: "Se disfraza la ausencia de cortesía con la máscara de la solemnidad, recurso con que los tontos mantienen la distancia para no ser sorprendidos en su fraudulenta importancia". Identifico de inmediato el "rostro severo" de ciertos "prohombres" que andan por ahí muy ufanos de su nadería. La insolencia se ha convertido en sistema; en cl "spoils system" de Duvcrger. El funcionario ya no es un servidor público. "Particularmente en ciertas ciudades neurotizadas como Bogotá, accrcarse a una oficina pública—anota Naranjo—, se ha convertido en un verdadero suplicio porque las personas que están para despachar toman como si fuera una ofensa las palabras del cliente [. . .]. Aquí no rige el universal ‘por favor’, 'sírvase hacer’ tal cosa, sino el ‘tiene que’". Y culmina, gratamente, insinuando la sospecha de que en Colombia uno de los prerrequisitos para ser funcionario es ser enemigo de la humanidad.

Otro ensayo descubre que existen por lo menos dos tipos de ‘humanismos’. Uno clásico, que se reduce a saber griego, con todos sus aditamentos culturales; otro moderno, que consistiría en una verdadera integración del hombre con el universo. Sin embargo, el humanismo también estaría siendo reemplazado por el vulgar humanitarismo, algo así como una compasión comercializada.

Alguna vez en una conferencia de ética jurídica examiné el conflicto entre la verdad y la lealtad con relación a los delatores. Ni lealtad ni fidelidad fueron virtudes griegas, anotó Fustel de Coulanges. La utilidad práctica de la deslealtad puede ser ilustrada con estas curiosas palabras de Graham Greene (Under the garden):

"Se desleal. Es tu obligación hacia la raza humana. La raza humana necesita sobrevivir y es el hombre leal el primero que muere de angustia o de un balazo o de exceso de trabajo". Sin embargo, seguimos con Naranjo Villegas, la lealtad es necesaria donde quiera que haya "reglas del juego". Es la garantía de la estabilidad de las sociedades. Donde desaparece la confianza se inicia la desintegración. Ruskin, en un alarde poco anglosajón, escribió que la palabra más noble del catálogo de las virtudes sociales es lealtad. El peligro mayor es que el hombre obra ahora por consigna más que por conciencia. Lo que importa es la seducción momentánea de los personajes, no la más difícil fidelidad hacia ellos. En los negocios, en la política, se considera obvio que quien sea incapaz de tender trampas es inadecuado para la lucha.

De la Rebelión de las Masas a la Rebelión de la Juventud podría titularse la disgresión (sic) que enfoca a la juventud del segundo medio siglo como una nueva clase social aislada totalmente del tiempo y del espacio fijo de las demás clases. A ella sigue un penetrante ensayo sobre la filosofía de la violencia. Más adelante el autor intenta, con fines educativos, una enumeración de valores sociales dirigidos directamente a la coexistencia: orden, seguridad, paz, cooperación, solidaridad, justicia, poder, amor, fidelidad, amistad y gratitud.

A la hora de hacer un balance, vacilo. El libro deja el sabor amargo de una parábola sobre un mundo de valores en decadencia. Queda la conciencia de la degradación del espíritu, de la indolencia que conlleva inapetencia, de la monstruosa soledad del hombre pensante en el mundo entero y más aún en el país del "no me da la gana" (como se titula otro ensayo), del culto al rendimiento financiero, al apartamento en Miami, al chillido insultante. Queda también la profunda verdad que yace en la frase de Wilhelm Schapp: "A los hombres, más que valores, les falta capacidad de goce para ellos". Podríamos culminar con una conclusión del mismo Naranjo Villegas: "La labor espiritual es la de centrar al país en los valores, implantando su goce dionisíaco, y que no viva de ellos la insolente grosería".

La amplitud de sus referencias me hace pensar ineludiblemente en "el hombre que ha leído todos los libros Es un constante bombardeo a la inteligencia. A pesar de que sus temas son recurrentes, es tan abundante, que he sentido en algunos pasajes que sus palabras más marchitan que estimulan el pensamiento. En todo caso, puedo decir que he gozado minuciosamente la mayor parte de sus páginas.

LUIS H. ARISTIZÁBAL