Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
21, Volumen XXVI, 1989
Pasilla de
lujo
Lo mejor del mundo... el café de
Colombia
Raúl Aguilar Rodas
Interprint, Medellín, 1988,102 págs. Ilustrado.
Un
nuevo libro se agrega a la ya amplia bibliografía cafetera, al mismo tiempo que aumenta
la lista de obras turísticas y promocionales, en parte como respuesta a la necesidad de
mejorar la imagen del país, yen parte por las oportunidades que ofrece el mercado
editorial. Y ello no tiene nada reprochable, excepto que, en este caso, el producto es
afectado por la falta de buen criterio y la carencia del mínimo esfuerzo investigativo.
Entre
las pastas duras, la diagramación conveniente y la buena calidad editorial, se encierra,
en español y en inglés, un texto caótico acompañado por fotografías correctas de
Félix Tisnés, ni demasiado sosas ni muy originales, adornadas con comentarios
redundantes de ánimo versificador. Acaso el autor cree que todas sus ocurrencias
espontáneas son una forma de "descender" al nivel del lector, o acaso concibe
la escritura como
un
arte fácil, propio para dejar correr las generalizaciones obvias, embellecidas
prolijamente con adjetivos y superlativos.
Lo
cierto es que el texto carece de estructura sólida y es demasiado breve, ingenuo y
gratuito. Es paupérrimo en información, contrasentido en un libro con fines
divulgativos. No hay manera de saber cuántos sacos de café produce Colombia, o cuántas
son las familias que participan de la economía cafetera, o cuántos habitantes tiene el
país. Ni siquiera se encuentra un mapa que permita localizarlo en el planeta o en el
continente americano. Apenas se afirma que "Así ha logrado Colombia cultivar el más
exquisito café del mundo, que la hacen (sic] el primer exportador" (pág. 60). ¿El
primer exportador? Para serlo, debería apresurarse en sobrepasar al Brasil en más de
ocho millones de sacos anuales, lo que equivaldría a duplicar su propio volumen de ventas
al exterior.
El
libro abunda en lugares comunes, en generalidades de Perogrullo y en equívocos
construidos por la sintaxis con pretensiones literarias. Con facilidad el lector topa con
afirmaciones como: "En el centro de la tierra, cruzada por la línea ecuatorial,
está Colombia..." (pág. 14). Que se
sepa, en el centro de la tierra ebulle, a miles de grados
centígrados, el magma, y la línea ecuatorial prefiere recorrer imaginariamente la
superficie de la tierra a muy prudente distancia del centro.
Ejemplos
del descuido y la pobreza literaria abundan: los países centroamericanos son bellos y
convulsionados, bellas y extensas son también las playas del Caribe, y bellas las
montañas. A convulsiones geológicas se deben las riquezas de esta tierra, que es rica en
oro y rica en flores y frutas, esmeraldas y petróleos. Ofrece microclimas de maravilla y
maravillosa es la tarea de cuidado del café. Las temperaturas son paradisíacas,
paradisíaco el clima. Con amor, las manos hacen el mejor café del mundo, el amor se
transmite en las fincas cafeteras, en los pueblos "amor y arte se unen cada día para
lograr el mejor café del mundo" (pág. 46).
Repetidamente
el verde de los cafetales es esmeralda en los pies de fotos donde el verde es esmeralda.
Los frutos rojo púrpura, que brillan en otras ilustraciones, van acompañados de palabras
que nos informan lo que los ojos acaban de saber: que están mirando frutos color rojo
púrpura.
Se dice
que el beneficio del café es manual, delicado y laborioso. Pero no hay una palabra
nombrando o describiendo las etapas manuales, delicadas y laboriosas de ese proceso que
sería interesante dar a conocer en un libro divulgativo sobre el tema.
Por
supuesto, y por si las dudas, "el café es el mejor producto del mundo", ocupa
"un primer puesto entre las delicateses" (¿delicateses?) (pág. 90) y, según
se anuncia en el título, con antioqueña exageración, es "lo mejor del mundo".
Luego
de recorrer este libro, cualquier desprevenido ciudadano de Bonn o Nueva York estará
enterado de que Colombia es una vasta hacienda cafetera, donde a veces hay esculturas de
piedra precolombina, "y joyas de oro y esmeralda que adornan los museos del mundo si
son precolombinas, o a las mujeres más hermosas del mundo si son modernas" (pág.
12). Sabrá que existe alguna iglesia colonial, una gran ciudad llamada Bogotá, varios
pueblos de calles
empedradas,
playas tropicales y arrecifes "que llenan de paz el espíritu" (pág. 40),
cadenas de montañas, flores, casas cafeteras que salpican las laderas, recuas de mulas
relucientes cargando impolutos sacos de café, niños de ruana, silleteros, grandes
bodegas para almacenaje del grano, el cual es trasladado luego en modernos aviones y
barcos (también tenemos modernos aviones y barcos) al encantador París, al enigmático
Japón, a la "moderna y acelerada" Norteamérica, o a una piscina para una rubia
alemana.
Parecería
que en esta superlativa tierra prometida, en lugar de manar leche y miel, brotaran
adjetivos y pepas de café (rojo púrpura). Yendo al grano, el libro es un despropósito
que apunta inócuamente a sacar partido de alguna oportunidad de mercado, sin ninguna
consideración por el tema ni por los lectores y compradores. Lujosa pasilla, y poca, muy
poca almendra.
SANTIAGO
LONDOÑO V.
|