Boletín Cultural y
Bibliográfico, Número
21, Volumen XXVI, 1989
Tierra que
pone fin a nuestra pena
¿Qué pasó con la tierra
prometida?
Julio César Quintero Latorre
Cinep, Bogotá, 1988, 245 págs.
Un
país como Colombia, para convertirse en nación y estado modernos, debe enfrentarse a
obstáculos y desafíos que corresponden muchas veces a tareas no resueltas en etapas
anteriores de su desarrollo. Sucede esto, arquetípicamente, con el ya secularmente
denominado "problema agrario". En esta materia, el país se halla ante un legado
colonial y republicano no liquidado aún y que se expresa en la todavía vigente presión
campesina sobre la tierra, cuando Colombia registra uno de los coeficientes más altos en
América Latina en lo relativo a la concentración de la propiedad rural. De este modo
existen hoy día cientos de miles de familias sin tierra, vinculadas a las figuras
anacrónicas del minifundio y el microminifundio, y que forman parte de los
aproximadamente 600.000 hogares de origen rural que viven hoy en condiciones de
"pobreza absoluta".
Simultáneamente,
el país encara la necesidad de modernizar su agricultura y de lograr el
autoabastecimiento y la seguridad alimentaria, así como de afianzar un sector exportador
agropecuario distinto del cafetero, que coadyuve a la generación de las divisas
indispensables para el desarrollo nacional. Como si fuera poco, a las acuciantes presión
campesina y presión nacional sobre la tierra (para usar las expresiones de Antonio
García), correspondientes a retos propios de los siglos XIX y XX, se unen las tareas
inaplazables que deberán colocarnos en un plano competitivo
para el siglo XXI, como es el
dominio de la biotecnología y otras disciplinas tecnológicas, que es necesario asimilar
para no ser arrollados por la competencia de las grandes potencias y el impacto interno de
las empresas multinacionales. La urgencia de un desenvolvimiento de nuestra producción
agropecuaria que sea compatible con la conservación de los suelos, de los recursos
hídricos y del potencial forestal, expresaría la necesidad de encarar a la vez un
problema campesino no resuelto (manifestado en la presión sobre los bosques y las selvas
tropicales y en el agotamiento de tierras secularmente explotadas) y la asimilación de
una tecnología moderna encauzada y recreada en concordancia con los imperativos de un
desarrollo a largo plazo, antes que con la búsqueda inmediatista del máximo rendimiento,
con prescindencia de sus efectos, tanto sociales como ecológicos.
Tal
como lo señala Fernando González, "la no resolución del problema campesino ha
venido produciendo la expulsión masiva de los pobladores rurales hacia las ciudades y
hacia nuevas zonas de colonización: este proceso expulsivo ha venido caracterizando la
historia colombiana desde mediados del siglo XVIII hasta nuestros días, pero se aceleró
durante el siglo XX por la rápida modernización de la economía agrícola, por la
violencia política en zonas rurales (tanto la pequeña violencia de los años
treinta como la gran violencia de mediados de siglo). Este proceso permite
dibujar el escenario de gran parte de los conflictos de la actualidad, que quedan así
enmarcados dentro de una historia de larga duración ". Desde la remota
época de los funcionarios ilustrados de la monarquía hispana, el irresuelto problema
campesino levanta, como bandera de solución, la reforma agraria. Un examen
contemporáneo de los avatares, limitaciones y contradicciones de esta política,
proclamada como reivindicación por muy disímiles grupos y personalidades, es realizado
por el jurista, de la Universidad Nacional, Julio César Quintero Latorre, en su libro ¿Qué
pasó con la tierra prometida?.
Mérito
de este texto analítico es unir el minucioso conocimiento de la legislación
contemporánea sobre la reforma agraria (Quintero fue secretario general y asesor
jurídico del Incora) con la dimensión del estudioso político y social, para quien el
desarrollo del derecho expresa y da forma a determinada correlación de intereses y
proyecciones de las fuerzas y clases sociales, en un momento determinado. Uniendo ambas
ópticas de análisis, Quintero participa en el debate actual sobre la reforma agraria,
analizando con prolijidad y pericia sociojurídica el proyecto emanado de la subcomisión
agraria del Diálogo Nacional (surgida tras los acuerdos de tregua y cese del fuego, en el
gobierno de Betancur) la propuesta presentada a esta instancia por las organizaciones
campesinas, integradas en la Comisión Agraria Nacional; los proyectos de reforma agraria
redactados por los doctores Guillermo González Mosquera y Alfonso López Caballero y,
finalmente, la ley 30 de 1988, que constituye el articulado vigente en relación con la
reforma agraria en el país.
Lo
sucedido en ese intenso período, materializado en varios proyectos de ley, será para el
autor la historia del progresivo marginamiento de la participación de las organizaciones
indígenas y campesinas, al mismo tiempo que la expresión, abierta o embozada, de las
progresivas limitaciones a los procesos de compra y expropiación de tierras, fundamento
de cualquier reforma agraria verdadera. La propuesta de la Comisión de Diálogo, lograda
por una concertación, tal vez sin antecedentes en el país, entre fuerzas sociales,
gremiales y políticas muy disímiles, planteaba elevar a ocho los representantes de las
organizaciones campesinas e indígenas en el Incora. Por otro lado, recomendaba la
aceleración de los trámites de compra y expropiación de tierras, suprimiendo, en
palabras del autor, "la compleja y dilatada labor de calificación de tierras en
programas de reestructuración de resguardos indígenas y minifundios. Así mismo se
determinaron los casos de expropiación obligatoria, y además se adoptó un conjunto de
medidas
relacionadas
con el control de las adjudicaciones de baldíos y la entrega gratuita de tierras
compradas a los cabildos indígenas" (pág. 53).
Por su
parte, el proyecto de ley de reforma agraria del gobierno, en ese entonces, cuya
presentación significó pasar de un espacio amplio de concertación de fuerzas políticas
y sociales, por cierto muy disímiles, al Congreso de la república (en donde, como se
sabe, tiene peso decisivo la secular modalidad republicana, de raigambre regional, del
hacendado-político), implicará la drástica disminución de la representación de las
organizaciones indígenas y campesinas en el Incora, al mismo tiempo que la supresión del
parágrafo "que ordenaba no calificar las tierras cuando se tratare de programas de
reestructuración de resguardos indígenas, reestructuración de minifundios o
parcelaciones donde existiere gran presión social" (pág. 56). Además, se derogaban
normas que dificultaban la concentración de la propiedad, en lo atinente a la
adjudicación de baldíos. Con ello, la reproducción del latifundio en zonas de
colonización encuentra un nuevo asidero legal.
Finalmente,
la ley 30 de 1988, marco jurídico del estatuto actualmente vigente sobre reforma agraria,
demostraría palmariamente en su articulado, según opinión sustentada por el autor, la
carencia de una verdadera voluntad política de las fuerzas predominantes en el
legislativo y en el ejecutivo, para adelantar una eficaz y amplia reforma agraria en el
país, por más que ella no altera sustancialmente los marcos jurídico-políticos que
conforman nuestro ordenamiento socioeconómico. En efecto, se da asiento en la junta
directiva del Incora a sólo dos representantes de organizaciones campesinas, frente a
siete representantes del gobierno y las organizaciones empresariales; se restringen y
delimitan las áreas en donde se pueden adelantar proyectos de reforma agraria; se
reglamenta lo que para el autor es "una nueva modalidad de aparcería"; se
posibilita la indebida concentración de la propiedad en zonas de adjudicación de
baldíos. Por otro lado, debe señalarse como se imponen intereses demasiado gravosos a
las familias campesinas adjudicatarias, para el pago de sus tierras, a la par que se
asegura el pago de una indemnización a los propietarios afectados, correspondiente al
avalúo comercial de sus tierras antes que al catastral, como había sucedido
anteriormente. Este es uno de los puntos más candentes de la actual ley de reforma
agraria. El autor muestra, a este respecto, cómo las ventajas en las condiciones de pago
exceden considerablemente, en beneficio de las imperantes en las reformas agrarias
establecidas en países tan disímiles como Bolivia, Venezuela, Japón y Egipto. Existen,
además, aspectos dilatorios para realizar la expropiación o la compra de tierras.
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Aunque
el autor reconoce aspectos positivos en esta nueva ley de reforma agraria, el minucioso y
claro análisis de su articulado y del marco institucional que rodea la aplicación de
estas leyes demostraría que, de nuevo, fuerzas anacrónicas y conservadoras, en el
sentido más literal del término, impidieron la expedición de una ley de proyección
democrática que pudiese enfrentar los procesos, en muchos casos crecientes, que conducen
hacia una mayor disparidad en la tenencia de la tierra.
Restaría
señalar que en los últimos años ha surgido un elemento nuevo, apenas esbozado en el
libro aquí comentado, por no ser éste el objetivo de su autor, elemento que está
produciendo una verdadera contrarreforma agraria en el país. Se trata de la masiva
inversión de los dineros del narcotráfico en las mejores tierras de varias regiones,
utilizando diferentes
expedientes que, en último término, pueden estar desplazando a una
burguesía rural de cierto arraigo, conocimiento de su actividad y vocación empresarial,
a la vez que acentúa los conflictos en torno a los campesinos sin tierra. Ni la
tradición ni la vocación de estos invasores emergentes, ni las gigantescas extensiones
de tierra de que se han apropiado en muy poco tiempo, permiten suponer que éstas puedan
ser, en su mayor parte, debidamente explotadas. Por ello, bien puede afirmarse que se
están generando en el país las modalidades de un nuevo latifundio, caracterizado por la
concentración de muchas de las mejores tierras en muy pocos propietarios, unida a una muy
escasa productividad y cuidado en considerable proporción de ellas.
De este
modo, el problema agrario en Colombia, pese a que algunos crean que el nuestro es ya
definitivamente un país moderno y urbano no sólo adquiere expresiones nuevas y
preocupantes, sino que se manifiesta como una de las fuentes más poderosas para
reproducir y acentuar la situación de violencia y des-institucionalización que vive el
país en la actualidad. El didáctico y documentado libro de Julio César Quintero Latorre
contribuye a esclarecer algunos de los factores determinantes, políticos y jurídicos, de
este fenómeno.
JAIME EDUARDO JARAMILLO
J. |