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Comerciantes, artesanos y
política económica en
Colombia, 1830-1880 (segunda parte)
LIBRECAMBIO Y
PROTECCIONISMO
La lucha en torno a
políticas favorables a la expansión del comercio exterior -es decir, lo que comúnmente
se conoce con el nombre de librecambio- se dio en frentes muy diversos. Los dos
más importantes fueron la batalla por la eliminación del monopolio del tabaco y por la
adopción de un sistema arancelario liberal. El desarrollo de nuevos sistemas y vías de
comunicación y la política de baldíos fueron también importantes para el desarrollo
comercial, aunque en el último caso sólo claramente cuando se trataba de la explotación
de recursos forestales. Puede pensarse que las políticas liberales en general, al
permitir una mayor circulación de la tierra y de la mano de obra, también tuvieron el
mismo propósito, pero las conexiones son aquí mucho más remotas, según veremos más
adelante. En el caso del proteccionismo, el sistema arancelario fue el objeto atención
prioritario, pero también desempeñaron un papel importante las luchas por obtener
monopolios y subsidios de distinta naturaleza. Hubo, además, reclamos insistentes sobre
la necesidad de establecer escuelas técnicas y de oficios para instituir a los artesanos,
pero los ensayos en esta dirección fueron muy modestos.
Tanto la lucha por la
liberación del monopolio del tabaco como aquellas que se libraron en torno al sistema
arancelario muestran claramente los límites dentro de los cuales operaban las
concepciones más puras de librecambio y proteccionismo. En el caso del tabaco, debe
recordarse que la implantación del monopolio fue particularmente traumática en la Nueva
Granada, hasta el punto de haber sido una de las causas básicas de la Revolución de los
Comuneros, en 1781. La resistencia al monopolio, que se expresaba a través
de siembras
clandestinas, fue un problema constante en los últimos decenios de la colonia, en
particular en las zonas donde la implantación del estanco había reducido
significativamente las áreas cultivadas. La libertad del cultivo y comercio de la hoja
-o, al menos, el arrendamiento de las factorías- figuró, además, como uno de los
reclamos reiterados de los comerciantes en los primeros decenios de la república
6
. Esto último estuvo
asociado no sólo a las posibilidades que planteaba el comercio interno de la hoja sino
también, y quizá especialmente, a las potencialidades que brindaba el mercado
internacional. En efecto, a diferencia de los otros monopolios estatales importantes
(aguardiente y sal), el del tabaco se refería a un producto con bajos costos de
transporte -un hecho decisivo, cuando se tienen en cuenta las precarias vías de
comunicación que existían en Colombia en los primeros decenios de la república y las
características geográficas del país- y una buena demanda externa, asociada en los
años treinta y cuarenta al cambio en los patrones de consumo internacionales (de la pipa
y el rapé hacia el cigarro) y a la desorganización de la producción en Virginia y
Maryland, en los Estados Unidos, que hablan sido en el siglo XVIII las principales fuentes
de abastecimiento de tabaco para el mercado internacional
7.
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Separación
y empaque del tabaco, provincia de Mariquita de Enrique Price, 1852 (En: Hojas de cultura
popular, Bogotá 1954)
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Pese a este conjunto de
factores favorables, las necesidades fiscales impidieron por mucho tiempo considerar
seriamente la posibilidad de eliminar el mono- polio. La supresión de otros tributos y el
fracaso de la contribución directa en los años veinte reiteró la necesidad de mantener
el monopolio. su reorganización en los años treinta fue, en gran medida, obra del
gobierno liberal moderado de Francisco de Paula Santander. No obstante, las condiciones
bajo las cuales se reorganizó el estanco permitieron la penetración del sector privado
en el negocio, lo cual satisfizo en parte las aspiraciones de los comerciantes, pero
también hizo inevitable su privatización.
El sector privado entró en
el negocio tabacalero a través de dos vías diferentes
8
. La primera de ellas fue la exportación.
Como parte de las medidas de reorganización de la renta, y ante la solicitud de una casa
comercial extranjera, el gobierno de Santander permitió la primera exportación de
tabaco. Aunque ésta se hizo por cuenta del gobierno, las remisiones subsiguientes
estuvieron en manos del sector privado, ya sea como producto de los remates de tabaco para
exportación realizados por el monopolio, o del pago de deudas públicas garantizadas con
los recursos del estanco. Por otra parte, como resultado de la
continua penuria fiscal,
el gobierno se vio obligado en algunas ocasiones a recurrir a los fondos de caja de las
factorías para cubrir sus gastos ordinarios. De esta manera, en el momento de hacer los
pagos a los cosecheros, se encontraba sin fondos suficientes. Este problema fue
particularmente grave durante la Guerra de los Supremos, llevando al gobierno a emitir
vales que no había pagado todavía en su totalidad dos años después de terminada la
disputa. Esto lo obligó, además, a permitir siembras a los hacendados que tuvieran
acceso al crédito y a pensar en entregar la administración del monopolio al sector
privado, utilizando facultades que se le habían concedido desde 1832.
Este último paso se dio
finalmente en 1847, durante el gobierno de Mosquera, el cual aprobó, además, la
creación de nuevas factorías destinadas exclusivamente a la exportación. La entrega de
la administración del monopolio al sector privado permitió un crecimiento rápido de las
exportaciones de la hoja. Ante este hecho, la presión para abolir el estanco se torné
frontal. Pese a la oposición del gobierno de Mosquera, el Congreso aprobó la abolición
del monopolio en mayo de 1848, sustituyéndolo por un impuesto a la exportación. Un año
después, este impuesto fue reemplazado por uno mixto, a la exportación y a las siembras.
Ante los reclamos según los cuales los tributos eran excesivos, en mayo de 1850 la
producción y comercio de tabaco quedaron finalmente libres de toda restricción y
gravamen.
En el caso de la política
arancelaria, las posiciones librecambistas fueron mucho más tibias en los primeros
decenios de la república e incluso predominó más bien una actitud moderadamente
proteccionista. Después de mediados de siglo, las necesidades fiscales se tornaron,
además, en obstáculos francamente insalvables para la adopción de los principios más
puros del librecambio en materia arancelaria. Desde el punto de vista fiscal hubo, así
mismo, una clara contradicción entre la lucha de los comerciantes por la libertad del
cultivo del tabaco y por un arancel liberal, que se resolvió en favor del primero. En
efecto, la abolición del monopolio sobre el comercio y el cultivo de la hoja aumentó la
dependencia del gobierno de la renta de aduanas y eliminó, as!, la posibilidad de nuevas
aventuras librecambistas.
En los primeros años de la
vida independiente, la moderación de las posiciones librecambistas sobre el arancel de
aduanas tuvo diversos orígenes. Según hemos visto, la independencia misma había logrado
para los criollos, y en particular para los comerciantes neogranadinos, uno de los
objetivos por los cuales habían luchado con más ahínco a fines de la colonia: la
libertad de comercio con todas las naciones. Igualmente, es probable que los derechos
arancelarios establecidos a comienzos de la república hayan sido en la práctica
inferiores a aquellos que se cobraban a fines de la colonia. La explicación de este hecho
es muy simple: la mayoría de los gravámenes a las importaciones se cobraban directamente
en España, al ser internadas o exportadas las mercancías, constituyéndose de hecho en
el mecanismo más importante para extraer un excedente fiscal en colonias que, como la
Nueva Granada, sólo pudieron remitir a la metrópolis sumas exiguas de excedentes que
dejaban las finanzas públicas en su propio territorio. De esta manera, fue posible
conciliar el interés de los comerciantes en aranceles más bajos con las necesidades
fiscales de la naciente república
9.
Fuera de lo anterior, y pese a la influencia que ya tenían los fisiócratas y los
economistas clásicos, es evidente que el pensamiento liberal en materia de comercio
exterior no tenía aún el peso que tuvo posteriormente. Las ideas proteccionistas
derivadas del pensamiento mercantilista
no dejaban de tener, además, algún atractivo en
países que apenas despertaban a la vida independiente.
En cualquier caso, es
evidente que los primeros años de la república fueron, al menos en las ideas, años de
proteccionismo moderado. En la década del veinte los escritos del principal secretario de
hacienda de la época, José María del Castillo y Rada, expresaban ya claramente el
concepto según el cual las aduanas "deben ser consideradas no sólo como fuente de
una renta cuantiosa, sino también como uno de los medios poderosos de fomentar la
agricultura, las manufacturas y el comercio"
10.
En los años treinta, las tendencias
proteccionistas aparecieron con mayor -nitidez. Francisco de Paula Santander, José
Ignacio de Márquez y Francisco Soto, entre otros -los dos primeros, presidentes de la
república; y el tercero el secretario de hacienda más influyente del periodo-,
expresaron puntos de vista similares a los de Castillo y Rada sobre la necesidad de
concebir las aduanas como instrumento simultáneo de protección y de generación de
ingresos fiscales. Márquez, sin duda el más decid do proteccionista de la época,
atribuyó la decadencia que observó en las regiones artesanales al efecto acumulado de un
régimen colonial opresivo, de un período de continuo estado de guerra y de la excesiva
libertad de comercio característica de los primeros años de la república, y no dudó
proponer prohibiciones y otras trabas al comercio exterior para vivificar la actividad económica interna
11.
Los mismos consulados del
comercio no fueron ajenos a esta tendencia. Conjuntamente con los reclamos de paz, mejores
vías de comunicación y libertad del cultivo del tabaco, solicitaron medidas para
recuperar los mercados internos contra la competencia externa, llegando a sentenciar, como
lo hizo el consulado de Bogotá, que "un pueblo debe tener a la mira no depender de
otro en lo que es indispensable para subsistir". Expresando una tendencia que era
común en la elite neogranadina desde la colonia, las solicitudes de protección más
importantes se referían, no a las manufacturas, sino a la agricultura -al trigo, sobre el
cual los reclamos en el siglo XVIII habían sido interminables, pero también al tabaco y
al algodón, entre otros productos, el primero afectado por la desorganización del
monopolio durante las guerras de independencia, y el segundo por la
competencia estadounidense
12
. Pocas voces
verdaderamente librecambistas se oyeron durante este período. Tal vez la única
excepción importante fue la del comerciante inglés Guillermo Wills, quien, en contra de
las apreciaciones de Márquez, saludaba con una satisfacción mal disimulada la
competencia que experimentaban las regiones artesanales de Santander con los textiles
ingleses, e instaba a las primeras a dedicar sus esfuerzos a actividades agrícolas más provechosas
13.
Pese al espíritu
proteccionista de la época, los impuestos a las importaciones no fueron muy elevados
durante estos años. La tarifa promedio (es decir, la relación entre recaudos
arancelarios y valor de las importaciones) fue de 22% en los años treinta y se elevó a
28% a comienzos de la década del cuarenta. Este aumento fue el resultado no tanto de la
elevación de los gravámenes propiamente dichos, como de la caída de los precios
internacionales, particularmente de los textiles, que no se reflejaron en un ajuste
simultáneo de los valores oficiales de las mercancías, sobre los cuales se cobraban las
tasas arancelarias que establecía la ley. Los intentos más importantes de aumentar los
gravámenes fueron, además, revertidos rápidamente. El primero de ellos fue la
elevación de la alcabala que se cobraba sobre las importaciones, del 3 al 15% en agosto
de 1828, pero cuatro meses más tarde se redujo al 4%. En 1832
y 1833 se hicieron
nuevamente recargos importantes a los impuestos a la importación. Para la mayoría de los
textiles, los impuestos conjuntos de importación, alcabala y otros menores se elevaron
de¡ 24 al 30%,de los valores oficiales de las mercancías. Estas alzas fomentaron el
contrabando y terminaron por reducir los recaudos aduaneros. Por este motivo, a fines de
1834 y en mayo de 1835 se hicieron rebajas que disminuyeron los gravámenes a las
importaciones a poco menos del 24%. Finalmente, en 1844 se aprobó una nueva reforma, que
elevó los gravámenes sobre los alimentos y algunos textiles. Pocos años después, en
1847, se aprobó, sin embargo, la primer gran reforma librecambista del
siglo XIX
14
.
Cuando se analizan las
características del régimen arancelario de la época por tipo de productos, se aprecia,
en forma no muy sorprendente, que dadas las concepciones de la elite, los mayores niveles
de protección beneficiaban a productos agrícolas. Si nos referimos únicamente a los
alimentos más comúnmente importados en el siglo pasado, se encuentra que el azúcar fue
de prohibida importación hasta 1847; antes de la reforma liberal de dicho año el arroz
pagaba, además, impuestos equivalentes al 150 0 170% de su precio en puertos de Estados
Unidos, y la harina de trigo y la manteca gravámenes del 50 al 70% sobre la misma base.
Las telas tuvieron gravámenes ad valórem más modestos, aunque crecientes, ya que la
baja en los precios internacionales de estos productos fue particularmente marcada en los
primeros decenios de la república
15
.
El ensayo más ambicioso de
protección de las actividades manufactureras no estuvo en el frente arancelario, sino en
la concesión de privilegios exclusivos, y no favoreció, de esta manera, a los artesanos
sino a la elite económica. En efecto, con base en monopolios temporales concedidos por el
Estado para utilizar ciertas técnicas de producción, en los año! treinta tuvo lugar un
intento fallido de industrialización en Bogotá, que incluyó, entre otras, fábricas de
textiles, loza, vidrios y papel. Debido, sin embargo, a problemas técnicos de diferente
índole (entre ellos, la escasez de mano de obra calificada), a los altos costos de
transporte de la maquinaria, a limitaciones de¡ mercado interno, a la Guerra de los
Supremos y a las especulaciones financieras de la época, estas fábricas languidecieron
rápidamente y muchas de ellas abandonaron sus labores en el decenio
siguiente
16
.
Este fracaso fue, sin duda, decisivo en
el cambio de orientación de la elite dirigente hacia el librecambio en los años
cuarenta.
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Venta entre
Honda y la montaña del Sargento (Grabado en metal, coloreado a mano)(En: Voyage
Pittoresque dans les deux Ameriques, Paris 1836)
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Minas de la
Sepa de Supía (En: Voyage Pittoresque dans les deux Ameriques, Paris 1836)
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Las concepciones liberales
sobre el manejo de¡ comercio exterior llegaron triunfantes en 1847. Florentino González,
el arquitecto de la reforma arancelaria de dicho año, expresó con fuerza ideas que
Guillermo Wills había sembrado en terreno árido casi dos decenios antes: "En un
país rico en minas y en productos agrícolas, que pueden alimentar un comercio de
exportación considerable y provechoso, no deben las leyes propender a fomentar industrias
que distraigan a los habitantes de las ocupaciones de la agricultura y minería, de que
pueden sacar más ventajas"
17
. Grandes pensadores liberales, como Miguel
Samper, Salvador Camacho Roldán y Aníbal Galindo, pero también grandes políticos
conservadores, como Mariano Ospina Rodríguez, predica- ron puntos de vista similares en
los años siguientes. El primero de ellos afirmaría varios años después, con deslices
casi líricos: "Da vergüenza emprender a estas horas las demostración de una vejez
tal como la de que la protección es una quimera o una injusticia, cuando en ninguna parte
se le consagran, lo mismo que a su padre el socialismo, más honores que la oración funebre y el epitafio"
18
. Acorde con estos principios, la justificación proteccionista del arancel
desapareció por entero, quedando únicamente el motivo fiscal para mantener impuestos
aduaneros. Este principio quedó claramente establecido en el Código de Aduanas de 1857:
"el sistema de aduanas [...] no tiene otro objeto que la percepción del
impuesto establecido sobre las importaciones y exportaciones"
19
. Los más radicales esperaban llevar este principio
aún más lejos. Aníbal Galindo, por ejemplo, soñó con un simple "peaje nacional
en las fronteras"; es decir, con un impuesto único y uniforme en las aduanas, que
constituyera un simple recargo a los costos de transporte
20
. Algunos más soñadores, como Manuel Murillo
Toro, llegaron a sugerir la posibilidad de eliminar la renta de aduanas y, en realidad,
todos los impuestos heredados de la Colonia, sustituyéndolos por un impuesto directo
único y progresivo. Tuvo, sin embargo, el valor de reconocer que las condiciones no eran propicias para semejante aventura
21
.
Con la aceptación del
librecambio por parte de segmentos abrumadores de la elite de ambos partidos históricos,
la defensa del proteccionismo recayó, por única vez en el siglo pasado, en manos de los
artesanos, dentro de la oleada de movilizaciones populares que propició el liberalismo a
mediados de siglo y que muy modestamente imitó el partido conservador. Los artesanos
movilizados por el liberalismo no pertenecían, sin embargo, a los sectores más afectados
por la competencia externa. En efecto, el centro del movimiento fue la capital de la
república, donde no existía una tradición textil, mientras en las regiones artesanales
de Santander, ampliamente afectadas a mediados de siglo por la competencia de las telas
inglesas (véase parte IV), permanecieron al margen de estas movilizaciones. La fracción
draconiano del partido liberal fue la que asumió la defensa de este sector de la
población. Sería difícil, sin embargo, caracterizar esta fracción como la
"expresión política de los artesanos", según lo afirma, a la ligera, Gerardo
Molina
22
. Es mucho más apropiado pensar,
con Germán Colmenares, que "la defensa de los artesanos no significaba en modo
alguno un interés concreto de conservar ciertas formas de producción o de preservar una
manufactura nacional contra la amenaza de la competencia de artículos extranjeros, sino
más bien que los draconianos confiaban en la fuerza política de un sector social o temían desafiarla"
23.
CONTINUAR
6
John
P. Hanison, lhe Colom bian Tobaceo Indusiry from Government Monopoly to Free Trade,
1778-1896, tesis doctoral, Universidad de California, 1951.
(regresar6)
7 José
Antonio Ocarnpo, Colom bia y la economía mundial, 1830-1910, Bogotá, Siglo XXI-
Fedesarrollo, 1984, cap. IV. (regresar7)
8
Harrison, op. cit.; Ocampo Bolomia y la economía mundial, op.cit.; Luis F.
Sierra.
El tabaco en la economía colombia del siglo XIX, Bogotá, Universidad Nacional,
1971; Frank Safford, Commerce and Enterprise in Central Colombia, 1821-1870, tesis
doctoral, Universidad de Columbia, 1965, cap.
V. (regresar8)
9
José Antonio Ocampo, 'Libre cambio y
proteccionismo en el siglo XIX", en Ocampo y San tiago Montenegro, Crisis mundial,
protección e industrialización, Bogotá, Corec, 1984, cap. 4.
(regresar9)
10
Citado en Luis Ospina Vásquez, Industria y
protección en Colombia, 1819-1930, Mede- ¡¡In, Editorial Santa Fe, 1955, pág. 99.
(regresar10)
11
Ibíd., cap. 111; Nieto Arteta, op. cit.,
cap. XIII.
(regresar11)
12
Tovar, op. cit., págs. 108-11O. (regresar12)
13
Guillermo Wilis, Observaciones sobre el
comercio de la Nueva Granada, con un apéndice relativo al de Bogota, Bogotá, Banco
de la República, 1952.
(regresar13)
14 Ocampo,
'Librecambio y proteccionismo..." op. cit. (regresar14)
15
Ibíd., esp. págs.
263-282.
(regresar15)
16
Safford,Commerce and Enterprise .op.
cit., cap.
IV.
(regresar16)
17
Florentino González, Ejercitos políticos, jurídicos y económi cos, Bogotá,
Colcultura, 198 1, pág-606 (regresar17)
18 Miguel
Samper, Escritos político-económicos, Bogotá, Edi torial de Cromos, 1925-1927,
t. 1, pág. 93. (regresar18)
19
Ibíd., t. 1, pág. 273. (regresar19)
20
Anibal Galindo, Estudios económicos y
fiscales, Bogotá, Anif-Colcultura, 1978, págs. 178-181.
(regresar20)
21
Manuel Murllo Toro, Obras selectas, Bogotá,
Cámara de Representantes, 1979, esp. págs. 225-226 y 274.
(regresar21)
22
Gerardo Molina, Las ideas liberales en
Colombia, 1849- 1914, 3a. ed., Bogotá, Tercer Mundo, 1973, pág. 64.
(regresar22)
23
Germán Colmenares, Partidos políticos y
clases sociales en Colombia, Bogotá, Universidad de los Andes, 1968, pág. 163.
(regresar23)
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