Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 

Comerciantes, artesanos y política económica en 
Colombia, 1830-1880 (tercera parte)

 

El gobierno liberal de José Hilario López, que se apoyé para su elección en los artesanos de Bogotá, no tomó ninguna medida para su defensa. En los Informes de hacienda de 1850 a 1852, al lado de trascendentales iniciativas sobre eliminación del monopolio del tabaco, descentralización fiscal, impuestos directos, redención de censos y otros, no hay referencia alguna a la necesidad de defender a los artesanos contra la competencia externa. Más aún:  Murillo Toro, secretario de hacienda de la época, saludaba con cierto júbilo la rebaja de aranceles de 1847, que había tenido a la postre efectos fiscales saludables, y su preocupación central, en lo referente a la renta de aduanas, era cómo controlar el contrabando para aumentar los ingresos del gobierno. 24 La continua crisis que caracterizó al breve gobierno draconiano de José María Obando (abril de 1853 a igual mes de 1854) y la guerra civil en la cual se sumió el país durante la corta dictadura del general José María Melo (abril a diciembre de 1854) no dieron, por supuesto, mucho margen para adoptar medidas de protección a los artesanos, que fueron, en uno y otro caso, bases fundamentales de apoyo político y militar. Con la caída de Melo y la deportación a Panamá de trescientos miembros de la Sociedad Democrática de Bogotá, los artesanos perdieron toda influencia en el manejo político. Aunque en los años siguientes hubo expresiones aisladas en favor del proteccionismo, el movimiento artesanal y las propias ideas proteccionistas cedieron definitivamente ante la avalancha librecambista 25 . Sería sólo en los años ochenta, bajo el movimiento regenerador de Rafael Núñez, cuando las ideas proteccionistas resurgirían de nuevo con alguna fuerza.

Pese al predominio ideológico y político de las ideas librecambistas, éstas no se tradujeron necesariamente en aranceles bajos después de mitad de siglo 26 , Por el contrario, el país más bien experimenté una tendencia al alza de las tarifas aduaneras, que terminaron a fines del período liberal en los niveles más altos del siglo XIX, tanto si se comparan con la fase proteccionista anterior a 1847, como aquellos que tuvo el país en los últimos decenios del siglo. En efecto, todas las grandes reformas arancelarias liberales —la de 1847, la de 1861, y las de 1870 y 1873—fueron sucedidas, a los pocos años, por recargos arancelarios importantes, que a la postre terminaron elevando sustancialmente los gravámenes. Después de la reforma de 1847, la tarifa promedio giró en torno a un 20% o un poco menos. Los recargos que se hicieron en los años siguientes ya habían elevado dicho nivel al 29% a fines de la década del cincuenta. La reforma de 1861 redujo nuevamente la tarifa media a un 20%; no obstante, a fines de la misma década el arancel medio había retornado a un 27 o 28%. Las de 1870 y 1873 fueron mucho más selectivas en las rebajas de impuestos (de hecho, en la segunda de ellas se elevaron algunos gravámenes, entre ellos los de las telas ordinarias de algodón, que habían sido rebajados en 1870). La tarifa promedio apenas se redujo levemente a comienzos de los años setenta, para iniciar a partir de entonces una carrera ininterrumpida al alza, que la había llevado a un promedio del 37% a fines del decenio. Según veremos en la parte IV, el comportamiento de la tarifa promedio se reflejé en general en la evolución de los aranceles ad valórem de los textiles ordinarios de algodón.

La razón básica de la contradicción entre los principios librecambistas y la evolución de las tarifas fue la creciente dependencia fiscal de la renta de aduanas. En los años cincuenta, la mitad de los ingresos brutos de la nación provenía de las aduanas. Esta dependencia se redujo durante los años de desamortización de bienes de manos muertas, pero sólo en forma temporal. En los años setenta ya el 60% de los ingresos de la nación tenía ese origen. De esta manera, ante las necesidades creadas por los diversos intentos de restablecer el crédito externo y de contribuir al desarrollo de las vías de comunicación (carreteras primero y ferrocarriles después) y ante la herencia de los sucesivos conflictos civiles, los liberales en el poder terminaron aumentando los gravámenes a las importaciones, para hacer frente a las galopantes necesidades de gasto.

Las reformas arancelarias liberales tuvieron, sin embargo, un efecto notorio sobre la estructura del arancel, que no se aprecia adecuadamente a través de la evolución de la tarifa promedio. Conviene hacer resaltar, en particular, tres cambios importantes que ocurrieron en distintos momentos. En primer término, la reforma de 1847 puso fin al proteccionismo agrario: fueron eliminadas las prohibiciones de importación existentes y reducidos sustancialmente los aranceles ad valórem para los principales alimentos. Curiosamente, este cambio de política no desaté ninguna reacción adversa de la elite, indicando, sin duda, que ésta ya percibía nuevas oportunidades de expansión agraria que no dependían de la protección directa del Estado. En segundo lugar, la misma reforma abandoné la tradición de libre importación de herramientas. Más aún: con algunas interrupciones, la tendencia al aumento de los gravámenes para los bienes de capital sería, precisamente, una de las características más notorias del período liberal, hasta que el proteccionismo de fin de siglo puso fin a esta tendencia. Por último, y quizá lo más importante, las reformas liberales buscaron también diseñar un sistema arancelario simple, para minimizar las trabas que las aduanas imponían al comercio (la apertura de las mercancías, las disputas con los agentes de aduana, etc.). Aunque esta filosofía se reflejé ya en la reforma de 1847, su impacto más importante lo tuvo en la de 1861, en la cual se diseñé el sistema más cercano al "peaje nacional" de Aníbal Galindo: sólo se crearon tres clases de productos, uno de ellos de libre importación y dos con gravámenes de 5 y 30 centavos por kilogramo bruto de mercancía. El efecto de esta reforma fue reducir, en forma espectacular, los gravámenes sobre los bienes de lujo, al tiempo que mantenía relativamente altos los de muchos artículos de consumo popular que tenían valores específicos (por unidad de peso bruto) mucho más bajos. La regresividad implícita en este criterio liberal se quiso corregir en algunas reformas posteriores (la de 1870, en particular). Sin embargo, como la única forma de hacer menos regresivo el arancel era aumentar el número de clases, se generé una contradicción continua entre el deseo de "justicia" y el de "simplicidad". Ya a fines del período liberal las necesidades fiscales habían conducido al abandono progresivo del segundo de estos criterios.

EL AUGE DEL COMERCIO

No queda la menor duda, al analizar la información estadística que se ha acumulado en Colombia en los últimos años, que la etapa de mayor expansión económica del siglo pasado fue la época liberal. La información disponible permite también afirmar que los primeros decenios de la independencia fueron, en general, de estancamiento económico. De esta manera, las reformas liberales de mediados de siglo marcaron una ruptura importante en la evolución de la economía y, en particular, de la actividad comercial.

 El cuadro 1 resume los datos elaborados en un trabajo anterior sobre la evolución del comercio exterior colombiano en el siglo XIX 27 , Hasta mediados del siglo, el valor de las exportaciones e importaciones estuvo estancado en niveles comparables a los de fines de la Colonia. Las exportaciones reales por habitantes cayeron, de esta manera, en un 40% en la primera mitad del siglo. Las importaciones reales aumentaron, sin embargo, pero únicamente como consecuencia de la espectacular caída de los precios internacionales de los textiles, que representaban entonces cuatro quintas partes de las compras externas del país. El crecimiento del quantum de importaciones inducido por el comportamiento de los precios no fue, de manera alguna, despreciable: poco más del 3% anual entre comienzos de la década del treinta y fines de los años cuarenta.

Entrada al mercado de Honda (En: Voyage Pittoresque dans les deux Amériques, París. 1836).

 

CUADRO 1

Comercio exterior, 1834-1910

Años     Valor exportaciones(miles de pesos oro)  Quantum de exportaciones
(Indice 1865-70=100)
Poder de compra de las exportaciones
(Indice 1865-70=100)
Valor de las importaciones
(miles de pesos oro)
Quantum de Importaciones
(Indice 1866-70=100)
1834/5-1838/9
1840/41-1844/45
1854/55-1857/58
1864/65-1869/70
1870/71-1874/75
1875/76-1877/78
1878/79-1880/81
1881/82-1882/83
1888-1891
1894-1897
1898 
1905-1910
3.261,6
3.306,5
6.353,0 
7.394,0
9.888,2 
10.105,5
13.689,1
15.430,5
12.165,1 
16.533,3
19.154,1 
14.987,5
44
47 
82 
100
137 
127
168 
nd
170
nd
269
266
31(1)
42(2)
102
100
149  
171
247
280  
255  
385 
447  
274
 2.985,3
3.501,5
3.767,2(3) 6.419,7(4) 8.818,7  
7.713,2
10.527,3
11.929,8  12.119,0
14.872,3
11.052,0  12.832,6
37
48(5) 
nd
100(4) 
141
142
191
231  
286  
305(6)
397(7)  
263

(
1) Calculado con base en el poder dc compra en términos de textiles entre 1841-45 y 1855-58.

(2) Excluye 1844/45.

(3)1855/56-1858/59.

(4) Excluye 1864/65.

(5) Calculado con base en el quantum de importaciones de 1845-49 y la evolución de los precios de los textiles.

(6) 1892-1895.

(7) 1896-1898.


FUENTE: Ocampo, Colombia y la economía mundial. 1830-1910. Bogotá, Siglo XXI-Fedesarrollo, 1984, págs. 84, 98, 141 y 154. El valor de las importaciones del primer período ha sido reestimado con las fuentes originales.

Entre 1850 y los primeros años de la década del ochenta, la expansión de todos los índices de comercio exterior fue rápida. El valor de las importaciones aumentó hasta alcanzar más de quince millones de pesos oro, y el de las compras externas hasta cerca de doce millones. Tanto el quantum de exportaciones como el de importaciones crecieron durante este período a un ritmo anual de más del 4%, multiplicándose por cerca de cuatro en poco más de tres decenios. La expansión fue, sin embargo, inestable y frágil, ya que se basé excesivamente en el aprovechamiento de mercados de vendedores que se fueron creando sucesivamente respecto a diversos productos susceptibles de ser vendidos por el país, y no se desarrollé, así, una infraestructura exportadora sólida. La expansión del comercio exterior característica del período liberal terminé, así, en una gran crisis a mediados de los años ochenta. El desarrollo de la hacienda cafetera y de la producción capitalista de metales preciosos logró dinamizar de nuevo el comercio exterior a fines del siglo, pero fue incapaz de acrecentar el comercio exterior global del país a ritmos similares a los de la época liberal, y terminé en una nueva crisis a la vuelta del siglo.

La evolución del comercio exterior no es el único indicador que muestra un contraste marcado entre los primeros decenios de la república y la época liberal. Otros son igualmente dicientes. Entre 1835 y 1851 hubo, por ejemplo, una baja importante en la proporción de la población en los principales núcleos urbanos, indicando que la actividad comercial —principal sustento de la vida urbana en el período— carecía de dinamismo. En efecto, la proporción de la población en los diez principales distritos parroquiales disminuyó del 8,0 al 6,3% entre estos dos años. Este proceso se frenó a mediados del siglo. Ya en 1870 la proporción correspondiente se había elevado al 6,6% y aumentaría continuamente desde entonces 28 . Como reflejo del estancamiento comercial y del franco proceso de desurbanización, los precios internos de los alimentos permanecieron estables, e incluso mostraron tendencia a la baja en los años treinta y cuarenta. Con la mayor dinámica comercial y urbana, este proceso se revirtió en los años cincuenta, dando lugar a una etapa de inflación más o menos continua 29 .

Por otra parte, las estadísticas fiscales muestran también un estancamiento notorio de los recaudos del gobierno nacional en los primeros decenios de la república, en torno a unos $ 2,5 millones, que netos de costos de recaudo eran $ 1,7 millones o menos. Después de una disminución inicial, como consecuencia de la eliminación del monopolio del tabaco, los recaudos nacionales se estabilizaron en torno a $ 1,8 millones en los años cincuenta (con una proporción mucho más alta de ingresos netos, ya que habían sido eliminadas la mayor parte de las rentas con alto costo de recaudo) y aumentaron continuamente desde entonces. En la primera mitad de los años setenta —cuando había desaparecido el efecto de la desamortización sobre los ingresos del gobierno— habían alcanzado cuatro millones de pesos, que se elevaron a cinco millones de pesos en la segunda mitad del mismo decenio, y a un poco más a comienzos de los años ochenta. Al mismo tiempo, las rentas públicas regionales y locales, cuyo monto de recaudo era prácticamente despreciable antes de mitad del siglo, aumentaron continuamente durante la época liberal, llegando a $ 1,3 millones en 1858, a
$ 1,9 millones a comienzos de la década del setenta ya $3,5 millones en 1882
30 .

Existen muchos otros síntomas de expansión económica desde mediados de siglo: la navegación en vapor por el río Magdalena, por ejemplo, que había fracasado en los primeros años de la república, pero se estableció firmemente a mediados del siglo, gracias a la carga creciente de exportación e importación generada por el auge comercial. La expansión económica permitió, además, que el gobierno contara con recursos suficientes para emprender los primeros caminos carreteables y ferrocarriles, sin que estos esfuerzos hubieran fracasado por falta de carga. La expansión económica permitió, además, que en los años setenta surgiera una red más o menos densa de bancos comerciales.

La estrecha conexión histórica entre el auge comercial y la política económica liberal llevó a muchos analistas de la época, y ha conducido a muchos historiadores contemporáneos, a establecer una relación causal entre reformas liberales y expansión económica. De acuerdo con esta interpretación, las estructuras económicas y sociales heredadas de la colonia constituían un obstáculo al desarrollo del comercio y de las fuerzas productivas. Las reformas de mediados del siglo liberaron de estas trabas a la burguesía, dando cauce pleno a la libertad de empresa y permitiendo una mayor circulación de la mano de obra y de la tierra. Esta interpretación es, sin embargo, claramente inapropiada.

Una finca en tierra caliente, Cauca. (Grabado de Barbans, en: Le tour du monde, Paris, 1877). Hacienda de las cruces en el Quindío (Dibujo Quindío de Riou, grabado de Barban:, en: Le tour du monde París. 1877).

En primer lugar, conviene tener presente que el estancamiento de la economía colombiana en los primeros decenios de la república oculta, en realidad, dinámicas regionales muy diversas. Las guerras de independencia constituyeron en sí mismas un golpe definitivo a la economía esclavista del occidente colombiano, que había sido uno de los soportes básicos de la expansión económica en el siglo XVIII. Los esclavos se vieron envueltos en los conflictos, a veces por decisión de los amos y otras por determinación personal, atraídos por promesas de liberación hechas al fragor de las luchas. Este hecho, en el contexto de economías que ya habían perdido su dinamismo en los últimos decenios de la colonia, tuvo un efecto mucho más profundo sobre las regiones mineras y agrícolas que dependían de esta forma de trabajo que las tímidas reformas al sistema esclavista emprendidas por los reformadores de Cúcuta. Las guerras también desorganizaron las haciendas en distintas regiones del país, debido a los sucesivos embargos decretados por uno y otro bando, al saqueo de los ejércitos, a la desorganización de las redes comerciales y al peso creciente de los censos eclesiásticos en haciendas que ya no producían el mismo excedente monetario que en el pasado 31 . Según veremos más adelante, las regiones artesanales también comenzaron a sentir el peso de la competencia externa en los primeros años de vida independiente, poniendo fin a una época de expansión de las manufacturas domésticas que había tenido lugar en el siglo XVIII. La libertad de comercio decretada con la independencia propició, también, un golpe importante al principal puerto colonial (Cartagena), afectado, además, por dificultades ancestrales de acceso al río Magdalena.

Al lado de estos procesos de franco retroceso económico, los primeros años de vida independiente también presenciaron una expansión económica importante en otras regiones. La decadencia de la minería esclavista tuvo como correlato la expansión de la producción de oro de Antioquía. En efecto, la extracción del metal en esta región del país se duplicó en la primera mitad del siglo XIX —de tres cuartos a un millón y medio de pesos plata, aproximadamente 32 , al mismo tiempo que se producía una transición gradual a una minería capitalista en esta región del país. El tráfico con las Antillas inglesas y los primeros contactos directos con puertos europeos diferentes de los españoles fueron también el sustento de una actividad comercial creciente en puertos de la costa atlántica que habían tenido una vida lánguida a fines de la colonia (Santa Marta, en particular) e incluso en ciudades del interior que entraron en contacto directo con comerciantes del resto del mundo (Medellín y Bogotá, por ejemplo). La vida independiente también trajo consigo nuevas oportunidades económicas inexistentes en la colonia —la especulación con bonos de deuda pública y con las tierras baldías otorgadas a los militares durante el proceso de emancipación—, que fueron también el sustento de nuevas actividades económicas centradas en la capital de la república. Además, aun en regiones donde había síntomas de deterioro, surgieron nuevos centros que se constituyeron, después de mediados de siglo, en núcleos de expansión económica. Cali y Palmira en el valle del Cauca, enclavados en la vieja región esclavista del occidente, y Cúcuta y Bucaramanga, en los Santanderes, son los ejemplos notorios de este proceso.

Paso de Sargento (En: Voyage Pittoresque dans les deux Amériques. Para. 1836).

CONTINUAR

 

24 Murillo Toro, op. cit., págs.  165-274. (regresar24)

25 Sobre el movimiento artesanal de mediados de siglo véanse Colmenares, op. cit.; Jaime Jaramillo Uribe, "Las sociedades democráticas de artesanos y la coyuntura política y social colombiana de 1848", en Anuario colombiano de historia social y de la cultura, núm. 8, 1976; Miguel Urrutia, 27,e Development of the Colombian Labor Movement, Nueva Haven, Yale University Presa, 1969, parte 1; Gustavo Vargas Martínez, Colombia 1854: Melo, los artesanos y el socialismo, Medellín, Oveja Negra, 1972. (regresar25)

26 Ocampo, "Librecambio y proteccionismo...", op. cit. (regresra26)  

27 Ocampo, Colombia y la economía mundial, op. cit.  (regresar27)

28 Estimativos basados en los censos de población de la época.(regresar28)

29 Ocampo, Colombia y la economía mundial, op. cit., cap. IV . (regresar29)

30 Ocampo, "Librecambio y proteccionismo...", op. cit. (regresar30)

31 Tovar, op. cit.  (regresar31)

32 Sobre la producción de Antioquia a fines de la Colonia, véase Ann Twinam, Miners, Merchants. ano’ Farmers in Colonial Colombia. Austin, University of Texas Press, 1982, pág. 28, y Jorge Orlando Melo, Producción de oro y desarrollo económico en el siglo XVIII", en Sobre historia y política. Medellín, La Carreta, 1979, pág. 68. Sobre la producción de la misma región a mediados del siglo, véase Murillo Toro, op. cit.,
pág. 203, y Vicente Restrepo, Estudio sobre las minas de oro y plata de Colombia. Bogotá, Banco de la República, 1952, pág. 72. (regresar32)