Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 

García Márquez y los últimos Bolívares de la 
Gran Colombia (segunda parte)

III

"En el fondo —le dice García Márquez a María Elvira Samper—, yo no he escrito sino un solo libro, que es el mismo que da vueltas y vueltas, y sigue" 21 . Ha dicho algo semejante en varias ocasiones, y por lo general se le ha entendido de la siguiente manera: el único libro que escribe es el del realismo mágico, el de la soledad o el del amor; o el de la muerte, la gloria y la fama; o el del poder. Pero sus palabras podrían ser vistas desde otra perspectiva. Es decir, el único libro que ha escrito es el del espacio y del tiempo o, mejor dicho, el de un espacio (el Caribe y Colombia) y un tiempo (los siglos XIX y XX). Reducir el espacio y el tiempo de esta manera sería, claro está, simplificar. Pero es importante, creo, intentar establecer el sentido —o los sentidos— del espacio y del tiempo en la obra de García Márquez, como ya indiqué en mi libro sobre el escritor colombiano 22 . Ahora, seis años más tarde, encuentro mis comentarios confirmados por el propio García Márquez:

El general tiene una importancia más grande que todo el resto de mi obra. Demuestra que toda mi obra corresponde a una realidad geográfica e histórica. No es el realismo mágico y todas esas cosas que se dicen. Cuando lees el Bolívar te das cuenta de que todo lo demás tiene, de alguna manera, una base documental, una base histórica, una base geográfica que se comprueba con El general. Es como otra vez El coronel no tiene quien le escriba, pero fundamentado históricamente 23

El espacio tiene una dimensión concreta o física y una dimensión simbólica. Concretamente, el espacio en la obra de García Márquez ha sido (como indiqué en mi libro - pág. 266) un lugar geográfico —el Caribe— con excursiones a otros lugares —Bogotá— o, más recientemente, París (El rastro de tu sangre en la nieve. 1986). Simbólicamente, el espacio en que se desarrollan las vidas de los personajes es el axis mundi (el centro del universo) que da sentido tanto a la vida como a la muerte. El lugar concreto es, a la vez, lugar universal. Acordémonos de Macondo como pueblo universal, de la casa de los Buendías, del cuarto de Melquíades, del palacio del patriarca, del pueblo (lugar "agónico") de Santiago Nasar, o del buque de vapor de Florentino Ariza y Fermina Daza. Esta relación espacial entre lo particular y lo universal hace que la obra de García Márquez sea una contemplación mítica.

Pero el espacio no existe fuera del tiempo. Al contrario, existe en el tiempo y es asediado por éste. Macondo se funda, crece y se destruye; la casa de los Buendías se derrumba; el palacio del patriarca cede a los picotazos de los gallinazos, a la maleza, a las vacas y a los soldados que lo invaden. El tiempo parece acabar con el espacio —o, mejor dicho, con las cosas en el espacio— como acaba con el cuerpo. Su trayectoria es lineal. No trayectoria sin remedio, empero. Y el remedio es la eternidad, cuya imagen es el círculo. "El tiempo no pasa—dice Ürsulaen Cien años de soledad—, sino que da vueltas en redondo" 24 . El tiempo lineal es—generalmente pero no siempre— el tiempo histórico; el circular, el mítico.

Bolívar es un personaje de la historia. Por lo tanto, el tiempo en El general en su laberinto hade ser —pensará el lector— un tiempo histórico, lineal. Su vida, como se indica al fin de la novela, no volverá a repetirse. Bolívar también se ha convertido, para Colombia y para Latinoamérica, en figura legendaria; es parte de nuestro panteón. Se ha convertido, en fin, en mito. ¿Cómo lo indica García Márquez? No tanto por la descripción de sus hazañas, ni tampoco por su inmortalidad (pues no lo fue) y el intento de García Márquez es, ha dicho, el de humanizarlo. No lo indica, pues, a través de la persona del Libertador. Lo expresa por medio de los adverbios temporales que lo describen 25 :   "siempre", "nunca", "jamás", "eterno", "como siempre" "para siempre", "los siglos de los siglos". Tales lexemas saturan todo el ambiente de la novela. Niegan el tiempo lineal, convirtiéndolo y elevándolo a mítico. La línea se convierte en círculo. La historia entra en un laberinto.

Complicado es el uso del tiempo en El general en su laberinto. García Márquez, en vez de escribir una novela histórica convencional, escribe una obra que es a la vez un comentario, desde el presente sobre el tiempo pasado (la época de Bolívar y todo el siglo XIX), sobre el presente (el tiempo del narrador y del lector), y sobre el futuro (las profecías de Bolívar) que se convierten, a su vez, en el pasado y el presente del narrador y del lector. Así notamos, por ejemplo, las profecías de Bolívar acerca del caudillaje, de las guerras civiles, e inclusive hasta de la deuda externa. Complicando el uso del tiempo aún más es el nunc stans narrativo que habíamos visto ya en Cien años de soledad, que se inicia por medio de la primera oración que encierra el tiempo presente de la lectura y de la narración con el futuro ("muchos años después") y el pasado ("aquella tarde remota").

El general en su laberinto presenta dicho nunc stans principalmente en dos formas. Una se lee en las dos primeras oraciones de la novela. El tiempo verbal pretérito ("encontró", "creyó") anticipa el hecho futuro (para el lector, ya acontecido) de la muerte del Libertador (en la primera oración se ve a un Bolívar "ahogado", y en la segunda a un Bolívar "ya no de este mundo"). La otra forma del nunc stans utiliza la técnica, ya citada, en Cien años de soledad.

Veamos algunos de los laberintos temporales del nunc stans en un solo párrafo de El general en su laberinto. Se encuentra en la página 79. En Honda, Bolívar, durante los varios días que pasa allí esperando el momento del embarque, anticipa una carta de Manuela Sáenz, que no llega. Se anuncia con el tiempo verbal pretérito: "un emisario
[...] llevó más tarde el recado verbal" (pág. 79). A esta forma temporal le sigue otra, en imperfecto ("Manuela no lo había escrito", "lo había mandado", etc.); al imperfecto le sigue otro que mira hacia el futuro ("provocaciones [...]  que habla determinar para ella con el destierro y el olvido"). Es este un futuro remoto (como en "muchos años después" de Cien años) en el mundo narrado que es a la vez un pasado (pretérito, completo) en el mundo del narrador y. naturalmente, del lector. El párrafo se cierra con el tiempo pretérito otra vez: "el general sonrió con la mala noticia". El uso de todos estos tiempos gramaticales señalan la compleja simultaneidad del pasado, del presente y del futuro, elevándolos al nivel de la enunciación mítica. Tal técnica se conoce no sólo como el nunc stans sino también como el illud tempus de los mitólogos; el tiempo que marca el origen, la formación; que contiene en si, como la semilla al árbol, todo el futuro.

IV

El espacio, como dijimos anteriormente, no existe independiente del tiempo, ni el tiempo fuera del espacio, idea formulada en El general en su laberinto por medio dedos imágenes distintas pero en cierta forma relacionadas: la del laberinto y la del río. Por una parte, el laberinto es una imagen que señala un movimiento inútil en el espacio y un estancamiento en el tiempo. Por otra parte, el río asocia lo lineal, el movimiento del espacio en el tiempo, ya que en sus aguas fluyen las dos dimensiones. En García Márquez, el río se convierte en algo más complicado, en hilo que conduce no a la salida del laberinto, como lo fue en el caso de Teseo y el Minotauro, sino hacia su centro mismo. Conduce a un laberinto que destruye al héroe, y no al que comprueba su fuerza o su inteligencia. El laberinto en García Márquez no es metáfora del heroísmo. Es metáfora de la tragedia de la condición humana, de aquel viaje al centro del laberinto que contempla el sacrificio de nuestra existencia: nuestra muerte.

El Bolívar histórico reconoce claramente el sentido metafórico del río:

¿ Cuánto tiempo [le dice Bolívar a Joaquín Posada Gutiérrez] tardará esta agua [de este riachuelo] en confundirse con la del inmenso océano como se confunde el hombre en la podredumbre del sepulcro con la tierra de donde salió? Una gran parte se evapora y se sutiliza, como la gloria humana, como la fama, ¿no es verdad, coronel? 26.

El año es 1830; el lugar, el retiro de Fucha (cerca de Bogotá). Las palabras se pronuncian en marzo, después de la renuncia final de Bolívar (el 20 de enero) pero antes del comienzo (el 8 de mayo) del viaje que lo llevará a la muerte. Las palabras de Bolívar se inspiran en una tradición bien establecida y conocida en la literatura occidental del río como metáfora del tiempo, de la vida y del camino hacia la muerte. Ya en la Biblia, en el Eclesiastico (6:7), se había dicho que todos los ríos desembocan en el mar, y que éste nunca se llena. Heráclito había utilizado el río como metáfora del tiempo, de una realidad que siempre fluye, que nunca se repite pero que sigue siempre presente. Y Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre había escrito: "nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir". Todos estos significados del río se encuentran en el Magdalena de El general en su laberinto.

Pero hay otros, y éstos igualmente importantes. El río Magdalena es metáfora (y realidad) unificadora en las dos últimas novelas de García Márquez (y en la geografía de Colombia). Une la costa con el interior, el mundo del Caribe con el de los "cachacos". Une el ascenso de Bolívar (pues llega a la gloria —así lo dijo él mismo— en su campaña para liberar el Magdalena en 1812y 1813) con su descenso. Es por el mismo río, en dirección opuesta, por donde inicia su peregrinación al reino de la muerte 27 . El Magdalena es, también, imagen del tiempo que pasa y que nunca se repite; imagen, desde luego, de la historia, de la vida que puede vivirse una sola vez.

El Magdalena desemboca, como casi todos los ríos al fin, en el mar, pero Bolívar termina su recorrido fluvial en un laberinto de espera. No alcanza a llegar a la meta anticipada por el congreso en Bogotá: una isla caribeña o un país europeo, sitios. ambos, del destierro permanente. El momento de desembarque inicia, podríamos decir, apelando al titulo de un libro de Rodríguez Monegal sobre Neruda, un viaje inmóvil. Éste no conduce a ninguna parte. Consiste en dar vueltas en espera de algo que no sucede. Es un viaje sin salida. De Cartagena a Turbaco, al ingenio de San Pedro Alejandrino, en las afueras de Santa Marta, Bolívar recorre su laberinto final. No es Teseo; carece de su hilo salvador; no puede ayudarle otra Ariadna. Sumamente fatalista —y clásica— es la visión de García Márquez. Bolívar podría haber sido una figura sacada de una tragedia de Sófocles. ¿No será esta la razón por la cual García Márquez elige como epígrafe de su novela unos sentimientos dignos de Edipo? "Parece [dice el epígrafe, que se forma de una carta de Bolívar dirigida a Santander, el 4 de agosto de 1823] que el demonio dirige las cosas de mi vida".

Tal sentido de fatalidad, en íntima relación con el otro lado de la existencia, es decir, con el mundo de los demonios, de la muerte y de los sueños, vincula a este Bolívar de García Márquez con los otros Bolívares recientes de Colombia. Lo vincula, también, con el tema del laberinto. Parece imposible escribir sobre Bolívar hoy día sin escribir sobre el otro lado de la existencia. Alvaro Mutis se muestra consciente de esta temática al narrar, en la última escena de su cuento, un sueño de Bolívar en el cual se encuentra en un laberinto (!) que anuncia —por medio de una mujer y de un mendigo ciego— la inminencia de la muerte. Fernando Cruz Kronfly reconoce profundamente el otro lado de la existencia. Toda su novela surrealista se centra en estas ideas. Hasta Germán Arciniegas se ve obligado a reconocer el otro lado de las cosas: hacia el final de su estudio abandona sus perspectivas de crítico e historiador para zambullirse en la mente y en los sueños de un Bolívar delirante. No olvidemos que fue el mismo Bolívar el que soñó —y reconoció como importante y clave en su vida— "el delirio en el Chimborazo". Otro de los demonios dirigentes en su vida.

Todo este mundo del otro lado de las cosas es un laberinto. Pero es no menos un laberinto de las cosas de todos los días, de la vida en sí y, al fin, de la muerte. No hay nada más natural que la muerte, y nada más natural que, en su portal, busquemos desesperadamente la salida. Pero una vez que nos deposite el río de nuestra vida dentro del acto de morir, dentro del laberinto final, no encontraremos la salida. No la encontró ni el Bolívar de la historia, ni el de la ficción. Inclusive podría decirse que no buscó la salida; "bajó contento al sepulcro", como indica en uno de sus pronunciamientos finales. Tal conformidad con los límites necesarios del tiempo y del espacio es, me parece, lo que distingue a Bolívar —tanto en la historia como en la interpretación de García Márquez— del "patriarca", del dictador, o del tirano. Aquella humildad lo baja de las estatuas, quizá, pero al mismo tiempo lo eleva a un nivel sumamente, y profundamente, humano *.

MICHAEL PALENCIA-ROTH

PRIMERA PARTE

2 1 Semana, pág. 28.(regresar21)

22 Gabriel García Márquez : la línea. el círculo y las metamorfosis del mito, Madrid, Editorial Grados, 1983, págs., 265 y sig. (regresar22)

23 Semana, pág. 28. (regresar23)

24 García Márquez, Cien años de soledad, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1967, pág. 285.(regresar24)

25  La presencia de algunos de estos adverbios lo nota Juan Cruz en su breve rascas de la novela en El País, Madrid, 3 de abril de 1989, suplemento Cultura, pág. 2. (regresar25)

26 Joaquín Posada Gutiérrez, Memorias histórico-políticas. Medellín, Editorial Bedout, 1971, vol. 1. pág. 370. (regresar26)

27 El Magdalena tiene también un significado personal para García Márquez, ya que ha viajado río arriba y abajo repetidas veces y lo conoce pueblo por pueblo. El Magdalena es, según opina López Michelsen en su carta abierta a García Márquez, "su gran amor" (El Tiempo, Bogotá, 26 de febrero de 1989, pág. SA). (regresar27)

* Agradezco las sugerencias estilísticas de mis amigos y colegas Antonio Carreño y Nelly González. (regresar*)