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García
Márquez y los últimos Bolívares de la
Gran Colombia (segunda parte)
III
"En el fondo
le dice García Márquez a María Elvira Samper, yo no he escrito sino un solo
libro, que es el mismo que da vueltas y vueltas, y sigue"
21
. Ha dicho algo semejante en varias ocasiones, y por lo
general se le ha entendido de la siguiente manera: el único libro que escribe es el del
realismo mágico, el de la soledad o el del amor; o el de la muerte, la gloria y la fama;
o el del poder. Pero sus palabras podrían ser vistas desde otra perspectiva. Es decir, el
único libro que ha escrito es el del espacio y del tiempo o, mejor dicho, el de un espacio
(el Caribe y Colombia) y un tiempo (los siglos XIX y XX). Reducir el espacio
y el tiempo de esta manera sería, claro está, simplificar. Pero es importante, creo,
intentar establecer el sentido o los sentidos del espacio y del tiempo en la
obra de García Márquez, como ya indiqué en mi libro sobre el escritor colombiano
22
.
Ahora, seis años
más tarde, encuentro mis
comentarios confirmados por el propio García Márquez:
El general tiene
una importancia más grande que todo el resto de mi obra. Demuestra que toda mi obra
corresponde a una realidad geográfica e histórica. No es el realismo mágico y todas
esas cosas que se dicen. Cuando lees el Bolívar te das cuenta de que todo lo demás
tiene, de alguna manera, una base documental, una base histórica, una base geográfica
que se comprueba con El general. Es como otra vez El coronel no tiene quien le
escriba,
pero fundamentado históricamente
23
El espacio tiene una
dimensión concreta o física y una dimensión simbólica. Concretamente, el espacio en la
obra de García Márquez ha sido (como indiqué en mi libro - pág. 266) un lugar
geográfico el Caribe con excursiones a otros lugares Bogotá o,
más recientemente, París (El rastro de tu sangre en la nieve. 1986).
Simbólicamente, el espacio en que se desarrollan las vidas de los personajes es el axis
mundi (el centro del universo) que da sentido tanto a la vida como a la muerte. El
lugar concreto es, a la vez, lugar universal. Acordémonos de Macondo como pueblo
universal, de la casa de los Buendías, del cuarto de Melquíades, del palacio del
patriarca, del pueblo (lugar "agónico") de Santiago Nasar, o del buque de vapor
de Florentino Ariza y Fermina Daza. Esta relación espacial entre lo particular y lo
universal hace que la obra de García Márquez sea una contemplación mítica.
Pero el espacio no
existe fuera del tiempo. Al contrario, existe en el tiempo y es asediado por éste.
Macondo se funda, crece y se destruye; la casa de los Buendías se derrumba; el palacio
del patriarca cede a los picotazos de los gallinazos, a la maleza, a las vacas y a los
soldados que lo invaden. El tiempo parece acabar con el espacio o, mejor dicho, con
las cosas en el espacio como acaba con el cuerpo. Su trayectoria es lineal. No
trayectoria sin remedio, empero. Y el remedio es la eternidad, cuya imagen es el círculo.
"El tiempo no pasadice Ürsulaen Cien años de soledad, sino que
da vueltas en redondo"
24
.
El tiempo lineal esgeneralmente pero no
siempre el tiempo histórico; el circular, el mítico.
Bolívar es un
personaje de la historia. Por lo tanto, el tiempo en El general en su laberinto hade
ser pensará el lector un tiempo histórico, lineal. Su vida, como se indica
al fin de la novela, no volverá a repetirse. Bolívar también se ha convertido, para
Colombia y para Latinoamérica, en figura legendaria; es parte de nuestro panteón. Se ha
convertido, en fin, en mito. ¿Cómo lo indica García Márquez? No tanto por la
descripción de sus hazañas, ni tampoco por su inmortalidad (pues no lo fue) y el intento
de García Márquez es, ha dicho, el de humanizarlo. No lo indica, pues, a través de la persona
del Libertador. Lo expresa por medio de los adverbios temporales que lo describen
25
:
"siempre", "nunca",
"jamás", "eterno",
"como siempre" "para siempre",
"los siglos de los siglos". Tales lexemas saturan todo el ambiente de la novela.
Niegan el tiempo lineal, convirtiéndolo y elevándolo a mítico. La línea se convierte
en círculo. La historia entra en un laberinto.
Complicado
es el uso del tiempo en El general en su laberinto. García Márquez, en vez de
escribir una novela histórica convencional, escribe una obra que es a la vez un
comentario, desde el presente sobre el tiempo pasado (la época de Bolívar y todo el
siglo XIX), sobre el presente (el tiempo del narrador y del lector), y sobre el futuro
(las profecías de Bolívar) que se convierten, a su vez, en el pasado y el presente del
narrador y del lector. Así notamos, por ejemplo, las profecías de Bolívar acerca del
caudillaje, de las guerras civiles, e inclusive hasta de la deuda externa. Complicando el
uso del tiempo aún más es el nunc stans narrativo que habíamos visto ya en Cien
años de soledad, que se inicia por medio de la primera oración que encierra el
tiempo presente de la lectura y de la narración con el futuro ("muchos años
después") y el pasado ("aquella tarde remota").
El general en su laberinto presenta dicho nunc
stans principalmente en dos formas. Una se lee en las dos primeras oraciones de la
novela. El tiempo verbal pretérito ("encontró", "creyó") anticipa
el hecho futuro (para el lector, ya acontecido) de la muerte del Libertador (en la primera
oración se ve a un Bolívar "ahogado", y en la segunda a un Bolívar "ya
no de este mundo"). La otra forma del nunc stans utiliza la técnica, ya
citada, en Cien años de soledad.
Veamos algunos de
los laberintos temporales del nunc stans en un solo párrafo de El general en su
laberinto. Se encuentra en la página 79. En Honda, Bolívar, durante los varios días
que pasa allí esperando el momento del embarque, anticipa una carta de Manuela Sáenz,
que no llega. Se anuncia con el tiempo verbal pretérito: "un emisario
[...] llevó más tarde el recado verbal" (pág. 79). A esta forma temporal le sigue
otra, en imperfecto ("Manuela no lo había escrito", "lo había
mandado", etc.); al imperfecto le sigue otro que mira hacia el futuro
("provocaciones [...] que habla determinar para ella con el destierro y el
olvido"). Es este un futuro remoto (como en "muchos años después" de Cien
años) en el mundo narrado que es a la vez un pasado (pretérito, completo) en el
mundo del narrador y. naturalmente, del lector. El párrafo se cierra con el tiempo
pretérito otra vez: "el general sonrió con la mala noticia". El uso de todos
estos tiempos gramaticales señalan la compleja simultaneidad del pasado, del presente y
del futuro, elevándolos al nivel de la enunciación mítica. Tal técnica se conoce no
sólo como el nunc stans sino también como el illud tempus de los
mitólogos; el tiempo que marca el origen, la formación; que contiene en si, como la
semilla al árbol, todo el futuro.
IV
El espacio, como
dijimos anteriormente, no existe independiente del tiempo, ni el tiempo fuera del espacio,
idea formulada en El general en su laberinto
por medio dedos imágenes
distintas pero en cierta forma
relacionadas: la del laberinto y la del río. Por
una parte, el laberinto es una imagen que señala un movimiento inútil en el espacio y un
estancamiento en el tiempo. Por otra parte, el río asocia lo lineal, el movimiento del
espacio en el tiempo, ya que en sus aguas fluyen las dos dimensiones. En García Márquez,
el río se convierte en algo más complicado, en hilo que conduce no a la salida del
laberinto, como lo fue en el caso de Teseo y el Minotauro, sino hacia su centro mismo.
Conduce a un laberinto que destruye al héroe, y no al que comprueba su fuerza o su
inteligencia. El laberinto en García Márquez no es metáfora del heroísmo. Es metáfora
de la tragedia de la condición humana, de aquel viaje al centro del laberinto que
contempla el sacrificio de nuestra existencia: nuestra muerte.
El Bolívar histórico
reconoce claramente el sentido metafórico del río:
¿ Cuánto tiempo [le dice
Bolívar a Joaquín Posada Gutiérrez] tardará esta agua [de este riachuelo] en
confundirse con la del inmenso océano como se confunde el hombre en la podredumbre del
sepulcro con la tierra de donde salió? Una gran parte se evapora y
se sutiliza, como la gloria humana, como la fama, ¿no es verdad, coronel?
26.
El año es 1830; el
lugar, el retiro de Fucha (cerca de Bogotá). Las palabras se pronuncian en marzo,
después de la renuncia final de Bolívar (el 20 de enero) pero antes del comienzo (el 8
de mayo) del viaje que lo llevará a la muerte. Las palabras de Bolívar se inspiran en
una tradición bien establecida y conocida en la literatura occidental del río como
metáfora del tiempo, de la vida y del camino hacia la muerte. Ya en la Biblia, en el Eclesiastico
(6:7), se había dicho que todos los ríos desembocan en el mar, y que éste nunca se
llena. Heráclito había utilizado el río como metáfora del tiempo, de una realidad que
siempre fluye, que nunca se repite pero
que sigue siempre presente. Y Jorge
Manrique en Coplas por la muerte de su padre había escrito: "nuestras vidas
son los ríos / que van a dar en la mar, / que es
el morir". Todos estos significados del río se encuentran en el Magdalena de El
general en su laberinto.
Pero hay otros, y éstos
igualmente importantes. El río Magdalena es metáfora (y realidad) unificadora en las dos
últimas novelas de García Márquez (y en la geografía de Colombia). Une la costa con el
interior, el mundo del Caribe con el de los "cachacos". Une el ascenso de
Bolívar (pues llega a la gloria así lo dijo él mismo en su campaña para
liberar el Magdalena en 1812y 1813) con su descenso. Es por el mismo río, en dirección
opuesta, por donde inicia su peregrinación al reino de la muerte
27
. El Magdalena es, también, imagen del tiempo que pasa
y que nunca se repite; imagen, desde luego, de la historia, de la vida que puede vivirse
una sola vez.
El Magdalena
desemboca, como casi todos los ríos al fin, en el mar, pero Bolívar termina su recorrido
fluvial en un laberinto de espera. No alcanza a llegar a la meta anticipada por el
congreso en Bogotá: una isla caribeña o un país europeo, sitios. ambos, del destierro
permanente. El momento de desembarque inicia, podríamos decir, apelando al titulo de un libro de Rodríguez Monegal sobre
Neruda, un viaje inmóvil. Éste no conduce a
ninguna parte. Consiste en dar vueltas en espera de algo que no sucede. Es un viaje sin
salida. De Cartagena a Turbaco, al ingenio de San Pedro Alejandrino, en las afueras de
Santa Marta, Bolívar recorre su laberinto final. No es Teseo; carece de su hilo salvador;
no puede ayudarle otra Ariadna. Sumamente fatalista y clásica es la visión
de García Márquez. Bolívar podría haber sido una figura sacada de una tragedia de
Sófocles. ¿No será esta la razón por la cual García Márquez elige como epígrafe de
su novela unos sentimientos dignos de Edipo? "Parece [dice el epígrafe, que se forma
de una carta de Bolívar dirigida a Santander, el 4 de agosto de 1823] que el demonio
dirige las cosas de mi vida".
Tal sentido de fatalidad,
en íntima relación con el otro lado de la existencia, es decir, con el mundo de los
demonios, de la muerte y de los sueños, vincula a este Bolívar de García Márquez con
los otros Bolívares recientes de Colombia. Lo vincula, también, con el tema del
laberinto. Parece imposible escribir sobre Bolívar hoy día sin escribir sobre el otro
lado de la existencia. Alvaro Mutis se muestra consciente de esta temática al narrar, en
la última escena de su cuento, un sueño de Bolívar en el cual se encuentra en un
laberinto (!) que anuncia por medio de una mujer y de un mendigo ciego la
inminencia de la muerte. Fernando Cruz Kronfly reconoce profundamente el otro lado de la
existencia. Toda su novela surrealista se centra en estas ideas. Hasta Germán Arciniegas
se ve obligado a reconocer el otro lado de las cosas: hacia el final de su estudio
abandona sus perspectivas de crítico e historiador para zambullirse en la mente y en los
sueños de un Bolívar delirante. No olvidemos que fue el mismo Bolívar el que soñó
y reconoció como importante y clave en su vida "el delirio en el
Chimborazo". Otro de los demonios dirigentes en su vida.
Todo este mundo del otro
lado de las cosas es un laberinto. Pero es no menos un laberinto de las cosas de
todos los días, de la vida en sí y, al
fin, de la muerte. No hay nada más natural que la muerte, y nada más natural que, en su
portal, busquemos desesperadamente la salida. Pero una vez que nos deposite el río de
nuestra vida dentro del acto de morir, dentro del laberinto final, no encontraremos la
salida. No la encontró ni el Bolívar de la historia, ni el de la ficción. Inclusive
podría decirse que no buscó la salida; "bajó contento al sepulcro", como
indica en uno de sus pronunciamientos finales. Tal conformidad con los límites necesarios
del tiempo y del espacio es, me parece, lo que distingue a Bolívar tanto en la
historia como en la interpretación de García Márquez del "patriarca",
del dictador, o del tirano. Aquella humildad lo baja de las estatuas, quizá,
pero al mismo tiempo lo eleva a un nivel sumamente, y profundamente, humano *.
MICHAEL PALENCIA-ROTH
PRIMERA PARTE
2
1
Semana, pág. 28.(regresar21)
22
Gabriel
García Márquez
:
la línea. el
círculo y las metamorfosis
del mito, Madrid, Editorial Grados, 1983, págs., 265 y sig. (regresar22)
23 Semana, pág. 28. (regresar23)
24 García Márquez,
Cien años de soledad, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1967, pág. 285.(regresar24)
25 La presencia de
algunos de estos adverbios lo nota Juan Cruz en su breve rascas de la novela en El País,
Madrid, 3 de abril de 1989, suplemento Cultura, pág. 2.
(regresar25)
26 Joaquín Posada
Gutiérrez, Memorias histórico-políticas. Medellín, Editorial Bedout, 1971, vol. 1.
pág. 370. (regresar26)
27 El Magdalena
tiene también un significado personal para García Márquez, ya que ha
viajado río arriba y abajo repetidas veces y lo conoce
pueblo por pueblo. El Magdalena es, según opina López Michelsen en su carta abierta a
García Márquez, "su gran amor" (El Tiempo, Bogotá, 26 de febrero de 1989,
pág. SA). (regresar27)
* Agradezco las
sugerencias estilísticas de mis amigos y colegas Antonio Carreño y Nelly González. (regresar*)
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