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Germán
Colmenares:
una
memoria personal*
Conocí a Germán
Colmenares en una época que ya parece inverosímil:
en 1957, en una breve visita a Bogotá, tropecé
en las oficinas de un periódico estudiantil que dirigía Fernando Cepeda Ulloa con un
bogotano de 19 años, de atuendo rosarista, que discutía con ironía y dominio precoz
acerca de Ortega y Gasset, Max Scheler o Weber. Luego, cuando empecé filosofía en la
Universidad Nacional, lo reconocí estaba en último año y desde entonces
fuimos amigos y colegas en muchos proyectos: aprendí a apreciar su intransigencia moral e
intelectual, su lealtad con sus amigos, su desdén a
veces agresivo de la mediocridad, su sorprendente
capacidad de trabajo, su capacidad para ver nuevos problemas y plantear nuevas preguntas,
y aprendí a ver con distancia ciertos rasgos de su carácter que a veces lo separaban de
sus colegas, como su ocasional pedantería, su despliegue de erudición, la vanidad por
sus éxitos intelectuales o el reconocimiento internacional y hasta su orgullo por no ser
miembro de la Academia Colombiana de Historia.
En 1961 sacamos una
revista mensual, Esquemas, con la colaboración de Rubén Sierra Mejía y Rubén
Jaramillo, en la que, junto con sus artículos sobre el siglo XIX o Maquiavelo se
publicaron textos de Lukacs, Goldmann y las que probablemente fueron las primeras
traducciones al español de Herbert Marcuse, hechas por otro de los amigos de entonces,
Nicolás Suescún. Eran años de intensa aventura intelectual y de una discreta bohemia:
trasnochaba a veces, pero menos que nosotros, en los cafés de la carrera séptima, El
Cisne o El Excelsior, en largas discusiones con Suescún, Carlos J. María o sus colegas
de la revista.
Su precocidad seguía
siendo asombrosa, así como su forma ordenada y obsesiva de trabajar. En ese año de Esquemas,
mientras terminaba filosofía y derecho, escribió su tesis para el Colegio del
Rosario, publicada con el nombre de Partidos Políticos y Clases Sociales. Era un
trabajo sorprendente para un autor de 22 años. Ortega y Gasset había quedado atrás,
aunque quizás dejó cierta influencia en su estilo, que nunca se amoldó a la exigencia
de frases cortas de los editores modernos y trataba de conservar la complejidad de una
idea en la estructura amplia de la frase. Sus libros de cabecera eran ya obras de
historiadores y su inspiración teórica provino en buena parte de Historia y
Conciencia de Clase, la clásica obra de Luckas que acababan de publicar en Francia.
Las lecturas de autores
marxistas, que influyeron muy selectiva y críticamente en su trabajo, no alteraron un
rasgo central de su actividad intelectual: su desprecio por la actividad política
nacional. En primer lugar
por los
partidos tradicionales, en los que veía una simple farsa mercenaria. Pero también por
los radicalismos de izquierda, estimulados en su opinión por rebeldías adolescentes, sin
solidez ni realismo. Sólo lo atraía la respetabilidad moral y la dignidad de algunos
pocos políticos de izquierda, como Gerardo Molina o Diego Montaña Cuéllar. En su vida
firmó pocas adhesiones a proyectos políticos: creo que la única excepción fue su
respaldo, en 1982, a la candidatura presidencial de Socorro Ramírez.
Su verdadero campo
de acción fue académico: escritor y maestro. En la Universidad Nacional había estudiado
con Jaime Jaramillo Uribe, quien introducía a sus estudiantes a la obra de Fernand
Braudel y del grupo de Annales. En 1964, roto su primer matrimonio, que nos había
hecho concuñados lo mismo que a Estanislao Zuleta, quien también acaba de
abandonarnos fue a París a estudiar historia, y luego viajó a Chile, donde hizo
una maestría en un ambiente muy influido por los franceses. Regresó a Colombia en ยก967,
y trabajó en la Universidad de los Andes, donde cl rector Francisco Pizano de Brigard dio
un amplio respaldo a un proyecto de investigación y docencia en el que colaboraron
también Margarita González y Darío Fajardo. Publicaron documentos sobre historia del
trabajo y una serie de monografías sobre población indígena que cambiaron nuestra
imagen de la catástrofe demográfica que siguió a la conquista española. Estos trabajos
le dieron un temprano prestigio internacional. Woodrow Borah, el gran gurú de la historia
latinoamericana de
la
Universidad de California, dedicó casi un libro completo a discutir sus planteamientos, y
Fernand Braudel le abrió el camino para un regreso a París, acompañado por su esposa
Marina Jiménez, donde hizo, en el inverosímil tiempo de un año y medio, un doctorado,
con una tesis publicada luego como Historia Social y Económica de Colombia.
Volvió a Colombia en
1971, pero los Andes no quiso volverlo a nombrar: había respaldado, con Eduardo Camacho
Guizado y otros académicos, una especie de sindicato profesoral. Se fue entonces a la
Universidad del Valle, como Decano de Humanidades, y allí se quedó casi veinte años. En
los últimos años quería volver a Bogotá, y trató de vincularse a la Universidad
Nacional, pero un absurdo estatuto docente lo clasificaba por debajo de colegas cuya obra,
al lado de la suya, era insignificante. Fue la Universidad de los Andes la que lo nombró,
hace apenas tres meses, Decano de Ciencias Sociales y Humanidades, cargo que aceptó
entusiasmado pero no pudo nunca disfrutar.
En el Valle su
trabajo fue también sorprendente. A veces parecía que publicaba un libro anual: tras
diez meses de transcribir sus documentos en unas fichas bien ordenadas, en dos meses
redactaba doscientas o trescientas páginas, que quedaban listas para la imprenta. Casi no
revisaba estos textos, y por supuesto esto se nota a veces. Tampoco se preocupaba mucho
por la literatura secundaria sobre el tema que iba a tratar: trabajaba con base en los
grandes científicos sociales del mundo, que lo inspiraban y lo atraían, y una abundante
documentación, que a veces imponía la estructura a la obra. Casi nunca utilizó
asistentes ni pidió financiación para sus investigaciones: una que tuvo de Colciencias
la devolvió, pues los auditores no le permitían trabajar en los archivos bogotanos
durante sus vacaciones. Sus trabajos fueron escritos mientras dictaba tres cursos y
ocupaba alguna función administrativa. Las veces que tuvo asistentes, los escogió bien y
se abrieron camino: fueron Darío Fajardo, Augusto Gómez y Pablo Rodríguez, todos
académicos reconocidos. De esos años son sus libros más notables; Popayán, una
sociedad esclavista; Cali: terratenientes, mineros y comerciantes; Rendón: una fuente
para la historia de la opinión pública y Las convenciones contra la cultura.
Después de
Braudel y Borah, que influyeron su obra inicial, se sintió atraído por autores, viejos y
nuevos, que le ofrecían miradas novedosas sobre los problemas históricos. Nunca se
sintió a gusto con Althusser o Foucault, pero se fascinó con Cristaller y su teoría del
"lugar central", con Panowsky y sus estudios iconográficos, con la
"metahistoria" de White, con los análisis literarios de Norton Frye, con
Clifford Geertz y su "thick description". Sus nuevos trabajos iban en esas
nuevas direcciones: propuso hace tres o cuatro años una historia del poblamiento
colombiano, apoyada en Cristaller, aunque luego abandonó este plan, retomado por otros
historiadores. Estaba escribiendo, al morir, una Historia de Bogotá,
su ciudad
natal, insatisfecho con lo que consideraba el gran desperdicio de información de las
historias publicadas con ocasión de los 450 años. Además estaba reelaborando los dos
tomos de su clásica Historia Económica y Social de Colombia, para
actualizaría y darle una estructura mejor balanceada.
Sin
hobbies ni gustos deportivos, dedicaba mucho tiempo a la lectura voraz de novelas, de
grandes autores pero también de la serie negra o de detectives. El cine era otra de sus
aficiones, y me parece que nunca vio un programa de televisión. Le encantaban la
conversación, en la que desplegaba una ironía y una mordacidad muy bogotanas, los viajes
al exteriorfue profesor invitado en las Universidades de Cambrsdge y Columbia e iba
con frecuencia a simposios y congresos, la buena comida y el buen vino, y hacia
cierto alarde de su sibaritismo, pero en realidad su vida fue extraordinariamente austera,
dedicada exclusivamente al trabajo, a la lectura, a su familia y a sus amigos.
Vivió con valor, con
dignidad y con un humor indeclinable su última enfermedad, como todas las cosas de su
vida. La última vez que hablé con él, ya en sus últimos días aunque todavía capaz de
hacer chistes sobre su situación, se refirió sobre todo a sus amigos: "hemos hecho
juntos muchas cosas que van a quedar: esa es la única manera de crear espíritu".
JORGE
ORLANDO MELO
* Tomado de la
Prensa, 28 de marzo de 1990.(regresar*)
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