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La ley
y el orden social: fundamento profano y
fundamento divino (segunda parte)
V
Hasta aquí se han
descrito algunas situaciones particulares en las cuales se inscribían con claridad los
códigos más generales que informaban la vida y la actuación del Estado colonial. Ante
todo, una indiferenciación entre lo público y lo privado, en la que lo político estaba
conectado en lo más íntimo de la conciencia con el sistema de creencias religiosas. La
configuración de los órdenes sociales era también un orden político del que sólo
podía escaparse en regiones de refugio, en donde no podía operar el orden jerárquico
afianzado en los centros urbanos. Los liberales del siglo XIX podían percibir la profunda
extrañeza de ese orden que el discurso político había trastocado. La revolución había
hecho aparecer un espacio público y un lenguaje adecuado para ese nuevo ámbito.
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Milicias
neogranadinas, acuarela sobre papel de Edward Mark. (Colección de la Biblioteca Luis
Angel Arango).
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En
un libro reciente, Renán Silva ha inventariado cuidadosamente el repertorio de ideas que
fueron la materia de los discursos del Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de
Bogotá, semanario publicado entre 1791 y 1797. Silva persigue en cada tema y en cada idea
proveniente de la Ilustración la torsión peculiar que debe señalar cierta originalidad
en su adaptación a las circunstancias locales. Dentro de ese mundo cerrado de intereses
localistas, lo que llama la atención de ese primer intento de enfrentar la realidad
propia, aun con ideas prestadas, es la búsqueda y conformación de un público. Aun si se
trataba solamente de una minoría ilustrada, halagada una y otra vez como "la parte
más sana e instruida de la nación", o "el corto y precioso número que va por
los caminos de la sabiduría y la prudencia", o todavía, "esa porción de
vivientes que la naturaleza ha dotado de sobresalientes luces,
distinguiéndola honrosamente de la miserable multitud".
13
Dirigirse a un público
para promover la discusión de "intereses generales" era una invitación a
trascender el egoísmo y los localismos en un espacio público que los cautos discursos
del semanario tanteaban para fijar el ámbito y las dimensiones. La novedad de este paso
puede medirse al contrastar el tipo de asuntos que se ventilaban en el semanario con
aquellos que hasta entonces habían sido objeto de una atención rutinaria en los cabildos
de ciudades y villas. Los temas del semanario iban siendo sugeridos por la razón y por la
filosofía, en tanto que el foro tradicional de los cabildos apenas aceptaba aquellos
debates en que se negociaban aranceles, abastos y rentas de los propios municipales. En el
nuevo espacio, cualquier espíritu a la altura del siglo podía ejercitarse en discursos
que apuntaran al "interés general", haciendo caso omiso de esas menudas
transacciones en las cuales sólo podían ocuparse los espíritus egoístas e imbuidos de
"preocupaciones". En el nuevo espacio, las palabras alcanzaban una especial
resonancia, lanzadas al centro de la atención del público, así no fuera otro que el
corto y precioso número de un público instruido. El nuevo espacio público contrastaba
también con el viejo espacio de rituales y ceremonias, en el que la rígida codificación
de los gestos, de las preeminencias y del orden de las corporaciones reiteraba los
símbolos de la permanencia de un orden de cosas.
La aparición de
este espacio público tenía que romper el continium de un espacio que cobijaba
indistintamente los íntimos deberes morales como los deberes del vasallo hacia su
soberano. La minoría "dotada de sobresalientes luces" aceptaba gustosa el peso
de las obligaciones impuestas por un humanismo cívico republicano, forzosamente laico, de
la misma manera que sus herederos liberales aceptaban sólo a regañadientes la influencia del púlpito
14.
El espacio público iba
elaborando un lenguaje amplificado, adecuado para nuevos ámbitos. Era contrastando esta
amplificación con el hilo tenue de la comidilla, los pasquines y el escándalo, como los
liberales, entre ellos José Victorino Lastarria y Amunátegui en Chile, el boliviano
Gabriel René Moreno o, en Colombia, Rufino Cuervo o José María Samper, encontraban una
insufrible poquedad en "los pensamientos, los escritos, las palabras, las acciones
coloniales". La imaginería de la revolución hispanoamericana había distanciado las
realidades coloniales como parcelas de una época oscura que retrocedía aceleradamente
frente a su propia epifanía luminosa. El solo lenguaje parecía fundar una nueva
sociedad, barriendo los prejuicios de la antigua.
El lenguaje de la
independencia constituyó una innovación radical. Su retórica y sus metáforas no
enriquecían una vida literaria, pero en cambio se volvieron corrientes en mensajes,
proclamas, partes militares, discursos políticos y hasta en una correspondencia privada
conscientemente escrita para ser incorporada a los archivos públicos. La revolución hizo
aparecer una nueva escritura que no tenía antecedentes en las prácticas curialescas de
la colonia. En Hispanoamérica, gran parte del lenguaje escrito no adhería a modelos
literarios sino a los que le ofrecían memoriales administrativos y alegatos judiciales.
En ellos, el barroquismo conceptista del siglo XVII, de una intrincada y sabia retórica,
había dado lugar durante el siglo XVIII a una prosa reiterativa y plana que no debía
dejar lugar a confusiones. El nuevo lenguaje estuvo compartido por militares y políticos
y fundamentalmente por abogados. Parte de esta retórica procedía de la experiencia
intelectual europea reciente y de la resurrección de un estilo tribunicio corriente
durante la Revolución Francesa. Con la revolución, la escritura adquirió un énfasis y
una dignidad un poco teatrales: la escritura que Roland Barthes describía como escritura
política, en la que "se asigna unir de un solo trazo la realidad de los actos y la
idealidad de los fines El mismo Barthes, refiriéndose a la Revolución Francesa, hablaba
de una amplifiicación teatral de la escritura. La revolución hispanoamericana adoptó de
manera natural esta amplificación y la tomó de las mismas fuentes de la francesa: los
escritores latinos del clasicismo.
VI
El problema que
tenían que enfrentar quienes se adueñaban del espacio público nacía de una paradoja.
Por un lado, debían ofrecer una garantía a las masas populares de que la novedad de su
discurso no rompería con un vínculo esencial que debía unir al pueblo con la cute
dirigente. De allí que, inmediatamente después de librarse la batalla decisiva de
Boyacá, en el territorio de la Nueva Granada, el gobierno ordenara que los curas de las
ciudades, las villas y aun de las parroquias de mestizos más apartadas, predicaran
"que el actual sistema de libertad no se opone a la fe de Jesucristo Nuestro Señor
y, que así, no son herejes los que lo siguen". Por otro lado, no se pretendía que
las masas populares se incorporaran de lleno en el espacio público. Se admitía que la
religión constituía todavía el fundamento moral de la sociabilidad
popular, aunque esto no quisiera decir de ningún modo que debía conservársela como el
fundamento de la política. El estatuto ambiguo de la religión y de la Iglesia, que se
relegaban a la mera función de constituir un dique de las pasiones incontrolables de las
masas y que al mismo tiempo se reconocían como un nexo indispensable entre dirigentes y
dirigidos, iba a ser la fuente de controversias doctrinales agotadoras y de cruentas guerras civiles
15.
En el nuevo orden
estaba ausente un monarca, el eslabón final de una cadena de fidelidades que daba
consistencia a las órdenes, estados o jerarquías. Su desaparición entrañaba riesgos de
agitar la discordia y de dejar sin freno las pasiones de la plebe. En la Nueva Granada,
como en Quito, el pensamiento ilustrado había expresado horror por la discordia. El
redactor del Papel Periódico, que buscaba distanciarse de la Revolución Francesa
pensando en ella como en un tema para los historiadores del futuro, mostraba su estupor
ante el "repentino trastorno sucedido sin ejemplar alguno en
todas las clases y jerarquías del Reino: la abolición absoluta de los enlaces y órdenes
de la sociedad"
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El espacio
público mensajes, proclamas y discursos. Los voceadores (Grabado en madera tomado de: El
zancudo, Ed. Arco. Bogotá. 1975).
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La
aspiración real de los liberales consistía en que el lugar que antes ocupaban el
consenso religioso-moral y un sistema de fidelidades que daban forma orgánica a los
órdenes sociales fuera ocupado por un culto abstracto de la ley. La ley daba, en efecto,
forma y figura tangibles al espacio público. Su único enemigo eran las pasiones, tanto
colectivas como privadas. Sobre el andamiaje de esta tensión entre la ley y las pasiones
se escribió la primera historia de la revolución por uno de sus actores, José Manuel
Restrepo. En esta historia, uno de los puntos culminantes de la trama lo constituyen los
sucesos de abril de 1826, en el departamento de Venezuela, que desencadenaron la
disolución de la Gran Colombia. En esta ocasión, según Restrepo, el general Páez,
quien propiciaba la discordia al no someterse a un juicio del Congreso, no escuchaba
"mas que la voz de su profundo resentimiento y de sus impetuosas pasiones". Con
esto marchitaba los laureles de su gloria y aparecía ante el mundo como
un faccioso. En ese año y durante los dos
años sucesivos, eran muy frecuentes las declamaciones sobre la intangibilidad de las
leyes, amenazada por militares y clérigos reaccionarios. La exageración sobre el
carácter intangible de la ley adquiría el aspecto de una consigna en toda ocasión que
los santanderistas enfrentaban a "clericales", "godos",
"serviles" o "militaristas". En mayo de 1826, el fiscal de la Corte
Superior de Justicia de Popayán denunciaba al provisor del obispado, un antiguo realista,
por haber omitido un procedimiento legal
17
:
ha destrozado
declamaba nuestro sagrado código fundamental
y en cuanto ha estado de su parte ha roto el pacto social, ha destruido
el sistema de gobierno adoptado en Colombia y, en fin, ha transtornado
todo el gobierno político y civil que establecen las leyes...
El mismo espíritu informaba el
alegato de un oficial santanderista que reclamaba por una ofensa personal que le había
infligido el intendente del Cauca, Tomás Cipriano de Mosquera
18
:
¿ Y será
posible que esto haya sucedido en el siglo 19, en la República
de Colombia, tierra de libres, foco de luz, nodriza de héroes y al través de
leyes que garantizan al hombre en convivencia? ... Colombia está al borde
e un sepulcro profundo el día que se viole una ley...
Rufino Cuervo, otro civilista que
actuaba de fiscal ante la Corte de apelaciones de Popayán en 1827y 1828, declamaba en un
tono casi idéntico, en un proceso político
19
:
Circunstancia bien
singular, de advertir que contra estos dos últimos
no ha habido un proceso judicial; ¡horribles atentados! Es así que se
salva la valla que ha puesto la ley al empleado público para el ejercicio
de sus funciones y es así que se desacreditan nuestras instituciones
celestiales. Si por un momento retrogradásemos a las épocas de las
prescripciones de los verdugos españoles, sería allí y solamente allí
donde encontraríamos entre nosotros atentados de tamaña magnitud...
El enfrentamiento
entre liberales y conservadores en el curso del siglo XIX fue la expresión de visiones
parciales y complementarias de una sociedad escindida culturalmente. La esencia del
discurso liberal, que se apoyaba en un culto abstracto de la ley, encontraba un desafío
permanente en la visión organicista que provenía del orden social de la colonia y que
podía pasar como un orden natural que engendraba deberes morales. En uno y otro caso
aparecía una fisura real en la sociedad y una desconfianza mutuas entre las masas que
integraban todas las castas y las elites criollas. La dialéctica entre una visión
utópica y una visión realista, entre el imperio de la ley que debía aceptarse
voluntariamente y la coerción de las "costumbres" que no podía abolirse de un
plumazo, buscaba transacciones en las que se inscribe buena parte del repertorio político
hispanoamericano: el caudillismo, el caciquismo, el clientelismo, etc. Estas formas
aparecieron como el sustituto de una unidad imposible dentro del cuerpo social y para
reemplazar la vieja cadena de fidelidades que culminaba en la figura del monarca. Con
ellas se llenaba el vacío creado por la independencia en las formas de control social: el
continium entre lo privado y
lo
público, la identificación de órdenes y jerarquías sociales con lo político y, de
manera significativa, los privilegios corporativos monopolizados por ciudades y villas de
españoles. Este monopolio había correspondido, en la esfera individual, a la categoría
de vecino, aquel que tenía "casa poblada" y privilegios patrimoniales dentro de
una ciudad. La generalización de estos privilegios se realizó elevando al rango de
ciudades y villas a muchos sitios y parroquias que estaban antes subordinados a centros
urbanos y confiriendo a sus habitantes el título de ciudadanos. Con esto, todos los que
vivían al margen de la sociedad colonial, o que se habían excluido de la república
cristiana, podrían reintegrarse a la república profana bajo el manto del concepto
universal de ciudadanos.
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Tipo blanco
e indio mestizo en la provincia de Tundama
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PRIMERA
PARTE
13 Renán Silva,
Prensa y revolución a finales del siglo XVIII, Bogotá, 1988.
(regresar13)
14
J. G. A. Pocock, The Machiavellian Moment:
Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition, Princeton, 1975. (regresar14)
15 El examen
económico y social de las guerras civiles, que apenas ha comenzado a hacerse en Colombia,
no debería perder de vista la posición central de los conflictos con la lglesia. O el
hecho palmario de que los conservadores, en su alianza con la Iglesia, estaban en mejor
posición que los liberales para interpretar creencias e instintos populares. (regresar15)
16 Papel Periódico de la Ciudad
de Santafé de Bogotá, edic. facsimilar, Bogotá, 1978, t. y; "Idea general del
estado presente de las cosas de Francia", t. IV, núm. 130, pág. 613. (regresar16)
17
ACC., sign. 4.233.
(regresar17)
18
ACC., sign. 3.768.
(regresar18)
19 ACC., sign, 4.340. (regresar19)
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