Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 22. Volumen XXVII, 1990 


Trabajos de llano


Ensayos orinoquenses
María Eugenia Romero
Orinoquia siglo XXI, Bogotá, 1988, 13 págs.

Este volumen reúne diez artículos y un apéndice bibliográfico escritos entre 1972 y 1988, previamente publicados en revistas y periódicos interesados en la temática de los Llanos Orientales y de la Orinoquia. Están presentados en cuatro secciones:
1. Demografía y poblamiento; II. El Estado en la Orinoquia colombiana; III. La Orinoquia colombiana: sociedad y tradición musical; IV. Bibliografía sobre cronistas y viajeros de los Llanos Orientales de Colombia: siglos XVIII y XIX.

Aunque los enfoques y gran parte de la información etnográfica y estadística han perdido vigencia, en su momento fueron indicadores únicos para muchos de los temas tratados por la autora. En algunos de ellos, puede decirse que la antropóloga Romero atisbó con anticipación perfiles que hoy recoge la investigación social:

El movimiento guerrillero acaecido en los Llanos Orientales [sic], y el cual cubrió el departamento del Meta. la hoy prefectura de Casanare y parte de los llanos del Vichada, debería merecer la atención de investigadores sociales para analizar sus móviles y consecuencias [pág. 201].

Esta es una temática que ha empezado a ser abordada, aunque desconocemos si en relación o no con la sugerencia de Romero en 1972. Otro tanto hay que decir de la propuesta de investigar el problema de la aplicación del derecho penal colombiano a las minorías étnicas de los Llanos, que ha suscitado foros conjuntos de juristas, indígenas y antropólogos.

La autora empieza señalando las repercusiones que la violencia
(y otras causales migratorias) de los decenios del 40 y del 50 en la zona andina ha tenido en la colonización del Ariari, de la Macarena y de la comisaría del Guaviare. Destaca el papel de entidades como la Caja Agraria, la Fac, y posteriormente el Incora, en la promoción de estas colonizaciones que hoy en día son fuente de innumerables conflictos sociopolíticos. Ya para ese momento (1972)
constatado impacto (deforestación y consiguiente deterioro de fuentes de agua, agotamiento de recursos) que sobre los ecosistemas piedemontanos ha tenido ese proceso de migración interna. Estas informaciones son complementadas con una panorámica de la distribución espacial de la población indígena y su relación con los asentamientos de colonos, vigente para 1973 .

En sus artículos, Romero se empeña en diagnosticar y proponer perspectivas para el desarrollo de la Orinoquia. Sus ideas pueden sintetizarse en lo siguiente:

a) Falta de un "propósito nacional" para la acción estatal en la región.

b) "Improvisación" en la acción estatal, en especial en materia de infraestructuras, e insuficiencia de éstas para la recepción de flujos migratorios.

c) Duplicidad de funciones de las agencias estatales, que obstaculiza la ejecución de los programas.

d) Los planes para nuevos asentamientos "deben tener en cuenta la idiosincrasia de los grupos interesados, tanto nativos como migrantes y las perspectivas económicas reales" (pág. 34).

Por otra parte, llama la atención acerca de que "el modo de vida y [la] alimentación [de los indígenas] ha sido cambiado parcial o casi totalmente", y se manifiesta contraria a asumir posiciones "conservacionistas", aunque exterioriza su alarma frente al cambio.

El análisis del Estado en la Orinoquia es enfocado como la presencial ausencia, eficacia/ineficacia de los aparatos administrativos de los diferentes sectores de la gestión pública, en una perspectiva cronológica. En ese contexto enmarca el carácter de "marginalidad" de la región, adquirido desde el colapso de las haciendas jesuíticas y reforzado por las guerras civiles del siglo XIX. Reconoce que esta "marginalidad" es compartida por otras regiones del país, pero tiende a explicarla más como resultado de voluntades políticas que como expresiones de determinada estructura económica y social: tal "marginalidad" desaparecería si la política estatal fuera menos centralista, menos "andina" y, sobre todo, si hubiese un "propósito nacional", frente a la Orinoquía, sugiere la autora (pags. 40-46). Por ello no deja de sorprender que al mismo tiempo afirme que ha habido un "proceso de integración a la nación de los territorios de la Orinoquia" (pág. 46), aunque "sin directices gubernamentales", como si se tratase de un proceso acabado, eliminada la frontera interior, desmarginalizada la región.

No se considera, por otra parte, el papel desempeñado por la economía de la coca en la modificación de la frontera agropecuaria y, principalmente, en la concentración de la propiedad territorial en las zonas de vieja y nueva colonización. Sólo una vez se menciona la necesidad de reflexionar sobre un posible papel de la "economía subterránea" (pág. 47).

Dos conceptos aparecen . en las indagaciones de Romero sobre la economía y la sociedad orinoquenses:  economía extractivista y sociedad de colonización. El estilo de los escritos, fluctuando entre la intención historiográfica, el periodismo regional y el documento reivindicativo, oscurece la comprensión del punto de vista de la autora sobre estos conceptos. Así, no aparece claro el lugar histórico de la evolución de. la ganadería en esa economía extractivista, ni su articulación con la agricultura piedemontana y el comercio fluvial. Tampoco, si la actual agricultura capitalista mecanizada tiene alguna relación con los procesos precedentes.

Por otro lado, la "sociedad de colonización" orinoquense es definida como la coexistencia de tres categorías sociorraciales: llaneros, colonos e indios. La de los llaneros corresponde a los "colonos antiguos", descendientes de las primeras mezclas de lo español y lo indio, dedicados principalmente a los trabajos de llano. La de los colonos se refiere a los "colonos recientes", es decir, a los establecidos durante los procesos migratorios de la segunda mitad del siglo XX, quienes se dedican a la agricultura de subsistencia en las vegas, contribuyendo al sostenimiento de la fuerza de trabajo de las haciendas ganaderas. Finalmente, la de los indios, descendientes de los antigüos pobladores de caños y sabanas, sálivas y achaguas, cuibas y sucuanis, que después de deambular como cazadores-recolectores u horticultores itinerantes, o huyendo de las persecuciones, han empezado a sedentarizarse y a adoptar formas económicas como la ganadería.

Esa visión —por lo demás compartida por muchos investigadores— resulta muy limitada actualmente. Oculta y "suaviza" la estructura de clase sobre la que se sustenta la trilogía en conflicto, al proponer unas categorías de base histórico-cultural-territorial. Excluye del esquema de "sociedad" a los terratenientes-ganaderos, quienes aparecen en la periferia del esquema designados como los blancos, los dueños "criollos" de la tierra que a veces asisten a los parrandos y hasta regalan "mamonas" para la peonada. Además, dificulta la comprensión de la transformación de algunos sectores "llaneros" en burguesía agroindustrial, el sector de más rápido desarrollo en el llano colombiano de hoy.

El volumen concluye con una amplia recreación de las tradiciones musicales llaneras. La autora muestra cómo la poesía, la música, los instrumentos, se desarrollaron en estrecha relación con el trabajo en hatos y haciendas. Pero más que con el trabajo, con el ambiente, con el microuniverso que la vida social del hato encierra: de la esforzada faena a la evocadora reunión vespertina de la peonada, o al abigarrado conjunto de la romería con virgen patrona, común a varias regiones llaneras.

Romero llama la atención sobre algunas fiestas de santos patronos cristianos, que, de eventos pluriculturales ritualizados muy precisamente, se han venido transformando en simples ferias comerciales de ganaderos y peones, de las que se han borrado sus ceremonias más identificadoras y en las que, por el contrario, se esfuerzan sus oficiantes por ocultar todo nexo con su "indianidad". Examina para ello, en particular, una celebración de la fiesta de La Candelaria en Orocué, que resulta muy ilustradora de lo dicho.

Versificación de galerones, corríos, lloraos y contrapuntos; golpes de cuatro y bordoneos de arpas; temas de sabana, de matas de monte y de caños, de seres del día y de la noche, de la tormenta y del verano, presentes en el complejo histórico-literario-musical de estas tradiciones llaneras, son definidos y descritos por la autora con minucioso y sonoro gusto, una muy grata manera de conducirnos al final del volumen.

MARIANO USECHE LOSADA