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El
triunfo
de los ingenieros
El ideal de lo práctico
Frank Safford
Empresa Editorial Universidad Nacional.
El Ancora Editores, Bogotá, 1989. 412 pág.
Trece años después de su
publicación en los Estados Unidos, se pone por
fin al alcance del lector colombiano el libro de
Frank Safford He Ideal of he Practica, traducido al español por Margarita
González y María Victoria Gussoni. Hay que saludar esta realización. Aun cuando era
deseable que hubiera sido traducido mucho antes, esta tardanza permite comprobar cómo el
estudio de Safford acerca de los intentos colombianos, entre 1760 y 1900, de formar
una elite técnica y empresarial resistió la prueba más difícil de la
investigación histórica: la del tiempo. En efecto, El ideal de lo práctico conserva
toda su novedad, y sin duda contribuirá en Colombia a un mejor entendimiento del siglo
XIX y de la cuestión educativa.
El
problema que Safford se plantea es el de las relaciones entre las estructuras
socioeconómicas y los valores sociales. ¿Es posible modificar aquellas estructuras por
medio de una reordenación de los valores sociales, principalmente a través de la
educación? Esta cuestión resulta fundamental para los estudios del desarrollo. En lo que
se refiere a Colombia en el siglo XIX, la respuesta de Safford es negativa. Aun cuando
hubo un grupo de hombres, pertenecientes a la elite, que impulsaron los estudios técnicos
y científicos y promovieron el espíritu de empresa, sus empeños estaban condenados al
fracaso, por factores estructurales tales como una economía limitada y estática, un
sistema social rígido y oligárquico que impedía la expansión de un mercado nacional,
así como una geografía difícil que restringía la comunicación y los transportes. Tan
sólo desde fines del siglo pasado, cuando el crecimiento económico
vinculado al auge del café creó una
demanda interna de técnica, pudieron estos intentos alcanzar el éxito. En otras
palabras, es lo económico lo que influye sobre los valores sociales, y no al contrario.
Por consiguiente, el rechazo al trabajo práctico, considerado como el mayor obstáculo al
desarrollo de América Latina, tanto por especialistas extranjeros como latinoamericanos,
es producto más bien de una economía estancada que de la herencia cultural.
Precisemos. Safford
no absuelve a la elite de toda responsabilidad en el proceso. También busca las causas de
este fracaso en el sector mismo que impulsaba el ideal de lo práctico. Un análisis
profundo de este grupo social lo lleva a identificar una contradicción, de hecho, entre
el mensaje de los promotores de lo práctico y su propia vida. Casi todos eran hombres de
leyes y terratenientes; no científicos ni técnicos. Se hallaban altamente politizados,
hasta el punto que Mariano Opina Rodríguez y el general Tomás Cipriano de Mosquear, por
ejemplo, estuvieron entre quienes fomentaron la sangrienta guerra civil de 1859. Por
consiguiente, resultaba difícil que las jóvenes generaciones encontraran en estos
líderes modelos concretos de nuevos valores sociales.
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Otra característica de este
grupo:
casi todos políticamente
moderados (o conservadores). No buscaban el cambio, sino la conservación del orden
social. Según ellos, la formación técnica y, sobre todo, la educación del pueblo en
las artes manuales daría a los colombianos hábitos de trabajo y disciplina y prevendría
el crimen y la vagancia. En cuanto a los liberales, si bien no se opusieron a la
enseñanza práctica, favorecieron, siempre que ejercieron el gobierno, la enseñanza
primaria básica y la enseñanza secundaria clásica en las provincias, con el fin de
ampliar la ciudadanía y la elite liberal. En materias económicas, los liberales
sostenían que el destino de Colombia estaba en la exportación agrícola; no en el
fomento de la industria nacional mediante una política proteccionista. Solamente desde el
último tercio del siglo XIX empezaron a distanciarse del liberalismo económico y a
atribuir un papel más importante al Estado en la promoción de nuevas técnicas. He ahí
un hecho que hará vacilar las convicciones de más de un lector: los modernizadores no
eran lo que cabria esperar: su verdadera finalidad consistía en prevenir el cambio.
Dentro de la
educación, tres temas interesan particularmente a Safford:
las artes manuales, las ciencias naturales y
la ingeniería. Según él, son los más representativos de los valores sociales de lo
práctico y, además, corresponden a la evolución histórica del país. Desde las
reformas borbónicas hasta 1865, el esfuerzo de la elite modernizadora se enfocó hacia la
enseñanza de las artes manuales para las clases populares y de las ciencias naturales
para la clase alta. Después de 1865, se dio prioridad a los estudios de ingeniería, pero
únicamente para la elite. Y aquí radica, en parte, la solidez del estudio de Safford:
cubre casi un siglo y medio
(o dos siglos, si se incluye el epilogo), lo cual le permite observar la lenta evolución
de las mentalidades y de las estructuras socioeconómicas durante un largo período
demarcado por cortos ciclos políticos. Así evita la división clásica entre el período
colonial y la república y subraya las continuidades entre las reformas borbónicas y la
política "
neoborbónica
" de los decenios posteriores a la
independencia.
El historiador
estadounidense empieza por describir la geografía de Colombia y analizar sus patrones
económicos y sociales en los siglos XVIII y XIX. En ese entonces las oportunidades eran
limitadas, lo cual explica que los esfuerzos orientados a promover la educación primaria
e industrial para las clases populares fracasaran. También se frustraron los intentos de
estimular la labor manual, por falta de una demanda de trabajadores y técnicos. En
realidad, únicamente la minería requería unos contados ingenieros. Por tales razones,
la chute orientó la formación de sus hijos, no hacia la técnica, sino hacia las
ciencias académicas. En esta elección también cumplieron papel importante las
expediciones científicas, como la de José Celestina Mutis, que gozó del apoyo de la
corona española y fascinó a la elite bogotana. Desde 1760, el gobierno colonial
promovió la enseñanza de las "ciencias útiles" en los colegios y dio apoyo
institucional y financiero al desarrollo de las ciencias. A finales del siglo XVIII, unos
cuantos ingenieros y abogados se dedicaron activamente ala geografía y a la
meteorología, así como a enseñar estas disciplinas. A ello se añadió cierto
desarrollo de la minería, lo cual exigió mejoras técnicas y propició nuevas
oportunidades económicas para los científicos.
Las guerras de
independencia, con las dislocaciones económicas y políticas que produjeron, cortaron ese
proceso. No significa que los valores sociales de la elite cambiaran, sino que de allí en
adelante la actividad científica careció de verdadero apoyo institucional y financiero.
Los escasos recursos del Estado se gastaron prioritariamente en el mantenimiento del
ejército, mientras que la falta de desarrollo económico hizo de las carreras
administrativas y políticas las únicas que ofrecían algunas oportunidades a la clase
alta. No quiere decir que este período estuviera desprovisto de iniciativas. Al
contrario, abundaron: desde las escuelas lancasterianas a la Casa de Refugio y al
aprendizaje forzoso en Bogotá;
desde las ferias industriales a las sociedades filantrópicas y a una escuela nacional de
minas. Pero las iniciativas se enfrentaron al repetido cambio de orientación política, a
la rivalidad entre la capital y las provincias en materia educativa y, por supuesto, a la
difícil situación del erario.
A mediados de siglo, el
gobierno del general Tomás Cipriano de Mosquera anunció la posibilidad de cambio. Las
exportaciones de tabaco aumentaron. Mosquera impulsó el progreso económico mediante una
política estatal más intervencionista en los transportes y una mejor gestión del
Estado. En la educación prevaleció idéntico espíritu. Mosquera lanzó un programa para
promover las ciencias académicas, entre cuyos puntos figuraban la contratación de
profesores extranjeros, la compra de laboratorios y la financiación de la misión
geográfica del italiano Agustín Codazzi, lo cual implicó erogaciones considerables. Sin
embargo, la innovación más duradera del régimen de Mosquera fue el establecimiento del
Colegio Militar, orientado hacia la ingeniería civil.
Siguieron cinco lustros de laissezfaire
y de descentralización, que Safford califica de "ocaso del neoborbonismo",
durante los cuales el gobierno nacional se desinteresó de la instrucción técnica y
científica. Se esperaba fomentar una mayor competencia entre los colegios provinciales y
los tres colegios de la nación (sitos en Bogotá, Popayán y Cartagena),. con el
resultado de mejorar el nivel general de la educación. La realidad fue bien distinta: en
un período de intensa lucha política, los colegios públicos decayeron por falta de
apoyo estatal o provincial, lo que redundó en beneficio de los colegios privados.
Simultáneamente la cute empezó a solucionar el problema de la falta de una educación
técnica satisfactoria mandando sus hijos a estudiar a Europa y a los Estados Unidos.
A partir de 1880, la
economía colombiana empezó a progresar gracias al desarrollo del cultivo del café. De
repente hubo una real demanda de carreras técnicas: la construcción de las primeras
líneas de ferrocarriles
y la
modernización de las ciudades y de los puertos requerían ingenieros y técnicos. El
régimen centralista de la Regeneración, presidido por Rafael Núñez, respondió. a la
nueva demanda con la creación de escuelas de artesanos y la reapertura del Colegio
Militar, el cual contribuyó de manera decisiva a la formación de un cuerpo de ingenieros
nativos.
A fines de siglo,
científicos e ingenieros colombianos se unieron para promover el desarrollo técnico en
el país y proteger su profesión de la competencia de extranjeros. Aunque limitada, por
fin existía una comunidad técnica nacional lista para adaptar la ingeniería (más que
la ciencia) occidental a las necesidades colombianas.
El triunfo de los ingenieros
se notará todavía más en el siglo XX, con el acceso a la presidencia de la república
de varios ingenieros: Pedro Nel Ospina, Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez, el general
Gustavo Rojas Pinilla y, hoy en día, Virgilio Barco Vargas. Es la prueba de que el ideal
de lo práctico hizo camino en la elite. Pero, concluye Safford, mientras tanto "los
técnicos de nivel inferior y los trabajadores manuales aún carecen de status y,
por consiguiente, los expertos de nivel superior continúan manteniéndose muy
distanciados del proceso de producción" (pág. 366). La sociedad colombiana sigue
marcada por profundas divisiones sociales, las cuales se reflejan en la distancia que
existe entre una formación técnica universitaria todavía señalada por los valores
aristocráticos y una práctica industrial todavía menospreciada.
Safford fundamenta su
estudio en abundantes fuentes manuscritas e impre
sas. Entre ellas se destacan los documentos personales de
promotores de lo práctico, como el general Pedro Alcántara Herrán y José Manuel
Restrepo; una variada correspondencia privada, periódicos y boletines relacionados con la
educación, la agricultura, la industria y el comercio, memorias e informes de varios
despachos del gobierno. Aun cuando el estudio se enfoca principalmente hacia el país en
general y Bogotá, está complementado por fuentes regionales.
Naturalmente, El ideal de
lo práctico presenta algunas imperfecciones. Tal vez la mayor sea que Safford no haya
persistido con igual dedicación en el enfoque de histoire totale, que tan
magistralmente utiliza para los años 1760-1845, al estudiar la segunda mitad del siglo
XIX. La segunda imperfección se debe, sin duda, a la evolución que ha experimentado la
investigación histórica durante los trece años que separan la publicación de la obra
original de su traducción española: seguramente, hoy Safford trataría también de
restituir para el lector la visión que los de abajo los artesanos, los obreros
técnicos y los pequeños industriales tenían de la realidad de lo práctico. Pero
estas son críticas respecto a detalles. La obra de Safford sigue siendo hoy la única que
analiza, con tanta precisión y tantos matices, la complejidad de la relación entre el
desarrollo económico y la educación técnica y científica en el contexto
latinoamericano del siglo XIX.
ALINE HELG
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