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La veracidad de la mentira:
la paradoja
del teatro
Las rutas del teatro
Giorgio Antei
Centro Editorial,
Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá, 1989, 267 págs.
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Manifestando, sin
saberlo, una opinión que se remonta hasta los padres de la Iglesia, alguien me decía
alguna vez que los actores tenían que ser gente intratable, ya que su profesión se
basaba en la mentira, lo que también era válido para los propios dramaturgos. Le
contesté a mi amigo, sin citar fuente ninguna, que mi opinión sincera era que, para ser
buen actor, y para el caso dramaturgo, había que ser, al contrario, lo más verídico
posible; había que ser capaz de una entrega auténtica, no sólo emocional sino también
racional, desnudándose, por así decirlo, sin ninguna clase de tapujos. Cuando ello no
sucede así, le dije, cuando las deficiencias en la técnica, la falta de sinceridad del
espíritu, la incapacidad de reflexión, la negación a expresar experiencias vitales
personales, le impiden al actor esa fundamental entrega concentrada para manifestar su
más íntima verdad, entonces sólo logra un mediocre desempeño en el arte,
inmediatamente perceptible y repugnante para quienes presencian la representación. La
"mentira" del actor o del dramaturgo tiene que ser absolutamente
verídica, por paradójico y curioso que parezca. Esa sigue siendo
mi opinión, y debe ser la de quienes se dedican
con honestidad al arte escénico como a un acto de creación original, no lejos del propio
sacrificio.
En la tradición
occidental, esta interesante dicotomía entre la mentira y la verdad fue ya tomada muy en
serio por el gran filósofo Aristóteles, quien concluyó que el arte, en general, era una
imitación, y que el teatro, en particular, era la imitación de una acción. Pero se
abstuvo, afortunadamente, de darle a su aserto, como más tarde sí lo hicieron los padres
de la Iglesia, una connotación valorativa. Desde entonces los actores han imitado las
acciones y las formas de ser de los demás, sin ser realmente eso que aparentan, y ello ha
sido ya aceptado como un axioma del teatro. No aludiendo a la mentira como a la fuente de
la profesión, no fue sino hasta los tiempos de la patrística, que se refería a una
época teatral romana ya decadente, cuando los padres de la Iglesia rechazaron y aun
privaron de salvación eterna a quienes se dedicaban al teatro pero ello no duró
más que unos pocos siglos, tras los cuales la propia Iglesia dio de nuevo comienzo al
arte dramático en Europa.
El libro recopilado por
Giorgio Antei, que aquí comentamos, ilustra estas apasionantes paradojas del teatro que,
incidentalmente, podrían también ser las de todas las demás artes:
el teatro funciona a través del
engaño, del espejo; plantea el eterno problema del ser y del no ser, el de la realidad y
la ficción, el del sueño y la vigilia, raíz y fuente primordiales del drama más
profundo, expresadas teatralmente por autores de talla desde los comienzos de la historia,
con notable culminación en Pedro Calderón de la Barca, William Shakespeare, Samuel
Beckett o Jean Genet. Es este el tema principal que presenta, presumiblemente, Giorgio
Antei en este libro, aunque es en su "Introducción" donde lo aborda
directamente, con gran conocimiento de causa y aguda penetración personal, haciendo,
además, aportes importantes al teatro universal, como el de presentarnos, desde este
punto de vista, el mundo de los rituales precolombinos, notablemente el de los aztecas;
pero es claro que sus consideraciones habrían podido también aplicarse a los rituales de
nuestros indios muiscas, por ejemplo, aquí entre nosotros, los colombianos.
Antes de Aristóteles
y podemos decir que la historia de los indios sería, para la tradición occidental,
anterior al estagirita el ser humano, en efecto, no había aprendido aún a
diferenciar conscientemente (en la forma de un tratado filosófico, por lo menos) el
teatro del ritual. Para Aristóteles, el teatro es posterior al ritual. En efecto, en
éste, que parece ser la forma dramática que hallamos entre la mayoría de los pueblos
americanos precolombinos (exceptuando notablemente al maya y al inca), no había nacido
todavía quien ahora llamamos el "espectador" teatral, el que "mira un
espectáculo" desde la barrera, sin participar en él, como dice Antei; lo que había
en el ritual eran más bien fieles o creyentes, que formaban parte
integrante y vital de la celebración o fiesta. De manera que en el ritual tampoco
existían los dos espacios separados del "escenario" y el "auditorio";
la fiesta tenía siempre lugar al aire libre, en un área en que todo el mundo hallaba
cabida simultánea. Tampoco existía quien hoy llamamos "actor"; más bien se
trataba de personas que encarnaban, no representaban, un dios o una fuerza natural
deificada o simbólica. Estos celebrantes no actuaban el papel de los dioses: eran
los dioses, por lo menos en el transcurso del ritual. Así que el "hombre
primitivo" no diferenciaba entre el ser y el parecer ser, entre la verdad y la
mentira; el ritual es, simplemente, verdad absoluta; la víctima que los indios muiscas
sacrificaban con cierta regularidad al dios sol, no representaba el papel de Bochica, era
la encarnación viva de ese dios; por ello estas víctimas muiscas o aztecas aceptaban
con regocijo su sacrificio, cosa que siempre sorprendió a los europeos. A nuestros ojos
de contemporáneos, que hemos llegado a captar mejor que las gentes del siglo XVI lo que
significa el ritual, esos sacrificios, aunque horripilantes, no pueden dejar de suscitar
nuestro más profundo respeto, porque testimonian una fe casi incomprensible hoy. En el
ritual, como decimos, no existe, pues, la mentira; el teatro no ha nacido; lo que allí
ocurre es tan cierto como la muerte: los actores no son todavía tales, los
"protagonistas" del ritual mueren de verdad en la absoluta certeza de la
necesidad de su sacrificio: para que el sol siga girando en el cielo y no se acabe el
día, entre los aztecas; para que se repita infaliblemente.el ciclo de los siglos, de la
historia, entre los muiscas.
Parte del teatro actual,
que ha perdido irremediablemente el sustrato de la fe, pretende acercarse a ese modelo del
"ritual primitivo", y así lo ilustran algunos de los textos recopilados en este
libro por Giorgio Antei. Es una tendencia casi mística, seguramente utópica, que busca
sus fuentes primigenias en las fiestas comunales, tratando de hacer un
"creyente" de quien antes era simplemente "público", en
representaciones que ya no son tales, sino más bien "acontecimientos" que se
oponen a lo que hasta ahora hemos llamado "representaciones teatrales". Ello
ocurre desde el advenimiento, en el decenio de los sesenta, del género llamado happening,
cuya traducción es, precisamente, acontecimiento, o del "teatro
pánico", una de cuyas obras, recuerdo, sacrificaba en la realidad una gallina. Tales
han sido los profetas del nuevo teatro, aquí presentados, pero uno, que es hijo de una
época tecnológica y científica, llamada racional, se pregunta, sinceramente, si será
realmente posible hacer retroceder la historia hasta tal punto; si, más bien, no se
quiere asestar el golpe final al teatro, al quererlo convertir en ritual: porque el ritual
es anterior al teatro, el ritual no es teatro; el teatro es mentira, el
ritual no. ¿No estaremos haciendo del teatro, justamente, la víctima contemporánea para
darle una imaginaria inmortalidad? ¿Nos es posible creer eso?
Si sólo conociéramos
los textos de Antei aquí presentados podríamos llegar a creerlo. Pero también hoy otros
teóricos del teatro buscan precisamente no perder la conciencia de la mentira del teatro:
ni por parte del actor, ni por parte del público, ni por parte del dramaturgo. Entre
ellos debemos señalar a Bertolt Brecht y a sus seguidores, fieles o no muy fieles: para
ellos, desembocar en el ritual representaría, quizá, en la historia del teatro, la
última etapa del romanticismo, no el comienzo de una nueva era.
Pero, para no limitarnos
sólo al comentario de esta apasionante "Introducción" de Giorgio Antei, porque
aquí nos corresponde reseñar todo el libro, es lógico que el volumen presente,
intencionalmente, desde luego, aspectos realmente inusitados: sorprende, primero que todo,
por el título y la cubierta, más alusivos éstos a viajes de aventuras descubridoras
(como, en efecto, lo es) que a un trabajo destinado a la documentación del teatro moderno
y a una investigación racional; a primera vista se trata entonces de una especie de collage
de los más diversos autores de los pueblos más disímiles sobre los temas más
variados, cuya unidad, para poder conformar realmente un libro, no se percibe, si acaso,
sino después de haber leído la "Introducción", la cual, tampoco, parece
realmente ser eso, porque no explica el contenido del libro. El volumen, en efecto, está
compuesto por ensayos que no siempre versan sobre el tema
expuesto en la "Introducción", quizá
sólo indirectamente, particularmente en el caso de los dos diccionarios que también
aquí se incluyen, el uno mundial, el otro colombiano. De manera que, inevitablemente, la
primera impresión, difícil de borrar enseguida, es la de que se trata de un libro no
digerido, algo desordenado, precipitado, sin un claro y único objetivo; excesivamente
diverso, sin una verdadera unidad, no sólo temática, sino también formal. Se sufre,
entonces, la impresión desagradable sobre todo después de conocer los antecedentes
de libros tales como Materiales para una historia del teatro en Colombia, de Maida
Watson Espener y de Carlos José Reyes; o El teatro colombiano, compilado por
Misael Vargas Bustamante la impresión, decíamos, de que esta forma de publicar,
sin unidad de estilo y de contenido, tiende a volverse una infortunada costumbre entre los
ensayistas de teatro colombiano.
Tampoco logra
borrarse la impresión al leer el "Prólogo" que antecede a la
"Introducción", a pesar de que en él encontramos el objetivo de la
publicación, formulado, sin embargo, en forma algo vaga y etérea: "La intención de
este libro es aquella de estimular la curiosidad de los lectores, aquella de avivar su
imaginación, para que emprendan a su vez la ruta del teatro". De allí, pues,
el barco de la cubierta, que navega por encima de las olas, sin tocarlas.
Era, a pesar de todo,
necesario tocar esas olas e incluso tomar un submarino para investigar qué se hallaba
debajo. A pesar del gran interés que presenta la totalidad de los títulos del libro
que no podrían
llamarse
capítulos, porque entre ellos no hay una secuencia, es evidente que los temas allí
abordados hubieran dado, cada uno y de por sí, material más que suficiente para gruesos
volúmenes independientes, muy útiles, seguramente. Tal es el caso, en especial, de los
dos diccionarios; el uno se refiere no sólo a terminología, sino aun a historia y a
aspectos técnicos del teatro universal; el otro, elaborado por Nohra Patricia Ariza y
Jorge Manuel Pardo, al teatro colombiano; ninguno de los dos, evidentemente, puede ser
completo con tan enorme tema y tan reducido espacio. No hallamos por ninguna parte, por lo
demás, una explicación de los criterios de selección en el diccionario colombiano.
Muchos títulos de piezas teatrales (objetivo excesivamente ambicioso) no aparecen, y es
irremediable cometer injusticias: ¿por qué, en efecto, incluir los títulos de obrás de
La Candelaria, de La Mama, de Enrique Buenaventura, y no de Luis Enrique Osorio, Antonio
Álvarez Lleras, Fanny Buitrago o Guillermo Henríquez (incidentalmente hay un error en su
apellido)?
Igualmente forman parte
del volumen estudios que, indudablemente, ofrecen gran interés, como el ensayo del mismo
Antei titulado "Teatro colombiano: una interpretación", que merecería
comentario aparte; pero, precisamente por ello, estaría, a mi modo de ver, mejor situado
en una revista del género que en este libro, donde el resto del material no parece
referirse en su totalidad a este fundamental tema concreto. En este ensayo, en efecto,
Antei aborda el problema básico de la crítica en nuestro país, como la manera de
concientizar y guiar no sólo nuestro propio desarrollo dramático, sino de cambiarlo,
haciendo irradiar la polémica hacia toda la colectividad, que también debe contribuir a
transformar el arte. Giorgio Antei relaciona así sus inquietudes del prólogo con las de
la crítica en Colombia, pero el lazo de unión es excesivamente tenue.
Similar interés tiene un
ensayo de Antei titulado "Viejo teatro y nuevo mundo", el cual es un comentario
a una ponencia presentada por Santiago García en Delfos (Grecia) en
1985, publicada en el Magazín Dominical del
diario El Espectador, si no me equivoco, ese mismo año. Sus reflexiones sobre la
búsqueda de un nuevo teatro, en el magnífico marco griego, planteado entre nosotros por
el mestizaje, coinciden, obviamente, con la búsqueda de nuestra identidad y convienen a
todo aquel que pretenda hacer teatro seriamente en Colombia; pero es casi otro tema
aparte.
Enrique Buenaventura
colabora también en este libro con una ponencia presentada en 1981 en Seúl (Corea),
titulada "Acercamiento al teatro latinoamericano", cuyo contenido se acerca al
del texto anterior y en donde el autor plasma, como Antei y García, la necesidad
imperiosa de una crítica histórica y su irradiación hacia la colectividad.
Siguen, finalmente,
textos "clásicos" de personalidades teatrales internacionales como Edward
Gordon Craig, Adolph Appia, Antonin Artaud, Clive Barker, Mark Nearman y Eugenio Barba,
todos igualmente interesantes y valiosos, no sólo para los profesionales del teatro sino
también para los críticos. Bástenos decir aquí, para no excedemos en esta reseña, que
es bueno tenerlos a mano en nuestro idioma.
La preocupación
que Giorgio Antei y sus colaboradores han mostrado por hacernos conocer las últimas
tendencias del teatro universal, sus inquietudes, presentadas en un solo conjunto de
ensayos muy interesantes, es pertinente y oportuna, porque los colombianos, en general,
carecemos de fuentes críticas en nuestra lengua. No hay duda de que a Colombia le ha
llegado la hora de reflexionar seriamente sobre si misma, en todos los aspectos, pero en
el teatro esa hora no puede dejarse pasar porque nuestro movimiento, en apariencia tan
vivo e importante por estos días, puede caer no sólo en la repetición de moldes
adquiridos, nacionales y extranjeros, sino en vanos tanteos sin perspectiva ni
irradiación alguna, si no se desarrolla la crítica. Hay que crear los fundamentos
teóricos de nuestro teatro, como ya lo ha señalado varias veces el autor Enrique
Buenaventura, y Giorgio Antei está contribuyendo, a mi modo de ver eficazmente, a esa
creación, junto con los autores que aparecen en este volumen y con algunos más que no
aparecen. De manera que sería justo y necesario que a este libro le siguiera, aunque no
forzosamente en la forma de un volumen como el presente, una gran cantidad de comentarios
e inquietudes, su propósito manifiesto, que enriquecieran y profundizaran un poco más
nuestra crítica teatral, porque crítica no es sólo la reseña ocasional de una obra de
teatro, sino la elucidación de las causas y razones de nuestras formas dramáticas. Al
teatro colombiano le hace enorme falta ese apoyo reflexivo que en otros países fue
suministrado por creadores de importancia como los aquí presentados y por muchos otros,
como Stanislavski o Bertolt Brecht, para mencionar sólo dos de los más importantes que
aquí faltan.
Este libro, para
concluir, es una fuente de inquietudes, efectivamente, pero no puede ser visto sino como
un intento, una idea poco madurada; nos pone en contacto, a veces, con los grandes y
eternos problemas del teatro; estimulará, sin duda, el pensamiento y el talento de
quienes tengan la oportunidad de leerlo, pero, como dejamos apuntado, dejará siempre las
cosas un poco a medio camino, dándonos la sensación de que carece de unidad.
FERNANDO GONZALEZ CAJIAO
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