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Revista de las Indias, un
proyecto de ampliación de
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fronteras (continuación)
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Otros extranjeros, vinculados a la ya mencionada Escuela Normal Superior, también dejaron
sus huellas en Revista de las Indias. De Alemania llegó un grupo de intelectuales del
Instituto Carlos Marx, de Berlín, que había sostenido un novedoso programa dedicado a la
formación de personal idóneo para la enseñanza secundaria, auspiciado por una
fundación socialdemócrata. Entre ellos sobresalían Gerhard Massur y Fritz Karsen,
quienes se convirtieron en colaboradores de la revista. Los artículos de Massur
contribuyeron a difundir el pensamiento socialdemócrata en una serie de ensayos,
presentados en varias entregas y que llevaban por título "Filosofía y
política"; escritos en 1938. Su obra sobre Bolívar le dio un lugar muy destacado en
la historiografía sobre el Libertador.
Por su parte, el gran
pedagogo alemán Fritz Karsen contribuyó a abrir "el año preparatorio en la
Universidad Nacional" y a difundir a través de la revista su concepción y sus
aportes sobre la gran reforma universitaria de 1936. "Organización de la Ciudad
Universitaria" (1937) es un interesante ensayo que registra su pensamiento
pedagógico y su profundo conocimiento de planeación educativa; también escribió
"Plan de una escuela moderna", en donde señalaba su concepción de planificador
de la enseñanza elemental.
Las colaboraciones de
otro exiliado, igualmente vinculado a la Normal, Paul Rivet, en el campo de la
antropología, fueron de gran importancia en la difusión de nuevas ideas en Colombia;
ideas que también marcarían los rumbos prometedores en la búsqueda de nuestro pasado.
TIEMPOS DE GUERRA Y PREGUNTAS PARA LA
PAZ
Observando el
discurrir de esta historia, salta a la vista una inquietud: ¿cuáles fueron las
reflexiones que la intelectualidad convocada por este órgano de difusión cultural pudo
tener, en casi once años de existencia, sobre las guerras que le sirvieron de telón de
fondo (guerra civil española 1936-1939 y segunda guerra mundial, 1939-1945)?
Las huellas del exilio
que acompañaron la producción intelectual de muchos refugiados españoles, franceses y
alemanes son de por sí un testimonio de estas guerras; ellas han quedado registradas en
otros apartes de esta historia. El homenaje a García Lorca en marzo de 1937 fue también
un triste recuerdo de la guerra en la península ibérica. Pero, a pesar de ello, hubo
ausencia de reflexión sobre el conflicto español; sólo unos pocos comentarios de la
dirección, sobre el desarrollo de la segunda guerra mundial, que siguió a la victoria de
Franco, quedaron como constancia fugaz de esa época. Para el período comprendido entre
septiembre de 1944y abril de 1945 la revista quiso subsanar esta situación y publicó una
serie de entrevistas a un grupo de intelectuales nacionales y extranjeros, que aparecieron
en siete números consecutivos, en las que se pretendía señalar las consecuencias que
para el mundo cultural traía la guerra. Se acercaba para esa época la victoria de las
fuerzas aliadas, señalada con los desembarcos en Normandía y Provenza, la liberación de
París en 1944, la ruptura del frente del Rin y la capitulación alemana en el año 1945.
La pregunta sobre el destino intelectual de América parecería estar supeditado al
siguiente interrogante: ¿permanecerán en Europa o cambiarán de sede los centros de
nuestra cultura en la posguerra?.
Los colombianos
entrevistados fueron: Rafael Maya, Baldomero Sanín Cano, J. Rodríguez Páramo, Jorge
Bayona Posada, Cayetano Betancur, José María Restrepo Millán, Francisco José González
y Luis Vidales.
Lugares comunes y
retórica fueron la nota más sobresaliente de sus respuestas. Sólo la voz de Baldomero
Sanín Cano buscó otras explicaciones, acogiendo elementos de análisis como el uso de la
lengua y la presencia de Estados Unidos como nuevo centro de poder. Al leer estas cortas
declaraciones, el lector encontrará más de una razón para ver en Sanín Cano una de las
pocas excepciones que en Colombia han tenido el propósito de "ampliar una mirada del
mundo".
El grupo de entrevistados
españoles lo constituían: José Prat, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), Pedro
Salinas (1892-1951), Francisco Ayala (1906- ). Sus respuestas cubrieron aspectos que
mostraban la poca pertinencia o estrechez de la pregunta hecha por la revista, al señalar
que los interrogantes deberían dirigirse a la relación poder-cultura, que el nuevo
ordenamiento geopolítico iba a crear después de la guerra. Algunos de ellos señalaron
que el problema de la modernidad exigía cuestionamientos de carácter más universal y
ello planteaba otros interrogantes, más allá de lo que la encuesta consideraba como
"centro de influencia". Por ejemplo, Salinas, el poeta del amor, invitaba más
bien a pensar en un proyecto cultural que necesitaría: organización de la educación
superior, centros de investigación, bibliotecas, laboratorios y democratización de la
cultura.
Si los tiempos de crisis
que trajo la guerra sirvieron para que la dirección de la Revista de las Indias hiciera
un sondeo sobre el destino futuro de la relación cultural entre el viejo continente y
América, bien se podría deducir, por las respuestas del grupo colombiano, una notoria
estrechez en el análisis que corresponde a dicha cuestión (que, por lo demás, se puede
resumir en la pregunta por "nuestra expresión" cultural). Al evadir con la
retórica cualquier posición xenofóbica o de perfil "cipayo", se evadía
también la posibilidad de un acercamiento novedoso a ese viejo problema de nuestra
identidad y se mostraba la miopía del grupo de la intelectualidad colombiana, que gozaba
de gran influencia en la dirección de la revista, contrastando con la mirada del grupo de
extranjeros, que señalaba la necesidad de una generación de relevo que impulsara una
vocación más objetiva en sus formulaciones y enfoques sobre la cultura latinoamericana.
DE LA RESEÑA A LA CRONICA Y DE LA
CRONICA A LA CRITICA EN EL ARTE COLOMBIANO
Uno de los materiales
más interesantes que ofrece Revista de las Indias es la colección de escritos sobre
artes plásticas firmados por Walter Engel. En fecha reciente (10 de julio de 1988) el
mencionado autor escribió un artículo para Lecturas Dominicales de El Tiempo, titulado
"Remembranzas de un precursor. En los albores del arte nacional moderno". Dicho
artículo, escrito en estilo epistolar, sirve de pretexto para autorrescatar del olvido a
quien justamente debe formar parte de la historia de la crítica en Colombia: "Si
usted, señor director, es joven, mi nombre probablemente no le dice nada", comenta
Engel personalmente. En realidad, Engel fue pionero de la crítica en nuestro país. De
nacionalidad austriaca, se radicó un tiempo como industrial en Bogotá. En 1942 se
convirtió en colaborador permanente de la revista, y en 1944 de El
Tiempo. Para la primera escribió hasta 1950, y
para El Tiempo hasta 1960, fecha en que la crítica de arte en Colombia, como lo expresó
el mismo Engel, "quedaba en mejores manos que las mías, en manos de Marta
Traba".
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Segunda
época: 1939. Cambia el formato y el diseño.
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En 1944
nuevamente cambia la presentación de la revista.
Núm. 68. agosto de 1944.
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Las
primeras colaboraciones de Engel para la Revista de las Indias se podrían catalogar como
meras reseñas del acontecer artístico en Bogotá. En ellas la obra del artista no era
analizada en un contexto nacional o internacional o en una corriente específica. Las
reseñas contenían algunas expresiones valorativas que hoy por hoy carecen de sentido,
por estar descontextualizadas: sonoro
colorido" para referirse a la obra de Luis Alberto Acuña (1944), "buena fe y
sinceridad" para destacar el trabajo del español Clemente Salazar Echeverría
(1945).
Hacia 1944 las
publicaciones de Engel van adquiriendo una personalidad propia: de la reseña se pasa a un
intento de crónica a la que se le agrega un perfil biográfico del artista, referencias a
las influencias, al medio, etc. Entre ellas cabe señalar las dedicadas a la labor
pictórica de Ignacio Gómez Jaramillo y de Luis Alberto Acuña.
Los nombres de Wilhelm
Egon Wiedemann y de Roko Matjacsí se mencionan en una crónica publicada en 1945 sobre
artistas extranjeros residentes en Colombia. En esta publicación, Engel acompañaba sus
apreciaciones de los artistas extranjeros con un intuitivo sentido de proyección de su
propia experiencia en el trópico, que le sirvió para extraer nuevas formas de
apreciación sobre los artistas colombianos y su medio.
A partir de esas
experiencias y de un análisis detenido del V Salón de Artistas Colombianos, las
colaboraciones de Engel sobre la vida artística colombiana adquieren el valor documental
de presentar, en una perspectiva histórica, esa "idea" o "imagen" que
a partir de 1945 se ha tenido en Colombia sobre los procesos de continuidad o ruptura en
el arte, tanto por parte de los artistas
como de la sociedad. Es interesante observar las primeras alusiones a nombres
como Alejandro Obregón, quien, según el citado crítico, es "la representación de
las interpretaciones objetivas y subjetivas". Las categorías de objetivo y subjetivo
utilizadas por el crítico encerraban más bien una actitud hacia la abstracción, basada
en una concepción positivista sobre los procesos de creación artística y en una
predilección "ortodoxa" hacia el arte figurativo.
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Propaganda
que se publicaba en las contracubiertas de la revista.
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La
Exposición de Arte Contemporáneo del Hemisferio Occidental, realizada en Bogotá a
finales de 1945 con participación de obras de José Clemente Orozco y Diego Rivera
(México), de G. Bellows (Estados Unidos) y de Ignacio Gómez Jaramillo (Colombia) le
sirvió a Engel para comparar el estado de nuestra plástica con la del resto del
continente. A partir de esta exposición sus trabajos van mostrando mayor comprensión del
fenómeno artístico nacional. En 1946, su actitud hacia el arte abstracto se había
modificado, y llegó a decir que la obra de Edgar Negret era "interesante". Este
comentario ingenuo se vio confrontado, en 1947. con otro, escrito por Jorge Gaitán Durán
para la misma revista, también sobre Negret, en el que se presentaba en forma solidaria
la obra de este artista, como la manifestación generacional de la "realidad trágica
de nuestro siglo". Igualmente, el artículo destacaba un comentario sobre la obra de
Eduardo Ramírez Villamizar, descrita por Gaitán Durán como "un arte concebido
dentro de ciertas líneas, quizá algo abstracto, pero que no frenan su impulso lírico,
fuerte aluvión trágico, tensión sanguínea y agonista". Estos comentarios muestran
un interés apasionado por las motivaciones de los jóvenes artistas que para el momento
lanzaban nuevas propuestas estilísticas. La presencia de Jorge Gaitán Durán en Revista
de las Indias y el pulso de sus comentarios mostraban otros rumbos a la crítica
artística, salidas de la visión de un proyecto cultural más ambicioso que inspiró la
fundación de Mito.
Un tipo de proyecto como
ese, desgraciadamente, estaba ausente de la obra crítica de Walter Engel. Con el
transcurrir del tiempo esta carencia se convertiría en gran limitante para su labor.
Al finalizar el decenio
del cuarenta, la actividad artística en la capital empezaba a mostrar gran auge. Una
inusitada expectativa en el mundo artístico es descrita por Engel para el año de 1948;
se trataba de la Gran Exposición Interamericana de Pintura, que habría de celebrarse en
el Palacio de Comunicaciones con motivo de la realización de la Conferencia Panamericana.
Los graves sucesos del 9 de abril, que marcarían el comienzo de un sangriento proceso
para Colombia, ocasionaron pérdidas irreparables para el arte, al ser incendiada la sede
donde se iba a efectuar la exposición mencionada. El propio Walter Engel redactó una
nota para Revista de las Indias titulada "Nuestra protesta", en la que informaba
sobre las pérdidas y las obras salvadas.
Paradójicamente,
después de estos sucesos la producción artística colombiana cobró gran impulso, como
si se tratara de exorcizar el recuerdo del famoso "bogotazo", o como si el
destino nacional tuviese que crear un interregno de sangre para anunciar el advenimiento
de otra nueva época. Al multiplicarse el número de exposiciones, se abrieron las
condiciones para un mercado de obras de arte (elementos apenas descritos por el personaje
en mención); parecería que una nueva etapa se iniciaba en las relaciones sociales y
económicas del país. Un año antes de estos sucesos se había inaugurado la Galería de
Arte de la Avenida Jiménez. Este acontecimiento fue recibido en los medios artísticos
con gran expectativa, pues, tal como lo señaló oportunamente Engel, "serviría de
estímulo económico a los artistas".
En 1948 el centro de la
atención de nuestro personaje fue el llamado Salón de los 26, realizado en el Museo
Nacional. La figura central de los 26 fue, según Engel, Alejandro Obregón. Al nombrar de
nuevo a esta figura de la plástica nacional, el crítico reconoció haberse equivocado en
el pasado, cuando lo había presentado como un artista "preocupado antes que todo en
valores y efectos [...] meramente estéticos", es decir, de un formalismo sin
contenido. Al corregir su apreciación, reconoce que, además de preocupación estética,
las realizaciones de Obregón son de "honda expresión humana". De la lista de
los 26 menciona también al ya consagrado Luis Alberto Acuña; a Enrique Grau, quien para
ese momento, según el crítico, "abre el camino a la verdadera pintura" (antes
había dicho que el valor de Grau estaba en su disposición para la ilustración y el
dibujo); a Wiedemann, a quien califica como el artista sometido a un proceso constante de
renovación artística"; a Ignacio Gómez Jaramillo, para quien la nota de
presentación es la de ser el gran maestro en el "equilibrio" entre todos los
componentes del grupo; a Hernando Tejada, quien es destacado porque su obra está
encaminada hacia una visión más amplia, presente en el conjunto de su obra"; a Lucy
Tejada, de quien dice que es portadora de una "gran sensibilidad" en la
composición de su obra; a Edgar Negret, a cuya escultura reconoce un "ritmo casi
pictórico en el uso del vacío".
En este artículo escrito
con motivo de la exposición de los 26, mostraba un acercamiento más emocional y maduro a
la comprensión de las expresiones que comportaban "rupturas", de muchas de las
obras de los citados artistas; los trabajos de pintores como el caldense Alipio Jaramillo
son mencionados por Engel, porque a través de ellos tienen la oportunidad de comentar las
obras de artistas que "practicaban" un febril nacionalismo y que tenían como
mentores a figuras como la del mexicano Siqueiros; con ello quería aportar al debate
sobre estas tendencias y avanzar en su papel de crítico, que poco a poco se había ido
alejando de las simples crónicas que escribió al principio.
Leyendo a Walter Engel no
se deja de pensar que su labor de difusión del arte representó el comienzo de una
actitud intelectual, no exenta de los riesgos que la crítica conlleva al intentar
desterrar la mediocridad y valorar la verdadera creación, cuando se parte de un débil y
borroso referente que contraste la gestión crítica con la producción realizada en el
medio artístico concreto, sobre todo si se tiene en cuenta que a la revista que lo
patrocinó le faltó visión para utilizar la potencialidad que ofrecía la red de
colaboradores y la presencia de otros críticos en los países donde circulaba.
LA "NAClON INDIGENA" Y UNA
REVISTA LLAMADA "DE LAS INDIAS"
Teniendo como telón
de fondo las corrientes que expresaban la literatura indigenista y el ambiente de
reformas, como la Ley de Tierras, impulsadas durante la República Liberal, la Revista de
las Indias acogió en sus páginas artículos que reproducían concepciones sobre este
tema. Coincidía esto con el período que antecedió a los primeros trabajos
antropológicos y etnológicos; para ese entonces la revista publicó artículos que
preparaban el terreno para la profesionalización de saberes (cruzados por diversas
opciones ideológicas y políticas) como la antropología, la arqueología y lo que
pudiéramos llamar la etnohistoria.
La dirección de la
revista seleccionó tímidamente algunos de estos trabajos; tímidamente, porque, haciendo
un inventario del conjunto de colaboraciones sobre el tema, el lector encontrará que la
"nación indígena" en Colombia y en el resto del continente era mostrada a
través de ensayos arqueológicos (de gran valor científico), pero solamente desde un
ámbito pretérito, cuidándose de guardar distancia con el llamado "indigenismo
revolucionario", tan en boga en el período mencionado.
Coincidencialmente, este
"distanciamiento" fue similar al tratamiento que los gobiernos liberales que
patrocinaron la revista le dieron al problema de la propiedad colectiva de los resguardos
y que en los actos legislativos, como el 918 de 1944 y 809 de 1945, ordenaba su división
en los territorios de Tierradentro.
Las enconadas polémicas
sobre el tema no tuvieron cabida en la revista, lo que hace presumir una censura muy
activa. Sin embargo, la producción científica de personajes como Gregorio Hernández de
Alba encontró eco allí. La obra de este arqueólogo y etnólogo, miembro activo del
bachuismo, que reivindicó el tema indígena en la literatura (Cuentos de la
Conquista), tuvo el valor histórico de abrir un camino al conocimiento del mundo
indígena, con su obra Etnología guajira (1936). Paul Rivet también colaboró en
la revista, difundiendo sus tesis orientadas hacia la búsqueda de una nueva definición
nacional y la revaloración del fenómeno del mestizaje.
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