Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Ajuste de cuentas con Maqroll el suertudo (continuación)


El final feliz de novela cervantina (pensemos en La ilustre fregona o La gitanilla) es trastocado en balacera campal. Como en una telenovela mexicana (donde los ejecutivos del canal no pierden tiempo en soluciones amables para las encrucijadas de actores que se retiran de súbito o son dados de baja por exigir aumento de sueldo), el narrador de Un bel morir se despacha de un plumazo a los personajes que se le están poniendo incómodos o que simplemente sobran. Incluso nos advierte que la jarana se le está terminando a Maqroll:

. sentía una cierta indiferencia, un alivio de saber ya, con certeza, lo que tendría que cargar en su último viaje...
[pág. 95].

. Los riesgos que corría en éste su último viaje eran evidentes [pág. 96].

. Era evidente que su hora había llegado [pág. 129].

A pesar de la transparencia de estos mensajes, el narrador 0pta por el deus ex machina y el Gaviero sale por el foro. De ahí que no sepamos a qué clase de tribunales acudiría don Gonzalo Rojas para "impugnar la desaparición de su viejo camarada y cómplice de muchas fechorías más báquicas y amatorias que de otra índole" (Apéndice, pág. 140).

Otro punto para explorar es la identidad (o inestabilidad emocional) de Maqroll, tal vez motivo de sus múltiples oleajes de ánimo alicaídos y efervescentes. El Gaviero añora mundos lejanos y exóticos: Afganistán es recordado como un paraíso, a pesar de que allí sufrió encierro 7 . La pregunta de un lector tan meticuloso como el capitán Ariza nos involucra. Al oír las pruebas en su contra, Maqroll se limita a responder: "eso no se lo puede imaginar sencillamente porque no me conoce" (pág. 131).

¿Quién conoce a Maqroll? ¿Quién ea Maqroll? Acerquémonos a él a través de los datos que el narrador nos proporciona. Son todos de huida: alejarse del presente vía el sueño, las lecturas predilectas (la vida de san Francisco de Asís, las cartas del príncipe de Ligne) y el recuerdo de otras geografías y personas. Sin embargo, a pesar de su extranjería, al Gaviero lo desmoronan de plano el paisaje y el aroma de los cafetales del llano de los Alvarez. ¿Por qué no resuelve quedarse, entonces, si es que había revivido algunas huellas? El propósito al posponer la continuación de su viaje era "encontrar alguna huella de vida de quienes compartieron, años atrás, algunas de sus miríficas empresas" (pág. 9). En las páginas finales sospecharemos que era la memoria de Flor Estévez (de La nieve del almirante) lo que ansiaba. ¿Y Amparo María? Si la compañía de esta joven lo tienta a quedarse "allí para siempre, tirando todo por la borda" (pág. 36), ¿qué lo detiene? Estas interrogantes no las soluciona el narrador, por más que se esfuerce hasta lo inaudito por atar las tres novelas (La nieve del almirante, Ilona llega con la lluvia y la presente). Pero al narrador se le escapan de las manos, al igual que Maqroll, quien no sabe lo que quiere en ni de la vida. El Gaviero divaga a merced de un erotismo con el que el psicoanálisis hilaría tan fino como un heladero en congreso de diabéticos. En varias partes la narración nos informa que las melancolías del protagonista tienen su origen en la entrada en la vejez. Esta resistencia al paso de los años se manifiesta en la bruma alcohólica que lo envuelve de continuo en la cantina de la Plata:  "sus ojos, imprecisos y opacos, se perdían en un atónito paisaje interior, inasible para los presentes" (pág. 17). En no pocas circunstancias el pensamiento de la muerte lo rodea; por obra y gracia de los eufemismos, la palabra suicidio deviene prescindible para el narrador. Esta característica personal, unida a cierto estancamiento emotivo ("...firmando el vale con los amplios trazos de su letra clara pero ligeramente infantil" [pág.17]), explicaría en un sentido el porqué de sus peripecias (e ingenuidades para con Van Branden) y escapes. Es una posibilidad de interpretación. Sin embargo, la candidez de algunos actos del Gaviero está reñida con la hermeneútica privada que despliega para leer a sus clásicos y, a través de esa lectura, el mundo alrededor suyo. Mencionemos nuevamente a Conrad. La mayoría de sus héroes —marinos, de preferencia— poseen una ética intachable (lord Jim, por ejemplo, paga con la vida sus equívocos semióticos) y se oponen por antonomasia a rufianes y pícaros. Aquí hablamos de oposición relacionada no sólo con la trama de una novela sino además con las siempre probables "impertinencias" criticas de los lectores (detalles en los que todo narrador hade reflexionar). ¿Acaso habría una mínima contradicción entre los "prontuarios de Maqroll y Van Branden? Del primero nos informa el capitán Ariza:

contrabando de armas en Chipre, 
de banderas navales trucadas en 
Marsella, de oro y alfombras en 
Alicante, de blancas en Panamá; 
en fin, no sigo porque la lista nos 
tomarla varias horas.

Alguien con semejante pasado 
no va a transportar armas 
pensando que son instrumentos 
de ingeniería para un ferrocarril 
inexistente
[págs. 130-131].

Del irlandés Brando u (verdadera nacionalidad y verdadero nombre del flamenco Van Branden, a menos que los servicios de inteligencia del ejército pequen de blandura como las antenas de Maqroll) ya nos había informado previamente el malogrado capitán Segura:

Sus antecedentes son interminables: 
preso en Trinidad por falsificación de 
cheques; los ingleses lo buscan por 
trata de blancas en el Medio Oriente; 
Saudi Arabia lo dio por muerto después 
de una paliza que mandó darle un sheik 
a quien había engañado vendiéndole dos 
muchachas vírgenes de Alicante que 
resultaron ser dos putas de San Pedro Sula. 
La lista, como le dije, es muy larga
[pág. 78].

¿Quién podría engañar a quién? (Después de este careo de antecedentes, no sería descabellado imaginar al Gaviero vendiéndole a Van Branden una fábrica de sistemas de calefacción en el desierto de Arizona). ¿O es que la "inocencia" con que Maqroll sondea a Van Branden contradice la sabiduría política que emana de su lectura del príncipe de Ligne? Sobre los beneficios de tal lectura nos ilumina el narrador:

Ningún bálsamo más eficaz para 
sus presentes perplejidades que 
el ejemplo del gran aristócrata 
belga que sorteó, con igual fortuna
 y una amable sonrisa, el patíbulo 
jacobino, la vigilancia de la policía 
de Viena y su gabinete negro y las 
mortales acechanzas de la corte zarista
[pág. 108].

Finalmente, indaguemos en las funciones del narrador/ lector. Desde la opacidad de cualquier verosimilitud literaria no basta, pues, la acusación del capitán Ariza, por acertadísima que sea. La formulación retórica cumpliría con librar de sus defectos al narrador, pasar por alto sus "descuidos" en el dominio del material:

¿No se le ocurre que, por decir lo 
menos, es inconcebible que no haya 
tenido la menor sospecha de una 
trama tan burda como la de las 
supuestas obras del ferrocarril, las 
apariciones y desapariciones de 
Brandon y la facha de sus compinches 
en el Tambo? ¿Nunca pensó que algo 
pudiera ocultarse detrás de semejante 
patraña, que no se hubiera tragado ni 
el más ingenuo chiquillo de los que rondan 
en el muelle?
[pág. 125].

Las preguntas de Ariza pertenecen más a la esfera de la crítica literaria que a la pesquisa militar. Con ellas se sacude el narrador y espolvorea en los subalternos de su artificio una responsabilidad que sólo a él le compete. No estamos ante modelos de farsa ni parodia. Está bien: tampoco somos los lectores de la época de Salgari. Pero el lugar común nos repite que los narradores son mitómanos por excelencia, mentirosos profesionales (mitomanía y mentira de cuño especial); por eso también se dice que en poesía es muy arduo "mentir". Una simple lectura —superficial, pero sin exageraciones— de Un bel morir arrojaría como conclusión que toda su fábula (en el sentido de tema) es un mero pretexto para explayarse en el mundo interno del Gaviero. De ahí que un guiño de complicidad (el narrador sabe que los lectores sabemos que el capitán Ariza sabe que la ciega sabe lo que si sabe Maqroll) nunca pueda barnizar del todo las imperfecciones del producto (banderas del artesanado). Tampoco puede cubrir los baches de un camino sin asfaltar entre la poesía y la novela. De hecho, Mutis tiene absoluta conciencia de esto; quizás su opción haya sido no excederse demasiado (me refiero a las cien páginas y pico de la edición). Sin embargo, en este libro las ataduras de Maqroll con la poesía son más nítidas que, por ejemplo, en Ilona llega con la lluvia. La ideología es la puerta del horno donde se achicharran las palabras.

Resulta fascinante preguntarse qué animó a Mutis a brincar del relato más o menos breve, cicatrizado por la poesía, de La mansión de Araucaría. Uno se queda con la intriga: ¿narraciones poéticas?, ¿poemas en prosa larguisimos?, ¿novelas con truco? Un poeta debe pulir de otra manera el lenguaje para conseguir situarse en dos regiones de leyes distintas. (Que salgan los conejos del tongo). En el caso de Pavese nos encontramos con un narrador cuya poesía (y de la buena) es eminentemente narrativa (salvo cuando viene la muerte con esos ojazos) porque quiere apartarse del oficio de los herméticos italianos. No confundamos prosa con novela. Alvaro Mutis es maestro en la prosa, no así en la novela. Pienso en José Emilio Pacheco, en los cuentos de El viento distante y en ese espléndido y cinematográfico libro titulado Las batallas en el desierto 8 , ¿No serían ambos ejercicios (dejo de lado el experimental" Morirás lejos) como hábiles indagaciones que, por razones equis, desbordaron su calidad de bosquejos poéticos?

Hablar de poeta por un lado y de narrador por el otro en una sola entidad humana equivaldría a cruzar La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, con los versos de Celan. O inventar un autor que pudiera sacarse de una manga una novela tipo Cien años de soledad y de la otra un ramo de sonetos a lo Martín Adán... (¡La reflauta!). El ejemplo de Lezama, por cierto, ya es célebre. ¿Conviene leer Paradiso sin visitar la poesía en verso y los ensayos de su autor? Como se ve, no digo que sea imprudente cultivar la novela y la poesía por igual; recalco que es complicado lograr una independencia de proyectos en los respectivos casilleros. Es como pedirle a un levantador de pesas que compita a las 3 p.m. en ese deporte y que luego, a las 8 p.m., nos deleite patinando sobre el hielo a los compases del Cascanueces...

El obstáculo que siento, personalmente, digo, ante Un bel morir es de índole moral. Creo que Alvaro Mutis debió darle una muerte honrosa al Gaviero y chau pescao, por más que sufriéramos los lectores encariñados con las vicisitudes del personaje. Un bel morir no cierra la trilogía: la congela. El Gaviero, mismo Michael Jackson, duerme en esos ataúdes que combaten el acné y los cuellos tronchados a lo Góngora. Imagino a Maqroll, muerto en vida, precipitándose a un estuario donde lo aguarda —premio consuelo— el adormilado crepúsculo.

EDGAR O’HARA


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7 Cf. págs. 119-120, una secuencia narrativa del tipo relato dentro del relato. (regresar7)

8
Una lectura metafórica del título podría llevamos a considerar las batallas como poemas y el desierto como el campo novelesco.(regresar8)