Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Con Germán Espinosa "Afirmar el vitalismo del arte" (continuación)

Su obra incide sobre todo en la novela, aunque también muestra sólidos ejemplos de cuento, poesía, ensayo, teatro. Encontramos también otra faceta: la de traductor. Nos referimos, por ejemplo, a la traducción que realizó de la obra de madame Michele Curcio, La astrología china. ¿ Qué piensa de las traducciones? ¿ Qué otras traducciones ha realizado?

— Mi traducción de la obra de madame Curcio, que son doce libros, fue un trabajo mecánico que realicé en menos de cinco meses. Ella no es una estilista y, por moroso que anduviera yo en mi trabajo estilístico, me parece que la mejoraba. Cosa distinta son traducciones que he hecho, la mayoría inéditas, de poetas europeos. Me gusta la que hice de Le bateau ivre, de Rimbaud, hace muchos años, pues creo haber encontrado las equivalencias exactas. Algo similar puedo decir de versiones de Eluard y de otros franceses e italianos. Actualmente, traduzco, especialmente del francés y del inglés, fragmentos de obras de diversas épocas, con destino a una antología muy personal. En éstas, que son en prosa, intentaré acusar más bien mi propio estilo, pues se trata de una especie de reflexión íntima en mí de textos ajenos.

Existe, sin duda, un interés predominante en su obra por los temas esotéricos. ¿ Qué nos dice al respecto?

— Me interesa lo esotérico por la carga de poesía que puede implicar. Por ejemplo, me fascina el mito del vampiro humano, intensamente poético, pero no he logrado abordarlo con la delicadeza que requiere. La alquimia, el demonismo, las religiones orientales, han aparecido aquí y allá en mi obra, siempre por lo que guardan de poético. No soy, por lo demás, persona de creencias esotéricas; sólo de inclinaciones un tanto coquetas hacia todo lo misterioso, lo a veces inaprehensible.

En El signo del pez, su más reciente novela publicada, la Cartagena de la Inquisición es trocada por Saulo de Tarso y los comienzos del cristianismo, cuando pretendía imponerse al imperio romano. Hay una vertiente común: el regreso al pasado. La historia y ficción confundidas. ¿Ha sentido alguna vez la inclinación a instaurar sus temas novelísticos en nuestro siglo? ¿La Colombia de hoy, por ejemplo?

Germán, Josefina y su hijo Adrián en 1967. Con Josefina Torres, su esposa, en 1968.

— De hecho, mi novela El magnicidio se ocupaba del presente, cuando la escribí. Muchos de mis cuentos se ocupan así mismo de él. Algunos, incluso, del futuro, como dos o tres de mis libros La noche de la Trapa. En este momento trabajo en una novela que transcurre en la Bogotá del siglo XX. Y tengo un borrador de otra que acaece en el decenio actual. Para mí, la época en que la acción transcurra es lo de menos: lo importante es que el argumento elegido sea capaz de expresar ciertas ideas y tensiones mías. La tejedora de coronas, por ejemplo, la novela del siglo XVIII y de la Ilustración, era algo que no podía dejar de escribir. Esa época me fascinaba, al igual que los albores del cristianismo. Pienso, por lo demás, que cuando escribimos sobre un pasado ya completamente asimilado, apuntamos a lo esencial y no a lo episódico. La novela puede cobrar, por eso, mucha fuerza poética.

Frente al Kenyatta Conference Center, Nairobi 1977. En 1977 viajó a Nairobi, Kenya

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