Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Con Germán Espinosa "Afirmar el vitalismo del arte" 
(continuación)

¿Aspálata, la griega y hetaira iluminada por el saber, que protagoniza las páginas de El signo del pez, no es una prolongación de Genoveva Alcocer, la protagonista de La tejedora de coronas? ¿ Un arquetipo femenino en el que usted insiste?

— Podría ser, eso no lo tengo yo muy claro. Como lo ha dicho Flaubert, nuestros personajes son uno mismo o, acaso, derivan de alguna percepción muy conmovedora. Mis personajes femeninos intentan, creo, reproducir admirables mujeres que he conocido. Pero algo, claro, deben tener de mí mismo. Hay uno en especial, del que casi nunca me preguntan, uno que es tremendamente negativo y cruel: la Angela Droz de El magnicidio. Hay en ella otra faceta de mi percepción de la mujer: la capacidad de fanatizarse más que el varón. De todos modos, una cosa he de decir, y es que en mis relatos coloco siempre a la mujer a idéntica estatura que al varón. No hay en ello demagogia: conozco a fondo a las mujeres y sé describir sus reacciones y apetitos.

En el Foro de Roma en 1978 con Josefuna y su hijo Lelón

En alguna ocasión, hace varios años, usted afirmaba que "hay novelistas colombianos, pero no una novelística colombiana Desde entonces han sido varias las obras —y autores— que continúan apareciendo en las vitrinas de las librerías, aunque debamos reconocer que la calidad no corresponde a la cantidad. ¿ Cuáles son —a su modo de ver— los usos y abusos de la narrativa colombiana?

— A mí cualquier literatura me interesa en función del trabajo estético a ella concedido. Cuando una novela colombiana llega a constituirse en gran creación verbal, entonces pertenece al acervo de la literatura hispanoamericana y aun universal. No sólo no creo en novela colombiana, sino tampoco argentina, mexicana, italiana. Creo en la novela universal. Deplorablemente, el costumbrismo, que heredamos de España, sigue privando en nuestra narrativa y ello le resta valor. No es que yo diga que la novela no tiene que mostrar lo propio, lo autóctono, sino que tiene que mostrarlo de tal modo que cualquier ciudadano del mundo logre aprehenderlo vivamente a través del texto. Rómulo Gallegos, por ejemplo, describió costumbres campesinas de Venezuela en tono universal. Icaza no logró ese tono en sus obras ecuatorianas.

Madrid 1979

¿Las circunstancias político-sociales que hoy padece nuestro país, de qué manera inciden en la actividad del escritor?

— Ya decía alguna vez que siento una congoja infinita por el inútil fratricidio en que se debate Colombia. También que no creo que la literatura pueda hacer nada por evitarlo. Hace veinte años, muchos literatos adherían a la izquierda y creían hacer una literatura revolucionaria. Hoy, sus obras nos parecen marchitas, transidas de vejez. Los hechos demasiado actuales no pueden ser objeto de tratamiento literario, pues nos falta la adecuada perspectiva temporal para observarlos. Esto es un lugar común, pero casi siempre se olvida. No es fácil descifrar él presente, que gesticula ante nosotros. A mí me parece que, ante una situación como la que hoy vive Colombia, un escritor debe limitarse a seguir obedeciendo sus impulsos profundos. Claro que, de alguna manera, el acontecer diario actúa sobre nuestra obra, pero es difícil precisar cómo. Acaso nuestra reacción de escritores, ante un panorama de crisis y de muerte, no deba consistir en otra cosa que en afirmar el vitalismo del arte.

Con Josefina a orillas del Danubio, 1979

¿Qué futuro le ve usted a esta situación?

— Sé por experiencia que la historia no es predecible. Sé también que propende a lo evolutivo, pero que existen así mismo repentinos procesos involutivos. Creo que fue López Michelsen quien dijo, alguna vez, que las cosas pueden siempre empeorar. Yo prefiero no ser optimista, porque —¿sabe usted?— el optimismo se me antoja un poco de mal augurio.

¿Qué opinión le merece la narrativa femenina en Colombia?

— La narrativa no tiene sexo. Hay buenas novelas de mujeres y malas novelas de mujeres. Buenas de hombres y pésimas de hombres. Si no creo en novelas nacionales, menos puedo creer en novelas mujeriles.

¿Ha vuelto a interesarse por el teatro? ¿Por la poesía?

— Poesía escribo incesantemente, aunque casi nunca la publico. Ahora, están por aparecer dos libros míos de poesía, en ediciones limitadas. En cuanto al teatro, no volví a escribirlo. Los medios teatrales no parecían dispuestos a ponerme atención, y entonces resultaba inútil insistir en el género.

¿Su relación con el arte cinematográfico?

— Frustrante. Mientras en Colombia no se conciba al cine como una forma de mostrarnos, mediante obras de calidad, en escenario como Cannes o San Sebastián, entonces no vale la pena dilapidar dinero en películas que ningún beneficio nos hacen. Una magnífica película de Francisco Norden, que estuvo de finalista en Cannes, aquí apenas si se conoce. No; en Colombia no hay criterios funcionales acerca de la auténtica misión del cine.

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