Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Un epistolario clásico


Epistolario de Ruflno José Cuervo
con corresponsales españoles

Presentación y notas de Carlos E Mesa, C.M.F.
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1989,
712 págs.

El género epistolar no es precisamente un género científico o técnico, pero la erudición se reconoce en él como se reconocería en una conversación familiar o en una cátedra universitaria cuando es un erudito quien habla. Esta impresión general de la lectura coincide con la tipología definida en este escolio de Nicolás Gómez Dávila: "La erudición no consiste en aducir infinitud de referencias, sino en obligar al lector a sentir que podríamos hacerlo". La importancia de este epistolario es, pues, ese sabor de comienzo o colofón de una inauditamente ardua actividad de erudición, y no sólo la de un hombre sino la de un grupo de hombres escogidos. Aquí lo inauditamente arduo pareciera contradecirse con la misma actividad epistolar, porque, en el caso de los más destacados corresponsales españoles de Cuervo, y del filólogo bogotano también, su dedicación supone la falta de tiempo para esa gabela, ese impuesto recíproco, que es la correspondencia. Es notorio en este epistolario que tanto Cuervo como sus más dilectos pares escriben a vuela pluma entre una lectura y un apunte, entre una parrafada y una hojeada. Lo curioso es que ello no obsta para que sus cartas se extiendan relativamente sobre temas que proyectan su actividad y establezcan un diálogo-trabajo-amistad en el interior de ese conjunto cerrado, cerradísimo, que hemos llamado erudición. Epistolario erudito.

Podría pensarse, entonces, que un trabajo de esta índole, que reúne escritos de una modalidad contrarreloj, carece por completo de profundidad de pensamiento e, incluso, de una sápida prosa, que por sí solas podrían hacer valiosa una obra para algún tipo de lector. Sin embargo, no es así, si bien algunas —y no pocas— de las cartas no lo corroboren. Hay pensamiento, que por extensión podemos llamar gramatical —en esas cartas-continuación de obra—y hay agradable prosa, lograda, en muchos, a fuerza de excederse en rigor gramatical y lectura avisada de los "clásicos". Pero, no obstante las comillas, que sientan aquí mis escrúpulos sobre esa designación que, en todo caso, me parece central en este comentario, esa doble virtud de algunas de las cartas de los principales corresponsales españoles de Cuervo —a quienes menciono más adelante— constituye un valor superior, que es unidad estética y genérica: la erudición.

Erudición y lectura de los "clásicos", he ahí una llave tradicionalmente constituida para un tipo de intelectual también tradicional, hamémoslo humanista —y no académico— (del cual el nadaísmo creyó que había demasiados representantes en nuestro país, pero yo sólo conozco dos auténticos y ya están citados en esta nota). El humanista erudito, a despecho del auténtico humanista del siglo XVI —no renacentista—, no es necesariamente un crítico, y en el caso de Cuervo y sus pares, esto es, en el caso del filólogo, no lo es porque parte del respeto por la tradición —concebida como un todo de pasado lejano— que es de donde mana su sentido de autoridad. Y porque tiene autoridad, el filólogo fiel se convierte en lo que admira y aprehende —emula—, es decir, en un clásico. Eso es Cuervo para nosotros, un clásico, si bien en un campo menos agradecido —digamos, menos histórico— que el literario (ahora bien, quién querrá cogernos esta propuesta:  para volver a una crítica literaria clásica —siempre eficaz y verdadera—:  regresar a la filología). En el epistolario de Cuervo hallamos esas puntadas que nos obligan a sentir que podríamos ampliar el marco de referencias infinitamente: citas bibliográficas, multilingüismo, innumerables nombres propios de contemporáneos y predecesores (en este punto son básicas las notas de pie de página que ha elaborado el padre Carlos Mesa), opiniones nada vacilantes sobre nuevas publicaciones y hasta lacónicos estudios sobre cuestiones varias de ortografía, sintaxis y otras materias, como en las cartas de Angel Sallent y Gotés.

El deber moral que es para este intelectual la erudición explica en parte por qué Cuervo nunca pactó con la Academia y también por qué la lectura de este libro no consiste en devorar un ladrillo academicista, banquete sólo de recalcitrantes turistas del pasado. Cuervo, como alguno de sus corresponsales, piensa que a la Academia le falta especialización y, por sobre todo, esa capacidad de sus miembros de guardarse para las bibliotecas privadas la mayor parte de su tiempo, virtud que, según el propio Cuervo, entorpecería el ejercicio del honorífico cargo. En una carta a Miguel Antonio Caro escribe: "mi escasa cooperación hade atribuirse a una amistosa condescendencia; de suerte que si me retiro, no me impongo una privación dolorosa; si UU. me echan, no me considero afrentado... Si yo no soy académico en lo privado, mucho menos lo seré en lo público" (el subrayado es de Cuervo).

Lástima que la mayor parte de las cartas de Cuervo a sus corresponsales españoles no hayan sido encontradas para esta edición (en la que se omite el epistolario con Menéndez Pidal —salvo un par de escuetos comunicados inéditos— que habla sido publicado anteriormente por el Caro y Cuervo). Esta circunstancia nos hace pensar que el título más apropiado para el libro era el de Epistolario de corresponsales españoles con Rufino José Cuervo, aunque, como hemos dicho, ello no ha sido óbice para que captemos el carácter erudito de la comunicación —Cuervo in absentia— con los corresponsales que verdaderamente entablan un diálogo esencial, y que voy a destacar a continuación.

Podríamos decir que hay un doble epistolario con Cuervo: el de los corresponsales menores —y no de nombre— que agradecen —un envío de libros, una carta, etc.—, elogian y hacen uso del tópico de humildad, especialmente si se atreven a opinar en algo; un segundo grupo de corresponsales lo conforman los que establecen el diálogo al interior de la obra misma de Cuervo y, en ocasiones, de su propia obra. Hago mención de los principales y no incluyo datos, pues en el libro se antecede las cartas de cada corresponsal con una, a veces copiada, semblanza del mismo:

* Juan Eugenio Hartzenbusch, con quien Cuervo se enfrasca en la duda del vocablo tetero, que el hispano desconoce, en favor del uso del vocablo popular frente al galicismo biberón.

* José María Sbarbi y Osuna, filólogo purista y paremiólogo, quien aventura rígidos desacuerdos con minucias de las Apuntaciones criticas sobre el lenguaje bogotano.

* Marcelino Menéndez y Pelayo, con quien es notorio el diálogo bibliográfico sobre el Centón epistolario.

* Miguel Mir, uno de los más entrañables corresponsales de Cuervo, si bien comprobadamente errado en algunas de sus afirmaciones.

* José Miguel Guardia, el filósofo polemista de Menéndez y Pelayo, rescatador de la obra de Raimundo Luhio.

* Angel Sallent y Gotés, cuyas cartas, ya lo hemos dicho, son verdaderos estudios sobre diversas materias (etimologías, neologismos, ortografía, sinónimos, etc.).

* Antonio María Alcover, incansable constructor de la lengua catalana, poeta admirado por Cuervo (quien, como dije, es un "crítico" literario no crítico sino admirador, degustador).

* Julio Cejador y Frauca, corresponsal de un achacoso Cuervo, cuyo epistolario con el sabio bogotano es una mutua labor de exégesis sobre las obras respectivas.

* Ricardo Monner Sanz, a quien Cuervo dirige perentorias aclaraciones relativas al buen uso del verbo actuar.

* Finalmente, y porque es también parte de la obra de Cuervo, la carta prólogo que éste dirige a Miguel de Toro y Gisbert, comentando las obras Apuntaciones lexicográficas y Ortologia castellana de nombres propios.

Otra cuidadosa edición del Caro y Cuervo para los cuervólatras —si es que los hay— y para los amantes del universo filológico.

OSCAR TORRES DUQUE