Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

García Márquez y la voz de Bolivar (continuación)


En El arpa y la sombra, Carpentier se vale de Colón para reescribir lo que él consideraba la narrativa de fundación en América Latina, la prime ra historia. Carpentier se remontó lo más atrás que pudo, y dotó a Colón del aura ambigua de los fundadores. La ficción histórica tenía en el Descubridor un principio controvertido y contradictorio, en el que cristalizaban la lujuria y la voluntad de poder. Para sellar esa unidad, Carpentier hizo a Colón amante de la reina Isabel de Castilla. Pero, al mismo tiempo, Carpentier revela que su pretensión al origen del Archivo está basada en documentos dispersos que, como sus huesos, sonde discutible legitimidad. García Márquez ha remplazado la deslumbrante figura del Descubridor por la del Libertador. Pero la genealogía textual es clara. En El general en su laberinto Bolívar cita del Diario de Colón, y, en cierto sentido lo que hace es repetir el viaje del Descubridor, pero al revés. El segundo origen que García Márquez ofrece —el Big Bang dos— no es la independencia por se, sino el momento cuando el movimiento independentista alcanza su cenit y la disgregación de América Latina comienza. Es el período en que surgen los caudillos. Si Samancas y El Escorial eran los archivos implícitos en previas ficciones del archivo, aquí el archivo se materializa en edificios como el que aparece con esa función en Yo el Supremo, o el Palacio de Justicia de Riohacha en Crónica de una muerte anunciada. Bolívar es el héroe de la unidad, de la integración, y de la libertad; su sueño fue, como ya vimos, crear una especie de superpaís, una Gran Colombia, tanto como una liga de naciones latinoamericanas, que fuera próspera, poderosa, y regida por su ideología dieciochesca. Pero tan pronto como algo parecido a esa unidad comenzó a lograrse, los intereses locales y las diferencias regionales empezaron a desmembrar aquella entelequia política, cuya unidad se encontraba en los miles de papeles que el Libertador produjo, y que García Márquez consultó diligente y malhumorado por su implacable tiranía. El general en su laberinto narra la Dispersión de la Carta, la Explosión del Estatuto, la Fundación del Archivo al hacerse trizas el Documento de Fundación. El efecto de la novela es socavar la unidad engañosa de constituciones, escritura, y agendas políticas, disolver la aparente consubstancialidad entre el héroe poderoso situado en el comienzo, y la continuidad de su legado textual, salvo como construcción ficticia, como literatura. El Coronel Aureliano Buendía tiene una visión de orden frente al pelotón de fusilamiento; el General Bolívar tiene otra de dispersión en su lecho de muerte.

El archivo de Bolívar en El general en su laberinto no posee, sin embargo, ni siquiera las proporciones monumentales del de Asunción en Yo el Supremo, ni el barniz histórico del de Riohacha en Crónica de una muerte anunciada. No se aloja ni en un edificio sólidamente afincado sobre la tierra, sino que lo constituye una menguante recua de mulas cargadas con los baúles que contienen sus papeles, libros, ropa y recuerdos:

En sus siete mulas de cargo, sin embargo, iban otras cajas con medallas y cubiertos de oro y cosas múltiples de cierto valor, diez baúles de papeles privados, dos de libros leídos y por lo menos cinco de ropa, y varias cajas con toda clase de cosas buenas y malas que nadie había tenido la paciencia de contar. Con todo, aquello no era ni la sombra del equipaje con que regresó de Lima tres años antes, investido con el triple poder de presidente de Bolivia y Colombia y dictador del Perú: una recua con setenta y dos baúles y más de cuatrocientas cajas con cosas innumerables cuyo valor no se estableció [pág. 38].

El subargumento que narra el destino de esos baúles ambulantes conduce a un fuego en casa de su amante, años después de la muerte del General, en que son reducidos a cenizas. Una historia secundaria dentro de ese argumento secundario, sobre una misteriosa caja que ha sido transportada de lugar en lugar, revela que ésta, a fin de cuentas, no contenía nada de interés.

Pero lo fundamental del archivo en El general en su laberinto es el carácter tan marcadamente literario de la vida de Bolívar, que aparece como reflejo de una poderosa tradición narrativa, en vez de pretenderse que sus fuentes son documentales, como suele ocurrir en ficciones del archivo. La Odisea, la Eneida, pero sobre todo el Quijote se ciernen como modelos ineludibles sobre el mundo ficticio de El general en su laberinto. Si en la habitación de Melquíades los libros de fundación eran la Enciclopedia y Las mil y una noches —conocimiento y ficción— aquí los documentos y legajos típicos del archivo compiten desfavorablemente contra Homero, Virgilio, Cervantes, y hasta los inicios de una tradición literaria latinoamericana sobre Bolívar. Como Ulises y Eneas, Bolívar emprende un último viaje de regreso, casi todo por barco, después de una existencia heroica dedicada a la guerra. Pero la presencia más significativa y visible es la de Cervantes. Hay algo quijotesco, para empezar, en un Bolívar empecinado en crear una nación enorme, especie de Insula de Baratania, para hacer que la realidad coincida con ideales que ha sacado de libros. Como el Don Quijote de la segunda parte, Bolívar se encuentra con obras literarias en las que él mismo aparece, como el libro sobre la vida galante de Lima que Manuela le lee. Y en una de las paradas del viaje, una niña le recita al General estrofas de la oda de Olmedo, "La victoria de Junín: Canto a Bolívar", poema que el ecuatoriano compuso, como es sabido, asesorado por el propio Libertador. Pero el elemento cervantino se nota sobre todo en lo que podríamos llamar el cariz recolectivo o recuperativo del viaje de Bolívar. Como Don Quijote en su último regreso al hogar, Bolívar vuelve a vivir experiencias de su itinerario de aventuras, y se encuentra con personajes que desempeñaron algún papel en el mismo, y que surgen ahora como para redondear el libro en que todos viven. Es como si Bolívar ya estuviese leyendo su propia vida, como si este laborioso y dilatado final de la vida del Libertador fuese esencialmente la realización de una lectura de su periplo de aventuras; un final que constituyese a su vez un comienzo, pero un comienzo de la lectura.

La jornada de aventuras guerreras, básicamente la vida entera del Libertador antes de su decisión de dimitir a la presidencia y abandonar Bogotá, se narra como parte de este despliegue. La aventura no puede ser dicha por primera vez sino siempre ya como parte de una ficción de la que el héroe no tiene escapatoria. Este encierro literario se expresa desde la frase inicial de la novela, que describe una escena que se hará recurrente: "José Palacios, su servidor más antiguo, lo encontró flotando en las aguas depurativas de la bañera, desnudo y con los ojos abiertos, y creyó que se había ahogado. Sabía que ése era uno de sus muchos modos de meditar, pero el estado de éxtasis en que yacía a la deriva parecía de alguien que ya no era de este mundo". A flote como un feto o un ahogado, Bolívar es un desterrado del mundo y de la temporalidad; es un naúfrago bogando desnortado. En esta especie de probeta o cápsula de tiempo, el héroe carece de todo telos. Como el axoltí de Cortázar, es un monstruo flotante en una piscina transparente que hace una travesía al infinito. El viaje doble de  El general en su laberinto, es también un viaje sin fin, "unir y venir hacia la nada". He aquí, evidentemente, el laberinto del General. No puede verse sino en la reflexión literaria del poema de Olmedo, así como nosotros no podemos verlo sino a través del lente desfigurador y creador de la literatura.

Semejante encierro literario es significativo por la obsesión de Bolívar con la libertad —se trata, después de todo, del Libertador— y refleja a su vez el subargumento presente en tantas novelas relativo a la fuga. El viaje de Bolívar es, después de todo, también una evasión, sólo que, como tantas cosas en la obra, es una evasión invertida. No se trata de un escape río arriba, hacia el interior de la selva, como el del protagonista de Los pasos perdidos, sino de un viaje río abajo, hacia el mar. Y en vez de ser un escape de la autoridad y el poder, se trata de la autoridad y el poder mismos que huyen, abandonando su centro. La novela articula un rechazo de la ley antes de la ley, una especie de negación anterior a la negación. El general en su laberinto relata no el acceso al poder, o la lucha por retener el poder, sino la renuncia a éste, la dimisión y partida del Forjador de la ley. En ello la novela constituye una desviación radical de la novelística histórica latinoamericana, particularmente de aquellas que tienen algún héroe o dictador como protagonista. El Dr. Francia enloquece en medio de una montaña de papeles; Bolívar, por el contrario, al renunciar al poder y comenzar su última aventura, promete no escribir otra carta en lo que le quede de vida (promesa que por cierto no cumple). El pícaro escribe para escapar la ley imitando su retórica, el héroe huye de la ley que él mismo instituye al renunciar a la escritura. Además, y esto es lo que la novela plantea en última instancia, ¿a quién le iba a escribir sino a sí mismo, que es la fuente suprema de autoridad? El, que es la autoridad ausente pero implícita a quien se dirigen todos los documentos legales, retira con su partida tanto el origen como el destino de la escritura. Esta quedaría así a flote en las aguas depurativas de la bañera, como el cuerpo del General. Este es también el laberinto del que el General trata de escapar, y el componente fundamental del encierro literario en que se encuentra.

¿Dónde está la libertad, en qué dirección fugarse? En un diálogo con Sucre, éste le dice a Bolívar que ellos han promovido la independencia con tanto ahínco que ahora las flamantes naciones quieren ser independientes no sólo de España sino las unas de las otras. De ahí el fracaso del proyecto de Bolívar:

"Es una burla del destino; dijo el mariscal Sucre. "Tal parece como si hubiéramos sembrado tan hondo el ideal de la independencia, que estos pueblos están tratando ahora de independizarse los unos de los otros El general reaccionó con una gran vivacidad.

"No repita las canalladas del enemigos; dijo, "aun si son tan certeras como ésa"

Son estas palabras muy significativas. La verdad dicha por Sucre refleja una canallada del enemigo; es decir, lo que surge como una mentira estratégica termina siendo, en boca del Mariscal, inadvertidamente, la verdad. Verdad que aparece garantizada nada menos que por el propio General, y que él quiere reprimir. Es como si la verdad sólo pudiera aparecer como eco de algo que quiso ser una agresión, y se repite, como si se tratara de un guión, por alguien que realmente quisiera decir lo opuesto, y no es ni siquiera su autor.

Es también digno de notarse que el Mariscal le atribuye todo esto a una burla del destino. Tras la mala intención del enemigo se oculta una fuente superior de verdades que es inconmesurable, y que se expresa humorísticamente y de manera oblicua. Pero lo que es aún más significativo es que el diálogo sea sobre la libertad, el objetivo principal de la empresa bolivariana, y lo que está siempre en juego en la escritura de la novela, y tal vez de toda novela. La esencia de lo que Sucre dice es que la libertad se ha generalizado tanto que ha ido demasiado lejos, llegando a un punto donde no hay unidad concebible salvo como coerción, y donde no hay orden posible salvo traicionando la libertad. El sueño bolivariano de integración resultaría así un retorno a la ausencia de libertad que pretendió abolir. La libertad se revela, pues, como la represión disfrazada, como la burla de que habla Sucre, y como la ironía de que el Mariscal aparezca repitiendo las canalladas del enemigo. La libertad se manifiesta como la figura maestra de la escritura, que puede significar lo opuesto de lo que pretende significar. He aquí también otro pasadizo remoto del laberinto del General, del que parece no tener escape posible, y tal vez el motivo de la melancolía que lo aqueja a lo largo de toda la novela.

La melancolía refleja a su vez el estado de la Constitución o constituciones producidas por el General. A través de la novela, Bolívar repite con desconsuelo que "Nadie entendió nada". Se refiere, sin duda, al proyecto suyo de integración americana. Pero es también contrapunto de una frase que repite su secretario: "Lo que mi señor piensa, sólo mi señor lo sabe". Casi no hay correspondencia en la novela entre lo que Bolívar siente o piensa y lo que escribe, entre una supuesta interioridad y su texto o voz. Antes de su decadencia física y mental, su producción epistolar era verdaderamente asombrosa: "de allí surgió la leyenda nunca desmentida de que dictaba a varios amanuenses varias cartas distintas al mismo tiempo". Tomada esta leyenda literalmente tendría que significar que cada enunciado se plasmaría de forma distinta en cada carta, aunque se originara como uno solo, ya que resulta imposible emitir dos enunciados a la vez. La voz se refractaría en la escritura, como una especie de arcoiris de letras. Tiene que haber un vacío o brecha entre dictado y texto. Pero, aún si tomamos la leyenda figuradamente, es decir, que el General dictaba a varios amanuenses a la vez —con intervalos, y dirigiéndose a cada uno por separado— Bolívar no podría aparecer como fuente fidedigna o autorizada de su escritura. Porque para dictar varias cartas al mismo tiempo tendría que ser más una especie de máquina de dictar que un ser coherente proyectando sobre su escritura voluntad y razón. A medida que decae, el lazo entre su ser y su escritura, entre su voz y los textos, se hace cada vez más tenue. Depende más y más en su sobrino Fernando, su amanuense preferido, para inyectar vida a sus escritos ("era único para inventar recursos de folletín"). Este parentesco indirecto, en vez de paternal, con su escribano, subraya lo oblicuo de su autoridad, de su autoría; es a lo sumo tío, no padre de ésta. Hacia el final, "Si tenía que escribir cartas se contentaba con instruir a Fernando, y no revisaba siquiera las pocas que debía rubricar". El Redactor de la Constitución, Autor de la Carta Profética, es apenas una figura menguante en cuyo nombre se escriben textos.

El general en su laberinto ratifica la preminencia del Archivo como símbolo del carácter espiritual, legalista y libresco de la cultura literaria y política latinoamericanas. El Archivo no constituye, desde luego, una celebración de esa cultura como algo inerte, sino el espacio donde la narrativa medita corrosivamente sobre su propio origen, y el de la cultura en cuyo contexto surge. El general en su laberinto desmonumentaliza aún más el archivo al hacerlo ambulatorio, y darle un carácter esencialmente literario, y sobre todo al presentar a su figura central como un simulacro de autoridad de la escritura. La novela abre una temática que, aunque claramente relacionada a novelas ubicadas en el período colonial, ofrece un archivo más inmediato, fuente de historias sobre el poder, la escritura y la ley más próximas a las creencias que componen hoy la ideología de la mayoría de los latinoamericanos. El general en su laberinto sitúa ¡afusión original de poder y escritura no en las Leyes de Indias, sino en las constituciones de las repúblicas, y las relaciona directamente al tema de la libertad. Es una libertad que en toda su abstracción dieciochesca surge avalado por su opuesto, la limitación de la libertad. Al final, la Constitución dice no, o sino no es tal. La narrativa describe el perímetro de esa libertad, los choques de ésta con la negación y repite la persistente historia de evasión que la marca desde el principio, aunque en este caso, es la misma figura de autoridad la que huye y desaparece.

La destrucción del sueño de Bolívar es significativa a un nivel inmediato como comentario sobre la desesperada situación política latinoamericana en la actualidad. Bolívar aún se presenta como profeta cuyas advertencias sobre los peligros de la deuda son desoídas. Pero el fracaso de su sueño de integración también alude ala narrativa misma, porque junto con la ruina física y moral del Libertador, la fragmentación de la Gran Colombia conlleva también la de todo proyecto narrativo que pretenda dar una visión coherente y global de la cultura y la historia latinoamericanas—por ejemplo—, Cien años de soledad. Esto es algo que el Archivo proclamaba antes en ésa y otras novelas, pero que se hace aún más explícito en ésta al verse en relación al fallido proyecto de Bolívar. Como el laberinto en que se encuentra atrapad o el General, las ficciones del archivo nos regresan, una y otra vez, al principio en busca de los principios.

 

ROBERTO GONZALEZ ECHEVARRIA, Sagua la Grande, Cuba, 1943. Catedrático titular de español y literatura comparada en la Universidad de Yale, donde ocupa la R. Selden Rose Chair. González Echevarría es director del Departamento de Español y Portugués de dicha universidad, y ha sido director de su Programa de Estudios Latinoamericanos. Ha publicado, entre otros libros, Relecsuras; estudios de literatura cubana (1976), Calderón y la crítica (1976), Alejo Carpentier:   The Pilgrim at Home (1977; 2nd ed. 1990), The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature (1985, 2nd ed, 1987), La ruta de Severo Sarduy(1986), y Myth andn Archive:  A Theory of Latin American Narrative (1990). Coedita la Cambridge History of Latin American Literasure, en tres volúmenes, que aparecerán en 1992. Ha publicado una edición crítica de Los pasos perdidos(1987). Formé parte del grupo que inició Diacritics. una de las revistas de teoría de la crítica más importantes en los Estados Unidos, y ha sido o es miembro de la comisión editorial de la Revista Iberoamericana, Discurso Literario, Latin American Literary Review, y de la Yate Journal of Criuicism. Sus artículos han aparecido en revistas norteamericanas, europeas e hispanoamericanas, y ha colaborado en el Village Voice y el New York Times Book Riview. González Echevarría se doctoré por Yale en 1970 con una tesis sobre La vida es sueño de Calderón, y, entre otras, ha recibido becas de la Guggenheim Foundation y la National Endowment for the Humanities.

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