Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Germán Castro Caycedo, del periodismo a la literatura (continuación)

Paralela a la vuelta a Colombia se realizó una carrera ciclística de periodistas. 1967, en Medellín.

El profesor López de Mesa decía que en los campos de Boyacá todavía se oyen los romances españoles del siglo XV que son conocidos por los campesinos.

— Pero es que el profesor López de Mesa no fue a la costa, porque el lenguaje es todavía más rico en la costa. Hablan mejor castellano. Construyen. Moisés es de Valledupar. A este tipo le puse que, a pesar de que le hicieron una marranada, él "no tomó pesadumbre por nadie"; eso es mío, pero es que él ya me había dicho que había enterrado tres ajorcas de plata, por ejemplo.

El vallenato dice otras cosas: "cuando salido el sol"; a las seis y media de la tarde le dicen "la prima noche"; luego es una pauta que me daban para enriquecer más ese castellano arcaico, protestar un poco contra este reducirnos en un idioma. Ahí empecé a hacer una forma bella, la forma que descuidaba siempre, pero a base de tomar las pautas que me daba la gente.

— ¿ Y esa era una tentación que usted tenía hacía tiempo? De esas licencias.

— Hacía tiempo. Pero no me las había dado porque era reportaje. Pero ya en el Cachalandrán, que es cuento, suelto amarras y subo áncoras y me voy... ¡a todo trapo...! Entonces en el Cachalandrán es lo primero el castellano arcaico, pero siguiendo una pauta que me dio Moisés Perea, un gran narrador.

En segundo lugar, el señor Moisés Perea de golpe me dice que el hombre que hizo el Cachalandrán fue a una ferretería a que le regalaran cosas, y echa la historia de la ferretería y dice que los elementos de esa ferretería los trajo un europeo que vino a bordo de un buque que traía un poco de cosas inservibles y con eso puso su negocio. Entonces me dice que para buscar elementos para hacer el Cachalandrán, que es una balsa —cuenta la historia de la ferretería y de lo que vendían—, dice que en ese buque de guerra venían cantidades de clavos. ¿Entonces, yo qué hice? Cogí clavos y les puse los nombres: clavos de cabeza cuadrada, redonda, de rosca, de vidriero, de tapicero, de albañil, de punta de París, de alpinista, de corona, de botón en alas de mosca, de alcayata, de herradura... Eso lo hice yo. Luego él me dijo de los nudos. Me dijo: "Y se amarró todo el cargamento". ¿Entonces qué cogí? Hombre, un libro donde te hablaba de los nudos de los marineros y le puse qué nudos aprendió a hacer. Ahí están los nudos. Los tomé de un librito que me había regalado la Armada Nacional. Entonces puse los que sonaban más bonito: nudo moreno, nudo de puerco, de media piña, de bolina doble, de bolso por seno, de vuelta de ballestrinque, de falcaceadura, de gola de raya, de boca de lobo y de bolso por chicote...

Pura trampa garciamarquiana.

— Los que sonaban. Así fui enriqueciendo. Bueno, ahora, otra cosa que hice. Yo había tomado los cuentos y volví por segunda vez, a darles un repaso. Una vez escritos, volví a las regiones. Transcrito lo que me habían contado, les puse la parte de investigación e hice un tercer viaje. El de la Madre Monte me lo contaron hacia el año sesenta y ocho. Primero fui a averiguar lo que les conté de la sopa de "mote" y luego fui a averiguar lo de los nombres en la casa cural. Lo escribí, pero una vez lo leí, le encontré todavía necesidades. El mes de agosto me fui al tercer viaje, último repaso, finalización del maquillaje.

¿Por qué en agosto?

— ¿Qué pasó? Que todos los cuentos se dieron en agosto, porque fue el último viaje, el último retoque, y porque en agosto ya les vi una necesidad más: la de la flora, y en agosto está el país florecido, entonces está florecido el libro. Si hubiera ido en octubre, tal vez no estaba florecido.

Dice usted que los primeros cuentos del Cachalandrán se los contaron en el año sesenta y ocho; ¿desde entonces los guarda?

— Sí. Desde entonces hago lo siguiente. Cuando voy a trabajar reportaje voy a una región. En cualquier momento de ese reportaje, generalmente por las noches, se encuentra uno con un estupendo narrador.

Germán Castro con el indígena muinane. Pablo Firitek. en el Araracuara. 1968.

¿Siempre con grabadora en mano?

— Sí, claro, siempre. Sólo con los indígenas no. Eso tiene que ser a mano. Porque al indígena le puede uno grabar treinta días y no saca ni una línea. Primero, porque el castellano no lo maneja bien. Segundo, porque habla en sentido figurado. Tercero, porque por cultura no tiene la misma codificación de las cosas que tiene uno. Y es muy difícil hablar con ellos. Uno, para hablar con un alemán, con un norteamericano, coge una cartilla con la lección "Aeropuerto", con la lección "Hotel", pero con el indígena no hay cartillas que tengan trampa de pescar, que es a través de lo cual se llega al idioma y a la cultura; además es su mentalidad.

Les decía entonces que empecé a recoger historias. Y cuando encontraba un estupendo narrador, le grababa. ¿Para mí, qué es un estupendo narrador? Una persona que en su narración incluya, primero, un lenguaje regional muy auténtico, que deje ver algo de su comida, que deje ver algo de la flora que hay en su medio; y que ponga a los personajes frente a situaciones como el dolor, como el honor, como la muerte, o sea que me deje ver qué hay en cuanto al culto a la muerte se refiere.

La verdadera tradición popular sería esa forma, ¿no? Sería el trasfondo, no importa tanto la historia en sí misma, porque él puede inventársela.

— Sí, él se la puede inventar, claro.

Lo que hace Moisés, por ejemplo.

— Es eso. Para mí el cuento popular, y me imagino que es como tiene que ser, es aquel en el que aflora la cultura, en el que aflora el medio.

Además, es de suponer que no hay campesino que no añada de su propia cosecha algo a cada historia...

— Desde luego. Eso es lo lógico. Pero en el que esté esa parte cultural, que luego ya voy yo y exprimo más. Ya miro la flora, y miro cuándo florece, cuándo no florece, la sopa y todo lo demás. Entonces ya hay metodología ahí. ¿Cómo voy a enriquecer a ese campesino? Pues me meto a la cocina. En la cocina está la comida; después del lenguaje, segunda manifestación cultural enorme. Y si están haciendo papas, y yo no las conozco, pregunto qué es eso. Papa. ¿Dónde se cultiva? Mire, allí. Voy allá. Y cómo se prepara la tierra. Con qué se prepara la tierra. De dónde se saca el abono. ¿Cuándo se coge? Ah no, es que todos venimos con un calabazo de guarapo. Y ahí va saliendo, detrás de esa papa, ¡todo ese mundo! Eso tal vez sea un poquito de metodología de antropología, puede ser, ¿no? Pero una papa entre una olla de una cocina me puede llevar muy lejos. Me lleva a encontrar que el guarapo es una comunión. En torno del calabazo están todos.

Algo que comentábamos en alguna oportunidad. E/periodista tiene que ir a los sitios donde transcurren las acciones...

— ... y debe hacer las entrevistas en el sitio, porque no es lo mismo entrevistar a Pablo Escobar en Bogotá, en un hotel, que entrevistarlo allá en su cabaña o en su buque, pero además hay que estar junto a él mínimo veinticuatro horas.  Trato de estar veinticuatro horas, o mínimo doce horas. ¿saben por qué?, porque tengo que ver un amanecer y un anochecer en ese sitio...

¿Por qué la persona que escribe, el reportero, debe ver un amanecer y un anochecer?

— Lo había descubierto cuando hice unos reportajes en inquilinatos, para El Tiempo, aquí en Bogotá, donde, no sé por qué, fui y me quedé en un inquilinato toda la noche. Llegué a las cinco de la tarde y me salí a las diez de la mañana. Y después lo repetí en Buenaventura. Eso fue en la parte baja, que está sobre horcones en el mar.

El anochecer... ahí pasan cosas bien importantes. Hablemos del amanecer primero. Es enfrentarse a un día, el ser humano, en su medio, y es enfrentarse a una lucha terrible, y es enfrentarse a una agonía, a la lucha por comer. Entonces hay mucha angustia. Descubrí que había mucha angustia. Y que había alaridos y que se les pegaba mucho a los niños... y que había peleas... estoy poniendo un ejemplo tal vez muy terrible.

El anochecer no. Al anochecer ya no se peleaba tanto —bueno, salvo a la madrugada, cuando venía el tipo borracho a pegarle a la mujer—, el anochecer era muy tranquilo, tanto en estos barrios como en el inquilinato. Tal vez se enfrentaban a la noche y se enfrentaban en su cabeza al reposo y bajaba el conflicto y había más tranquilidad. Bien diferente... Y luego ya lo que pasa en la noche: el sonido del mar, los cangrejos subiendo por los horcones de madera sobre los que están las casas, los niños haciendo juegos, ya en el atardecer, las cacerías de cangrejos, haciendo tiros de diez cangrejos con un hilo y atrás un carrito, eso sucedía hacia las cinco, y allá en el inquilinato eran las ratas, empezaban a salir por la noche, los ruidos de la noche y todo eso. Entonces, hay que ir. Yo protesto mucho porque hay que ir. Estarse ahí metidos. Que se me vuelva literatura, bueno, es posible; yo creo que se me vuelve vivencia. Puede ser literatura. Pero de lo que soy consciente es de que no estoy buscando la literatura, sino que estoy buscando, cada día, el periodismo mejor hecho, y he llegado a lo que estoy llamando el "periodismo desbordado". Eso es, no es otra cosa.

¿Cuál cree usted que es el lugar más hermoso de Colombia?

— Para mi, la selva. La selva, porque para mí es una regresión infantil, la literatura..., me marcó de niño.

Un descanso, Capanaparo (Llanos Orientales). Germán Castro viajé en varias oportunidades para realizar su investigación sobre la matanza de indios cuibas en la Rubiera. Aquí con Pablo Canal. Indígena araucano, 1968.

¿Cómo es eso?

— Yo he contado esa anécdota un par de veces. Había en mi pueblo una quinta muy bella. Debía de tener unos ochenta metros de fondo, con unas rejas de hierro, muy francesa, neoclásica, y a la entrada había unos árboles gigantescos, caucho sabanero, que es un árbol precioso. Doble entrada; los árboles cubrían todo eso, o sea una bóveda, el jardín... Al fondo, la quinta. Y yo pasaba con mi mamá. Ahí generalmente no estaban. Eran el doctor Cárdenas y su hija, Elvirita. Villa Elvira se llamaba la quinta. Pasábamos a hacer otra cosa con mi mamá y yo me agarraba de la reja, a los cinco años, y miraba eso. El verde, el color de la luz de ese bosque era un color verdoso, tamizado, una luz tamizada especial, muy suave, y nunca creo que pude entrar, porque cuando iba mi mamá a hacer visita allá, iba sin niños. Entonces yo no sé si eso fue un desafío... En primer lugar me apasionó el bosque, y me paraba porque me apasionaba, pero era la soledad y era una cosa inmensa para mí, en la que yo podía estar solo, y yo era el dueño de esa inmensidad, y se me volvió una idea fija. Y cuando entré a La República, a los dos meses hice mi primer viaje, primero, porque yo creía que el periodismo había que hacerlo in situ y luego, ¿a dónde me inventé el primer tema?, pues a Leticia. No me dieron para ir; entonces hablé con el gerente de Satena, me conseguí los pasajes. Me acuerdo que llegué a Leticia en ese momento, año sesenta y seis; había selva a tres cuadras de la plaza, bosque. Me bajé del avión, dejamos en un hotel los maletines, y a buscar la selva. Cuando di los tres primeros pasos adentro sentí la sensación de que había pasado la reja de aquel jardín.

Un muro al otro lado de la realidad...

— Claro. Y en ese momento era dueño de ese jardín, y siempre que entro a la selva, paso la reja.

— ¿ Por qué no hablamos ahora un poco del libro que está preparando sobre piratas?

— Hace catorce años me contaron cuatro historias de piratas. Me contaron dos cuentos en Providencia, uno en Buenaventura, un viejo marinero, y otro me lo contó en Cartagena otro viejo marinero. Con argumentos muy cortos y muy secos. Entonces me dije: bueno, voy a hacer un libro de piratas y conquistadores. En primer lugar, tengo que ir a la historia, sin pretender ser historiador, pero para darle sentido a esos cuentos. Nunca lo había hecho. Entonces, desde luego, leí los tres tomos de fray Bartolomé de las Casas y saqué de ahí cuatro historias, cuatro cuentos que voy a meter. Uno que siempre me apasionó: ¿Cómo fue el descubrimiento del océano Pacífico? Porque eso para mí no lo descubrió Balboa, eso lo descubrieron los indios. Entonces me leí cómo fue el descubrimiento del océano Pacífico, según fray Bartolomé. No fue un perro, Leoncico; fueron cerca de cien perros que se tragaron a más de cuarenta indios, los destriparon, los despanzdrraron. Entonces tengo ese soporte histórico ya acerca de todo lo que pasó ahí, sin hacer alarde de historiador.

Eso en cuanto hace al Darién. Punto uno. Océano Pacífico y como prolongación del Darién... Yo había leído los libros de Exquemelín. Exquemelín es un tipo que fue pirata, que salió de un puerto europeo, lo engañaron, como era costumbre, lo metieron en buque para traerlo al Caribe y le dijeron: usted sí va para el Caribe, pero va como esclavo, tiene dueño. Eso era lógico. Pero Exquemelín volvió y escribió el mejor libro que se ha hecho sobre piratas. Porque estuvo metido allá. ¿Exquemelín qué tiene del Darién? La toma que hizo Morgan de Panamá; es una cosa increíble, la aventura más increíble del mundo. Pero si yo le pongo un poquito de imaginación y veo bien entre líneas he ahí un paralelo histórico enorme con la toma de los marines. ¿Cierto?

¿Qué más leyó o leerá como apoyo bibliográfico?

— Tengo varios libros. Me leí el de un cubano, Abella, que es muy bueno; me leí lo de Exquemelín, de doña Soledad Acosta de Samper, de Juan de Castellanos, algo de Drake. No hay mucho. Viajaré a Riohacha y a la costa de las perlas...

Había muchísimas perlas en la Guajira...

— Sí. Y ahí morían los indios buceando para los españoles...

¿El de Espinosa, La tejedora de coronas?

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