Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990


Germán Castro Caycedo, del periodismo a la literatura (continuación)

— No, no he querido. Porque de golpe el inconsciente me engancha por allá una frase, me engancha una figura y sin darme cuenta la pongo. Resulta que fue que el inconsciente se la robó.

En 1970 recibe el Premio Nacional de Periodismo "Hernando Caicedo "en Cali.

Desde luego tengo lo de León Portilla, La visión de los vencidos; tengo lo de Alvar Núñez Cabeza de Váca, la parte del desierto de Texas y lo del Río de la Plata; don Diego Colón, los comentarios, más la bitácora de Cristóbal Colón.  Me leí, desde luego, la biografía del papa Alejandro Sexto, Borgia, porque fue Su Santidad el que dijo quiénes se podían repartir esto, que eran España y Portugal. Encontré las aficiones de Su Santidad. Por ejemplo, el homosexualismo, las relaciones con su propia hija... Encontré qué cosa tan terrible fue 1492 para nosotros: primero el desembarco y la invasión y luego viene Su Santidad. Y encontré unas historias, notas sueltas sobre un tipo que se llamaba Nicolás Bono de Quejo, quien antes de violar a una india o a un indio, porque le encantaba de ambos, los bautizaba para no cometer pecado mortal. El pecado mortal era cohabitar, compartir el lecho con un impío. Entonces encontré la línea directa que conducía de la moral de Su Santidad a sus súbditos. Pero también encontré curas extraordinarios, como los que murieron en Maracaibo, unos curas que murieron como rehenes de los indios. Mandaron tres misioneros a Maracaibo y los dejaron allá. Un año, no sé. Y estando allá los misioneros, pasaron unos españoles y se robaron veinte indios con sus indias y se los llevaron. Entonces los llamaron los indios y les dijeron:

vayan ustedes a donde están —se los habían traído para La Española—, y soltaron a uno de los tres y le dijeron: dígales que si no nos devuelven a los indios matamos a los dos que quedan aquí. Y los mataron. Esas retenciones las habían aprendido los indios de los españoles. El primer secuestro lo cometió el "Almirante de la Mar Océana y Visorey de Tierra Firme", don Cristóbal Colón, el día 14 de octubre de 1492, dos días después de habernos invadido. Amarró a nueve indígenas y los metió en la bodega de un buque. Nació América y en ese momento nació América al código penal. Amaneció con secuestro.

Bueno, tenía las cuatro historias iniciales. Entonces dije: le voy a mezclar piratas y pacificadores, como se llamaban ellos. Entonces era un cuento de pirata, uno de pacificador. No limitándome a épocas, porque unos son del siglo XVI, otros del XVII. Son cuentos pero van a ser transcripciones también. Son cuentos encontrados en libros y arreglados o enriquecidos un poco por mí. Entre otras cosas, la historia es muy triste, porque es la historia que no me enseñaron cuando niño, y se lo voy a dedicar a los profesores colombianos, a los maestros.

Escogí primero el Darién, el descubrimiento del océano Pacífico y la toma de Morgan de Panamá, eso está muy cerca del Darién. El otro que tengo es la toma de Maracaibo que hizo el Olonés. Luego tengo Cartagena, centrado en Drake y en el primer ataque de franceses y tengo Otro sitio muy importante, que es La Española. En La Española, en La Española pura, dominicana, hay historias de los conquistadores, de toda la expoliación del indígena, y en lo que es Haití hoy, en el norte, está la isla de La Tortuga, donde se escondían, y en  el sur la isla de la Vaca, desde donde partían para sus operativos. Parece que son estos sitios, básicamente.

Lo primero que tengo son los sitios. Quiere decir que voy a ir a esos sitios. Al Darién no, porque me lo conozco de memoria, he sido siete veces, pero si voy a buscar unos biólogos que me cuenten del régimen de lluvias, de la vida de pantano... Una vez que tengo los sitios hay que ir a ellos.

Prosigamos con la metodología. Una vez que me he puesto a leer todo esto, voy a Providencia. Ya se murió el viejo que me contó las historias, pero allá hay una historiadora muy famosa que me va a contar la historia de Providencia en torno a los piratas, pero yo sé como me la va a contar, como una señora de allá, no como un historiador académico. Me la va a contar metiéndole la comida, los sitios, los nombres de las playas, todo aquello que ya me saca de lo frío y esquemático del gran historiador académico y me pone en el cuento popular.

En Providencia voy a mirar cómo se pesca y voy a salir a pescar con unas personas, y cómo se come, y voy a recorrer un poco los bosques y voy a recorrer el nombre exacto de las palmeras, de las flores, de todo lo que había ahí. Y lo que hablábamos: voy a ver el amanecer y el atardecer. Todo eso se lo voy a colgar a esa parte que tenga de Providencia. Pero es que, Además, después de Providencia corto el trabajo y me embarco en el buque escuela Gloria el día 18 de julio, en Hamilton, en las Bermudas, si Dios quiere y no tengo trabajo, y me vengo haciendo lo que se llama la "vía del austro": entro norte-sur al Caribe. En el Gloria la Armada me dio el chance de hacer un crucero de cinco o cuatro meses, cuando hacen un semestre los grumetes; entonces voy a aprovechar y voy a aprender, especializado en la ruta que voy a seguir, estrellas, bajar estrellas, corrientes marinas, velas y vientos, rumbos; derrota se llama eso, hacer el curso... ¿Para qué? ¿Para metérselo a las historias de los piratas. Pero además, cuando llegue de este viaje, me voy a volver a Cartagena cuatro días, y unos dos días estaré en el Instituto Punta Betín, de Santa Marta, donde están los alemanes, porque en Cartagena la Armada tiene su Instituto Oceanográfico y saben qué hay debajo del Caribe y ahí voy a preguntar mucho de qué hay debajo, para sacar costumbres de debajo del mar, porque eso ya es magia, y describir lo que había; y en Punta Betín, etología, costumbres de muchos animales del mar, de la fauna, porque eso es mágico, y lo voy a meter también, porque vi en el diario de Cristóbal Colón que él sabía que estaba acercándose a tierra, y a más o menos a cuánto estaba cuando vio que voló un pájaro sobre su buque y él sabía que ese pájaro no dormía en la mar sino que iba y venía pero vio otro pájaro más adelante y también confrontó distancia con tierra porque dijo: ese pájaro sí duerme en un islote. Eso hay que desentrañarlo con base en los científicos, con base en toda esa gente.

Ahora bien. Estoy haciendo gestiones y estoy casi seguro que me pueda embarcar en el buque escuela de la Armada Venezolana, que es el Simón Bolívar, para entrar a Maracaibo; tengo la descripción del puerto ya bastante adelantada, con todas sus trampas, para imponerle ya no velas, ya sabré algo de velas y de vientos, sino para vivir un poquito de qué modo entró el Olonés.

Más o menos sé donde se inventaron los buques-bomba. Fue en Maracaibo. Allá cargaron un buque con pólvora, le pusieron en la borda las monteras de los piratas, enarbolaron el estandarte de paz y se lo mandaron a unos buques españoles y estalló y los destrozó a todos. En realidad no lo inventaron ellos, pero ahí usaron por vez primera lo que se llama un brulote, el buque de fuego, o sea el buque-bomba. Fíjense que es lo mismo de hoy, es la misma cosa. Ahí voy a ver lo que fue entrar a Maracaibo.

Recibe, en Venezuela, el Premio SIP Mergenthalar (Sociedad Internacional de América) de manos del presidente Caldera. 1974.

Y la salida de Sanlúcar de Barrameda de los buques que venían para acá, y que es el puerto exterior de Sevilla. Prácticamente estoy ya autorizado a hacerla en el Juan Sebastián Elcano, buque escuela de la Real Armada Española. Ahí me embarcaré en abril.

Me voy a concentrar en Sanlúcar, y sobre todo en el Guadalquivir. Conozco algo del Guadalquivir, porque de allá, como vienen la mayoría de los navegantes, hay que pegar unos plumazos de lo que fue el Guadalquivir, lo que fue ese horror, lo que era embarcarse, que había que darle plata a todo el mundo, y el dictador era el desgraciado que dejaba embarcar o no dejaba embarcar, y plata por debajo, y atiéndalo y tal, que es como ir hoy a la Administración de Impuestos Nacionales o como ir a Circulación y Tránsito a sacar un pase. Ahí está toda la corrupción espoleándolo a uno. El factor histórico que hay. Y de dónde nos vino todo eso.

Me voy a centrar en Andalucía, porque además lo quiero, tengo amigos. No será demasiado, pero tengo que tener ese sabor. Eso voy a hacer en navegación. No sé si pueda mirar algunas cárceles españolas, no he pensado ahora, pero me hubiera gustado ir a algunas de las cárceles de donde sacaron parte de las personas que vinieron a América.

Ahí ya me iré para La Española; tengo qué ir a mirar la isla de La Tortuga, porque, aun cuando tengo muy buenas descripciones, hay que mirarla, porque el mundo de lo que fueron los bucaneros es apasionante. Conozco a Haití, luego no tengo que ir, aunque de paso estaré allí, y después, en La Española, no solamente iré a ver Santo Domingo, las cosas que hay allí, mirar los impactos de los golpes de cañón que hay desde las tomas de los piratas, hablar con dos historiadores dominicanos, con los que espero que me pase lo que me va a pasar con la señora de Providencia: que dejen el academismo y nos vayamos a ver un atardecer por el Cibao o por cualquier otro lugar, y sé que de ahí me van a salir cosas extraordinarias.

Dos de mis héroes son Anacaona y Caonabo. Hay más, pero las historias de ellos dos son increíbles. A Anacaona la ahorcaron, no la quemaron como a los demás. Belleza altiva, una mujer bellísima y rumbera, extraordinaria en las descripciones que hay, en la que hace, por ejemplo, el padre las Casas, y es que la indígena, que era la reina, bajaba y daba una gran recepción a los españoles y bailaba para ellos. Leyendo al padre las Casas creo sentir el merengue dominicano y a Anacaona dándole a la rumba. Eso tiene que estar ahí, y en lo que yo viva los quince días que esté en República Dominicana, pues creo que Anacaona está presente en gran parte de lo que es la salsa.

Y acerca de Caonabo hay esto. A los indios les gustaba mucho el latón; en cuanto a metales, los metales muy blanditos que traían los españoles les llamaban mucho la atención, porque eran muy dúctiles, muy maleables, y eran mejores tal vez que el oro para hacer cositas. Los españoles tuvieron noticia de que el más altivo, el más duro de todos los reyes que había allá era Caonabo, y no habían podido agarrarlo. Entonces le mandaron unos grilletes y unas cadenas de regalo, que aquí le traían el latón más bello y le dijeron: "muestre la manito, muestre la otra manita, y muestre la patica...", y lo amarraron, lo encadenaron, lo tuvieron tres años en una jaula no solamente castigándolo sino trayendo a su pueblo a que lo mirara entre hierros, y un día dijeron: lo vamos a mandar a Castilla para ser juzgado, y lo metieron a una bodega de un buque y esa noche, víspera de zarpar, o una de las noches anteriores, hubo una tempestad impresionante, rompió totalmente el buque y lo destrozó y murieron todos los que estaban a bordo. Yo había leído la historia de Caonabo y dije: Esto es muy importante, esto es la extradición, ni más ni menos, "vamos a juzgarlo en Castilla". ¿De qué se le acusaba? Había habido una matanza por ahí cerca, en el reino de él, que se llamaba Xaraguá; entonces, para castigarlo, creo yo, no sé si estoy desenfocado o no, pero la idea es que se lo iban a llevar para juzgarlo por otros crímenes; entonces pensé que hay una cosa increíble y que me ha taladrado y que me salió a flote con la historia de Caonabo y es que cuando se lo llevan a uno de su patria hay un drama espantoso —a mí me tocó irme una vez de Colombia durante once meses—, que es el desarraigo. Mi problema era cómo sacar lo del desarraigo para metérselo a Caonabo, y tuve la suerte de que a los tres o cuatro días salió en la prensa que un señor de apellido Cuevas que fue extraditado a los Estados Unidos resultó libre y lo devolvieron, y me levanté el teléfono de Cuevas en Cartagena, y allá me dieron el de un amigo suyo en Queens, y llamé al amigo de Nueva York; total, estuve al tanto, porque se trataba de hablar con Cuevas pero en el momento mismo de bajarse del avión. Al otro día no me servía mucho Cuevas, porque ya había hecho su "catarsis", ya había evacuado y ya no iba a ser el mismo Cuevas del momento de bajarse aquí, y entonces lo agarré en el momento de bajarse con toda su "catarsis", y me contó todo lo que sintió durante el vuelo y durante la prisión aquí y durante el encadenamiento allá, porque no le pusieron cadenas sino que se las clavaron, y miren lo que es la suerte increíble, ahí voy a meterme ya con la ficción: hablando con Cuevas le pregunté: ¿usted qué pensó en ese vuelo de seis o siete horas? Me contó todo y en un momento dado me dijo: "durante la última hora me concentré y recé para que el avión se cayera, porque me esperaban ciento veinte años de cárcel". Me trabajó la imaginación y me dije:  ¡claro!, los dioses le escucharon más a Caonabo, porque a él sí le rompieron la nave, y a éste no, yeso lo voy a poner así... Eso ya es invención mía, pero fíjense que todo parte de un trabajo de campo, porque no creo tener yo muchas alas para sentarme a imaginar eso, pero sí lo elaboro, sí lo tomo de la realidad, porque Dios no me dio las cualidades del novelista ni me dio el desarrollo sensorial para ser artista, pero sí me dio algo que se llama reportería y trabajo de campo.

Una tienta en la Hacienda de Ernesto González Piedrahíta "Las Mercedes

Pero esta historia continúa. Le voy a agregar brujería, le voy a meter magia, toda la magia del Caribe, más la magia española que del Mediterráneo nos llegó, más algo indígena. Simón González va a ser el punto de partida. Tengo tres parapsicólogos amigos, serios, que me van a contar cosas. Se las voy a colgar a esta historia. Esto de Caonabo ya nos muestra magia. Iré a la Guajira en busca de tres brujos. Ya tengo descripciones y he entrado a ver baños, ensellamientos de ombligo, amurallamientos de cuerpo...

Además de toda la cuestión náutica o de derrotas, voy a buscar a una amiga entrañable que hace el tarot, para que me cuente cuentos de esas estrellas y de esos astros y también los voy a meter en esa olla y voy a rebullir a ver qué sale.

¿Se le empiezan a confundir las historias claras en un momento?

— Yo no soy historiador. Empiezo a confundirlas. Es una olla a la que le voy metiendo cosas, y rebullo. En esa coctelera debe salir un coctel bueno.

En Cartagena voy a buscar historiadores, pero básicamente voy a pedir el favor al doctor Rodolfo Segovia, uno de los dos hombres que saben más de galeones en el mundo; también en el Museo del Caribe, en Cartagena, hay un almirante que sabe todo. Tengo que mirar hasta las balas de ocho libras, de dieciséis, de dos, eran los calibres de las balas de los cañones, mirarlas, saber cuanto avanza una bala de esas de ocho libras, por ejemplo, con una pieza de bronce de un cañón, porque de golpe digo: "esa calle era tan ancha como un balazo de ocho libras", como lo dicen ahí. Hay que hablar en lenguas y en muchas medidas distintas...

Finalmente, en cuanto a la metodología, el retrato que trato de hacer siempre es no tanto describiendo a la persona, sino que a lo largo de la entrevista la pongo frente a cosas bien comunes, frente a la muerte, frente al atraco, frente a una flor, frente a un amanecer, frente a un perfume, transcribo esas reacciones frente a eso y pretendo desarrollar los caracteres psicológicos de las personas a través de eso, que es periodístico, y suplanto mucho lo grande del artista, que me parece que es el desarrollo sensorial, que no tengo, y hablando de cuestiones de carpintería, cómo lo reemplazo. En estos relatos, algo hay en el Cachalandrán; ahora sí le voy a poner gran énfasis a los olores, voy a averiguar mucho de olores, y meterle olores. Yo no me imagino esa sinfonía, esas cosas del olor, pero le voy a preguntar a los que saben de olores y de aromas. En cuanto a flora, averiguaré con botánicos. Tengo cita con unos químicos de perfumes... Es que el perfume lo encuentra uno refinado en lo que es navegar en una carabela de esas, que en parte es imaginación, pero mucho sacado de libros, noticias sueltas. Imagínese usted un buque que demoraba noventa días en venir. Era muy pequeño, creo que no pasaba de cien toneladas; eran dos buches de agua por persona cada día; qué hacían: o se bañaban o se bebían el agua, y las necesidades desde la borda o donde podían. Entonces llegaban con unos olores impresionantes. Pero además traían animales, no solamente los caballos sino los de comer, el agua se podría, hay que ver la podrida del día veinte en adelante, y además venían animales, porque como no había cuartos refrigerados, traían los de matar por el camino y la sangre quedaba cuando los sacrificaban. ¡A qué podían oler esos buques! Como eran de madera no eran elásticos y metían todos esos tipos que cobraban su polilla para embarcar; era más importante darles el dinero a ellos en Sevilla que la orden del rey que lo trajera, que es como sacar el pase en Bogotá. Venían con sobrecupo, y le echaban a la gente la carga encima; imagínense a lo que olía!, era pestilente realmente...

En cambio los indígenas se bañaban todos los días y les llamaba la atención el olor de esos bárbaros. Al doctor Rodolfo Segovia, inicialmente, una de las cosas que le iba a preguntar era la vida de a bordo para obtener olores; en el diario de Colón hay mucho de olores, en su bitácora; cuando ya entra a este Caribe, le impresionan esos olores, el olor a perfume de ese mar. Las aguas no eran aguas gruesas, sino delgadas, parecían delgadas por ese color.

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