Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990


Héctor Rojas Herazo:  confesión total de un patiero (continuación)

EL CINE, LA MAS ALTA DUENDERIA

Sus notas sobre cine son, igualmente, precursoras. Sobre todo cuando aborda las limitaciones del cine nacional. ¿ Qué importancia le concede al cine?

— El cine es pintura en movimiento. Tiene, entre otras muchas, la ventaja de enduendar más todavía la irrealidad de lo real, de cargarla de hipnosis. Por eso, por su potencia exagerativa, el cine es el gran maestro del verismo. Nos ha enseñado a que transformemos la realidad por el solo hecho de verla. De verla cotidianamente. Nos ha transformado en totalidad. Incluso es otra nuestra capacidad onírica. Tenemos otra forma de narrarnos nuestros sueños a nosotros mismos.

¿ Qué relación ha existido entre el cine y su trabajo literario?

— Cualquiera que simplemente escriba un sobre de carta ya está influido por el cine. Ahora, qué diremos de un individuo que pretende ser un relatista. La palabra es imagen. La novela es ya un cine verbal, siempre lo ha sido. Sin la experiencia cinematográfica ningún obrero contemporáneo de la palabra hubiera sido posible.

FUTBOL, BEISBOL, AJEDREZ

Usted ha sido un persistente espectador y gozador de algunos deportes. Escenarios, aspiraciones y símbolos del deporte están incorporados a su mundo literario.

— Aquel que nos recordó que la filosofía había nacido en el estadio, y que seguía manteniendo sus apetencias y soluciones lúdicas, estaba en lo cierto. El hombre está condicionado, mental y físicamente, para ser un gimnasta. O sea, quien aprovecha eurítmicamente sus fuerzas. El deporte es, más que lucha, filosofía de la lucha, emulación civilizada. Por eso la barbarie, que muchas veces se desarrolla en los estadios, es contraria a la índole misma del deporte. Una acotación aparentemente al margen pero ilustrativa: un hombre en traje de baño, en una playa o en una piscina, está incapacitado para asestarle una puñalada a nadie. La mayor o menor cantidad de tela es definitiva en estos asuntos. La brevedad de la pantaloneta tiene su razón de ser

Conservo mi collage privado de hazañas deportivas. Imborrables instantáneas de fútbol: el "toque" del negro Caro, por ejemplo. Era un catedrático que regalaba todos los domingos espléndidos recitales de balompié. Su picardía y sus esguinces, su forma de mimar el esférico, de paladear el dribling, parecían encaminados a demostrar un paradójico axioma: que el gran estilista no patea nunca con el pie. Lo hace con un recóndito (innato, pues se tiene o no se tiene) instrumento de precisión musical; que la jugada debe modularse en la mente para concretarse después como ejecutoria muscular. El negro Caro fue, como terrorista mental de la grama, la pesadilla de los guardametas.

También la finura de Gabriel Díaz Granados (un victorioso practicante de muchos deportes) para la improvisación y el veloz desarrollo de sus planes de ataque. Díaz Granados nos recuerda esos personajes del Montherlant de Los once ante la puerta dorada, ese moderno epinicio del balompié. O el dribling, demoníaco, enloquecedor, del flaco Meléndez. O el ímpetu de Julio Torres, que sólo ha tenido par en los redaños de toro de Garrincha. O la inspirada sagacidad de Pelé, sus inacabables reservas de picardía y astucia técnica en el área de candela.

Del béisbol cuento con las instantáneas al magnesio de la vieja Cabaña y el posterior Once de Noviembre. Chita Miranda que, como reconoció uno de esos teólogos de la pelota chica que pontifican bajo el palio del caucho o el Sanedrín del Camellón de los Mártires, no tuvo nunca un error mental. Era un iluminado. Sabía cuál era el instante justo de su apoteosis y lo pregonaba, sin temor ninguno, volviendo de revés su cachucha. La realización multitudinaria era total. Donaldo Bossa Herazo, nuestro gran poeta, aseguraba que todos los cartageneros eyaculaban con un jonrón o un simple tubeyaso del Chita.

Con Rosaisabel.

La velocidad, ya en las lindes del gamo y del lince, de Crissón y Papi Vargas. La potencia de brazo del Pipa Bustos, así como su oportunidad para generar el hit en el momento exacto. La astucia llena de valor y de rabia de Judas Araújo, su forma de convertir la tercera base en un bastión inexpugnable. La eficiencia sabia, rigurosa, de Andrés e Isidoro Flórez. Morón atravesando las calles de Cartagena, con su juego perfecto desplegado en el rostro como un estandarte. La risa de niño de Cavadía después de haber castigado la pelota, obligándola a besar las últimas yerbas del left o del center.

Y Petaca, único y solitario, improvisando el béisbol en cada partido. Lo recuerdo en el montículo, controlando con el mismo nervio la victoria o la derrota. Era un temperamental nervioso, un cerebral del juego. Magro, casi sin agua, no conoció el desfallecimiento. Su energía era de estirpe mental. Peleaba con la multitud y regañaba a sus compañeros de juego. Para él, el juego debía tener un desarrollo sinfónico. Ante eso era insobornable. Petaca fue, por todo este conjunto de cualidades, el verdugo de muchos equipos internacionales cargados de pergaminos. Todavía los cubanos se ponen alertas al oír su nombre. Recuerdo, en especial, una de esas tardes. Fue aquella en que lanzaba unas curvotas "así de anchas", como aseguraba el Tito Bechara abriendo plenamente sus brazos. La victoria era visible al lado de Petaca, lo amparaba, parecía regir su gestualidad. Detrás estaba la penumbra, de amatista y cobre azulado, de una tarde cartagenera. Se oía el diapasón humano del estadio, el silencio religioso de la multitud. Uno de los instantes de más dramática hermosura que he paladeado en mi vida.

Después todo se funde en una mezcla, entre sudorosa y polvorienta, de luchadores, boxeadores y corredores de fondo salpicadas con las estampidas con las efigies de toreros que venían en los paquetes de cigarrillos. El perro Sánchez en la misma galería de Jack Dempsey y Sharky, de Firpito Bogotano y Serafín Centeno. En medio está Antonio del Real, mi gran amigo de la infancia, instándome a abandonar las lecturas de Buffalo Bill por las de Emilio Salgan, que nos llevaría de la mano de Sandokán y de Yáñez, no al mundo de la aventura sino al orbe de nuestra imaginería y de nuestro sueño. Y, más atrás todavía, fundidos a los colores de mi patio infantil, los fantasmas de Haudine y Nick Carter pegados con almidón en el cancel de una peluquería de mi pueblo. Todo ello como un vasto elemento que totemiza y amojona mi candor. Formas mitológicas del heroísmo, como las de Hércules u Odiseo. De idéntico contenido al de los artistas de cine que nos divirtieron o nos hicieron sufrir. O al de escritores y amigos que nos influyeron, que nos marcaron para siempre. Formas, en suma, imborrables, sanguíneas, chorreantes de contenido, compañeras de lo que nos ocurrió en un momento y un lugar de la tierra.

¿Qué utilidades vitales y artísticas le ha proporcionado el ajedrez?

— Las que he buscado por sobre todas: la humildad (que te hace conocer y aprovechar tus límites) y la paciencia. Tengo a mi favor no ser un ajedrecista. Soy un simple aficionado. Esto me ha permitido encontrarle valores que, estando implícitos en él, le sirven, a quien procura aprovecharlos para determinados menesteres, de disciplina personal. Me gusta, para tal fin, reponer partidas de grandes maestros. Esto le enseña al aficionado que el ajedrez es un idioma —con su contenido metafórico y sus símbolos de enlace, con su oculta elegancia y su destreza artesanal— que nada tiene que ver con la palabra. Se actúa, como en todo arte, con un tiempo y un espacio exclusivos. Existe el idioma de Morphy o el de Capablanca. De ahí viene la humildad de que le hablo. Ellos no buscan el súbito estallido. Buscan la simple e inmediata ganancia de un peoncito, desestabilizar una posición con toda la lentitud pero también con todo el rigor posible, empleando esa misma paciencia, a su turno, para consolidar las posiciones adquiridas. Su maestría radica en aprovechar, desde el primer instante en que han sido detectados, los errores del contrario. Esto puede ser una forma superior de la astucia. Pero es también un ejemplo positivo en el eterno combate que el arte (me refiero al artista) mantiene consigo mismo. Esos maestros fueron grandes en la medida en que eran humildes (quiero decir rigurosos en el ejercicio de su paciencia) en ese arte tan difícil que es el arte de saber esperar. El ajedrez te obliga, también a manejar el recuerdo y la esperanza como instrumentos de cálculo. ¿Puede encontrarse un pedagogo más positivo, más entrañablemente severo; y que te obliga, además, a que tu única fuente de diversión sea tu propia inteligencia?

La niña Rochi ha sido una presencia esencial en su vida y en su trabajo. Están sus hijos como otra gran compañía. ¿Dónde se conocieron, cómo ha ayudado ella a su obra, a su existencia?

 — Nos conocimos en Cartagena. Ella ha sido siempre el amparo en el desvalimiento a que un hombre en mis condiciones —de lucha contra fantasmas interiores y exteriores— se ha visto forzado. Ella y mis hijos han sido mi única y verdadera compañía.

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