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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
De 1900 a hoy en
Colombia:
sitio a la
"Atenas Suramericana" (continuación)
Estas notas sobre
la generación de Los Nuevos no podrían concluirse sin tomar en cuenta a Jorge Zalamea,
que, a pesar de ser bogotano y ambientado en la "Atenas Suramericana", llega a
enfrentarse al poder represivo del sistema, realizando una crítica a su proyecto
histórico y movilizando a los intelectuales de épocas posteriores. No se debe olvidar
que en su juventud la excepción de un Carrasquilla, de un Tejada, de un Vidales, nada
pueden contra la situación global de una cultura elitista y retórica. La tradición de
presidentes letrados que lega la hegemonía conservadora al liberalismo, impone las glosas
y las metáforas. ¿Acaso uno de los profesores del presidente Alfonso López Pumarejo no
es Miguel Antonio Caro? 14. Si los lopistas actúan
como empresarios de la revolución republicana, su pragmatismo no derrota un idioma
todavía declamatorio. Zalamea se educa en ese ámbito y, en 1927, después de publicar
sus primeras prosas, viaja a Centroamérica y Europa. De esa evasión temprana, un tanto
aventurera, trae algunas traducciones y piezas de teatro, pero sobre todo un anhelo de
acercarse a sectores de la población que no tienen acceso a la cultura. Cuando el
presidente López lo llama en 1934, colabora inmediatamente. López, cuya afiliación a la
banca y al mundo de los negocios encaja bien en el espíritu positivista de la época,
ostenta en su Revolución en Marcha un programa socializante y desarrollista. Mientras en
el ministerio de Educación Zalamea edita revistas y organiza emisiones radiofónicas, el
gobierno impulsa la reforma fiscal, combate el latifundio, forma cuadros técnicos, otorga
al obrero el derecho de huelga. Sin embargo, en la Colombia de entonces (como en la de
ahora), el aspecto ideológico de la cultura está disociado de su aspecto material. El
producto cultural que se elabora es asimilado en una mínima proporción: el arte, la
literatura, corresponde a los intereses de un sector tradicionalista o (si mucho)
progresista, cuyo afán de llegar a las masas queda en la mera intención. Viviendo apenas
la lenta transición del orden feudal a la incipiente industrialización, dentro de una
economía siempre dependiente, los intelectuales se sienten ajenos a los procesos
sociales, aunque algunos de ellos se pretendan comprometidos. Las conferencias de Zalamea,
sus ensayos, sus cuentos, son todavía tanteos y exploraciones. Su producción literaria
se enrumba y se define sólo frente al desmoronamiento del régimen liberal y las
alternativas de una nueva acción política. Tal como lo analizará Francisco Posada más
tarde, es esa una etapa del gobierno de López en la cual "la creciente influencia
del capitalismo extranjero en la economía nacional, va haciendo cada vez más profunda la
diferencia en el seno de la actividad industrial: por un lado la burguesía nacional
vacilando y en repliegue, y por el otro la alta burguesía vinculada a las grandes
corporaciones y a las empresas foráneas. Para lograr sus finalidades, la alianza con el
partido conservador parece a López insensata e innecesaria. Fatalmente, las divisiones y
conflictos se agudizarán, acarreando la derrota del partido liberal. Sin embargo, los
términos del dilema sólo han de esclarecerse a fines de 1947 y principios de 1948, ya en
régimen conservador. Entonces, si el líder sindicalista Jorge Eliécer Gaitán seguía
adquiriendo audiencia y ganaba las próximas elecciones, aquello significaría "la
recontinuación del proceso revolucionario iniciado en 1934 a un nivel aún más peligroso
para los intereses de los latifundistas y de la alta burguesía. La otra posibilidad era
la contrarrevolución. El partido conservador fue el instrumento de esa segunda
posibilidad. Pese a la muerte de Gaitán, la agitación política y social continuaba en
el país. El pueblo no quería capitular, pero la reacción se había tornado muy fuerte.
En 1949 Ospina clausuró el congreso, recortó primero y luego suprimió las libertades
públicas e inició el desmantelamiento de las instituciones republicanas. Los gobiernos
que van de 1949 a 1957 bien pueden calificarse de
ultrarreaccionarios" 15
Si la colaboración de
Zalamca en el régimen liberal es más bien cultural, su protesta contra la dictadura no
lo será menos. Sin embargo, en esta etapa se le amenazará, perseguirá y sindicará.
Todo porque en la revista Crítica, que dirige, intenta burlar la censura publicando
textos clásicos o modernos en contra 4e todos los regímenes despóticos. Entre estos
últimos, un relato titulado La metamorfosis de su excelencia, que él mismo
confiesa haber terminado "en la ciudad de Bogotá, en los días finales del mes de
octubre de 1949, bajo el terror de la época" 16,
Evidentemente para él, como para Gallegos y Asturias, escribir equivale a una forma de
activismo político que además involucran la sublimación de una resistencia a los
privilegios burgueses.
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Quizá por estas
razones su narrativa queda a veces entre la prosodia, la alegoría y el panfleto. La
metamorfosis de su excelencia no constituye una excepción. El relato sobre un
dictador que toma conciencia de su propia crueldad se diluye en la secuencia de un
discurso a veces referencial y a veces figurado, donde los intentos de subordinar la
descripción a la acción no impiden que el protagonista se convierta en un mero pretexto
para elaborar imágenes. Al final de una verdadera agonía de conciencia, el dictador se
marcha lejos de su ciudad y de su palacio en busca de la laguna de aguas límpidas donde
solía bañarse en su niñez. Increíblemente, a su corrupción y sadismo se antepone la
nostalgia de un estado de pureza original: la de una niñez que se confundía con la
inocencia antes de que él (paradigma rusoniano) entrara en contacto con una sociedad
autoritaria y rapaz. Anciano, este verdugo que termina siendo víctima, sufrirá el
castigo de metamorfosearse en bestia.
El Gran Burundún Burundá ha muerto
(1952) evocará la memoria de otro dictador, intentando en lenguaje más opulento
"la descripción minuciosa y verídica de su cortejo fúnebre" alternada por las
reminiscencias de un gobierno que quedaría en la leyenda si los funcionarios no se
hicieran presentes en "lujosa y luctuosa procesión". Durante su vida, el jefe
de este mismo gobierno ha amedrentado al pueblo hasta reducirlo al silencio: su campaña
para la abolición de la palabra se imbrica en la temática del texto. Tras la corta
introducción, la descripción del cortejo va salpicando de alusiones al protagonista
mediante rupturas de sintaxis en frases admirativas que interrumpen las enumeraciones de
verdugos o de víctimas a su vez precedidas por digresiones denotadoras de temor e
impotencia. Al privar a su pueblo de la libre expresión, el dictador no sólo pretende
inhibirlo y frustrarlo sino obligarlo a dar un paso atrás en la evolución de la especie,
embruteciéndolo y animalizándolo. Al final, el epílogo de la crónica es también su
desenlace: cuando el Canciller abre el féretro, encuentra en vez del difunto un papagayo
de papel. Sorprendido, comprende, y la gente con él, cuál era la clave y el secreto del
poder del demagogo. Ante esa evidencia el cortejo se agita, se dispersa. Y el público
huye en desbandada. Sólo el caballo que arrastraba el féretro regresará triunfante a la
ciudad, pero a una ciudad diferente, libre y redimida. Ciudad que traduce, en el código
del narrador, sede popular y democrática, sociedad sin clases.
Ya para esa época
Zalamea, igual que otros latinoamericanos, ha adherido a la ideología del
internacionalismo proletario. Y su militancia, como la de tantos otros exiliados, es sobre
todo itinerante. Se le ve en la URSS, en la India, en la China, en Cuba. Y a partir de esa
nueva militancia la consigna y el eslogan se identifican de tal modo con su sensibilidad
que su poesía alcanza una gran limpidez de expresión. En poemas como Un día entre
los días, La queja del niño negro, Imprecaciones del hombre de Kenya
17,
los valores plásticos y sonoros de la versificación se
confunden con los valores plenamente significativos. El viento del este, escrito en
Chiagtow, Hanchow y Pekín en 1958, es un himno al nuevo orden comunitario chino. El
sueño de las escalinatas (1963), con que Zalamea amplía el ciclo de su llamada
"poesía al aire libre" (leída en teatros, parques, estadios), tiene como
escenario la India. Poema en forma de homilía, "el sueño" se sucede frente al
Ganges, ante "las escalinatas plagadas de creyentes" 18. El
público, constituido por quienes se acercan a escuchar al
predicador poeta, es allí referente de un texto elogioso, satírico y proselitista. Una
vez más, en tono elocuente, se denuncia la miseria del pueblo como prueba en contra del
colonialismo explotador. Sin embargo, El sueño de las escalinatas proscribe el
desenlace ejemplar de El Gran Burundún Burundá ha muerto.
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Si en el primero hay un
discurso narrativo con ambiciones poéticas, en el segundo hay un discurso poético que
rehúsa hacerse plenamente demostrativo. La demostración del absurdo de la tiranía en la
paulatina revelación de la impotencia del tirano muerto no se repite en una obra donde la
protesta anticolonialista culmina en una apelación al perdón, la hermandad y el amor.
Sobra decir que El
sueño de las escalinatas es de nuevo, en Zalamea, una incidencia en el género
retórico y oratorial. Y que este discurso, en el plano político, académico o religioso,
constituye en Colombia un lenguaje de clase. En boca de las oligarquías o de los
gobiernos republicanos, la retórica se hace de más en más vacua, a medida que la
industrialización y el capitalismo monopólico destruyen las viejas formas de vida
popular, dando fácil acceso a la demagogia. Este aspecto, que representa una obsesión y
casi una fobia para Zalamea, llega a ser el asunto de su crónica
"burunduniana". Sin embargo, ésta misma incurre en la pomposidad que condena,
como si Zalamea no pudiera curarse de un discurso que el ambiente de las elites bogotanas
le había contagiado desde su juventud. Si otras obras suyas se salvan, es por los
contenidos didácticos y satíricos que la exuberancia del lenguaje barroquiza. Y, ya al
final de su vida, por la influencia de la literatura oral afroasiática y de la tradición
bíblica. Así, lo que podría llamarse una formación humanista respalda las consignas
políticas en una poesía que identifica finalmente a Colombia con los países explotados
por el imperialismo y cl capitalismo mono polista. Aplaudida en las plazas y en las
concentraciones populares, la "poesía al aire libre", de Zalamea representa
ante todo una tentativa de llegar a las masas. Esta aventura de integración cultural, en
un país que, como Colombia, mantiene dividida en clases la cultura, implica un lenguaje
que incurre en ciertos preciosismos, pero asume suficientes giros corrientes como para
hacer inteligibles textos que conciernen a las clases oprimidas. No se hade olvidar que
Zalamea escribe sobre todo en los años cincuenta, bajo las dictaduras conservadora y
militar. En él, mejor que en otros contemporáneos, se reflejan las contradicciones de
una generación que tantea en el compromiso social y polltico, llegando a veces, sin
embargo, a posiciones más radicales que vanguardistas de los años sesenta o narradores
testimoniales de la violencia. El dictador de Zalamea en El Gran Burundún Burundá ha
muerto antecede o coincide con una novelística consagrada a esa temática a lo largo
y lo ancho del continente. Y su discurso opulento y proverbial influencia a colombianos
más jóvenes, entre ellos al García Márquez de Los funerales de la Mamá Grande. Perteneciente
por su formación a las elites de la "Atenas Suramericana", Zalamea es a la vez
representante y renegado de ésta, cerrando, con su "poesia al aire libre", el
ciclo de los exiliados rebeldes y panfletarios iniciado a principios del siglo.
II. La geografía de la
violencia
Tomando en cuenta el
cambio actual de la noción de literatura en Latinoamérica, Carlos Rincón anota cómo,
al adquirir los conflictos políticos y económicos nuevos contenidos, "surgen otras
mediaciones entre los procesos sociales y la producción y recepción literarias" 19. En el caso colombiano, este fenómeno se manifiesta
sobre todo a partir de la violencia. Así, de los años cincuenta a los años sesenta, una
generación que precede y a veces coincide con García Márquez pretende liquidar el
costumbrismo sin dejar de ser, a trechos, regionalista. Evolucionando del documentalismo
trcmendista a un género más emparentado con la ficción, los narradores de esa guerra
civil que deja más de 300.000 muertos conservan ciertos valores literarios y
tradicionales locales aunque innoven a su manera la novela realista. Se podría decir,
además, que los altibajos y desniveles de su producción se calcan casi alegóricamente
en la geografía del país. Así, por ejemplo, el discurso moralista de Caballero
Calderón con respecto a la violencia en Boyacá pasa en la Antioquia de Mejía Vallejo y
en la costa de Rojas Herazo a la mistificación poética, mientras incurre en una
sintomatología naturalista en la Bogotá de Osorio Lizarazo. Alvarez Gardeazábal, menor
que todos ellos, apela, en sus versiones sobre el Valle del Cauca, a una retórica de la crudeza y la crueldad 20. Si la narrativa gana
lugar preponderante en una producción literaria concerniente, sobre todo, a la sangrienta
represión de los gobiernos conservadores, los poetas protestan inscribiéndose en las
vanguardias de una generación que aspira a la denuncia y al testimomo promoviendo
también experimentos formales. Heredero a su manera de ese gran rebelde que fue Jorge
Zalamea, el santandereano Jorge Gaitán Durán milita también en las izquierdas y vive a
su lado la experiencia dramática del "bogotazo". Verdad es que, por
coincidencia, ambos asisten a la toma de la Radio Nacional el 9 de abril de 1948,
admirados ante un pueblo justamente colérico", que sin embargo no alcanza a
organizarse en función de una estrategia revolucionaria. La violencia que se desencadena
luego en Colombia, se transformará en movimiento guerrillero después de la dictadura
militar y durante el Frente Nacional iniciado en 1957. Entonces, sobre todo, se revelará
el contenido clasista de los partidos tradicionales y la farsa del "progreso"
que lleva al país a la dependencia y al neocoloniaje. Como dice Gaitán Durán, fundador
de la revista Mito, es imprescindible denunciar "el traslado del poder real de
partidos políticos, sin ideas originales o proyectos específicos de gobierno, en
desacuerdo con la evolución de las estructuras del país, a fuerzas económicas en
ascenso, es decir, a la burguesía industrial y bancaria" 21
De 1955 a 1962, Mito
publicará textos sociológicos, filosóficos y políticos, así como poesía de Gaitán
Durán (1924-1962), Eduardo Cote Lamus (1928-1964), Fernando Arbeláez (1924), Fernando
Charry Lara (1920) y Alvaro Mutis (1923). También, con frecuencia, narrativa de
vanguardia, entre la cual, naturalmente, la de García Márquez, que entrega a la revista
uno de sus mejores cuentos y El coronel no tiene quién le escriba. Proclamándose
afiliada a un "humanismo político de izquierda", Mito será tan criticada, sin
embargo, como su contraparte venezolana Sardio, que circula en Caracas de 1958 a 1961,
esperándolo todo "de la pura y exclusiva enunciación de ideas en un reiterado y
obsesivo afán de conducción ilustrada" 22
El último número de
Mito, poco después de la muerte de Gaitán Durán, está dedicado al nadaísmo. Disperso
y paradójico, este movimiento no tiene gran repercusión en esa época de crisis. Surgido
entre los años cincuenta y sesenta, al final de un decenio de industrialización
acelerada, conoce la dictadura militar y los regímenes de estado de sitio. Sin embargo,
su pobreza doctrinaria sólo contribuye a marginar a una intelectualidad de por sí
indiferente al compromiso. En realidad, los manifiestos nadaístas no van más allá del
desvarío místico, la revancha sexual o el reto a las tradiciones provincianas.
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Su histrionismo y su estridencia sólo
sirven de distracción a un público que no pedía mejor pretexto para olvidarse del drama
social y político del país. Surgiendo al final de lo que se llama la gran violencia
(1947-1957), el nadaísmo aflora en una etapa que se inscribe en el complejo
desenvolvimiento de los conflictos sociales, dentro del marco de la estructura
subdesarrollada colombiana. En el campo, la represión antiguerrillera acelera el proceso
de la acumulación de la tierra, mientras en la ciudad el capitalismo monopolístico se
apodera de los medios de producción. Antioquia, donde supuestamente surge el movimiento,
está dominado por una burguesía aficionada al comercio, favorecedora de las inversiones
extranjeras. Para ésta, progresar equivale a aprovechar los avances técnicos que trae el
neocolonialismo. Así, las empresas satélites estadounidenses y multinacionales urbanizan
a marchas forzadas la provincia antioqueña, con el visto bueno de los gobiernos
frentenacionálistas y de las oligarquías. Si la clase media se integra fácilmente al
credo capitalista, el proletariado constituye un "ejército industrial de reserva
sobre el cual cae una política laboral hábil que busca la división de la clase
obrera" 23. En la periferia quedan
cinturones de miseria, formados sobre todo por víctimas del éxodo rural venidas de zonas
asoladas por la violencia.
CONTINUAR
14 M.A.
Caro es el filólogo y poeta conservador de la generación anterior a la de Alfonso López
Pumarejo, segundo presidente liberal después de treinta años de hegemonía conservadora.
Citado por Hugo Latorre Cabal, en Mi novela, Bogotá, Ediciones Mito, 1961, pág.
284. (regresar14)
15 Francisco
Posada, Colombia: violencia y
subdesarrollo,
Bogotá, Editorial Tercer Mundo, 1969,
pág. 106. (regresar15)
16
Alfredo Iriarte, "Un ensayo crítico", en El Gran Burundún Burundd ha muerto y
La metamorfosis de su excelencia, Bogotá, Editorial Colombia Nueva, 1966, pág. 17. (regresar16)
17
Reunidos en el volumen XI de la serie literaria HJCK, Fonotón, Bogotá, LD 109. (regresar17)
18
El
sueño de las escalinatas, Bogotá. Tercer Mundo, 1964, pág. 113. (regresar18)
19
Carlos Rincón, El cambio de la noción en literatura, Bogotá, Colcultura, 1978,
pág. 17. (regresar19)
20 Nos
referimos a las novelas de Eduardo Caballero Calderón (1910), El Cristo de espaldas (1952),
Siervo sin tierra (1954), Manuel Pacho (1964), Caín (1969). De José
Antonio Osorio Lizarazo (1900-1964), El día del odio (1952). De Héctor Rojas
Herazo (1928), Respirando el verano (1963) y En noviembre llega el arzobispo (1966).
De Gustavo Alvarez Gardeazábal (1945), Cóndores no entierran todos los días (1972).
A esta lista se puede agregar el nombre de Hernando Téllez, cuyos cuentos (Cenizas
para el viento, 1950) son posiblemente el mayor aporte ala narrativa de la violencia,
en la etapa anterior a García Márquez. También Manuel Zapata Olivella (1920), con una
novela que sucede en Bogotá (La calle 10, 1952) y otras en la costa. Para una
bibliografía de la novela sobre la violencia, véase Gerardo Suárez Rendón, La
novela sobre la violencia en Colombia, Bogotá, Ediciones Luis F. Serrano, 1966.
También José M. Arango, Gabriel García Márquez y la novela sobre la
violencia en Colombia, México, Fondo de Cultura Económica, 1985.
(regresar20)
21 Jorge
Gaitán Durán, citado por Juan Gustavo Cobo Borda en Poesía colombiana,
Medellín, Universidad de Antioquia, 1987, págs. 117 y 130.
(regresar21)
22 Angel
Rama, citado por Juan Gustavo Cobo Borda, op. cit., pág. 145. (regresar22)
23
Francisco Posada, op. cit., pág. 146. (regresar23)
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