Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

De 1900 a hoy en Colombia: sitio a la "Atenas Suramericana" (continuación)


Desde sus comienzos, el movimiento nadaísta será extremista, no sólo como protesta contra la sumisión a una sociedad de consumo sino como manifestación de desarraigo por parte de gente de origen campesino trasladada a un ámbito donde la mecanización y la técnica dominan. Sin embargo, muchos poetas nadaístas heredan el bagaje de la generación anterior. Esta, dominada por los colaboradores de la revista Mito, no les es tan ajena. De hecho, el grupo de Mito encarnó un desafío menos alharaquiento, pero más poderoso contra la herencia académica. Si en su poesía buscaba las asociaciones genéricas, los contextos eróticos y la factibilidad, el nadaísmo prefería ampliar el ámbito metafórico con un humor que trastocara el orden de las cosas, confundiendo jerarquías y valores. Tales incursiones, sin embargo, no alcanzaban a atentar contra el sentido mismo del discurso: más allá del verso libre o del relato lírico, se respetaban los esquemas de representación, se mantenían los hábitos sintácticos, los ordenamientos lógicos y las concordancias. Hubo, sin embargo, algunos poetas innovadores. Entre ellos, Jaime Jaramillo Escobar (1933), Jota Mario Arbeláez (1940), Eduardo Escobar (1943) y Mario Rivero (1935). Gonzalo Arango (193 1-1974), fundador del movimiento, sobrevivió más bien en textos doctrinarios y manifiestos. Joven colérico en la primera época, se haría luego místico y religioso, decepcionando a quienes le habían apoyado en sus actos de rebeldía. Y decepcionando también a sus congéneres venezolanos de El Techo de la Ballena, grupo similar de agitación que en los años sesenta se comprometió seriamente en la militancia política, después de haber aclamado en el nadaísmo "su impacto, su fiebre, su turbulenta existencia" 24.

Si de la poesía se pasa a la narrativa, la producción parece obedecer a un más serio compromiso social. Por ejemplo, El Cristo de espaldas de Eduardo Caballero Calderón, publicada en 1952, es una novela sobre los dilemas de conciencia de un religioso, que sin embargo adensa en la temática de la persecución y del despojo. Tres años después saldrá La hojarasca de Gabriel García Márquez. Tan ajena a la textualidad andina y castellana de Caballero como al discurso terrígena de otros contemporáneos, esta novela se instala en el escenario nacional, desmitificando el trópico e imponiendo al discurso un sistema de rigor y austeridad. En cuanto al asunto mismo de la violencia, deja atrás los catálogos de crímenes, el tono panfletario y justiciero de tanta crónica testimonial. En la imagen de ese pueblo que será su primer Macondo, García Márquez se refiere a un vicio larvado, a una tara de la sociedad. Lo retenido del mensaje y lo fragmentario del desenvolvimiento textual, presuponen una colaboración por parte del destinatario, obligando a los lectores a "crear los complementos y extraer sus conclusiones", sin dejar de presentir la violencia como "una presencia agazapada" 25 . Violencia que en las obras posteriores de García Márquez (El coronel no tiene quién le escriba [1961], Lo mala hora [1961]) constituirá el núcleo de la narración, como constante trágica de la vida colombiana a partir de las guerras civiles del siglo pasado, las luchas sociales de los años veinte y los sangrientos combates que desde el "bogotazo" protagoniza un pueblo fanatizado por el caudillismo y el caciquismo. Inusitadamente, en García Márquez, la interiorización del odio y el miedo y su manifestación en lo cotidiano surgen a partir de la distorsión que opera un acondicionamiento social vigente en personajes que "no toman nítida conciencia de la significación oscura de sus actos" 26. Sin embargo, en ese anónimo lugar del trópico se sabe de amenazas, asesinatos y suicidios tan dramáticos para la población como indiferentes a los representantes de un régimen cómplice.

Dos costeños venidos del "grupo de Barranquilla", a que pertenece también García Márquez, sacan novelas el mismo año en que aparece La mala hora: Alvaro Cepeda Samudio y Héctor Rojas Herazo. Mientras el primero recrea en diez capítulos impactantes las masacres en la zona bananera bajo el dominio de la United Fruit, el segundo ofrece su propia versión de un pasado signado por la crueldad y el fracaso en los monólogos de una familia, una casa, una aldea que agoniza en el clima sofocante del litoral 27 La sequía, la canícula, si no el hastío y el tedio, serán también contexto obligatorio en El día señalado (1963), del antioqueño Manuel Mejía Vallejo (1923), haciendo de un pueblo llamado Tambo el escenario imprescindible de hechos violentos. Su protagonista no parecerá, sin embargo, tan calcado en la realidad social y política como el de la segunda obra de Rojas Herazo, inspirada en la personalidad devastadora de un gamonal costeño. Esta novela se titula En noviembre llega el arzobispo y se publica simultáneamente con Cien años de soledad, en 1967.

En Cien años de soledad, lo opresivo de la realidad se superará en recursos .que aportan lo maravilloso a escenarios surrealistas verbalizados en poesía. La saga de una familia legendaria contribuirá al redescubrimiento de mitos y tradicciones entrelazando los ciclos del tiempo mítico al acontecer histórico. Condimentado con el humor y la ironía, surgirá entonces un Macondo quimérico, a lo largo de una crónica narrada con la exactitud, la rapidez, el magistral manejo de "una lengua seca y enunciativa" 28 . Lengua que ha superado una vez por todas el discurso impuesto por académicos y retóricos de Bogotá, ciudad inaccesible no sólo por su aislamiento geográfico sino por el celo con que sus elites suelen resguardarse de lo de "afuera", resguardándose también de la producción literaria de otras zonas o provincias. Pues en Colombia, como dice Jacques Gilard, "la empírica percepción de una cultura popular, aunque no siempre popular (las oligarquias pueden tomarse a sí mismas como casi exclusivo parangón), genera el concepto de identidad, y el de identidad al de nación —que coincide con toda la movible realidad humana que encierran playas y fronteras. La clase dirigente,. la que detenta el poder de Estado, elabora el concepto de nación a partir de sus intereses y conceptos propios— y lo menos posible a partir de la realidad" 29.

Esa realidad, que el líder político Jorge Eliécer Gaitán solía llamar "país nacional", se impondrá sobre todo a partir de 1948, desencadenando ciclos de violencia e imponiendo a narradores y novelistas una misma compulsiva temática con apenas variantes de clima y topografía. No es de extrañarse que la generación posterior a García Márquez regrese al testimonio y la denuncia, cubriendo cada vez nuevos territorios y borrando al fin las fronteras en la descripción de asaltos, despojos y matanzas. Tuluá, en el Valle del Cauca, es, por ejemplo, una zona donde el proceso entra en progresión por la presencia de "pájaros", asesinos a sueldo del poder conservador. En Cóndores no entierran todos los días (1972), Alvarez Gardeazábal cuenta cómo uno de ellos se jactaba de que "matar era una cuestión de principio". Cierto, no lo hacía por convicciones políticas ni ambiciones personales sino por fidelidad a una tradición de terror. En la novela, la perversión de su comportamiento crea una circularidad que hace el texto a ratos reiterativo pero no por eso menos verosímil. Llegado el último capítulo, su muerte "no señala una liberación, sino el mero fin de una etapa: se entiende que la tradición predomina y continuará" 30

Menos tremendistas que Alvarez Gardeazábal y más próximos a una interpretación del drama, serán, entre otros, Policarpo Varón (Tolima, 1941), Alonso Aristizábal (Caldas, 1945), Jorge Eliécer Pardo (Tolima, 1951) y  Fernando Ayala (Boyacá, 1951). A estos pocos nombres se podrían agregar los de Eutiquio Leal (Tolima, 1928) y Plinio Apuleyo Mendoza (1932), contemporáneos de García Márquez, que sin embargo se dan a conocer después que él 31 .

Sobra decir que unos y otros se forman con una intelectualidad ya involucrada en el proceso revolucionario cubano y consciente de la radicalización de las minorías cultas. Es la llamada generación del "bloqueo" 32 . Para estos narradores, sólo liberando el lenguaje, devolviéndole todo su poder de creación, será posible conciliar en la conciencia y en la imaginación, las diferencias entre los caracteres específicos de la narrativa y las motivaciones sociohistóricas que les dan origen. En esta corriente se inscribe la obra de Héctor Sánchez (1941), que, sin aludir directamente a la violencia, describe a su manera la sociedad que convive con ella. Las novelas de Sánchez son dramas abiertos, sin suspenso ni clímax, sin economía de elementos en función de un desenlace. La barriada de Las maniobras (1969), el pueblo de Las causas supremas (1969), será en Los desheredados (1972), un caserío sin iglesia donde está un anciano desahuciado, desarraigado del sentido mismo de la vida. La inevitable referencia al ambiente garciamarqueño (sobre todo al primer Macondo, ese pueblo donde la gente se pudre en vida), es superada por un texto donde toda pasión, toda aventura, se desvirtúan en las paradojas del discurso. En los monólogos, en los diálogos, las palabras parecen negarse así mismas ante una realidad hueca e inconsistente. El lenguaje de Sánchez revela, en su vulnerabilidad, un desgarramiento de conciencia.

Semejantes a las de Héctor Sánchez, las ficciones de Benhur Sánchez Suárez (1946) 33 , que lleva por coincidencia el mismo apellido, pero viene del Huila y no del Tolima, como Héctor; son en cambio muy distintas de las de Arturo Alape (1938), quien se inspira más bien en la tradición popular, abarcando una temática sobre la transición del feudo liberal-conservador a la guerrilla revolucionaria. Los relatos titulados Las muertes de Tirofijo (1972) se eximen de un tremendismo frecuente en otros cronistas, cuando el contexto alude a la vida guerrillera. El decir campesino, su habla, se incorporan con facilidad a una narración estructurada, dotada de un sistema de sentido y con evidentes logros formales. La voz de los guerrilleros y sus compañeras constituyen un "yo colectivo". Actuante y testigo a la vez, el narrador es el grupo armado en que hay unidad de propósitos y se excluyen las jerarquías. Las páginas dedicadas a Tirofijo (Manuel Marulanda Vélez, hasta hoy comandante de las Farc) incitan a una identificación entre autor y protagonista en un texto dialogado y anecdótico, donde don Manuel es el núcleo referencial de recuerdos, especulaciones y adagios populares. Mientras dos ancianos evocan al guerrillero que "ha vencido la muerte", resurge el testimonio a la vez real y legendario de sus campañas, creando un encabalgamiento de lo mítico en lo histórico. De cierto modo, Tirofijo existe en ambos universos simultáneamente, y siendo "más joven que quienes propagan y consolidan su leyenda, recupera el tiempo y lo sobrepasa" 34.

La guerrilla campesina de Alape, que la memoria colectiva y la tradición oral vinculan a contiendas seculares, se diferenciará luego de la otra guerrilla, la castrista, constituida a partir de los años sesenta por el Ejército de Liberación Nacional con estudiantes de la ciudad que "se van al monte". Su itinerario de universitarios y su iniciación en la política dejarán una narrativa que cubre Otros territorios del foquis mo. En Estando la pájara pinta sentada en su verde limón (1975), Albalucía Angel (1939) describe sobre todo la situación en Risaralda y Cundinamarca, con una protagonista que vive en su infancia los amotinamientos de 1948. La fecha trágica del 9 de abril marcará su trayectoria, haciéndole reconocer poco a poco el gobierno represivo de los conservadores, los excesos de la dictadura militar y la democracia paródica del Frente Nacional. Vistos por ella, mezclados a su aprendizaje de la vida, los acontecimientos que marcan esta etapa crucial sólo inciden en lo documental cuando se impone, como narradora, una interpretación política de los hechos. Frente a ésta, los personajes secundarios resultan idealizados, como los de tantas novelas sobre guerrilleros y militantes.

Idealizados también, aunque de ambiente más faulkneriano, serán los de Fanny Buitrago (1940), en una novela que describe otra zona: la del litoral pacífico. Transitando de allí a la capital, sin perder nunca sus raíces, unos y otros comprueban cómo donde la clase dirigente liquida o recupera a los rebeldes, éstos oponen al poder-dinero los valores de una tierra aún no colonizada, no alienada. En Cola de zorro (1971), una historización interna de lo nacional abarca todos los niveles, desde la casta política, industrial y terrateniente, hasta el pueblo sumido en la miseria y la superstición. Igualmente heterogéneos, aunque los banalice el humor y la caricatura, serán los protagonistas de Flor Romero (1934), a partir de una narrativa que intenta la mitificación de los ciclos de la violencia. Su novela Triquitraques del trópico (1972) relata la historia de una población cundinamarquesa que rechaza el progreso como una forma de explotación y personifica la justicia social en figuras legendarias. Allí encaja, naturalmente, el bandolero que roba al rico para dotar al pobre, el caudillo invasor de haciendas y el guerrillero revolucionario. Sobra anotar, con respecto a esta obra, la influencia de Cien años de soledad, en una época en que se publican varias con temática parecida. 35

III. Después de Macondo

Resulta evidente que a partir de los años sesenta, como herencia del boom y su realismo mágico, la figura estelar de García Márquez tiende a crear satélites del "macondismo". Se trata de escritores más bien regionalistas, para quienes la ejemplificación del mito y la concepción mágico-religiosa de la novela llegan a ser instrumento para la captación de experiencias sociales básicas. En los últimos decenios, sin embargo, esta visión un tanto onírica de la realidad, con su simbología popular y su tradición oral, va cediendo lugar a una novelística más allegad a a lo cotidiano, en la cual se pretende sobre todo interpretar los fenómenos de la vida urbana. El proceso de urbanización que se registra en los colombianos, según Angel Rama, "tiene un interés adjetivo solamente si se lo encara de un punto de vista temático, pero es en cambio sustantivo si se lo vincula al proceso de modernización de las formas literarias que registra activamente" 36 . Sin embargo, en la lectura de textos publicados a partir de la década del setenta, no se puede pasar por alto una temática que refleja la crisis de la izquierda después de las derrotas del foquismo y la emergencia del narcotráfico y la droga. Digamos que en Colombia, a partir de esos años, Mejía Vallejo, Ruiz Gómez, Fernando Vallejo, novelan a Medellín; Alvarez Gardeazábal a Cali; Carlos Perozzo a Cúcuta; Marvel Moreno a Barranquilla; Fanny Buitrago a San Andrés; Rafael H. Moreno-Durán, Oscar Collazos, Plinio A. Mendoza, Luis Fayad, Antonio Caballero a Bogotá.

Al abarcar ese aspecto medular del sistema clasista que es el lenguaje, estos escritores quieren prescindir de su bagaje retórico y devolverle su poder de creación. Casi siempre lo hacen en narraciones itinerantes, que promueven la interpretación de fenómenos sociales al confrontar imágenes de la vida urbana. Así, la tematización de la existencia, enfrentada a los mecanismos del sistema, no sólo revela aspectos del desequilibrio que acarrea la industrialización forzada y la compulsión del consumo, sino abarca categorías de psicologización para analizar situaciones en que se reconocen los diversos sectores de la sociedad. Dentro de esta jerarquía halla difícilmente su lugar la mujer, cuya caracterización rara vez rebasa estereotipos que parecen destinados a ejemplarizar las posiciones del patriarcalismo.

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24 Adriano González León, citado por Juan Gustavo Cobo Borda, op. cit., pág. 208. (regresar24)

25 Mario Benedetti, "Gabriel García Márquez o la vigilia dentro del sueño", en Nueve asedios a García Márquez , Santiago, Editorial Universitaria de Chile, 1969, pág. 17. (regresar25)

26 Angel Rama, op. cit., pág. 115. (regresar26)

27 Alvaro Cepeda Samudio (1926), La casa grande (Bogotá, Ediciones Mito, 1962), Héctor Rojas Herazo, 1921, Respirando el verano (Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1962). (regresar27)

28 Angel Rama, "Un novelista de la violencia americana", en Nueve asedios a García Márquez, Santiago, Editorial Universitaria de Chile, 1969, pág. 122. (regresar28)

29 Jacqucs Gilard, Veinte y cuarenta años de algo peor que la soledad. Rumbos 3, Instituto de Español, Universidad de Neuchátel, febrero dc 1988, pág. 101. (regresar29)

30 Raymond L. Williams, La novela colombiana contemporánea, Bogotá, Plaza y Janés, 1976, pág. 14.  (regresar30)

31 Obras representativas de estos escritores son: Policarpo Varón, El festín (Bogotá, La Oveja Negra, 1973), Alonso Aristizábal, Una y muchas guerras (Bogotá, Planeta, 1985), Jorge Eliécer Pardo, El jardín de las Weismann (Bogotá, Plaza y Janés, 1979).  Fernando Ayala, La década sombría (Ibagué, Pijao, 1982), Plinio Apuleyo Mendoza, El desertor (Caracas, Monte Avila, 1974), Eutiquio Leal, Después de ¡anoche (Cartagena, "El marinero", 1964). (regresar31)

32 Con referencia al libro de Isaías Peña Gutiérrez, La generación del bloqueo. Bogotá, Editorial Punto Rojo, 1973. (regresar32)

33 Sobre todo El cadáver (Barcelona, Editorial Planeta, 1975) y A ritmo de hombre (Barcelona, Editorial Planeta, 1980). (regresar33)

34 Priscilla Albrecht, ‘Tirofijo y sus muertes, una leyenda", en Magazín Dominical de El Espectador, Bogotá, 2 de septiembre de 1979. (regresar34)

35 Entre Las novelas más influenciadas por el discurso y la temática de García Márquez: Germán Espinosa (1938), Los cortejos del diablo (Montevideo, Editorial Alfa, 1970), y Marco Tulio Aguilera Garramuño (1949), Breve historia de todas las cosas (Buenos Aires, Editorial la Flor. 1975). (regresar35)

36 Angel Rama, La novela latinoamericana 1920-1980, Bogotá. Procultura. 1982. pág. 462. (regresar36)