Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 24-25, Volumen XXVII, 1990

Novela histórica


La guerra de la compañía Landínez
Félix Posada
Ecoe, Bogotá, 1989, 268 págs.

La historia de la compañía Landínez, —o, más precisamente, del coronel Landínez, personaje de siglo pasado—, se relata en tres niveles narrativos: el primero es la historia de las intrigas, el plano de la política oficial, donde la concreta referencia histórica le sirve al autor solamente para descubrir las estructuras del poder (es decir, de la relación entre el clientelismo político y el capital). Los monólogos interpuestos, cuyos protagonistas son doña Jesusita, la esposa del coronel Landínez, y su hijo, un retardado mental, constituyen el segundo y tercer planos de la novela.

El punto crucial en torno al cual gira la historia son los esfuerzos del protagonista para mantener al pueblo en un estado de guerra civil, lo cual va a generar altas tasas de rentabilidad a las inversiones de su compañía. Como el prólogo indica, el autor no quiere dejar dudas de que esta construcción tiene relación con las medidas inflacionarias del gobierno de Betancur.

La novela se halla estrictamente dividida en 49 capítulos, que se llaman "historias", las cuales, a su vez, se subdividen en los tres planos narrativos mencionados. La história se narra con un lenguaje muy prolijo, que muy a menudo se pierde en la explicación de trivialidades, lo que, por un lado, causa un efecto de lentitud y, por otro, muestra la intención de crear un cuadro detallado de costumbres de la sociedad colombiana. El autor caricaturiza de manera muy cínica, a los actores políticos, sea el presidente, un tal doctor Márquez, sean los líderes de cada uno de los partidos políticos, don Ezequiel Rojas y don Rufino Cuervo.

Detrás de las querellas de los partidos se vislumbra siempre algún detalle que trae a colación situaciones polémicas que actualmente se pueden observar en la prensa o en la televisión. El desdén hacia los funcionarios políticos se manifiesta en el siguiente pasaje, donde el coronel Landínez describe a su hijo: "Si el muchacho fuera diputado, lo haría muy bien. Estoy cierto de ello. Sus risas y sus silencios asombrarían a la Cámara creándole una fama de persona enterada capaz de resolver las más agudas crisis políticas". Mientras en los respectivos capítulos se lleva adelante el plano oficial de las intrigas del coronel Landínez, los monólogos, alternadamente protagonizados por el papá, la mamá o el hijo, representan la atmósfera íntima de la familia y revelan las rupturas en las relaciones personales.

El avance de la acción es muy pesado. En la complacencia con que el autor enriquece su novela con detalles se esconde el deseo de una descripción cuanto más completa mejor, actitud ésta fácilmente explicable por su profesión (es sociólogo). Sin embargo, esto limita considerablemente la libertad de interpretación para el lector. Dado que, en buena medida, el arte de la literatura consiste en facilitar el juego de los pensamientos del lector, en crearle un margen de reflexión, Posada, en este caso, le delimita esa libertad, al explicarle casi todo, y llega a aburrirlo a más tardar en la mitad del libro. A esto se agrega el escaso desarrollo de los personajes secundarios. Por ejemplo, no contiene una dinámica perceptible la relación entre el coronel Landínez y su hijo. El padre se pregunta continuamente por qué su hijo lo odia, y el hijo en todo el transcurso de la novela llama a su padre un imbécil y quisiera liberarse de él. Entre ellos está colocada doña Jesusita, con sus eternas lamentaciones, que únicamente encuentran consuelo en la profunda relación espiritual con el padre Rosillo.

La guerra civil, atizada por simples consideraciones económicas, termina en el momento más apropiado. La compañía Landínez y sus socios foráneos demuestran en seguida su eficiencia. Este momento, en el cual el acuerdo entre el clientelismo político y la oligarquía monetaria hace posible la liquidación de todos los recursos y de todas las capacidades de un país en beneficio del capital extranjero, es un factor trágico en la historia de todo el continente. Félix Posada trata aquí este tema ejemplarmente.

Disturbios ocasionados por el fanatismo religioso y un terremoto que casi destruye la capital del país, llenan las calles de inseguridad y desolación. Una vez más el coronel Landínez aparece como salvador de la patria, al ofrecer, en nombre de su compañía, préstamos para la reconstrucción de la ciudad. Por eso de ninguna manera sorprende que en la opinión pública se vayan asociando firmemente el bienestar y la paz de la patria con la prosperidad de la compañía Landínez. Al final de la novela el autor acumula indicaciones históricas, lo que contradice su principal intención de una simple referencia estructural a los hechos concretos.

Cuando al país regresa la esperanza de que se aproxima un futuro mejor, Landínez inicia de nuevo la guerra civil, "considerando los superiores intereses de la nación".

Landínez pretende ser un gran patriota, que solamente piensa en el destino de Colombia, pero en realidad, no es más que un logrero de la guerra, que en los peores momentos de la crisis ya tenía embarcados sus baúles.

Al final la historia de las intrigas del coronel Landínez pasa en cámara rápida, contado desde el punto de vista del embajador inglés, a través de las cartas que escribe a su ministro. La novela termina como un cuento fantástico: tres reyes del lejano Oriente vinieron para ofrecerle al coronel una participación en las minas del rey Salomón a cambio de su dirección en siete guerras, que ellos pensaban llevar a cabo para la purificación moral de sus pueblos.

En resumen queda la triste comprobación de que los manejos del poder del capital que se mantenían vivos hace más de un siglo siguen rigiendo el futuro de sociedades enteras.

HELMUT SPREITZER