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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
24-25, Volumen XXVII, 1990
Serrano Rueda por la
sabana (continuación)
La ciudad
cuenta aproximadamente con 85.000 habitantes, de los cuales más o menos cuatro mil
visitaron la exposición de 1886 en el Colegio de San Bartolomé, cifra bastante alta para
la época, y así mismo, de enorme aliciente para los jóvenes aprendices. Consideremos
que en Colombia las publicaciones literarias, por ejemplo, aumentan en proporciones más
altas de lo normal cada vez que se presenta en Bogotá la feria del libro, para no
mencionar el mismo fenómeno con los premios nacionales e internacionales, que a veces en
un año duplican la producción literaria por el solo hecho de haber sido otorgados a un
escritor colombiano. Consideremos que el mismo fenómeno se relaciona, guardadas las
proporciones, con la pintura finisecular del país. Las exposiciones del 86, del 99, la de
1904, con motivo de la Fiesta de Instrucción Pública, y la de 1910, aniversario del
primer siglo de independencia (la Exposición del Centenario), realizada en el parque
hoy de la Independencia llamado del Centenario para aquel entonces, en las que
estuvieron presentes Páramo, García Hevia, Paz, Peña, Urdaneta; en la primera, entre
otros paisajistas, Zamora, Borrero, González Camargo, Gómez Campuzano, Leudo, Zenda,
Tavera, entre los artistas escogidos para las diferentes muestras, en las que además
fueron algunos de ellos acreedores a una mención.
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La cercanía del paisaje
y las no muy altas dificultades de transporte en esta zona permiten que los interesados,
impulsados además por sus maestros, logren plasmar paisajes tan variados como los de
Zamora, Páramo o Núñez Borda en la misma sabana de Bogotá.
Aunque no fue muy precisa
la crítica en cuanto a nombres propios después de cada exposición, exceptuando a
Epifanio Garay, Santa María y otros pocos casos, dejó mención sensible de su opinión
sobre el paisaje plasmado por jóvenes artistas del altiplano.
Es comprensible
que para la época, acostumbrada al retrato europeo y a las formas clásicas, este nuevo
género, además, por el formato de sus cuadros, la mayoría muy pequeños, no haya
producido el impacto que pudo causar lo establecido Garay, Acevedo Bernal o lo
novedoso, de todas maneras europeo Santa
María. Caracterizados siempre por esa
concentración en lo de fuera, en lo traído, en lo que llega, no hubo atención precisa
por lo que sucedía en Colombia.
Aun así, Jacinto
Albarracín, Baldomero Sanín Cano, Max Grillo dejaron en sus artículos polémicos
al principio, inclusive contra el mismo Santa María testimonio del trabajo expuesto
por los paisajistas, aunque no de manera extensa ni deteniéndose en ninguno de ellos en
particular, excepto Albarracín, que en la exposición de 1904 se detiene unas pocas
líneas para mencionar el trabajo de Páramo.
Los dos libros que nos
ocupan:
Roberto Páramo:
paisaje, bodegón. ciudad, escrito por Eduardo Serrano Rueda curador del Museo
de Arte Moderno de Bogotá y crítico de arte, y Luis Núñez Borda: el pintor de
Bogotá, analizado por el mismo Serrano y vistos el personaje y la época por María
Cristina Iriarte y Lucía de Esguerra, fueron publicados, el primero con motivo de una
muestra retrospectiva de Roberto Páramo realizada en octubre de 1989 en el Mam, y el
segundo con motivo del 450 aniversario de la ciudad de Bogotá.
Ambos
textos de Eduardo Serrano son una sustentación crítica sobre el movimiento que él llama
la "Escuela de la Sabana", de la que forman parte ambos pintores y que, como la
Escuela de Barbizón en Europa o la Escuela del Hudson en Estados Unidos, es base clave
para el desarrollo de la pintura moderna del siglo XX en Colombia; habla de influencias
directas del paisaje del bosque de Fontainebleau pintado por Rousseau, Díaz de la Peña,
Dupré y Troyon, entre otros; por vía Luis de Llanos, quien influenciado, contrario a lo
que parezca, por Dupré más que por su conterráneo Díaz de la Peña, adquiere de éste
el "academismo de la pintura naturalista de paisajes" que marcará tanto a
Páramo como a Núñez Borda más de lo que logre marcarlos la influencia de Santa María,
del que toman, en cambio, la costumbre de pintar el paisaje en el paisaje mismo, razón a
la que atribuye Serrano Rueda el tamaño de sus cuadros.
De Núñez Borda existe
un libro anterior, publicado con motivo del cuarto centenario de la fundación de Bogotá,
con textos de Daniel Samper Ortega. Vivo aún el pintor, hace, a petición del editor,
detalles de sus propios cuadros en mayor formato, para fotos de página entera en esta
edición, en la que se reproducen 98 láminas, todas originalmente al óleo, de las que
aparecen 23 en la edición de 1988. El presente volumen, al igual que el anterior, cuenta
con notas biográficas sobre los óleos de Luis Núñez Borda, llamado el pintor de
Bogotá, por haber sido un fiel retratista de la arquitectura de su tiempo y de la de
épocas anteriores, que encontró ya demolida por las guerras y los incendios y que pintó
basándose en daguerrotipos, fotos, láminas y pinturas de autores como García Hevia.
Dejó testimonio claro de una época a la que vio que desaparecía físicamente con el
tiempo y con la que sucedería algo similar a lo que ocurrió con parte de su obra: la
mayoría se quemó en un incendio del bogotazo; lo que se salvó estuvo colgado en un
corredor del concejo de Bogotá y en 1955 se la entregaron al cura Luis Alberto Castillo,
director del Amparo de Niños, quien la cedió años después a su chofer, en pago de
servicios. Poco a poco empezaron a ser recuperados uno a uno los cuadros que se hallaban
dispersos entre familias bogotanas, y hoy se ha podido reunir parte de su obra, expuesta
en diferentes muestras, como "Paisaje 1900-1975", organizada por el Mam, y
"Cien años de arte en Colombia", realizada por la misma entidad.
Núñez Borda fue además
músico. Se casó a principios de siglo con Felisa Pontón Espinosa de los Monteros. Con
su cuñado Antonio Pontón Espinosa y la mujer de éste, Rebeca Pizarro, compartieron una
casa sostenida casi completamente por Pontón Espinosa.
Tomó parte en vida en
muy pocas exposiciones, entre ellas en 1920 en la Galería Círculo, en 1928 en el Salón
de Agosto, y otras más antes del año 30. Fuera de los ya mencionados Llanos y
Santa María, también fueron sus maestros, en la Escuela de Bellas Artes, Epifanio Garay, Pantaleón Mendoza y
Enrique Recio y Gil.
Perteneció al grupo
intelectual de la Gruta Simbólica (tertulia bogotana de fines del siglo XIX, de la que
también formaron parte Carlos Tamayo, Julio Flórez, Luis María Mora, Rafael Espinoza
Guzmán y Climaco Soto Borda, entre otros). Amigo cercano de Coriolano Leudo, de Nicolás
Bayona Posada, de Mariano y Rafael Ortega, vive la Bogotá de trasteos de piano a lomo de
mula, de tardes de "chocolate con espuma irisante"; y muere en La Mesa, recluido
en el ancianato Sara Zapata, en el que se encontraba desde 1969, en el año 1970.
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Al hablar de Núñez
Borda me vienen a la memoria las láminas de cuadros que pintores parisinos, la mayoría
anónimos, realizaron y aún hoy realizan, de la arquitectura de la ciudad, con colores
similares; siendo otra la luz, en los que los personajes, excepto pocos casos, no
desempeñan ningún papel y lo único importante es plasmar la arquitectura de cierta
época que, aunque es diferente entre París y la Bogotá que acaballa el siglo, contempla
materiales similares como la piedra, y marca cierta influencia en el diseño, sobre todo
en lo referente al diseño republicano nuestro; y aunque Núñez Borda nunca estuvo en
París, ni siquiera salió de Colombia, está influenciado por este arte, bien de manera
casual finalmente los materiales y el color con que pintaba eran europeos o,
porque estando aquí, tuvo acceso a estas imágenes.
De Juan Roberto Páramo
Tirado se dice que fue hijo natural de un inglés; que nació en el 56, en el 59 o en el
año 1863, que es el que aparece en sus documentos de identidad; fue hijo único y, para
los que dicen que no fue hijo natural, son sus padres Juan Páramo y Mercedes Tirado. Su
infancia transcurre en la finca Recadero, cerca de Medellín, y a Bogotá llega en 1868.
En el 84 inicia sus estudios de pintura con Santiago Felipe Gutiérrez, en la escuela que
éste funda en el Colegio de San Bartolomé, y luego pasa a la Escuela de Bellas Artes en
la que, además de alumno, es ayudante de dibujo; participa en la exposición del 86, de
la que recibe un diploma de Segunda Clase (en esta primera muestra suya no cuelga ningún
paisaje, solo retratos y estudios de dibujo sobre esculturas). Se casa en 1887 y deja una
descendencia de ocho hijos, entre los que se conserva la mayor parte de su obra.
En 1899 participa en la
Segunda Exposición de Bellas Artes, en 1902 ingresa como profesor a la Escuela de Bellas
Artes.
Participa en las
exposiciones de 1904, la Exposición Nacional de 1906, gana una tercera medalla en la
Exposición del Centenario (1910), es duramente criticado por Samuel Velásquez, quien
recrimina el tamaño de sus cuadros en una exposición de Bellas Artes en 1911;
exposición que se repite en el 15 y en la que también participa. Publica una de sus
obras en portada de la revista Cromos en el año 17. Obtiene un diploma por su
participación en la Exposición Leonardo da
Vinci, en Milán; envía nueve óleos a la exposición de Sevilla del 29, en donde es
premiado con la medalla de plata. Gana un segundo premio en paisaje en el Primer Salón de
Artistas Nacionales en 1931; expone en Palmira, y Eduardo Santos le concede la Cruz de
Boyacá en el grado de caballero.
Muere en Fusagasugá el 9
de febrero de 1939. Sus cuadros, hoy cotizados a precios superiores a los que cualquier
contemporáneo suyo hubiera imaginado, fueron vendidos durante su vida, inclusive por
fuera de Colombia, en Nueva York. Al igual que Núñez Borda, nunca salió del país y,
fuera de sus paisajes y sus retratos, son muestra de su nacionalismo, por así decirlo,
los bodegones en los que las frutas retratadas son bananos, granadillas, aguacates y toda
suerte de verduras y legumbres cultivadas en Colombia.
De los libros de
Serrano Rueda que se analizan en esta reseña cabe hacer resaltar la información que
contienen, completando muchos datos biográficos y críticos sobre la obra de ambos
pintores. Sus textos, sin embargo, son un poco difíciles de consultar, ya que, aunque
conservan cierto orden, no son muy precisos en cuanto a que siempre se extienden, yendo el
autor a temas anteriores y temas que tratará después, citando textos inclusive de él
mismo y extendiendo ideas precisas en términos que sobran dentro del contexto.
Otra cosa que vale la
pena anotar es que, si bien reúne una serie de datos con los que resume un período
histórico de la pintura colombiana, que llama "Escuela de la Sabana", no está
bien que en cada libro que publique sobre, uno de estos pintores o en el que le piden que
colabore, dé rienda suelta con las mismas frases, las mismas citas, la misma
bibliografía, a su "gran descubrimiento". Sobre todo ahora, cuando está en
boga la moda de estos artistas del paisaje sabanero.
JORGE QUINTANA
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