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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
SE FUE A DICTAR
SU
MAS LARGA
CONFERENCIA
Jamás, jamás, en el contado tiempo que me resta
por vivir, olvidaré ese martes 21 de mayo.
Había llegado yo ami oficina
hacia las 9:30 a.m. conforme costumbre, cuando llegó mi compañera de trabajo Maruja
Abello para decirme con cara preocupada: Olgui, no te quiero alarmar, pero Germán Vargas
no ha llegado. Por dios, Maruja le contesté, apenas son las 9:30. Habrá
cogido para algún lado antes de venir al periódico. No, Olgui, no. El nunca coge hacia
otro lado, sin avisarme antes. Además no me ha entregado su columna y en este aspecto,
como en
todos, él es superpuntual.
Mira, Maru, deja esa cara, que ahorita Germán está apareciendo por ahí.
Mientras tanto, sonaban los
teléfonos, llegaban Beto Villa e Iván Villazón, anunciaban la visita de Sandra Borda,
coordinábamos las sociales del día siguiente, despachábamos lo que había quedado de la
noche anterior,
escogíamos las fotos de la
página social, revisábamos las primeras fotos internacionales, en fin, nos sumergíamos
todos en el trabajo incesante y estresante que es el diario vivir de un periódico. A los
quince minutos regresó Maruja: Olgui, Germán no ha llegado. Maru, por favor, dále
chance a que sólo una vez en la vida rompa la rutina.
La angustia de Maruja obedecía a que Germán se
encontraba solo en su apartamento. Tanto él formidablemente sano, como sus
hijos Darío, Mauricio y Eula, que viven en Bogotá, habían materialmente embarcado a
Susie a Nueva York para que fuera a visitar a su hermano Nelson, a quien hacía años que
no veía. Además, igual se quedaba solo cuando Susie alargaba la visita a los hijos en
Bogotá. No era nada extraño entre ellos dos, pues muchas veces la soledad le
correspondía a Susie, en los mil y un viajes de Germán.
Hacia las diez y cuarto
regresó Maruja. Mira, Maru, para tu tranquilidad y la mía que bien la
necesito manda a uno de los conductores al edificio de Germán. Que le pregunte al
portero si lo vio salir. O a los vecinos. Con seguridad darán razón. (Germán todas las
mañanas cuando Susie estaba aquí, acompañado por ella, que luego regresaba a pie
a casa caminaba hasta el parque Washington. Allí tomaba un bus ejecutivo hasta El
Heraldo. Había decidido no volver a manejar). Así lo hizo Maruja:
mandó a nuestra
reportera gráfica Claudia Cuello y al conductor Walter Lineros, con resultado
infructuoso. Nadie contestó, aunque casi derribaron la puerta agolpes. Niel portero ni
los vecinos daban razón alguna, pero la vecina llamó la atención de que la luz del
baño estaba prendida. Maruja, entonces, le decía a Claudia a través del radio del
carro: Tú eres periodista, a ver qué haces, a ver qué sete ocurre. Pero Claudia nada
podía hacer, fuera de derribar la puerta y regresó al periódico.
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Fue entonces cuando Maruja
entró a mi oficina totalmente desentechada: nadie contesta. Me siento
perdida, ahora no sé qué hacer. Algo le ha pasado a Germán, estoy segura, segurísima.
Fue la seguridad de esa frase la
que hizo sentir en lo profundo
de mí, un timbre de alarma. No sé cómo Dios me iluminó e inmediatamente respondí a
Maru: llámate a la hermana de Susie, a Marina, a la Joyería Oxford y dile tu
preocupación. Así lo hizo. Y Marina voló, porque también conocía a Germán. Y allí
estaba él, Yerman, como le decía yo afectuosamente, muerto en el baño, de un infarto.
Se había ido sin alharacas ni aspavientos, haciéndole honor a su manera de ser, a su
manera de vivir, de ver la vida.
Cuando como epílogo de este
forcejeo, si así puede llamarse lo que sucedió durante esa hora entre Maruja y yo,
entró ella nuevamente ami oficina con cara indescriptible, a gritarme que Germán había
aparecido muerto en el baño, para alistarse y llegar como todos los días, después de
comerse un frito en la esquina de El Heraldo, a las 7:30 a.m. a su trabajo, sentí que
algo violento, intensamente explosivo, estallaba dentro de mí. Con quien hablaba por
teléfono, no lo recuerdo con precisión, (¿Guido Borrero?) le grité con todas mis
fuerzas: ¡Germán Vargas murió! Y le tiré la bocina con igual ímpetu. Salí como loca
hacia el pasillo de la redacción: ¡ Murió Germán Vargas! ¡Germán murió! Los demás
compañeros parecían no entender lo que yo decía. Todos, de pie, como estatuas de
mármol, me miraban sin pronunciar palabra. ¿Es que no entienden, carajo? ¡Muurióo
Germán!, gritaba yo, trastornada, llorando a mares contra el muro. Entonces, todos a una,
comenzaron a llorar de la misma forma, enloquecedoramente, mientras Juan Junior se me
plantaba lívido al frente y los visitantes no sabían qué hacer. No, nunca, nunca jamás
olvi
daré
ese dolor general tan explosivo, esa sensación de que todo en mi interior estallaba en
mil pedazos.
Es que la vida tiene unas paradojas difíciles de
asimilar: Germán Vargas, que formaba con Susie Linares, una
de las parejas matrimoniales
más avenidas y unidas que yo he conocido, que era el padre de tres hijos por los cuales
se desvivía y le correspondían con intenso amor filial, había muerto solo. Pero eso
sí: en un segundo, sin sufrimiento alguno, como el justo. él que tanto sejactaba de su
salud a toda prueba.
Y en verdad lucía como un
roble difícil de doblegar a sus 72 años. Daba la impresión de que tenía como
slogan el mismo de Julio Sánchez Vanegas en Jes: hoy aquí, mañana en
cualquier lugar. Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena, Santa Marta, Estados Unidos.
Dictando conferencias, asistiendo a seminarios, miembro de jurado de concursos, el Simón
Bolívar, India Catalina, de cuento, de novela, de poesía. Asesorando casas editorales.
Escribía con puntualidad pasmosa
nunca falló en diez
añossu columna Un día más. Cuando viajaba, dejaba las que fueran
necesarias. Recibía a cuanto escritor novel o consagrado demandaba su consejo. No faltaba
en las noches o en el día a cualquier evento cultural, artístico o social, siempre con
Susie a su lado. Semanalmente escribía otras dos columnas, Ventana al mar y el Libro de
la semana para la Revista Dominical. Prologaba y escribía libros. En fin, llevaba la vida
de letras a plenitud, lo mismo que la propia, a su aire. Ejerciendo incansablemente lo que
acertadamente el padre Jorge Becerra llamó en la homilía de los funerales un
ministerio de la cultura. Dentro de la más absoluta sencillez y tranquilidad. Sin
alharacas, ni aspavientos. Tal como murió.
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Aunque éramos dos seres
totalmente opuestos, jamás hubo entre él y yo un asomo de discordia. El, tan sosegado,
se horrorizaba ante mi carácter alkaseltzer. Te va a dar algo un día de
estos, me decía con signo de reprobación. Toma las cosas con calma, como yo, que nada se
remedia con tanta corriente como haces tú. Y aquí en cambio estoy yo, anegada en llanto,
porque él, Yerman está muerto, él, que tanto se jactaba frente a mí
fumadora
empedernida como él y que tengo los pulmones podridos, de tener los suyos como los
de un bebé:
rosados. Ya no veré su cabeza canosa cuando asome la mía por el pasillo de
la redacción. Ya no vendrá a traerme algún aporte valioso para esa Revista Dominical
que, con tanto afecto, dirige el propio director de este diario, Juan B. Fernández R. O a
traerme algún mensaje de Susie sobre un trabajo periodístico, O a calmarme alguna
curiosidad sobre Gabito. Ya no me lo encontraré a las 2:30 de la tarde esperando a Susie
en la portería, listo a salir del trabajo: Saabroooso, Yerman, le decía yo. Y me
respondía: es un derecho que me he ganado en 50 años de trabajo.
Fueron diez años de una amistad tranquila, como
lo fue él. Un hombre sereno por excelencia. Con los pies en la tierra. Modesto como la
flor de la batatilla en cuanto a su valor personal, en su íntima amistad con Gabito, en
su manera de vivir. Pero infinitamente generoso en el amor a los suyos, en su deseo de
ayudar a los demás en sus pinitos literarios, en la difusión de obras de noveles y
consagrados, en la amistad, en el consejo diario a los redactores que lo querían
entrañablemente. Fue un gran hombre. Un ejemplo cabal de lo que es una persona de bien
ante la vida. Que sólo deja a su esposa y sus hijos el mejor de los legados: un hombre
transparente, sonoro, con prolongación en el tiempo. ¡Qué hermosa la herencia de
Yerman!
¡Cuán felices y orgullosos deben sentirse los
suyos!
Prefiero pensar que Yerman no está ahí,
enfrente, en su cubil porque está en uno de sus mil viajes como Simbad el Marino. Porque
él se me desaparecía de repente y cuando volvía a verlo:
¡Jé! ¿Dónde andabas? En Bogotá, Medellín,
Cali, Cartagena, Valledupar o Estados Unidos. Sí. Se ha ido a dictar ahora la más larga
conferencia de su vida. Punto.
OLGA EMILIANI H.
(Tomado de: El
Heraldo (Barranquilla), mayo 25 de 1991, págs. 3A y 9A).
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