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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
Entre el alacrán
cubano y las pulgas miamenses
El círculo del alacrán
Luis Zalamea
Ediciones Universal, Miami, 1990, 306 págs.
Luis Zalamea ha escrito la novela de su vida, pero no
sólo en el sentido de su apoyo autobiográfico sino en la ambición de su trascendencia.
Con ella recuperamos para nuestro idioma, pues otra ironía es más conocida
en inglés (su novela The hour of giving fue colocada por Saturday Review al
lado de las de Carlos Fuentes y Oscar Lewis) esta prosa de la más limpia prosapia
valga el inocente juego de palabras pues no impunemente se es hermano de Jorge
Zalamea Borda, el autor de El gran Burundún Burundá ha muerto, y primo de
Eduardo Zalamea Borda, quien con Cuatro años a bordo de mí mismo contribuyó a dar
el gran timonazo a la novelística que después
sobre todo con Cien años de
soledadse llamaría el boom latinoamericano.
El círculo del alacrán es la
peripecia de un periodista colombiano vinculado a familias cubanas desde antes de la
caída de Batista. Miembro de la burguesía bogotana, y por lo tanto heredero de cierto
dilettantismo cultural, amargado y excéptico, acepta por fin y a regañadientes la
dirección del diario que su suegro
el Padrino cubano funda en
Miami como vocero de la colonia siempre en expansión de los cubanos en exilio. A medida
que se va desarrollando el poderío económico de su familia política, aumenta la
exasperación del escritor (¿qué estoy haciendo aquí..?) ante la
cuotidianidad prosaica de la ciudad chata y su forma de vida, tan pragmática
como non sancta, de sus allegados. El explosivo
final es la sorpresiva aunque tardía reacción o redención, cocinada en
la levadura de mi resentimiento, de este conformista rebelado que sólo salva,
como un noé apocalíptico, a su perro (a quien da cristiana sepultura en el excéntrico
Pat Memorial Park) y a su propia hija, la única persona con quien el autor (perdón: el
periodista) se identifica.
El círculo del alacrán (título que
parece proceder de Dashiell Hammett pero que en realidad pertenece a los ritos de
santería afrocubanos) no se inscribe, pues, en el realismo mágico sino en
una especie de realismo trágico pero tan divertido como las felinas ironías de Moreno
Durán. Las magistrales descripciones de Miami y de La Habana de antaño y de hoy; la
sabiduría, nunca cargante, de cosas grandes y pequeñas, propia de un gran narrador; la
fina penetración psicológica sobre sus personajes, hablas y costumbres y el conocimiento
de escenarios, culturas y tradiciones de Cuba, Colombia y Estados Unidos, son ingredientes
de una gran crónica, ciertamente realista, que tiene como marco de referencia unos hechos
ciertos y unos escenarios reconocidos. Pero el novelista, legítimamente, transforma esto
que tiene a la mano en una fábula sorprendentemente convincente a partir de las
anécdotas de lo posible. Es una visión homéricolatina, como diría si
viviera su sobrina política Marta Traba. Por algo Luis escogió para su
héroe el nombre de Homero... Loaiza.
Zalamea, quien ha vivido la problemática de
los exiliados cubanos en Miami, hace el retrato fiel, y a veces cruel, de algunos
personajes de esa comunidad que cambiaron sus papeles (aunque en el fondo sigan aferrados
a costumbres ancestrales) para aprovechar la gratificante vida norteamericana. Por ello la
obra será recibida con algún escozor (y aquí tenemos que sonreír ante la erudita
aparición saltarina y voraz de las pulgas miamenses en el tejido de su picante historia)
por quienes se sientan aludidos, pero con regocijo por los inteligentes, los honorables y
los libres de verdad, sean marielitos o no, y por todos los otros lectores de habla
hispana, que serán, no dudamos, la inmensa mayoría. Por ello tiene tanta razón el
profesor cubano Narciso Menocal, refugiado en Nueva York, quien en el prólogo dice;
Esta ha sido la gran obra de nuestro buen amigo colombiano Luis Zalamea: ha
levantado el brazo empuñando un espejo y propone que todos nos miremos en él. Al
escribir una novela, ha escrito una historia inexistente, y por lo tanto tan irreal como
cualquier otro tropo, pero de una utilidad extraordinaria para ayudarnos a todos a ser
menos arrogantes.
Zalamea no volverá a preguntarse, como Homero Loaiza:
¿Qué estoy haciendo en Miami? Lo que debía hacer lo ha hecho. Y
muy bien.
ROGELIO ECHAVARRÍA
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