Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

JAMAS SOLEMNE


Esta fue una entrevista en la que lo que interesaba era el hombre y no las eternas historias sobre el Grupo de Barranquilla y su relación con Gabo. Al final estos temas fueron inevitables. El mismo preguntó ¿no me vas a preguntar?

Nada como una entrevista no sacada a tiempo. Que ésta, en cambio sea un homenaje al maestro Germán Vargas. Gozaba de la vida. Gozaba de los libros y de los buenos platos. Había leído todo. Tenía antenas para descubrir libros maravillosos. Nunca dejó de ser un muchacho.

Germán Vargas Cantillo fue y será un ser extraordinario. Alma profunda, piel morena, ojos azules. Caminaba como si no quisiera llegar a ninguna parte. Como un hábito de costumbre inclinaba un poco el cuerpo para sacar del bolsillo sus cigarrillos Pielroja que fumaba con placer. Sus kilos de más eran orgullo de los años; su tranquilidad, un don ganado de la vida: con orgullo afirmaba “para mí no hay problemas y si los hay les saco el quite”. Su no ambición era una muestra de esa sabiduría desprevenida y alegre que siempre llevaba en la voz grave y la carcajada en la boca. Pocas veces decía ‘jamás’, pero lo afirmaba rotundamente y con certeza cuando anotaba “jamás he sido solemne”.

La frescura para Germán Vargas era parte de su encanto personal; eso le daba libertad y agilidad. Le encantaban los cuentos; no podía negar nunca la herencia de la tradición oral costeña, siempre tan repleta de anécdotas. Hablar sobre sí mismo no le fue fácil. Sentado al borde del sofá se veía incómodo, pero cuando lo hizo desató una cadena de recuerdos.

Vargas es un apellido santandereano. Su padre llegó a pie a Barranquilla desde Palo Negro como un liberal derrotado en la Guerra de los Mil Días. Los Cantillo, y eso lo afirma el padre Revollo, on fundadores de Barranquilla, que llegaron desde Galapa con unas vacas que los guiaron buscando el río. El era barranquillero de pura cepa. Ese era su lugar; adoraba su apartamento lleno de libros en un cuarto piso, donde desde el balcón y a través de unos edificios podía ver en los atardeceres el río Magdalena y en una despejada mañana la Sierra Nevada de Santa Marta. Todo con Susy, su compañera de la vida.

—¿Quién le enseñó a leer?

—Fui precoz. Las letras las aprendí solo. Enfrente a mi casa quedaba la escuela de mis hermanos, yo en una gran aventura, cruzaba la calle y oía detrás de la puerta las clases de la señorita Secca que era una mujer de pelo blanco, larga, flaca y de anteojos. Por otro lado, el Niño Dios que era muy comprensivo me traía libros. Recuerdo en especial una colección para libros que traía al “Cid”, “Raimundo Lulio”, “El Gran Capitán”.

- ¿Cuándo comenzó en la radio?

—Hace mucho tiempo... comencé en la radio, que ao era como la de ahora. Era un medio discreto y yo manejaba una radio revista. Mi padre había muerto y tenía que ayudar a mi familia. Allí me gané los primeros cinco pesos de mi vida. Recuerdo perfectamente que estaba en tercero de bachillerato. Tenía buena voz y leía todas las tardes; cada tarde era un peso. Poco a poco me fui haciendo... Todo era en vivo y desde siempre me interesó hablar sobre arte, cultura y música. Una de las primeras reseñas literarias fue sobre Caldwell, un novelista norteamericano y por supuesto no podían faltar las notas de cine. Con el tiempo cambiaba de emisora y mejoraba mi sueldo de $30 pasé a otra que me daba $90. A la segunda Guerra Mundial le saqué todo el partido, tanto que mi sueldo aumento vertiginosamente hasta $ 200. Allí fue cuando vila necesidad de realizar un noticiero informativo local a mediodía, se llamó ‘Diario Hablado’.

—¿Lo escuchaban mucho?

—Realmente en Barranquilla había pocas personas con radio. Pero como la emisora quedaba enfrente al Paseo Bolívar, sacábamos unos altavoces y la gente se reunía a oír las noticias de la guerra. Llegó a haber dos mil personas reunidas. (Movió el cuerpo, sacó sus cigarrillos, prendió uno para darse una pausa). Tiene que pensar que eso era interesante porque Barranquilla era una ciudad especial donde no pasaba nada. Yo me fui convirtiendo en Germán Vargas el del “Diario Hablado’.

—¿Existía compromiso político en su noticiero?

—El de mis propias convicciones. Durante la segunda candidatura de López viejo, volqué todo el noticiero hacia su campaña. Además no desaprovechaba ninguna oportunidad, inclusive, les hacía comentarios a las cuñas conservadoras.

—¿Y qué hacía en su tiempo libre?

—El punto de encuentro con los amigos era en la Librería Mundo. El dueño era hijo de un médico santandereano. Era un comunista de buena familia al que la decepción llevó hasta Barranquilla. Jorge Rendón fue un personaje peculiar... (mueve la cabeza) andaba con un micrófono y un altavoz vendiendo lotes del barrio El Paraíso. En otro de esos lotes sembraba hortalizas y se las vendía al Hotel del Prado; todo lo que ganaba era para invertirlo en la librería. Yo era un privilegiado, ya a comienzos de los cuarenta hacía todos los pedidos, para los cuales me guiaba especialmente por la revista “Sur”, ‘El hijo pródigo’ de México y los suplementos de la Nación de Buenos Aires. Hacía los listados, pedía los libros por correo y me encantaba, cuando llegaban, desempacarlos. Fue una gran librería, allí se formó el Grupo Barranquilla.

—¿También era profesor?

—(Afirma con un gesto complaciente y con ojos orgullosos). En el Colegio Barranquilla fui profesor de Historia de Colombia para primero de bachillerato y tuve como alumno a Mario Gareña. También era profesor de literatura para los de sexto. Al tiempo era subdirector de la Biblioteca Pública Departamental y por supuesto, no abandoné mi noticiero. Ganaba tanta plata que no tenía tiempo para gastarla. Y tenía tantos puestos que hasta tuve que hacer una íntriga para que no me nombraran.

La vida congelada de los recuerdos

—¿Dónde comenzó el periodismo escrito?

—Era corresponsal del Liberal y después lo fui para la Revista Semana, la primera época de la otra Semana; cuando fundaron El Nacional fui redactor de comentarios y entrevistas, y aún tengo la sensación de que siempre he estado en El Heraldo.

—¿De la época tiene anécdotas de viajes?

—Recuerdo especialmente unas vacaciones de Semana Santa en Medellín. Javier Arango Ferrer me llevó a oír el coro de la Iglesia San Benito, pero de paso me tocó el sermón de las Siete Palabras. Todo me divirtió mucho porque cada una de las palabras llevaba una cuña comercial. Tienen una idiosincrasia peculiar; hasta las vitrinas estaban decoradas con temas religiosos. Un mar de telas de Fabricato tenía encima un Cristo. Extraña mezcla...

—¿Y Bogotá?

—En Bogotá, cuando era joven, vivía en una pensión en la carrera séptima, una cuadra antes del Palacio de Nariño. El horizonte no era muy alegre; en la calle siempre había hombres vestidos de negro. Me encantaban los cafés yen especial recuerdo una tarde que fui a vespertina al teatro San Jorge donde vi ‘La luz que agoniza’ que era la primera película doblada donde Ingrid Bergman hablaba en español. La noche la tengo en la memoria porque a la salida del cine me fui caminando, crucé en diagonal la Plaza de Bolívar y en un momento pensé que me congelaba.

—¿Un autodidacta sabio de dónde saca el criterio?

—(Hace un gesto con la comisura de los labios y alza un poco la ceja. Se pone a cantar una canción que dice: ¿Qué criterio? ¿Qué criterio va a tener?...”). El criterio lo fueron dando las circunstancias. Fui y soy un hombre solitario, nunca tuve muchos amigos y preferí siempre estar en busca y descubrir escritores que no estuvieran en los manuales. La lectura me produce una gran alegría.

—¿Tiene predilección por una literatura?

—Tengo una certeza única: me encanta la gran novelística norteamericana: Faulkner, Steinbeck...

—¿Ha escrito cuentos o ha comenzado alguna novela?

—Escribí ocho cuentos. Los destruí casi todos. Alejandro Obregón me dio un gran aliciente, me los ilustraba. Como compensación tengo de Alejo un retrato que me hizo. Pero en esa época llegó mi declaración dramática, no era un creador literario.

—Pero usted es magnífico periodista...

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