Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990


Continuación - Jamas solemne

—Soy consciente de que las crónicas y los reportajes tienen un cierto tono literario distinto. Pero piense si hay tan buenos escritores para qué ser uno más del montón.

  —¿Y la crítica literaria?

—Antes la disfrutaba más porque era más maligno.

—¿Cuál podemos decir que es su profesión?

—Divulgador. Siempre hay que ver las cosas con sentido deportivo y nunca he pensado que estoy haciendo algo trascendental.

—¿Ha sido alguna vez, por algún motivo en su vida trascendental?

—Solemne jamás. Una vez me tocó casi serlo cuando tuve que ir a la Academia Colombiana de la Lengua. Ni siquiera me aburrí, al contrario me reí solo todo el tiempo. La Academia declaraba a Gabo novelista; a su nombre me entregaron un cheque y un diploma. Ya en el almuerzo Félix Restrepo me comentó que tenía serias observaciones sobre el lenguaje de Gabo, cuando hablaba de ‘este pueblo de mierda’. Eso para mí fue como una fiesta.

—¿Qué hizo en Bogotá en el año 58?

—En esa época nos vinimos Susy y Darío que era el único de mis hijos que había nacido. Venía a gerenciar una distribuidora de libros donde duré seis años. Después fui jefe de redacción de Encuentro Liberal. Me fui quedando en Bogotá, casi 23 años.

¿Qué vino después?

—En el gobierno de Pastrana, el ministro de Minas fue Juan B. Fernández de quien fui secretario privado. Después pasó a ser ministro de Comunicaciones y yo asesor del ministro. De allí me nombró director de la Radio Nacional... (se abre un silencio). Era una cosa curiosa, a la oficina llegaban cartas de países lejanos comentando los programas, pero la radio no se oía en Medellín. Por eso uno de los objetivos fundamentales fueron las estaciones repetidoras de la Radio Nacional. Como no podía quedarme quieto me inventé un programa que todavía lo pasan: ‘De viva voz’. Allí grabé a todos los escritores que pude con un criterio muy amplio y se logró un muy buen archivo. Me acuerdo que alguna gente me criticaba porque era locutor. ‘Locutar’ es un verbo que se ha perdido y que tenía dos dimensiones de lo mismo. Ahora los locutores no saben leer, lo único que pueden es hablar. En esa época del gobierno de Alfonso López Michelsen me acusaron de comunista y curiosamente me defendió El Siglo.

—¿Seguía de director de la Radio Nacional?

—No, era peor, era director de la Televisión Educativa. Después y sin ser turbayista, el Presidente Turbay me llamó. Recuerdo que sonó el teléfono a las nueve de la noche. Mi hija Eula contestó el teléfono. Le dijeron “De parte del Presidente” y ella contestó “¿El Presidente de qué?”. Pensé, esto me huele a la dirección de lnravisión. Y así fue, aunque entre la primera y la segunda llamada hubo un extraño intervalo de tiempo. Después me llamó a Palacio. Entre la tensión y el entusiasmo, recuerdo que hablé como nunca había hablado. No soy de largo metraje. Igual me posesionó en Palacio y me dijo: “Germán usted siempre fue mi candidato y lo nombro porque no me mandó ningún padrino político”. Recuerdo que un editorial de El Tiempo decía ‘La inteligencia en Inravisión’. Realicé una campaña para llevar la televisión a la frontera, desde la Isla de Providencia hasta Leticia. Quedó un buen plan para la amplia ción. Esos son los únicos sitios donde hay unas placas donde está mi nombre. Siempre pensé que había que programar una cultura amable y nada ladrilluda. Creo que recuerdan esa época de Inravisión porque fue una licitación poco combativa. No hubo resentimientos.

—¿Usted introdujo la televisión a color?

  —Sí, fue un paso importante inaplazable. Y pasó una cosa muy divertida. El día de la inauguración del color el ministro que estaba nervioso me pidió que lo hiciera yo. En el intermedio, cuando se había dado cuenta de que sí podía, resolvió entrar en escena con la mala suerte que el sonido se fue y usted sabe que en la televisión los minutos son eternos.

 

Lo inevitable y la literatura

—¿Cuándo resolvió volver a Barranquilla?

—En el año ochenta ya pensaba en retirarme. Felizmente esto coincidió con que “El Heraldo” hizo un nuevo edificio, tecnificó sus instalaciones y quería una nueva edición dominical. Todo justificó la ida. Además, Barranquilla es mi lugar; allí me siento bien. En el cuarto piso donde vivo, veo el pedacito de río que me dejan ver los edificios, veo el mar y al otro lado la Sierra Nevada de Santa Marta.

—¿Qué hace usted en la Asociación de Colombianistas?

—¿Qué hago? Mamar gallo. Pero he asistido a seis. En Kansas tuve que leer una ponencia, como la llaman ellos. De pronto tuve que cantar una canción para romper el hielo porque lo académico no tiene el tono humano.

—¿Sobre qué han sido sus trabajos o ponencias?

—Siempre he tratado escritores que he conocido. A Gabo, a Cepeda, a Mejía Vallejo y a Rojas Herazo. Cuento cosas personales, las anécdotas van paralelas a sus libros.

—Usted fue uno de los primeros en escribir sobre Gabo, ¿no es cierto?

—Escribí un comentario en el que afirmaba que en él había un cuentista que iba a ser importante. En “Encuentro Liberal” escribí otro comentario cuyo título era “Cien años de soledad, una obra que hará ruido”.

—Háblenos del Grupo Barranquilla.

—No teníamos propósito específico. Lo único que nos interesaba era hablar y a veces hasta de literatura, pero nunca tuvo pretensiones de ser literario. Era simplemente un grupo de amigos volátiles donde yo era un punto de equilibrio entre todas esas fuertes personalidades.

—¿Cuándo le empezó a interesar la literatura norteamericana?

—Para responderle le voy a contar una anécdota. Alguna vez fui con mi amigo Raymond Williams y Susy en un viaje en carro de Nueva Orleans a Saint Louis donde queda la casa de William Faulkner. En su biblioteca pedí que me mostraran sus libros, y muchos de sus libros eran las mismas ediciones que yo tenía. Recuerdo también que había una placa en la casa que decía: “En esta casa sucedieron cosas importantes para la literatura norteamericana”.

—¿Qué le gusta de Dos Passos?

—La infinita capacidad de innovar.

—¿De Steinbeck?

—La sencillez del relato. Lo importante es que uno a veces se identifica con la gente porque en ellos se descubre a uno mismo.

—¿Y de Faulkner?

—Faulkner es Faulkner, lo mismo que pasa con Mozart. Son historias apartes. Es el auténtico creador de un mundo.

—Si le preguntara cuáles son para usted los escritores más importantes de la literatura contemporánea ¿qué diría?

—Que son los de siempre: Proust, Kafka y Faulkner. De Proust tuve mi relectura anual durante mucho tiempo.

—¿Relee muchos de los libros?

—A la relectura le tengo siempre el temor de la desilusión, por eso prefiero no volverlos a leer.

—¿Qué rescataría de la literatura colombiana?

—A pesar de todo, a la María. Hace poco volví a este libro y sigue siendo una historia bien manejada, con los excesos del lirismo de un poeta. Rescataría a Cuatro años a bordo de mí mismo, La Vorágine que sigue la tradición de escritores de una sola novela.

—¿Y qué piensa de los jóvenes?

—Confío mucho en que se está sacudiendo el macondismo.

—¿Cómo definiría usted el macondismo?

—Fue el resultado de García Márquez y sus circunstancias. En el resto de los escritores resulta fácil.

—¿Qué cree que logró García Márquez con sus Cien años de soledad?

—Lo que hizo Gabo fue abrir caminos. Realmente demostró que la narrativa de aquí lograba ser universal.

—¿Cuáles son los textos de García Márquez que más le gustan?

—El Coronel.

—¿Y de Alvaro Cepeda?

—Los cuentos de Todos estábamos a la espera.

—¿De Faulkner?

—Todos.

—¿Usted escribe todos los días?

—Casi todos los días. Me divierto haciendo las semblanzas de los personajes. Hice una de Vida! Echavarría que me divirtió mucho. La paso bien fabricando antigüedades. Siempre es toy en búsqueda de mundos interiores, pero con un tono de humor para no perecer en la nostalgia.


ANA MARIA ESCALLÓN

(Tomado de: La Prensa (Bogotá), mayo 26 de 1991, págs. 10 y 11).