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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
GERMÁN VARGAS,
VENTANA AL MAR
Estoy por creer que se murió de súbito, sin
avisar, como algún personaje de sus novelas preferidas, con la sola intención de saber
de veras si era cierto el cielo.
Porque ese sentido de la
utopía, de las grandes quimeras, hacen al mejor hombre un pasajero de la dicha de llevar
consigo mismo el paraíso y le otorga el milagro de conversar con todas las cosas que le
rodean, a ese enigma bello, sugerente, sin tiempo, que es el universo. Uno se asombra cada
día de la obstinación de ese mago clandestino e invisible, que es el universo, siempre
dándole cuerda a los amaneceres, siempre con la misma
intensidad, siempre con el mismo
hechizo de no parar.
Lo grande y ejemplar es este hombre, según la
visión de un amigo, es haber seguido siendo él mismo desde siempre, con la misma
transparencia y la misma dulzura de vivir, leer y conversar. Con los días, el personaje
que intenta incendiar un burdel de las eternas muchachitas que se acostaban por hambre
para demostrar en verdad que el burdel era una invención de los amigos, terminó por ser
el mismo hombre de todas las mañanas escribiendo Un
día más y una Ventana al mar, en El
Heraldo. Nunca pretendió ser algo más que un amigo imprescindible, leal, de sus amigos
de siempre, de los de antes y ¡os de ahora, y por eso las columnas en el periódico no
eran otra cosa que una manera sencilla y eficaz de acompañar una fecundidad creadora, una
ebullición constante de las letras y el pensamiento, que hacen de este país una de las
potencias culturales de América Latina, a pesar de sus guerras bizantinas, de su
permanente e inútil culto a la muerte. Pero eso no va a parar como la fuerza fantástica
con que se generan los amaneceres. Es el verdadero ímpetu metafísico de soñar y crear,
y el deseo irremediable de responder con actos y augurios felices, la tercera y cuarta
preguntas kantianas: ¿Qué me es permitido esperar? ¿Qué es el hombre? Y una segunda e
inminente pregunta para los tiempos que vivimos: ¿Qué debo hacer?
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Este hombre de ojos verdes, de
un verde luciferino, devorador de todos los libros, de los aprendices y los
consagrados, el mismo que en una semana
se despachaba a todo Proust,
según la versión de su amigo Alfonso Fuenmayor, era ante todo un hombre caribe con
vocación de universo, con una paciencia sobrenatural, de abuelo dulcificado e intemporal,
para atender a cualquier ser humano y para acompañar la vocación naciente y demoníaca
de la escritura.
Lo más bello de eso que se
llamó el Grupo de Barranquilla, y que ni fue otra cosa distinta a un imperio ejemplar de
la amistad entre creadores:
novelistas y pintores, poetas y
cineastas, fabuladores, en suma, seres imaginantes, es que a pesar del tiempo, a pesar de
ese riesgo de convertirnos en una cifra petrificada, el grupo fue una lección de
modernidad y autenticidad, de desmitificación y hambre de crear. Crónica el semanario
del grupo, una publicación sabatina de carácter deportivo-literario que según Germán
Vargas, repartíamos de tienda en tienda y cuyo producido, que desde luego era
ínfimo, recogíamos también de tienda en tienda en especies bebibles, era otro
ejemplo de cómo el periodismo se debe asumir como género literario, con una visión
universal de lo regional. El jefe de redacción de Crónica era Gabriel García Márquez,
y Germán Vargas estaba en el comité de redacción.
No solamente fue la literatura
el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente, en el caso
específico de Cepeda Samudio, sino que en el caso de Gabo y el de Germán como lector y
crítico fue, esencialmente, una forma suprema del destino. Ya no había ningún acto de
la vida por muy simple que fuera que no tuviera que ver con la literatura, inclu
sive, la vida misma
fue un modelo, una pieza de transmutación poética, para hacerla más bella y para que la
escritura contribuyera en ese mismo destino del mar y la belleza.
El verdadero ejemplo de ese
grupo, no es otro que el haber convertido la amistad en una forma necesaria y suprema del
arte. Para eso se inventaron las columnas de los periódicos:
para acompañar la gestación de
una obra, para descubrir y para convocar, para interpretar y traducir la realidad. Para
eso mismo se inventaron los medios de comunicación: para que el ser humano sintiera y
supiera que no estaba solo, que las palabras y las ideas pueden ponerse al servicio de su
salvación. Y para que las imágenes y la transmutación de esa realidad, lo llevaran a
otro estado, más puro y bello, más noble y sensible: el de la poesía, la última
conquista humana a través de la palabra.
Con Germán Vargas, Colombia no solamente tuvo un
día más para la belleza, una ventana al mar de
las ideas y el humanismo, sino que tuvo a un gran hombre, un tratado de humildad y de
ternura.
GUSTAVO TATIS
GUERRA
(Tomado de: El
Espectador: Magazín Dominical (Bogotá), núm. 428, julio 7 dE 1991, pág. 1).
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