Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

LA MUERTE DEL PATRIARCA


Muchos años después, Germán Vargas reencuentra a Alvaro Cepeda S.

En el balcón de su casa en Barranquilla, se podía ver todas las tardes un libro abierto balanceándose al compás de una mecedora. Después de su jornada diaria, que empezaba a las cinco de la mañana, Germán Vargas abría la puerta de la casa para dejar que irrumpiera la brisa fresca y —con su libro de turno— se instalaba en la mecedora del balcón hasta cuando la luz del sol se iba.

Tenía 73 años de libros y cigarrillos Pielroja, de amigos y tertulias, de trabajo y familia. La guayabera blanca a duras penas le apuntaba en la cima de la barriga, y un hilo de humo siempre estaba cruzándole la cara. En ella, había empotrados —como una piedra— un par de ojos azules que tenían la virtud de poder sonreír más que la boca.

Nadie lo había visto envejecer, porque las canas en su caso, eran cuento viejo. Las tenía hace tiempos y habían congelado su aspecto en una edad indefinida. Tampoco se le conocían dolencias. Iba y venía entre Bogotá y Barranquilla, para atender asuntos que le daban el sustento y para ver a los hijos y a Valeria, su única nieta.

Cuando tenía audiencia, se sentaba sencillo en la sala de su casa a contar historias viejas del “Grupo de Barranquilla”, y se reía a carcajadas. Álvaro Cepeda (desaparecido hace años), Alfonso Fuenmayor, el viejo Ramón Vinyes y “Gabito”, pasaban por su crónica haciendo malabares literarios y vivenciales que Germán Vargas recreaba sin orgullo, con cariño. Fueron los amigos del comienzo y son los del final.

A pesar de la vida discreta que llevaba, no podía evitar el porte de patriarca. Un patriarca lento, que hablaba con parsimonia, fumaba sin tregua y se reía para sus adentros todo el tiempo. Era el mejor amigo del Nobel, tuvo cargos importantes, se movió en los altos círculos y conoció el poder. Pero cuando en su casa se terminaba de comer, don Germán se instalaba frente al lavaplatos y daba cuenta de los trastos sucios. Lo hacía por terapia.

Si algún lugar va a sentir su ausencia, es su oficina del periódico El Heraldo, en donde religiosa y diariamente hacía de la escritura un rito, y de la que se escapaba en busca de un libro para saborear en el balcón de su casa. De allí sólo se paraba cuando lo cogía el sueño, o cuando sonaba el teléfono que lo mantenía atado a Darío, Mauricio y a Eula, sus tres hijos. Fue un hombre de una sola compañera: Sussy Linares.

Su muerte se parece a él mismo: discreta, silenciosa y solitaria. A las cinco y media de la mañana de un día cualquiera, llegó la Parca y don Germán —sin decir nada— se fue con ella.

SILVIA DÁVILA  

(Tomado de: Semana (Bogotá), mayo 28 de 1991, pág. 196).