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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
SE
FUE GERMAN Y LLEGO PACHO
Se
murió con la misma discreta dignidad con que había vivido: sin
molestar a nadie y sin ruidos. Podría decirse que marchó en
puntillas por unos caminos que a otros les parecía reclamar que
se taconeara.
Huyó
instintivamente de la lisonja, de los homenajes, del poder, del
dinero. De todos los que formaron parte de eso que algunos han dado
en llamar el Grupo de Barranquilla, fue probablemente el único
que no se lo tomó muy en serio. Tenía una poderosa humildad que lo
preservó inmaculadamente de cualquier veleidad. Y un pudor
intelectual que sólo cargan quienes de verdad tienen algo de eso.
Escribió
de la misma manera que vivió y dejó de hacerlo: con una prosa
desprovista de adjetivos, de relum
brones,
de efectismos. Simplemente engarzaba las palabras para una estética
limpia y fácil que sólo logran quienes no olvidan que las frases
tienen sus propias trampas.
Tímido
hasta la humildad y humilde hasta la exageración, ambas cosas
fueron más que el sincretismo de su única religión: la inocencia.
Haber recorrido lo que valía la pena leeise, no comprometieron
nunca esa inocencia que se delataba en esos ojos verdes y mansos.
Como ya no hay inocencia puede decirse, sin exceso alguno, que Germán
fue el último.
En marzo
pasado, siete días después de los idus, apenas unas horas después
del inicio de Aries, festejamos juntos lo que, ahora lo sabemos, sería
su último cumpleaños. Nos volamos a media noche de un coctel para
refugiarnos en eso que Enrique Santos Calderón gusta llamar
nuestra plaza Garibaldi. Allí, en una mesa virtualmente
dispuesta en la mitad de la calle,
saludamos
con guacharacas, acordeones y cajas, el regreso del sol.
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Tuve el
inmenso privilegio de ser su amigo. El hecho de que fuésemos tan
distintos fue el pretexto para que comprendiera, con una generosidad
casi piadosa, mis precipitadas ansiedades. Nunca olvidaré que se
ofreció voluntariamente cuando cometí la estupidez de aceptar
una oferta para encabezar una lista al concejo de Barranquilla, para
ser el segundo de esa lista. Hasta me acompañó a las barriadas en
desarrollo a aquella aventura disparatada muy a pesar de que
detestaba lapolítica y desconfiaba de quienes la hacían. Era lo más
lejos de
un
cortesano y jamás lo impresionaron los príncipes. Antes que
comenzaran los escrutinios mi cadáver político no estaba en
Puerto Mocho, un lugar cercano a Bocas de Ceniza a donde la imaginería
popular cree que van a dar los entarulladosde lajornada, sino
en el mismo Golfo de Méjico. Fue él quien me convenció de que no
habría podido pasar nada mejor.
Un
reciente, sofisticado y minucioso examen médico había comprobado
que seguía teniendo una salud a toda prueba. Menos, claro está,
para la prueba de la muerte artera. Para morirse, ya se sabe, sólo
hace falta no haber muerto antes. Por eso puede decirse, a pesar de
más de siete décadas vividas a plenitud, que su muerte fue
precoz. Nada hacía verosímil que algo así fuera inminente. Ni los
pulmones limpios a pesar de medio siglo de kilómetros de
pielroja.
Se fue de
la vida un hombre de verdad bueno, de esos que ya no hay. Cada vez
que eso ocurre habrá que lamentarlo. No sólo por la amistad y el
dolor, sino por la vida toda que a veces se empeña en parecer una
partera de mediocridades repetidas.
ARMANDO
BENEDETTI JIMENO
(Tomado
de: El Tiempo (Bogotá), mayo 25 de 1991, pág. SA).
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