Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Tres vueltas de tuerca más


Si la muerte me la dieras tú
Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo
Unión Nacional de Escritores (Une), Tolima,
Fundacultol, Pijao Editores, Ibagué, 1990,
100 págs.

Este volumen, Si la muerte me la dieras tú, con sus escasas cien páginas impresas con letra grande y rica de leer, con blancos y espacios, es el número 54 de la colección de la Unión Nacional de Escritores (Une), Tolima, tierra pródiga en escritos: 54 es un número grande.

El autor, Jesús Alberto Sepúlveda, es un ganador de concursos de cuento —seis entre otros—. El libro trae algunos de ellos, otros, y pequeñas páginas con imágenes, o lo que él llama Retratos, todo sucinto, de fácil lectura. Si la muerte me la dieras tú se despacha en una breve sentada.  

La primera parte, “Los cuentos”, presenta una serie de textos cortos más elaborados, como el que da título al libro. El tema de su obsesión es la muerte, la muerte del cuerpo físico, disparos, cuchilladas, envenenamientos, la muerte a cada quien cuando le corresponda, ni antes ni después. La muerte producida por suicidios o la muerte de alguien que quiere morir y la vida se le atraviesa. La muerte así no más, dejando de lado todo lo que corresponde a la muerte: la vida. Los personajes de sus cuentos son prostitutas, vagabundos, matones, vacíos por dentro, descritos con fluidez de adjetivos y en una plenitud de momentos pero planos. Los escenarios son puntos repetidos, y el paisaje son las calles con nuestra miseria y los cuartos de hotel; claro, hay excepciones, pero en general los ambientes son sórdidos y fríos.

El autor maneja el lenguaje, narra, describe con minuciosidad, hasta el abuso, los detalles; tiene ritmo, trata diversos temas: contar un chiste, ilustrar un refrán, hacer un epitafio, o algunos más complejos, pero se queda por encima, sin entrar en alguna complejidad, si ya había sido escogida; sin trabajar el humor, sí lo plantea, como en Sopa de letras; sin tocar la magia, sí la menciona; sin deleitarse y deleitar con el sobresalto, sí le gusta. Deja las situaciones sin agotar, escoge el camino fácil. Harían falta quizá tres vueltas de tuerca más.

Los retratos son brevísimos, textos condescendientes, aunque le hubieran costado un esfuerzo escribirlos. No quiero decir con ello que un texto corto no pueda ser lo profundo que se logre entregar. Le gusta usar imágenes comunes, lugares gastados: un preso que llora, un viejo triste que muere solo, un encuentro con una puta, una loca, un itinerario ¿y qué? Al final todo está de nuevo en el mismo sitio, olvidado, porque nada ha ocurrido por dentro, donde la emoción se produce, porque afuera todo se lo lleva el viento o un ladrón.

La última parte: “Todas las muertes” y “Epitafios”, son escritos también mínimos sobre situaciones de muerte, homenajes a vidas anónimas. Una muerte que pasa por encima del anonimato sin tocar a nadie, ni siquiera al muerto: un torero, una rumbera, un billarista. Cuando terminamos queda la sensación de que Jesús Alberto Sepúlveda hubiera elaborado la fórmula y la repitiera: despachar representaciones en breves líneas con letra grande, él, un hábil hacedor de imágenes y de textos cortos.

Pero también queda una reflexión: ¿qué se necesita para publicar un libro? Una editorial departamental sedienta de autores propios para cumplir su papel de productora para el mercado de las ferias de libros, o que los innumerables y sospechosos concursos de cuentos del país avalen los productos de un autor.

Si la muerte me la dieras tú tiene de valioso que el autor valiente y generoso ha entregado su trabajo para la lectura, y el esfuerzo de los editores por sacar a la luz un libro en Colombia.

DORA CECILIA RAMÍREZ