Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Continuación - Versos de lince

Al final del prólogo, Germán Espinosa deja a los lectores la tarea de examinar hasta qué punto había en López un elevado principio de ética y religiosidad. En varios versos el sujeto “avizora” la posibilidad del suicidio 6 . Podríamos, ahora, dirigirla interpretación de esta poesía como ritual. Por ejemplo, aquello que hacen los gatos en los techos tiene, por las alegorías eclesiales (“erótica pasión luciferina”, pág. 60; “en el silencio de la ciudad levítica”, pág. 74, un valor que apunta a lo opuesto. Esto es más claro cuando se expone desde el anverso: “Mas sabed, ítem más, señora mía,! que mi amor, aunque mi ánima es agreste,/ non trata de facer cosa fullera,!! pues con la mi cuaresma en alcancía,! ¡qué ha de haber —según dixo el Arcipreste—/ juntamiento con fembra placentera!”(Para vuesa merced, pág. 64). Aquí vemos que el cultismo no sofoca sino aviva aquella picazón que mueve a los seres humanos. No es sólo que la abstinencia descanse en vasija cerrada. La palabra alcancía es, según el Diccionario de la Real Academia y en acepción de germa­nía, ‘padre de mancebía’, lo que nos lleva así mismo a ‘casa de mujeres mundanas’. Es decir, que el Tuerto —para abreviar el trajín— echa continuamente mano de una particular ambigüedad en el decir. Aquí huelo yo una posible llave para el estudio de su poesía. Intentaré explicar por qué. En el poema Campesina, no dejes... (pág. 61), hay una estrofa que tiene que ver con lo dicho anteriormente, pero esta vez con el reverso de la sutileza (así va la palabra: una veleta). Después de presentarnos a la hermosa muchacha (rubia, como la del soneto de Garcilaso; y añadirá López: eres égloga!”) codiciada por los mirones (incluido el cura, por supuesto), la voz poética se torna más explícita, a mi entender, sin salirse ni un centímetro del decoro: “Porque tú, campesina de sombrero y refajo,/ cuando pasas en burro —sandunguera y sabrosa—! ¡pones alas y trinos del jilguero en el grajo!”. No hace falta volver a Juan Ruiz para testificar que el amor tuerce lo feo en bello y lo flaco en rellenito, entre otras ilusiones ópticas. Germán Espinosa constata —en su muy atenta lectura— que el poeta siempre juega en varios niveles:

La gracia eminente de Luis C. 
López consistió,justamen te, en 
hacer brotar la
poesía de donde 
menos pudiese esperarse, inclui­
da la “por quería/ de perro en un 
petril” o las “alas y trinos de 
jilguero en el grajo “que aporta 
la campesina garrida de cierto 
poema, ya que, en nuestra costa 
atlántica (y el diccionario la acompaña), 
por
grajo se entiende no un ave córvida 
tan sólo, sino también el mal olor axilar. 
[pág. 35].

Yo quiero aventurarme, siguiendo la pista ael anverso y reverso, en la vereda más obvia (quizá la menos explorada). Aquí regresan las canciones populares a poner el hombro. No se me ocurren otras que un huayno y un par de valses para referirme a los eufemismos. La composición de la sierra peruana dice así: “Quisiera ser picaflor! y que tú fueras clavel! para robarte la miel! del capullo de tu boca...”. Sí, hay dos niveles aquí. Uno es el del beso, que la metáfora proclama; pero el otro necesariamente se yuxtapone al pico del colibrí hur­gando el capullo como botón de rosa (además de otro significado más orgánico —cf. el diccionario, por favor— que complicaría la interpretación). en fin. Veamos los valses. El de la Guardia Vieja (Cenizas) comienza con cautela: “Abreme y no me cie­rres! la puerta de oro! del cofre de la ventana! que hay en tu pecho...”. El de Felipe Pingbo (Amor iluso) no pierde tiempo: “Ven, dame a mí, morena tú! el trono de tu amor genial! que yo pagaré este favor! con amor eterno, pasional...”. En las tres canciones el hablante reclama aquello que se expresa como el fruto de una seducción, un ruego, una promesa. En el poema de López, el verso “¡ pones alas y trinos de jilguero en el grajo!” resulta más picarón cuando uno lo lee en ese sentido, sin entrar en la acepción cultista! popular del habla. A mi lectura le sugiere que la belleza de la joven alborota al grajo, vale decir, al protagonista estelar del mito del Ave Fénix, que, como sabemos, renace sexualmente después de un rato, un ratito o un ratazo (según). Entonces, aquí grajo nos recordaría que las más comunes alusiones a la masculinidad implican casi siempre un doble valor: tamaño desmedido, pero también fealdad; orgullo, pero además prohibición. A su vez la campesina tiene ojos “donde anida el pecado” y su mirada es “maligna” por una razón: “dulce sonrisa que me ha dicho esa cosa! que le dice a un goloso la entreabierta granada...” (pág. 62). Más claro, el agua bendita. Entonces el grajo “invierte” su signo para ponerse a la altura de la beldad que lo ha sacado de quicio: vuélvese jilguero por efecto de tal presencia   (sublime, añadiría), lo que no impide, obviamente, que se eleve y silbe.

Esta interpretación nos conduce a un quehacer amoroso: la escritura poética. El componente sexual en la obra de López tiene la graduación específica de un símbolo: el lazo que se transforma en horca. Estamos de nuevo ante una tentación (el erotismo) que la vida cotidiana (la unción) vuelve insoportable. En un principio será el paisaje: “dos bueyes con un ritmo amargo! llevando en su mirar, mimosoylargo,/ ladejadezde la melancolía...” (Tierra caliente, pág. 45). Luego se achica el cerco: “Su mujer, una chica nerviosamente guapa,! que lo tiene cogido como con una grapa...” (Hongos de la riba, II, pág. 49). Finalmente se expresa con pelos y señales:

Cruzan por esta vida amarga, 
paradójicamente larga, 
como van los bueyes de carga.. 
[Non plus ultra, pág. 50].

Pero
para hacer estas cosas sujét ate a
la ley
de todas las divinas y humanas
tonterías, sin asomo de pena, sin torpes rebeldías,
fingiendo la indulgente ¡pasividad del buey.

[Canción burguesa, pág. 52]

¡Cómo   te han puesto, chico!.. 
La voz resquebrajada
de mollejón que tiene tu mística mujer,
te suelta cada frase que pide una trompada...
Y tú, siempre apacible como en ¡la noria el buey.

[A un amigo, págs. 82-83]

Si el yugo, en sentido figurado, es “el velo en la ceremonia de casamiento”, me inclino a pensar que esta obsesión de L. C. López con el buey pide ser leída como reivindicación de la distancia que toma la voz poética frente al modernismo, cuyas dotes métricas ya han sido aceptadas. Este alegre amancebamiento de la palabra con un cuerpo de ideas fijas y modales nada espontáneos para su edad (seguimos en el modernismo, porsiaca) ha entregado a las letras hispanoamericanas un vástago de impresionante vitalidad. Creo que en este funcio­namiento de la poesía de López (el haz que descubre u oculta sus caras:

anverso/reverso en lugar de alto/bajo) se aprecia una actitud ejemplar. Ética del lenguaje, ni más ni menos.

EDGAR O’HARA  

 

6 Cf. “Y todo, en el fastidio! del ambiente letal, sin una fresca! pincelada de luz, me dice a gritos! con hierático gesto! y elocuente mudez: —¡pégate un tiro!” (Misantrópica tarde..., pág. 66); "¡Oh sí, qué vida sana! la tuya en este rústico retiro,! donde hay huevos de iguana.! bollo, arepa y sus­piro,! y en donde nadie se ha pegado un tiro!” (Egloga tropical. pág. 75).  (regresar6)