Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 26, Volumen XXVII, 1990

Vigilia


Cuaderno de tareas
Dora Cecilia Ramírez
Editorial el propio bolsillo, Medellín, 1990,
149 págs.

Con frecuencia se ha hablado del “extrañamiento” que suele causar la lectura de narrativa escrita por mujeres. He de confesar mi resistencia a entender tan peligroso término, y he de confesar también lo prometedor que resulta ante el extrañamiento que me producen ciertas lecturas. El encuentro con los nueve cuentos de Cuaderno de tareas empieza con un resquemor de mi parte: siento que ya lo he leído en otro sitio, que me lo contaron, que lo conozco; y a medida que la lectura me absorbe por completo, me doy cuenta de que en realidad la autora me está hablando de cosas que me son familiares, con un tono que nos pertenece a ambas, con historias que me reflejan; en un lenguaje tan propio, que me extraña.

La sensación se va transformando en complicidad y, al recorrer las historias de estas mujeres, tengo la sensación de que he permanecido en vigilia junto a la autora, que observa, sin ser vista, cómo sus personajes pasan del sueño a la duermevela, de la duermevela al ensueño y de allí a la vigilia. Tales acrobacias creo que las consigue la escritora con tres recursos básicos: el primero, un narrador omnisciente que, además de saberlo todo, lo interpreta y lo relaciona con el pasado y con lo onírico; el segundo es un tono particular, clave para hablar de este libro, por lo que lo retomaré de nuevo; y por último un juego de planos narrativos que, sin ser muy atrevido, combina en algunos cuentos dos acciones diversas y en otros el mundo del sueño y el de la realidad que se unen en un mismo final inesperado.

Es casi un lugar común hablar de que el tono de un texto es el que realmente se roba al lector y lo que definitivamente permanece o se olvida. En Cuaderno de tareas el tono hace eco, quiero decir que se escucha cuando se lee, como voces que se recuerdan. Algunos de esos ecos dan título a Tan bonita Otilia y Blasina, ¿a dónde vas?; este tipo de oración se usa a través de los cuentos, creando una sensación de oralidad sin serlo, ya que, aunque también se usa el diá­logo, la acción está siempre manejada por el narrador omnisciente. La particularidad del tono logrado, ade­más de colocar al lector en una situación concreta y particular, dan otra clase de información: cuando Blasina, que todavía se encuentra en el orfanato, recibe una carta de su única amiga, Beatriz —quien se había escapado— y lee: “La espero en Ibagué. Véngase, boba” (pág. 118), una puede ver el gesto en la cara de Blasina y sentir el frío en el estómago. El tono de los personajes es, con todo, elaboradamente simple e interior, las mujeres de los cuentos piensan en voz alta, y la narradora que las observa desde su vigilia, también.

Las historias narran las vidas de mujeres simples y corrientes, y evocan la profundidad que encierra la aparente simplicidad de sus vidas. Todas parecen haber sido sorprendidas en un día cualquiera en uno de sus definitivos actos cotidianos. Margarita Castaño decide llevar a sus últimas consecuencias la única ocurrencia de su vida, y la vemos frente al espejo de un hotel en San Andrés, con las joyas de su robo envueltas en una pañoleta; la muda bogotana, cosiendo su rosita de croché y pensando en Sebastian, “Tan atento, ¿será el dueño?”, mientras él “pasa diciendo adiós con la sonrisa (pág. 27).

Otilia y Rubiela se encuentran enfrente de la Caja Agraria, no se han visto en años, no se han hablado a los ojos desde la promesa adolescente en la capilla de la Virgen; Otilia trabaja en Bogotá gracias a su tío lagarto y violador; Rubiela se quedó en el pueblo, tiene cuatro hijas “pero un hogar bonito, pa’ qué” (pág. 53). El cuento es sobre la sorpresa envidia mutua, sobre la lluvia que cae inexorable sobre sus vidas, sobre la saliva que hay que tragar cuando no hay palabras justas. Este cuento y el de Margarita Castaño se ubican dentro de los que tratan temas estrictamente cotidianos; en otros se mezclan diferentes planos de la realidad. El tercer cuento perteneciente a la primera línea sería El resplandor de un sueño, que se adentra en el territorio prohibido del convento, donde “sor Modestia, picada por humana curiosidad” recibe una nota que la devuelve a su decisión de adolescencia: “no te quiero amar tanto” (pág. 46), y sor Vicaria, dedicada a su devoción santa, eleva una plegaria que les permite borrar el pasado. Este cuento, que pisa terrenos santos, está lleno de una picardía inocente y ácida, sobre un hecho sin consecuencias, insinuante y pulcro. Seguiría La escogida: Gea Ramírez se ha ganado el concurso de la colgate: la visita en persona de la Virgen de Fátima por una noche entera. Después de todas las peripecias a la que la obligan los de la colgate, Gea recibe la visita, y la virgen le hace el milagro pedido, pero la única sensación que le queda es que ojalá se vayan y la dejen dormir: humor y ridiculización de ese mundo diario donde están prohibidas las esperanzas.

Después de la narración de Gea, que toca territorios no reales, podemos establecer la conexión con el otro tipo de cuentos. El primero sería A la salida del laberinto, una ensoñación en la que se mezclan dos tipos de realidades, haciéndose difícil desentrañarlas. La señorita Maribel nos da la clave del estado en el que viven varios personajes de los cuentos: “...está dormida, su espíritu entra en otra dimensión, en aquella de donde a veces no hay regreso, o se tarda demasiado, o se queda envuelta en la danza interminable” (pág. 80). La misma situación de Blasina, quien, por decisión a la vez propia y sobrehumana, se petrifica en el único camino aparentemente cierto que se le había presentado en su vida. El terreno de las obsesiones funciona como otra realidad, más fuerte o inseparable de la realidad misma; es la fuerza extraña que le hace crecer alas dolorosas y verdaderas a Marina, para cumplir su destino de ser ángel, la misma obsesión que convence a Maruja de su encierro. Por último hay que mencionar el cuento Después, la narración más sorprendente. Ana, en su universo de olvido, trata de desentrañar su relación con Pedro. La Cenicienta, habitante presa de un libro olvidado, vive después que el príncipe la saca de la casa de sus hermanas para hacerla princesa. Estas dos narraciones trabajadas con lenguajes muy diferentes, logran unir a los dos personajes en una intuición del lector: La princesa que vive la primavera como Cenicienta y el verano como Bella Durmiente, el otoño como Caperucita Roja; vive su invierno olvidada en el mismo frío que sobrecoge a Ana en su mundo distraído de Bogotá.

Con éste, su primer libro de cuentos, Dora Cecilia Ramírez se coloca en la línea de narradoras latinoamericanas contemporáneas que buscan una voz dentro de ese lenguaje que les han contado, que han escuchado: familiar y cotidiano. Se coloca en la línea de narradores que buscan la sorpresa en una realidad más que sorprendente sorprendida. Refleja un aire de atemporalidad poco común; con escasas referencias al mundo exterior, los cuentos son muy intimis­tas y simbólicos; y tienen un tipo de descripción cercana a lo cinematográfico, que deja ver la formación anterior de la autora como guionista de cine. Por último hay que mencionar el excelente trabajo de ilustración de Diana Castellanos, que le aporta al libro no sólo en diseño, sino que ofrece una lectura complementaria a los cuentos, cristalizando la frase exacta en un dibujo: diez para las dos en su cuaderno de tareas.

ÁNGELA MARIA PÉREZ