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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
La ignorancia
gozosa
El nadaísmo colombiano o la
búsqueda de
una vanguardia perdida.
Armando Romero
Tercer Mundo Editores, Ediciones Pluma,
Bogotá, 1988.
Si se toma en serio lo que Armando Romero
dice en el prólogo de su libro, entonces hay que suponer que su trabajo persigue
demostrar que el nadaísmo fue el primer movimiento de vanguardia en Colombia. Para ello
Romero anuncia un primer capítulo que ha de ser un recuento del "acontecer literario
colombiano de este siglo", con el propósito de "demostrar que no existió un
movimiento de vanguardia en la literatura colombiana hasta la aparición del
nadaísmo" (pág. 9).
Para ello hubiera sido necesario que
Romero empezase por clarificar el concepto de vanguardia con el que trabaja y
que justificase el empleo de dicho concepto cuya utilidad teórica no puede darse por
sentada, por lo menos desde la publicación de La estructura de la lírica moderna (1956)
de Hugo Friedrich, desde la cual todos los así llamados ismos pueden, como escribiera
Jurgen von Stackelberg en el epílogo a la edición de 1985 (Rowohlt), "ser
reconocidos como parte de un desarrollo más general".
Pero es precisamente este
"desarrollo más general" lo que Romero no quiere o no puede tener en cuenta, lo
cual lo conduce a permanecer, tanto en su tratamiento de la vanguardia como en el de lo
que él llama "el acontecer literario colombiano", en un plano difuso,
anecdótico y enumerativo.
El comienzo del primer capítulo,
"Las vanguardias en Colombia", muestra que Romero, a pesar de que suponía que
estaba escribiendo un libro sobre un movimiento que él consideraba de alguna manera
vanguardista, no pensó ni siquiera en plantearme el problema de las vanguardias, ya que,
en el único intento de definición de las mismas que hace a lo largo de todo el trabajo,
se ve que la idea que tiene de las vanguardias no difiere para nada de los lugares comunes
que manejan algunos textos escolares que hace tiempo debieran estar en desuso.
Para Romero las vanguardias no son otra
cosa que aquellos movimientos (que él llama, por alguna inescrutable razón
lingüística, "postulados") "que vieron amanecer el siglo impulsados por
el vuelo sugerente del simbolismo, las superficies pulidas del parnaso, la luz difusa del
impresionismo y el hálito siempre vivo del romanticismo para llegar al cubismo, al
dadaísmo, al surrealismo, al creacionismo, al ultraísmo, etc." (pág. 11). Con
esto, Romero cree que ha cumplido con su deber de clarificarle al lector lo que él
entiende por vanguardia y cree que puede entonces pasar a hacer el "recuento de islas
e islotes que manchan esa cara de país católico y conservador por excelencia" que,
según él, constituyen los conatos vanguardistas en Colombia.
Antes, sin embargo, anuncia una revisión
del panorama político social en que [los islotes, se entiende] se inscriben" y se
lanza a exponer una versión mínima de la historia de Colombia, desde la independencia
hasta el Frente Nacional, en la que logra repetir, en poco más de una página, todos los
tópicos a que ha tenido acostumbrado al país desde hace tiempo la izquierda más
maniquea, dogmática y reduccionista.
Y después de dar su lección de historia
de Colombia (en lo que llama un "análisis expresionista", lo cual demuestra que
ni sabe lo que es un análisis ni ha entendido al expresionismo), pasa a dar su lección
de historia sobre la literatura colombiana en el siglo XX, desde Silva hasta el grupo de
Mito. Esta lección de historia literaria oscila entre el ditirambo, cuando habla de un
escritor que le gusta, y la descalificación arbitraria, cuando no le gusta, sin
prcocuparse una sola vez por fundamentar un juicio. Baste, para ejemplificar esto, tomar
el caso de su juicio sobre la generación del Centenario (sobra decir que para hacer su
"historia literaria" trabaja con los parámetros que se encontró a mano, como
el del concepto de generación, y no se tomó el trabajo de cuestionarlos), a
cuyos miembros califica como "influidos por el peor modernismo" sin preocuparme
por explicar cuál es el "peor modernismo" y cuál el que él seguramente,
considera como el menos malo ni por precisar en qué consistió esa influencia sobre el
grupo del Centenario. Lo cual era de esperarme, si se piensa que, a lo largo de todo el
libro, no hay un solo asomo de tematización del modernismo y su recepción en Colombia,
lo cual hubiera sido un requisito mínimo para un trabajo que, según su título y su
propósito declarado, tenía que ocuparme de las vanguardias y su ausencia en Colombia.
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Por otra parte, aunque el recuento de la
historia de Colombia y la consideración de la historia literaria del país se hubiesen
hecho con una seriedad mediana, éstos de cualquier manera hubieran sido inútiles para el
presunto propósito del trabajo, ya que, al no establecer una relación, primero, entre
historia y literatura, y, después, entre el marco histórico que hizo posibles las
vanguardias europeas y el marco histórico latinoamericano, en general, y colombiano, en
particular, se hace entonces imposible todo análisis comparativo serio entre las
vanguardias europeas y los conatos vanguardistas hispanoamericanos.
Y esa imposibilidad para mirar un poco
más allá del propio patio es la misma que conduce a Romero, en el capítulo II ("La
violencia"), a hacer mitología cuando cree, o quiere hacer creer, que está haciendo
historia. Aun haciendo abstracción de que, con respecto a hechos que históricamente
pueden documentarse, Romero no argumenta ni cita documentos que avalen sus puntos de
vista, podemos encontrar el tono mitológico cuando Romero se atreve a hablar, con una
seguridad digna de un profeta del Antiguo Testamento, de lo que hubiera ocurrido si la
historia hubiese sido de otra manera. Así, según él, si Gaitán no hubiera muerto
"no los iba a engañar [a los obreros] miserablemente como había sucedido con todos
los políticos anteriores". Romero, entonces, no sólo predice el futuro, como
cualquier adivino vulgar, sino que predice incluso un futuro que no fue pero, que según
él, no sólo hubiera podido ser sino que hubiera sido irremediablemente si ciertas
circunstancias se hubieran dado.
Pasemos por alto el que la afirmación de
que "todos los políticos" anteriores a Gaitán hayan engañado a los obreros no
vaya avalada por ningún respaldo documental y se quede, por tanto, a la altura de un
aserto dogmático, lo mismo que es un aserto dogmático el considerar a Gaitán como un
incólume mártir que hubiera estado destinado a la redención de las clases más pobres,
sin tener en cuenta, así fuera para refutarlos, algunos trabajos que se han preocupado
por mostrar algunos elementos fascistas y protofascistas subyacentes en el pensamiento de
Gaitán (véase, por ejemplo, el trabajo de Juan Guillermo Gómez y José Hernán
Castilla, en el número 2 de la revista Investigar, en el que se establecen ciertas
relaciones entre el pensamiento de Laureano Gómez y Gaitán), paralelos a los elementos
protofascistas de otros movimientos populistas latinoamericanos, como el peronismo
argentino. Pero lo que ocurre es que a Romero poco o nada le interesa Gaitán como figura
política. Si le interesara se acercaría a él críticamente. Su interés por el caudillo
liberal (recuérdese que cierto militar gallego de alta graduación también fue llamado
"el caudillo", con lo que ésta palabra se convierte en la traducción más
precisa del término alemán Führer, ya que recoge, parte de su connotación negativa) es
de naturaleza estética y épica, como lo ha sido para buena palle de la historiografía
nacional, lo que lo lleva a lo que Walter Benjamin llamaba una "estetización de la
política" (El arte en la época de su reproductividad técnica, 1936) y era
considerado por Benjamin mismo como una de las herramientas ideológicas del fascismo y
del belicismo.
Esa "estetización de la
política", en la que Romero incurre inconscientemente, conlleva una de la acción en
general y en panicular de la acción violenta. El que Romero, que se define a sí mismo
como nadaísta y que incorpora incluso algunos textos suyos en la antología con la que
cierra el libro, incurra en ella es significativo, si se piensa que ciertos
acontecimientos que ya se han vuelto míticos, cuando se trata la historia del nadaísmo,
no sólo incurren también en lo mismo que Romero sino que también presentan relación
con ciertos fenómenos que con los años se han vuelto paradigmáticos para tratar de
explicar lo que fueron los fascismos europeos y, también, lo que han sido ciertos
fascismos latinoamericanos bastante más recientes.
La famosa quema de libros realizada por
Gonzalo Arango, en el parque Berrío de Medellín, y acompañada por un discurso en el que
anunciaba la nueva oscuridad (pág. 36), por ejemplo, hace pensar irremediablemente en las
quemas de libros organizadas por los nazis o por las dictaduras argentina y chilena.
También la indiscriminación que había en los ataques a la elite intelectual colombiana
(Romero, en el subcapítulo "A cortar cabezas", página 47 y siguientes, cuenta
con orgullo cómo algunos miembros del movimiento eran incapaces de distinguir la
significación de Jorge Padilla de la que pudiera tener Marta Traba) muestran cómo, en
cierta medida el nadaísmo fue, o al menos quiso presentarme como tal, un movimiento
antiilustrado, lo cual lo relacionaría con los cavernícolas de todas las pelambres.
Naturalmente, sería inadecuado y
simplista condenar de plano al nadaísmo al considerar estos elementos, lo mismo que
sería miope condenar a Marinetti y al futurismo italiano por su evidente relación con el
fascismo. Pero no es menos miope que un trabajo, que pretende versar sobre el nadaísmo en
su relación con las vanguardias y el marco históricosocial que lo hizo posible,
pase por alto este aspecto del movimiento, cuya consideración teórica podría llevar a
relacionarlo con el antirracionalismo de todas las vanguardias europeas del decenio de los
veinte, que, en su irracionalismo militante, expresaban la confusión a la que había
llevado la crisis del programa liberal en Europa que serviría de caldo de cultivo para el
advenimiento del fascismo, y a esta crisis, a su vez, con la crisis del programa liberal
en Colombia, a cuya tematización Romero sólo le dedica un párrago confuso en la página
28, que haría posible, lo mismo que en Europa había hecho posibles los fascismos, el
ascenso vertiginoso de líderes de pensamiento estrictamente antiiberal como Laureano
Gómez y Jorge Eliécer Gaitán y, después de la muerte de este último, el advenimiento
de la violencia.
El nadaísmo como expresión de esa
confusión, es decir: de la confusión producida por la crisis del programa liberal cuyo
verdadero abanderado no era Gaitán sino Alfonso López Pumarejo, en relación con las
vanguardias europeas tomadas como expresión de la confusión y la desazón generada por
la crisis del programa liberal en Europa en los años veinte, que fue tematizada
magistralmente en lengua española por el historiador argentino José Luis Romero en el
quinto capítulo de su libro El ciclo de las revoluciones contemporáneas (1956), hubiera
podido ser el tema del trabajo de Armando Romero, si éste se hubiera preocupado por
tratar de entender al nadaísmo como parte de "un desarrollo más general" para
hacer un estudio verdaderamente comparativo de éste con las vanguardias europeas.
Pero el planteo de este tema le exigía a
Romero una actitud crítica y desmitificadora que él no quería ni podía asumir, ya que
estaba totalmente imbuido por algo que él mismo llama "ignorancia gozosa"
(pág. 9) que lo obligaba a mantenerse a la altura de la mistificación y el elogio de sus
amigos y a reproducir inconscientemente todos los vicios clásicos de la actividad
cultural en Colombia, como la actitud acrítica y dogmática, y prestar una colaboración
más a la incomprensión de la literatura colombiana en general y del nadaísmo, en
particular, que todavía sigue esperando un estudio serio. Lo único que queda del libro
es la antología con que termina, a pesar de que ésta hubiera podido ser más cuidadosa
en cuanto a la consideración de diversas versiones de algunos textos, y algunos datos
útiles sobre la historia del movimiento, que quedan ahí para que algún investigador
menos gozoso e ignorante los analice y saque las consecuencias del caso.
RODRIGO ZULETA
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