Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

 

A sus marcas


Los Juegos Olímpicos en la antiguedad
Manuel Briceño Jáuregui. S J.
Instituto Caro y Cuervo, Series Minor, Bogotá,
1990, 222 pàgs. 

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Se cuenta que el filósofo Pitágoras de Samos era altamente supersticioso y que propaló doctrinas igualmente supersticiosas. Según una de ellas, los atletas podían comer carne sin disminuir, antes bien aumentando, su rendimiento en las competencias. Los griegos eran esencialmente vegetarianos. Gracias a su consejo, digno de cualquier estratega moderno, el atleta Eurimenes fue el primer carnívoro que obtuvo un título de campeón olímpico. Según se desprende de estas agradables páginas, además de cumplir una función social y de ser fuente de salud y de buen humor, el deporte parece interesar a toda una cultura y ser a un tiempo fuente infinita de anécdotas y de fábulas placenteras. Eso lo sabían muy bien los griegos y tal vez por ello inventaron los juegos olímpicos.

No es frecuente la reseña, en este boletín, de libros de algunas de las series que publica el Instituto Caro y Cuervo. Por una vez siquiera deseo entrar en el mundo complicado y erudito de las Series Minor, usualmente reservadas a los especialistas en lingüística, para destacar la püblicación en ellas de dos breves estudios del padre Manuel Briceño Jíuregui, actual presidente de la Academia Colombiana de la Lengua, sacerdote nortesantandereano experto no solamente en los intríngulis de la lengua castellana sino en varias lenguas muertas y en todo lo que concierna a la cultura griega y a su hija mayor, la latina.

El libro que hoy reseñamos es una continuación o un complemento al número XXVII de la serie, Los gladiadores en Roma. Los juegos olímpicos en la antigüedad merece la reseña ante todo porque está dirigido al gran público; es más, a aquellos que manejan el léxico típico del deporte. El principal aporte que ha hecho el erudito en este caso consiste en la traducción de un lenguaje arcaico e incomprensible a términos trajinados por cualquier locutor radial. Al leer este libro a veces parece que el que hablara fuera el doctor Hernán Peláez Restrepo y no un muy sapiente ratón de biblioteca. No en vano una amplia experiencia educativa permite que el pedagogo reemplace con creces al erudito. Vale decir que los estudiosos del deporte —usualmente tan faltos de todo soporte teórico— no tienen excusa válida para desconocer a partir de ahora el origen y desarrollo de sus epígonos de la antigüedad.

El padre Briceño se sumerge con paso seguro en los recovecos de Olimpia a través del método que hiciera famoso Fustel de Coulanges, es decir: a través de las fuentes primarias, del testimonio de los propios griegos, antes que del de sus comentadores modernos.

El origen de los juegos olímpicos está perdido en la niebla de los tiempos y de los mitos: Prometeo; Heracles, inventor de las carreras pedestres; el olivo de la victoria, traído del legendario pueblo de los hiperbóreos; la leyenda de Pélope e Hipodamia; las competencias descritas en La Ilíada... En los orígenes es difícil discernir entre la batalla, el duelo y la lucha deportiva y, como para acabar de darle la razón a Fustel de Coulanges, el origen de las competencias deportivas parece estar indisolublemente ligado al culto a los muertos.

Los más famosos juegos llegaron a ser los de Olimpia, que se celebraban cada cuatro años en un estadio con capacidad para cuarenta y cinco mil espectadores. Tan famosos llegaron a ser, que se concedía un salvoconducto a todos los viajeros que quisieran asistir a ellos. El viaje a Olimpia nos recuerda los peregrinajes medievales y las "treguas de Dios", que ponían un alto al fuego en las guerras. Olimpia y el camino se convertían en territorio inviolable, resguardado por la milicia, y hasta los esclavos y los presos eran dejados en libertad para asistir.

El libro, pleno de anécdotas, no elude nunca el dato curioso: Que había juegos especiales para las mujeres, las cuales debían "quedarse al otro lado del río" en Olimpia, puesto que ni siquiera eran admitidas como espectadoras, "pues la gloria es para los hombres". O que la gimnasia, como su nombre lo indica, se practicaba al desnudo, o que existían los sparrings para los pugilistas y que estos peleaban con guantes armados con chapas metálicas.

Pero sin duda el deporte rey, aquel que atraía mayor número de espectadores, era el pancracio, salvaje mezcla de boxeo y lucha, una especie de rina de gallos humana en la cual sólo estaba excluido morder al rival o meterle los dedos en los ojos, hasta tal punto que el célebre Galeno opinaba que el premio en el pancracio debía dársele al burro, porque de todos los animales es el que mejor da patadas.

¿Debemos situar el origen del olimpismo a finales del siglo XIX, con la declaración del barón Pierre de Coubertin de que lo importante no es ganar sino participar? La respuesta no es sencilla, pero parece afirmativa en parte. Quiero decir que el famoso "amateurismo", la gran farsa actual, no se conoció en Olimpia. Antes bien, la proliferación de premios hizo que no se dejara participar a los simples itinerantes o aficionados de ocasión. Las competencias estaban divididas simplemente en tres clases, de acuerdo con las edades de los competidores. La concentración previa, hoy un tanto desestimada, era cuidada y observada con un rigor espartano (siempre he creído que el masoquismo nació en Esparta) desde diez meses antes de las competencias, so pena de descalificación o graves multas. Y tal parece que estaban permitidas las contrataciones de extranjeros y la venta del "pase" de los atletas, como en cualquier competición moderna.

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Pero el olimpismo, el fairplay en su mejor expresión, sí tiene una clara estirpe griega. En Olimpia se aplicaron severas sanciones a quienes compraron a los jueces o a los rivales, vicio de todas las épocas y de todos los ámbitos, y se invalidaron los triunfos en boxeo cuando el contendor llegó a morir a causa de los golpes. Las griegos establecieron la sana costumbre de que los fallos de los jueces fueran inapelables —con la ilustre e infortunada excepción de Nerón, cuyo narcisismo lo llevó a participar y a comprar el triunfo en un "escritorio".

Nuestra cultura, si se quiere capitalista, es competitiva. La de los griegos también lo era. En Grecia, lo mismo que en Roma, el honor era un valor muy estimado, mucho más que el dinero. Ganar sin competir era considerado como una de las mayores desdichas. Por eso en un principio los participantes pertenecieron a las clases nobles. Pero los juegos siempre fueron altamente democráticos, aunque reservados a gentes de sangre griega.

Las prebendas para los ricos siempre han existido. En Olimpia se observaban en especial en las muy populares carreras ecuestres, en las cuales el premiado no era el auriga o jinete sino el dueño de los caballos, o mejor dicho, el "socio capitalista". Y aunque suene absurdo, esta simple competencia aseguraba el interés y la financiación por los poderosos para todos los juegos.

Los abogados a veces indagamos por lo que pudo ser el derecho griego, sin hallarlo más que en los confusos códigos de Solón y de Licurgo. Y ciertamente ahora debo constatar que las Olimpíadas muestran, como ninguna otra institución, la organización jurídica griega, el espíritu de su derecho. Más que un certamen deportivo, la Olimpíada antigua nos deja una lección de derecho y de buena administración.

 

LUIS H. ARISTIZABAL