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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
27, Volumen XXVIII, 1991
Un mosaico de
sombras
Fragmentos
Daniel Winograd
Poesía, año 1, núm. 3, Editorial El Propio
Bolsillo. Medellín. diciembre de 1990.
Hay libros que son escritos para
despistar al lector. Quiero decir: para que el lector se entretenga buscándoles cierta
"familiaridad libresca" que no asoma ni por el fono. En otros casos, el autor
mismo parece constituirse en fuente de autoridad. Ejemplo: el Cómo es, de Samuel Beckett.
El libro de Daniel Winograd escaparía de
ambas instancias. Si se trata de fragmentos, ¿a qué totalidad corresponderían? De
inmediato pensamos en Novalis y, por lo tanto, en las relaciones filosóficas, en
sentido estricto entre el lenguaje y la locura, y el valor del sentido. Palabra como
imán de lo oscuro"; verbo insuficiente para atrapar las ondas magnéticas del
universo en constante crecimiento. Romanticismo puro y del bueno. La poesía se nos ofrece
como la llave que, si bien no revela los arcanos, al menos establece las conexiones
apropiadas. Pero si del magma romántico saltamos a comienzos de nuestro siglo (el
expresionismo alemán y el surrealismo en la versión de sus "renegados"),
veremos que es fácil hallar las correspondencias pertinentes entre la imagen poética
como "disolución de los contrarios" y los "misterios poéticos" del
funcionamiento del cerebro. Vuelta a la carnalidad, entonces. Sean los aledaños de tal
secuencia: en lugar de Novalis, Georg Trakl; en vez de Hólderlin,
Artaud
1
.
¿Qué se proponen estos fragmentos?
¿Recrear el lenguaje de la "locura" (u otro impedimento verbal), como en algún
relato de Rulfo (o en El sonido y la furia, de Faulkner)? ¿O tal vez acercarse a ese
mundo pero sin las imágenes, en este caso como lo hicieron Sara Facio, Alicia
dAmico y Julio Cortázar en Humanarío? ¿O una libreta inédita a lo Ronald Laing?
Sea como fuere, este libro reclama un tipo de ubicación, al menos en cuanto a la poesía
colombiana. ¿Pero acaso es poesía lo que leemos? ¿O lo será porque ha sido editada por
una publicación que lleva ese nombre? El control de Winograd sobre su material la
lengua resalta a primera vista, por más que parezca imposible (aunque todo es
posible en la dimensión literaria) encasillar el libro (que no busca eso) ni distinguir
qué proyecto literario lo anima (por algo le rehúye al sentido). La lectura dista mucho
de ser amena, pero la mano del poeta hace su nido en cada recoveco, y eso se nota y vale
la pena señalarlo. A nosotros puede escapársenos el "significado último" del
libro; en cambio a Winograd no se le escabulle la presa. Cada fragmento es como un vidrio
trizado que corta pero al mismo tiempo brilla y nos recuerda que alguna vez fue ventana.
¿Hacia qué paisaje? El tema del doble padre/hijo; hermano/hermana se aúna a
la transgresión de fronteras: la locura y el lenguaje que la nombra; la verdad y la
mentira; la persecución y el encierro. De ahí la importancia de la mirada en todos los
fragmentos (y oír, sí, ¿la música de las esferas?):
Ella mira con tonto pánico todo,
siempre todo, encogida la mano incierta, en las sombras de la mente, en lo que dicen mis
ojos, ella busca en un charco, en la tierra viva de sol, momentos de vida, de buena
suerte, ella sabe que es capaz de hacer daño, que no quiere saber la verdad, oculta ella
misma> ella teme que se está ahogando> y ella me ahogará a mí con ella
[pág. 8].
A todo esto, adivinemos. ¿Fragmentos de
qué? Quizá de una videncia no cumplida, de un conocimiento apenas registrado, de un
saber "que no dice nada" (pág. 32) pero que intenta articular su
desposeimiento. Pérdida del lugar, no sólo de un centro
2
.
Pérdida de ciertos referentes, aunque no del
lenguaje. ¿Quién es Ella? La Poesía. ¿Quién habla en primera persona? El poema. Por
lo mismo, y leído en el contexto de la superabundante "poesía" que se escribe
en Colombia (y que en la mayoría de los casos no permanece inédita, lamentablemente),
este fragmento es una translúcida declaración de intuiciones:
Es otra cabeza la que asalta la idea
de volver sobre los caídas hasta alcanzar a saber si es la misma caída la que está en
la cabeza. No cabe pensar que es la misma cabeza la que pueda saber si no es una caída la
que la hace volver con la idea de evitar las caldas. Todo es cuestión de saber cómo cae
sobre una cabeza la idea de alguna caída cuando puede ser la cabeza de alguien que cae.
Incluso se puede pensar que no está en la cabeza de nadie la idea de alcanzar a caer
cuando siente que es otra calda [pág. 39].
Esta especie de atrapado sin salida, como
una versión poética de la película de Jack Nicholson basada en la novela de Ken Kesey,
tiene como protagonistas principales a la palabra y la tradición, sombras que a veces se
obstaculizan. Conscientemente o no, el libro de Winograd nos ofrece un testimonio en el
que se expresa una ultra voz en pleno, digamos, y no el sujeto que finge domeñarla.
Vuelve al escenario, a través suyo, el Nocturno de Silva (lengua hermana y enemiga al
mismo tiempo, como en Trakl). Pero esta vez los vivos y los muertos no comparten un
espacio. Más bien se precipitan en el arcano de su genealogía:
Caminan. Los dos caminan. Se ve que
caminan. Uno camina detrás del otro. Camina un paso detrás del otro. El otro mira al
primero. No se ve que lo mira. Parece una sombra. Es como la sombra del otro. El Otro
nunca lo mira. Mira adelante. Parece que ve algo delante. Camina como el que ve algo. No
se ve nada. [pág. 68].
Siluetas de una evocación ya signada por
la congoja. En medio de tanto circunloquio bien puntuado y acentuado, en medio de libros
"de poesía" que son cultivados como champiñones a la vista y paciencia del
lector indiferente y del reseñista que le da al Ogro de la Tradición Colombiana en la
yema del gusto, este libro de Daniel Winograd viene en pos de una identidad. Esa búsqueda
es más que justificada. Fragmentos no ha de encontrarla, pero tampoco pretende esquivar
el bulto ni endilgárselo al crítico.
Apuesta sincera, entonces. aunque cl
disparo yerre el blanco. Balbuceos, no; labios cosidos, tal vez. "Se trata de ver lo
que oía" (pág. 20), nos dice al principio. Y precisamente en ese tajo entre el
sentido y la imaginación, chapurrean los vocablos en su cárcel de blancura.
Aunque no reconozcamos a la parentela
("legal", esto es, literaria, habida con certeza en los quicios de su delirio),
basta con asegurar esa existencia. Es suficiente el rigor con que se impone. Aquí cuenta
más el misterio que habita entre las palabras que aquello que infructuosamente se afanan
por aludir.
EDGAR OHARA
1 Para Novalis, cf.
Marcel Brice, La Alemania romántica, II (traducción de María Luz Melcón), Barcelona,
Barral, 1973, págs. 9-126, y la Introducción de Américo Ferrari a su traducción de
Himnos ala noche y Cánticos espirituales, Barcelona, Ocnos, 1975, págs. 7-22; para
Trald, la introducción de Aldo Pellegrini a su traducción de Poemas de Georg Trakl,
Buenos Aires, Corregidor, 1972, págs. 9-49; para H5lderlin, el clásico ensayo de
Heidegger en Arte y poesía (traducción de Samuel Ramos), MéXICO. Fondo de Cultura
Económica, 1978, págs. 127-148; y para Axtaud, el texto que da título a la
recopilación Carta a la vidente (traducción de Héctor Manjarrez), Barcelona, Tusquets,
1971, págs. 7579. (regresar1)
2 "Perdida que
se da la mano con la ausencia de continuidad sintáctica, pues algunos fragmentos
"empiezan a mitad de una oración o con un punto seguido que cierra un periodo
inexistente para el lector. (regresar2)
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