Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

Continuación - Tres revistas colombianos de fin de siglo

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Salomán Ponce Aguilera y Maximiliano Grillo directores de la Revista Gris (Galería de notabilidades colombianas yE! Gráfico, Bogotá, seprienzbre 22 de 1917, respectivamente).

Las ciencias y el arte: el propósito no se realizó "sistemáticamente". A diferencia de la Biblioteca Americana de Andrés Bello, en la que se difundió equiparadamente la cultura humanística y la ciencia de su tiempo, la Revista Gris delata que la realización de ese propósito fue más bien casual. Publicó en varias entregas el resumen de un libro de Pablo Mantegazza, un artículo sobre fisiología y uno sobre zoología. En la sección miscelánea, se felicita a los nuevos doctores en derecho, unos pocos en medicina y se da noticia de los libros que le han enviado: en su gran mayoría, tesis doctorales de derecho y publicaciones oficiales. La casualidad se debe, sin duda, al hecho de que la mayoría de los colaboradores nativos era de estudiantes universitarios.

Aunque en la Revista Gris se publicaron poemas de José Martí, artículos de José Asunción Silva, de Enrique Gómez Carrillo y de Baldomero Sanín Cano, un meritorio trabajo sobre estética del argentino Calixto Oyuela y versos de José Santos Chocano, eso no quiere decir que la revista fomentó conscientemente la poética renovadora del modernismo. Uno de sus directores, Salomón Ponce Aguilera, publicó ensayos y cuentos que delataban una amplia información y un criterio crítico muy preciso. Sus cuentos, inspirados por la lectura de Poe, entre otros modernos, y los ensayos crítico—literarios, menos soberanos, pero no del todo menos valiosos que los que publicó en esa revista Baldomero Sanín Cano, no delatan una plena conciencia del "modernismo". Y esperar que él la tuviera, sería históricamente falso. Esa valoración histórico—literaria de la Revista Gris se satisface con la etiqueta y pasa por alto una pregunta: la de la participación del estudiante universitario en la vida literaria y en la difusión de la cultura, enla afirmación o cuestionamiento de un determinado ideal de vida intelectual y de valores culturales.

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Propaganda del establecimiento "El Laberinto", publicada en el núm. 2, de febrero de 1894. Cambia de diseño en la portada de la revista, enero de 1894.

En los números de la Revista Gris no se encuentra ninguna polémica, y entre las pocas críticas de libros, las negativas terminan con una felicitación al autor. En cambio, hay una rectificación al Diccionario de la Academia Española, no porque no incluye "americanismos", como le había reprochado por fechas semejantes Ricardo Palma, sino por inexactitud de algunas definiciones. El único ensayo de tono justamente polémico es de un cubano, que se burla de las iracundias de Marcelino Menéndez Pelayo, de sus reproches de ingratitud de las antiguas colonias ante la Madre Patria. ¿Se trataba dc "cachacos", de caballeros corteses? La mayoría de los artículos de Maximiliano Grillo saben combinar la crítica con la discreción, pero esa combinación los priva de desarrollar el impulso crítico puro que delatan muchas de sus líneas y planteamientos. ¿Se consideraba la polémica y la crítica radical como impropio de la literatura y del humanismo o se suponía que una crítica tal, aunque necesaria, espantaba a los lectores? Esta pregunta sólo podrá respondcrsc con certeza cuando se conozca más de cerca la composición del público lector y —quizá imposible— el criterio crítico que determinó ese público en los directores. Es decir, la pregunta puede resumirse en la de la relación de los directores con el público lector. Los directores de la revista tenían conciencia de la dificultad de la empresa, "obra más ardua en Colombia de lo que algunos juzgan", como dicen en la presentación de la revista.

En su ensayo "Algunos aspectos de la personalidad histórica de Colombia" (1969), comprueba Jaime Jaramillo Uribe: "Discreta la contribución indígena en población, mano de obra y técnicas; mediana y de difícil logro la riqueza y medianas las formaciones sociales de clases y grupos; con numerosos grupos urbanos que hasta hoy han evitado el gigantismo urbanístico, Colombia bien puede ser llamada el país americano de término medio, de la aurea mediocritas". En la publicación de ese ensayo en su libro La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos (Biblioteca Básica Colombiana, Bogotá, 1977), apunta Jaime Jaramillo Uribe en una nota a pie de página (pág. 153) que, pese a los cambios sociales estructurales de los "últimos cincuenta años", es "verosimil" que los factores históricos del pasado "sigan gravitando sobre su estructura social manteniendo algunas de las características anotadas en él [ensayo] aun en medio de los nuevos cambios".

La Revista Gris sería una comprobación de esta tesis, cuya ambigüedad y estatismo se disfrazan con la caracterización de la menos que mediocridad como la aurea mediocritas y con el propósito de fijar los rasgos de una "personalidad" histórica, como si ésta estuviera detcnninada por el pasado como fatalidad. ¿Quién es ese pasado fatal, quién y con qué fin ha mantenido en Colombia esa mediocridad que nada tiene de áurea? ¿Contra quién fulminó Marcelino Menéndez y Pelayo su erudito lndex librorum prohibitorum Historia de los heterodoxos españoles (1880—1882)? En la respuesta al reproche que un argentino hijo de emigrados hizo a Alfonso Reyes, esto es, que en su nota "Palabras sobre la nación argentina" éste se había referido a intelectuales argentinos que no habían dado una "fórmula hecha" de lo que es Argentina, dijo el mexicano: "Es bueno merecer las patrias, ganarlas, conquistarlas [...] felicitémonos de que no se haya inventado hasta hoy un comprimido Bayer que nos permita ingerir, de un trago, toda la conciencia nacional" (Obras completas, Fondo de Cultura Económica, t. IX, pág. 41). La aurea mediocritas parece ser esa fórmula, que, en realidad, menos que una característica de la "personalidad histórica de Colombia", encubre un peso secular, un círculo vicioso, la garantía de que no se merezca, no se gane, no se conquiste a Colombia. Si la Revista Gris cedió a ese peso secular, ello no significa que sus directores no trataran de esquivarlo, no trataran de superarlo. En ese sentido, la revista es un testimonio de que su propósito no era sólo el de la delectación y el de la afirmación de los valores del humanismo, sino, en medida implícita, el de modernizar a Colombia.

Pero para un análisis de las revistas colombianas en particular y de las hispanoamericanas en general, esta relación entre peso secular e intento de superación plantea la pregunta por las resistencias, expresas o implícitas, con las que tiene que luchar y contar una revista, es decir: por la relación entre revista, público y sociedad. De eso tuvieron conciencia los directores de la Revista Gris. En la primera entrega del año II escribieron: "Triste misión ha sido hasta ahora la del literato colombiano. Sus vigilias no han tenido recompensa [...] Hay un público que es la mayoría, más inclinado a leer los remitidos sobre cuestiones personales o de política parroquial que los trozos de sana literatura" (pág. 2). Pero esta nota es sólo una alusión a un hecho general y no excepcional en los países hispánicos, cuyo mejor conocimiento requiere investigaciones sobre los hábitos de lectura y la formación literaria en los colegios principalmente. Sobre el papel del escritor en la sociedad colombiana, aparte de las dos notas introductorias a los primeros dos años, apareció en la entrega 3 del mismo año un poema de Carlos Arturo Torres, A los escritores colombianos de fin de siglo, en el que recuerda a grandes figuras de la literatura colombiana del pasado inmediato y considera como misión y desafío a los escritores colombianos finiseculares

qué cuentas le daremos a la historia, si mantener siquiera no sabemos
de nu estros padres la eclipsada gloria

[pág. 86].

Con todo, la invitación a mantener la tradición y recuperar su gloria literaria no tuvo eco alguno, no sólo por la indiferencia con que el público mira "las empresas periodísticas que no viven la vida azarosa de la política" sino porque "se ha apoderado de los espíritus de Colombia" "el triste desaliento". "Un corruptor elemento se ha introducido en nuestras venas y ha envenenado la sangre que alimentaba en el corazón los ímpetus generosos y las ideas caballerescas". "[...J la ataraxia moral que nos consume y es ya como un nuevo medio al cual, queramos o no los colombianos, nos adaptaremos hasta convertirnos en otros seres" (año III, entrega 1, pág. 2).

La profética desesperanza fue posiblemente una de las causas de la defunción de la revista. No la única, y aunque cabe suponer que la separación de la dirección de Salomón Ponce Aguilera fue una de ellas, la hipótesis exige no sólo su fundamentación documental sino un examen de las concepciones y formas de socialización en la Colombia finisecular. Ponce Aguilera renuncié a la dirección porque había terminado sus estudios universitarios y, junto con otro colaborador (C. Ribón), ingresaba en la vida profesional. Entraba, pues, a la sociedad indiferente. Pese a la calidad de la revista, ¿se consideraba al humanismo, a la "sana literatura", como un alto y noble pasatiempo de universitario, principalmente de estudiante de derecho? La respuesta conocida deja de ser trivial cuando la pregunta se plantea desde el punto de vista de la profesionalización del escritor.

La Revista Gris constituyó un capítulo inicial en el largo proceso, todavía no concluso, de la profesionalización del escritor. Aunque los datos sobre suscripciones y ventas, la tirada de cada entrega, etc., deben encontrarse —si existen— en algún archivo, de varias noticias dadas en la sección miscelánea se deduce que hubo números que se agotaron, que fue bastante difundida y conocida en algunos departamentos colombianos (Antioquia, Cundinamarca, Santander) y en el extranjero, especialmente en Centroamérica, Perú y Argentina, es decir: que en tres años los directores lograron formar una "empresa"; con otras palabras, que aunque los moviera un espíritu de aventura, la revista no se lanzó al azar. El homenaje a Rafael Núñez con motivo de su muerte deja de lado expresamente su carrera política; es un homenaje al "escritor". Pero si se tiene en cuenta la frase citada más arriba sobre la indiferencia con que el público mira empresas periodísticas que "no viven la vida azarosa de la política", la neutralidad política con la que se hizo el homenaje al Núñez escritor no es apoliticismo. En esa actitud subyace un propósito de considerar al escritor como figura deslindada del político, de la "profesión" de escritor como transmisor y mantenedor de valores estéticos y morales, humanísticos. "Profesión" no en el sentido puro de productor de servicios, sino en el del que profesa el humanismo. Pero las quejas de que en Colombia no se ha premiado "económicamente" esa labor, indican que los directores de la revista consideraban que su tarea merecía el pago que se daba a otras profesiones, que su "profesar el humanismo" no podía ser gratuito. En el lenguaje de la época, justificaban el premio merecido con la difusión y fomento del "ocio", de los "ímpetus caballerescos y las ideas generosas". Con razón profética, los directores veían una relación entre la indiferencia frente a empresas culturales y la "ataraxia moral que nos consume" y que ya es "un nuevo medio" al que, por la misma inercia, los colombianos se adaptarán para ser otros: para que Colombia deje de ser "tierra de leones" (Rubén Darío) y se convierta en "tierra de bandidos".

El "apoliticismo" se refleja en los nombres de los autores que publicó la revista:   Rafael Pombo, Miguel Antonio Caro, Santiago Pérez Triana, Carlos Arturo Laureano García Ortiz y Baldomero Sanín Cano codirectores con Maximiliano Grillo de la Revista Contemporánea (tomada de El Gráfico, Bogot4 junio 8 de 1918) y colección de miniaturas en la Biblioteca Luis —Angel Arango).

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