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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Bogotá ayer
Diario
(prólogo de Alfredo Iriarte)
José
María Caballero
Biblioteca
de Bogotá, Villegas Editores.
Bogotá, 1990.
Bogotá
en los viajeros extranjeros del siglo XIX
Mario
Gemán Romero
Biblioteca
de Bogotá, Villegas Editores,
Bogotá, 1990.
Memorias
infantiles
Eduardo
Caballero Calderón
Biblioteca
de Bogotá, Villegas Editores,
Bogotá, 1990.
Cuando
Bogotá tuvo tranvía y otras crónicas
Andrés
Samper Gnecco
Biblioteca
de Bogotá, Villegas Editores,
Bogotá, 1990.
Publicada
con motivo de los 450 años de la capital, la Biblioteca de Bogotá
presenta varias características que cabe destacar. En primer lugar,
su unidad en el diseño gráfico, atractivo, de buen gusto e
integrado a la temática de la colección. En segundo término, el
cuidado editorial, aspecto que no debería mencionarse por
indispensable en cualquier libro, pero que el descuido que ha ido
imperando en la bibliografía nacional hace resaltar. En tercer
lugar, se trata de ediciones ilustradas con grabados de la época,
acreditados someramente, es cierto, pero que amenizan la lectura y
otorgan variedad gráfica a las páginas. Por último, al menos en
estos cuatro libros, no se trata de ninguna novedad bibliográfica
sino, más bien, de reediciones que un investigador paciente podría
encontrar, pero que el hipotético lector no especializado no tendría
fácilmente a su alcance.
José
María Caballero, de quien poco se sabe hoy, fue actor, sastre,
comerciante, patriota y autor de un Diario
que cubre desde 1810, fecha inicial de la independencia, hasta
1819. En 1817, para salvarlo del régimen del terror, Caballero optó
por enterrarlo. Años más tarde, en
-1902,
fue rescatado no se sabe de dónde y publicado por primera vez por
los historiadores Eduardo Posada y Pedro María Ibáñez, quienes,
como informa el prologuista, eliminaron para siempre los pasajes que
consideraron demasiado realistas. En 1946 el diario tuvo una
segunda edición en la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana. La
de Villegas es, pues, la tercera edición.
El
primer capítulo recopila cronologías de gobernantes y listas de
arzobispos desde el siglo XVI hasta 1810. En adelante, el diario
abarca desde el año de la proclamación de la independencia hasta
1819. Es neceserio aclarar que no se trata de un diario íntimo,
sino más bien de una acumulación miscelánea de hechos ordenados sólo
por su ocurrencia en el tiempo. A lo largo de esta acumulación,
el lector el paciente lector asiste a un desfile, por momentos
inopinado, de granizales, temblores inocuos o catastróficos,
noticias de los tiempos del ruido, pestes de viruelas, primeras
piedras de iglesias, estrenos de campanas, muertes de jerarcas
eclesiásticas, muertes de organistas y todo tipo de eventos mayores
y menores. Todo parece habitar en el imposible espacio de la
enciclopedia fantástica de Borges, sin causalidad ni ordenación.
Pronto
el lector el paciente lector se percata de que la calidad
literaria del Diario es pobre (ya sabe que, habiendo sido censurado por siempre,
se halla privado de satisfacer la curiosidad sobre posibles
diatribas o alegatos políticos o de cualquier otra índole), hasta
que adquiere interés especialmente en lo relacionado con la atmósfera
de los días de independencia y del posterior proceso de
pacificación instaurado por los españoles.
Al
igual que en el Carnero de
Medellín del cojo José Antonio Benítez (véase reseña
de R. H. Moreno Durán en el Boletín Cultural y Bibliográfico núm.
23), la picaresca está ausente y sólo ocasionalmente encontramos
noticias de crónica roja con sabor a tragicomedia, descripciones de
la vida diaria que establecen un tono de la época pero con las que
difícilmente un historiador, sin recurrir a muchas otras fuentes,
podría reconstruir la vida del ayer bogotano.
A
medida que avanzan los días y las páginas, comienza a
desarrollarse un extenso martirologio en el que la contabilidad de
las inmolaciones patriotas encontrará nombres desconocidos u
olvidados de héroes que entregaron su sangre por la causa
libertadora. Entre las listas de decapitados, arcabuceados y
ahorcados, aparecen el ir y venir de presos; las quemas de
manuscritos, gacetas y sermones; las rifas y los besamanos; las
noticias de allá y acullá; celebraciones colectivas de diversa índole;
relaciones de misas, ceremonias, fiestas de toros y juegos de bisbís.
Se
siente, a lo largo de la relación, el clima gozoso y prometedor de
días mejores que se vivió en los primeros momentos de la
independencia. Sin embargo, pronto sería sustituido por el tétrico
y mortífero intento de la reconquista española. El diario culmina
con el sacrificio de Policarpa Salavarrieta y la huida del propio
autor, que logró obtener un pasaporte por artes de calabazas.
El
de Caballero es, pues, un testimonio de un observador
participante, sin la suficiente perspectiva o comprensión clara
y global de los hechos, pero con el fervor patriótico del testigo
que sabe que apunta datos y hechos de un caso particular de la
historia universal de la infamia.
Nada
hubiera costado agregar, debajo del nombre de Monseñor Romero, una
palabra entre paréntesis: (compilador), que diera la justa dimensión
de su trabajo, ya que no es él quien escribió el libro Bogotá
en los viajeros extranjeros del siglo XIX, sino el autor de una
útil compilación y de un breve prólogo que linda con lo obvio. El
mérito del libro es que le ahorra al interesado una búsqueda
bibliográfica. En total son siete crónicas de viajeros de
distintas nacionalidades que, por diversos motivos, llegaron a Bogotá
el siglo pasado. El testimonio del viajero resulta hoy indispensable
como fuente documental, para reconstruir la vida y las costumbres
colombianas de ayer.
William
Duane, tipógrafo y periodista, llegó a Colombia en 1822, con el
objeto de cobrar unas deudas al gobierno. Su visión de Bogotá es
equilibrada y dijéramos positiva. Atento a las costumbres y a las
características físicas de la ciudad, ofrece una visión de la
precaria condición de los servicios públicos, del escaso nivel
cultural, del profundo apego religioso que, no obstante, permitía
encontrar frailes en los burdeles los viernes santos.
John
Steuart fue un escocés que permaneció once meses en la Nueva
Granada, entre 1836 y 1837, con el propósito de iniciar un negocio
de confecciones que a la postre fracasó. En una narración extensa
ofrece una completa y detallada fotografía de Bogotá. Aparecen los
principales edificios e iglesias, apreciaciones sobre el modo de
conducirlos negocios, las formas de transporte y educación, los
distintos tipos de industrias, la espartana vida delas clases
media y baja y la lujosa de la alta. Se queja de los escásos
hoteles y encuentra, como otros autores, que los granadinos son poco
virtuosos en materia moral, manifestado ello en la notoria cantidad
de hijos ilegítimos y clérigos adúlteros. Todo ello hace que el
texto de Steuart sea no sólo una valiosa guía de forastéros
sino también un indispensable documento histórico sobre la vida
cotidiana de Santafé de Bogotá.
En
1853 Miguel María Lisboa, diplomático brasileño, llegó a una
estancia de dos meses en la capital. A pesar del corto tiempo,
Lisboa se compenetró con la historia de su descubrimiento y fundación.
Consideró la plaza o altozano como una de las más bellas de
la América española. Su descripción del interior de las viviendas
de las distintas clases sociales es de gran interés, y es notorio
que no puede ocultar su admiración por el lujo de las casas de los
más acomodados. No se le escapó la moda, ni aspectos culturales y
educativos.
Charles
Saffray, médico y botánico francés que llegó a la Nueva Granada
en 1869, dejó una conocida relación de viaje. En lo que respecta a
Bogotá, se ocupó de su origen, fundación y conquista y dedicó
varias páginas a la civilización chibcha. Fue probablemente el
primer viajero extranjero en ocuparse de tales antigüedades.
Por su pluma pasaron también los usos y costumbres, las artes
liberales, la economía y los tipos humanos.
La
primera impresión que recibí de la ciudad de Bogotá cuenta
Miguel Cané fue más curiosa que desagradable. Era viernes, día
de mercado, y pudo apreciar todas las frutas de la tierra, las
aguadoras, los indios, los burros y las torcidas callejuelas. Cané
fue un escritor y diplomático argentino que representó a su país
en Venezuela y Colombia en 1882. Acaso su crónica es menos
admirativa, pero está llena de mayor humor que las de otros
viajeros. Coincide con ellos en señalar las dificultades
materiales, en disfrutar de la hospitalidad de los habitantes y en
describir el altozano, centro social de la vida de la ciudad. Es uno
de los pocos textos donde se encuentran testimonios sobre la música.
Alfred
Hettner fue un geógrafo alemán, cuya obra Viaje
por los Andes colombianos (1882-1884) es probablemente una de
las crónicas más importantes que hayan dejado los viajeros del
siglo pasado sobre Colombia. Allí hay una mentalidad científica y
no sólo la anotación costumbrista o literata. Hettner se ocupa
ordenadamente de la tierra, los hombres y los oficios, las clases
sociales y sus costumbres, el clima y la situación de la higiene,
las comunicaciones y el comercio, la vida intelectual y política,
la Iglesia. Si bien su frío y culto espíritu germano encontró
distintos conceptos del mundo y del sentido de la vida, alcanzó a
sentir, según sus propias palabras, cierto apego hacia el
lugar.
Los
recuerdos de Pierre dEspagnat cierran esta recopilación. Este
autor fue un ingeniero francés que recorrió el país en distintas
misiones profesionales, pero que tuvo ojos para ver más allá de
las posibilidades mineras o de vías de comunicación. Su testimonio
está marcado por la emoción del europeo que redescubre el nuevo
mundo. No sólo es un documento histórico de valor, sino también
una excelente pieza literaria. Ya Santafé es denominada con un título
que la envanecería por muchos años: la Atenas Suramericana.
Pero no puede contener su asombro ante la falta de testimonios
materiales de las culturas precolombinas. Más que descripciones
costumbristas, su crónica capta el espíritu de la época y el
sentido de una mentalidad colectiva que parece debatirse entre el
apego a la tradición y el inminente ingreso a un nuevo siglo que
habrá de transformarla. La chicha, la trastienda, la plaza, el
desaseo, las iglesias, los políticos, los pobres museos, las
epidemias, las inclinaciones literarias de barata materia prima
siguen formando parte de sus descripciones. La imagen que nos
entregan las crónicas de estos viajeros cambia poco con el tiempo;
crece el tamaño de la ciudad pero, al mismo ritmo o aun mayor, sus
viejos síntomas se multiplican.
A
los 54 años Eduardo Caballero Calderón emprendió en París, en el
mismo
cuarto donde murió Proust, la redacción de sus Memorias
infantiles, en las que recorre, en dieciocho capítulos, los
recuerdos de lo que fue su vida entre los seis y los catorce años,
es decir, entre 1916 y 1924.
Durante
muchos años fui un niño inmortal. Esta primera frase establece
la fantástica condición infantil, y la perspectiva adulta que la
conoce. Durante la primera mitad de libro, esta dualidad de voces
opuestas y entremezcladas la del niño que fue y la del literato
adulto no logran encontrar el tono y el punto de vista justo. Por
momentos, en esa extraña e incómoda polifonía, la maleza convive
con la rosa. El literato le arrebata la palabra a la emoción que
redimiría el tiempo perdido. La verdadera evocación se encuentra
doblegada por una lógica racional que enfría el recuerdo, lo hace
compuesto y tieso, correcto e inocuo.
Esa
niñez, inmortal e intemporal, es enumerada y enmarcada en
acontecimientos exteriores que se debaten contra la fuerza de las
sensaciones recordadas: el humo tibio y perfumado del tabaco del
padre, las mañanas azules de diciembre, el rebuzno del burro, el
olor a leche de la pesebrera. Todo eso se me volvió dice
Caballero Calderón impresiones algebráicas, meras palabras
huecas que se referían a imágenes que ya había dejado de ver
(pág. 79). Y esto se nota claramente.
En
la segunda mitad del libro, las voces logran unificarse porque un
abandono parece tener lugar. El tono
y
el punto de vista están ya al servicio de la evocación y la emoción.
Y la poesía, por fin, se hace dueña del texto. Las descripciones
de interés costumbrista van cediendo lugar a la
recuperación
del tiempo en que empezó el autor a dejar de ser niño ya entrar en
la edad ingrata.
La
muerte de la abuela, el descubrimiento del Quijote y de la
literatura (A la literatura me acercaba trabajosamente no a través
de las personas, de las cosas, de las imágenes, sino de las
palabras (pág. 225), la fundación de una vocación literaria,
las dudas metafísicas y la curiosidad, el deseo de ser otro con
diferente destino y la heroica resolución de
cambiar
de caligrafía para lograrlo, desfilan en sucesión hasta desembocar
en el abandono de la infancia (La diaria comprobación de que
cosas extrañas ocurrían dentro y fuera de mí; la percepción física
de que me estaba alejando rápidamente de mí mismo, pág. 231).
Simultáneamente
aparece la definición de la profesión de escritor, que ante la
familia, y en particular ante el padre ausente casi en estas
memorias, no es más que un adorno suplementario a una
verdadera carrera. El sentido del luto y sus formas
exteriores, el tímido descubrimiento del mundo femenino y las
fantasías acompañantes, ese adolescente que se resiste a abandonar
la niñez pero que los cambios físicos y de mentalidad se encargan
de hacer irreversible. El amor romántico e imposible por la mitológica
niña de negro, y por último, como el episodio definitivo, la
muerte de la madre, que marca el momento culminante de las Memorias, el final del libro y el de una etapa vital: Una sombra
le descendió de la frente, velándole todo el rostro [Hubiera
querido desaparecer y morir simultáneamente con ella, pero en
realidad esa madrugada nací otra vez (pág. 288).
Tras
un forcejeo en la primera parte, Caballero Calderón encuentra en la
segunda la manera de recuperar su ayer de niño que transita a la
adolescencia y define una vocación. La literatura colombiana del
siglo XX no ha sido prolífica en memorias. Y estas de Caballero
Calderón son un valioso documento humano y literario.
Al
libro de Andrés Samper lo abre un prólogo biográfico y tres
retratos familiares, entre los que sobresale, por su tono justo y
heredado humor, el de Daniel Samper, hijo del autor. Lo cierra el
discurso de entrega de la daga al antiguo cadete Andrés Samper, los
recuerdos de su vida militar y una nueva nota biográfica. Acaso
parece excesiva la insistente exaltación de la estirpe y, al mismo
tiempo, resulta sorprendente que el lejano cadete, luego convertido
en piloto y
más
tarde en relacionalista público, y ajeno al mundillo literario,
haya derivado hacia la cátedra y hacia la escritura, la que practicó
con destreza, soltura y un sentido del humor sutil, acompañado de
una especial conciencia del lenguaje y el habla popular. Hay una
edad para cada cosa, acostumbraba repetir.
Aparecen
aquí reunidos las colecciones de textos Cuando
Bogotá tuvo tranvía, publicados en 1973, y una serie de crónicas
divulgadas en periódicos y revistas de Bogotá.
No
es Andrés Samper el historiador erudito ni el literato prosopopéyico
de descontrolada palabrería. Es más bien un autor que, heredero
del costumbrismo del siglo XIX y sobre todo de las Reminiscencias
de Cordovez Moure y acaso de las Tradiciones
peruanas de Ricardo Palma, entrega a los lectores una visión
divertida, ligera, documentada sin excesos, del ayer bogotano. Tanto
del que le tocó en suerte vivir al autor
y
que no añora de manera superlativa o con nostalgia de bobo como
del que conocieron sus antecesores.
Si
bien sus textos revelan el amor al Bogotá que se fue, y con emoción
hace desfilar los helados de paila, el guarrús, las victrolas y
landós, las navidades, los locos célebres, los vaivenes de un
viaje en tren o en barco y los placeres del cine vespertino, el
escritor no adopta la posición del que piensa que todo tiempo
pasado fue mejor. Más bien parecería ofrecernos la idea de que la
historia que no vivimos puede ser recordada para amenizar el
presente. Su prosa fluida y alegre quiere constituirse como en una
memoria social, que les recuerda
a
los bogotanos de hogaño de donde vienen, preservando en las
reminiscencias un tono de la época y la emoción del tiempo
perdido.
No
sólo encontramos episodios o situaciones, como en el excelente
Treinta minutos de bamboleo o en Uno río que daba el
ancho, sino que puede, tras repasar viejos ejemplares de la
revista Cromos, elaborar una buena pieza literaria con sólo la
evocación y la invención que propician las fotos viejas, los
anuncios, aquellos sucesos que estremecieron a sus antecesores.
Samper continuamente retoma dichos y expresiones populares del
pasado, mostrando que también hubo un lenguaje para nombrar los
usos y costumbres cotidianos.
No
creo que pueda calificarse a Andrés Samper de escritor
costumbrista. Ni de proustiano. Es más bien un cronista
contemporáneo de Chibchópolis, que no desdeña una tradición
literaria, y que mira al pasado, recuerda, restablece
acontecimientos, inventa, se divierte, nos divierte generosamente.
He ahí la utilidad de sus escritos.
SANTIAGO
LONDOÑO VELEZ
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