Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

 

Clérigo, liberal y senador


Importante recuperación documental y de bastante actualidad

La democracia en San Gil
José Pascual Afanador
Colección Memoria Regional, Gobernación
de Santander, Bucaramanga, 1990, 122 págs.

Con el libro La democracia en San Gil se inician una serie de publicaciones sobre historia regional santandereana, de las cuales se han lanzado al mercado los primeros siete títulos. El libro comentado constituye, precisamente, el primero de esa serie. En realidad es difícil elaborar una reseña sobre un texto escrito a mediados del siglo XIX, en medio del fragor político e ideológico originado en el país luego de la formación de los partidos políticos. Porque el texto señalado es una pieza que se inscribe en el gran debate adelantado en diversas regiones del territorio nacional a raíz de los sucesos políticos de la llamada Revolución de Medio Siglo. De ahí el tono polémico empleado por su autor, un clérigo liberal que representaba los intereses de la Sociedad Democrática de Artesanos de San Gil.

El libro es presentado por el historiador estadounidense Richard Stoller, uno de los contadísimos investigadores preocupados por el estudio de la historia de Santander, región que, a diferencia de Antioquia o del Valle, no ha contado con estudiosos que se preocupen por desentrañar sus formas de evolución histórico-cultural. Stoller se viene a sumar a David Johnson, que realizó hace algunos años el único estudio sistemático sobre Santander en el siglo XIX. Stoller adelanta en la actualidad una investigación sobre el mismo período. Aunque a esa reducida producción historiográfica moderna le agreguemos las investigaciones de Horacio Rodríguez Plata o la novela La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, podemos concluir que cl conocimiento de la región es bien pobre. Y ese resultado es todavía más desalentador si se tiene en cuenta que en el siglo XIX Santander fue uno de los estados más importantes por una serie de procesos de gran significación, entre los que cabe mencionar: la influencia del radicalismo, el peso de las artesanías regionales en la economía nacional, el impacto del libre­cambismo, las guerras civiles, la producción cafetera, etc. Lo mismo podemos decir del siglo XX, porque hoy se sabe que la violencia, tanto en la república liberal como en el dece­nio de 1950, fue particularmente drástica en el departamento, sin que hasta ahora exista un solo estudio sobre esa temática que tantas investigaciones ha generado para otras regiones del país.

En primer lugar se debe hacer referencia a la singular personalidad del autor del texto comentado. José Pascual Afanador reunía condiciones inesperadas: clérigo, liberal, senador y simpatizante de los artesanos. Acostumbrados, como estamos, a la visión monolítica de las relaciones entre Iglesia y Estado durante el siglo pasado que considera al clero como un continuador natural del partido conservador, puede resultar sorprendente que Afanador reuniera esas características. En realidad, el caso de este clérigo no fue único, aunque mirando en su conjunto la panorá­mica de la acción de la Iglesia sí se puede considerar como excepcional. Desde luego que una personalidad tan polifacética le da un valor singu­lar al libro.

La obra reseñada —que adicio­nalmente tiene el valor anecdótico de ser el primer libro publicado en territorio de lo que es hoy el depar­tamento de Santander, al decir de Stoller— está formada por una serie de cartas públicas dirigidas a la “No­bleza Sangileña”, con un marcado tono autobiográfico. Por medio de las cartas, escritas todas ellas en 1851, podemos conocer una serie de datos acerca de las actividades de Afanador. Sabemos que fue educado en un colegio de Bogotá, que desde joven simpatizó con las doctrinas liberales —antes que se fundara el partido liberal—, que ejerció el curato en varias localidades del país hasta llegar, en el momento de escribir las cartas, al municipio de San Gil. Y en ese municipio se atrevió a desafiar en tono abierto, polémico y sin ambages a los que él venía a considerar como los “enemigos” de la democracia. Habría que recordar, para entender el debate que impulsa Afanador, que en el año considerado, 1851, estamos en pleno auge de las Sociedades Democráticas, y todavía se sienten en los círculos artesanales e intelectuales, sobre todo el partido liberal, los distantes ecos de la revolución francesa de 1848. Implícitamente los artesanos defendían una posición espontánea de democracia que resultaba ser más amplia que la visión formal e institucional que defendían las elites liberales y conservadoras Para Afanador, como buen receptor del mensaje popular de los artesanos, el problema de la democracia radicaba en que la nobleza de San Gil, también perteneciente al partido liberal, veía con temor cualquier acción popular que pretendiera criticar la riqueza como fundamento de la participación política. Concretamente, Afanador sostenía: “No era natural ni posible [...] que los dogmas de libertad, igualdad, fraternidad, fuesen desde luego reconocidos, ni mucho menos practicados por hombres que se hallaban tan fuertemente adheridos a su nobleza, títulos, prerrogativas, riqueza, vanidad, orgullo i descomunal soberbia” (pág. 20).

En esa afirmación se adoptaba una noción popular de democracia, que superaba la visión estrecha y mezquina de las clases dominantes de San Gil y del país y que simplemente refrendaba uno de los principios de la Sociedad Democrática de San Gil:

“Ningún título de nobleza hereditaria, distinción de sangre, color o familia, será respetado ni admitido por la Sociedad; pues ésta reconoce el principio de eterna verdad, que los individuos de la especie humana son hermanos como hijos i descendientes de un solo padre” (pág. 23). Fueron justamente los postulados de la Sociedad Democrática los que aterraron a los nobles de San Gil, que en respuesta inician un virulento ataque personal contra Afanador, acusándolo de enriquecimiento fácil y de no cumplir con sus deberes de religioso. Pese al tono personal de la respuesta de los nobles de San Gil, se alcanza a vislumbrar su concepción de democracia, si se considera, por ejemplo, que sus miembros formaban parte de una sociedad elitista denominada La Estrella del Norte, que se había constituido como respuesta a la Democrática y que en su programa afirmaba: “La Sociedad ejercerá una propaganda contra las doctrinas disolventes del comunismo i contra las impracticables teorías del socialismo, enseñando el respeto inviolable a la propiedad, el acatamiento al mérito i a la honradez, i la practica de las virtudes morales religiosas [...] quiere combatir los sistemas que hacen de las necesidades el termómetro i la base del derecho de los hombres, porque estos sistemas son la vorágine que amenaza al orbe entero” (pág. 29).

Mientras que Afanador le da un tono de lucha de clases a sus escritos, denunciando a los miembros de la nobleza con un enjundioso tono polémico, sus opositores se valen de los ataques personales, siendo muy cuidadosos de responder a la argumentación central de Afanador sobre la democracia.

Al final triunfaron los nobles. Se puede decir que el libro reseñado tiene el mérito adicional de ser el testimonio histórico de una derrota, ya vislumbrada en esos instantes pero materializada dos años después con el fallido gobierno del general José María Melo. No es de extrañar que Afanador fuera seguidor de Melo, aunque en el momento de los sucesos posteriores a abril de 1854 no estuviera en San Gil sino en Bogotá. De todas maneras, sus simpatías estuvieron con el gobierno artesanal y no con el bando de liberales y conservadores. No se sabe a ciencia cierta cuál fue el nivel de actividad política de Afanador en ese acontecimiento, pero lo que sí está claro es que después no tendrá ningún papel político destacado, a lo mejor porque su pasado era demasiado comprometedor frente a los triunfadores del bipartidismo. Afanador murió por allá en los años 1860, no se sabe la fecha exacta, siendo cura de parroquia de un municipio de Cundinamarca.

El libro considerado fue la principal incursión literaria de Afanador, que deja un grato sabor por el tono polémico y directo empleado, tan desconocido en nuestro medio intelectual contemporáneo. La argumentación que en ese texto se encuentra sobre la democracia sigue teniendo vigencia, en la medida en que la democracia integral, predicada allí, todavía está por realizarse en nuestro país, y que los términos del debate siguen siendo casi iguales a los de hace siglo y medio: democracia como ritual teórico y formal sin tocar las esferas del poder económico ni afrontar la desigualdad social, o comprensión de la democracia como un universo amplio que abarca todos los aspectos de la vida del hombre y que no puede ser reducido al ámbito puramente político e institucional. Ese debate sigue siendo de perenne actualidad y más en época de Constituyente.

Para terminar, podemos decir que el libro está lujosamente editado, aunque con bastantes errores de impresión, sobre todo en las primeras veinte páginas. A diferencia de la edición original, en ésta se le agregaron las respuestas de la nobleza de San Gil, que permite conocer las dos posiciones del debate, aunque en la publicación de esta parte también existieron infortunados descuidos editoriales, al no consultar rigurosamente los materiales originales. Como sugerencia para ediciones futuras, se debería tener en cuenta que no hay que rendirle tanto culto a la forma, preservando la ortografía —e incluso los errores ortográficos— de la época, pues eso hace muy pesada la lectura y ahuyenta lectores. La actualización de la ortografía no le quita ni el sabor original ni le resta alcance a un texto publicado hace mucho tiempo. Por el cot)trario, eso lo hace mucho más atrayente para aquellos lectores de hoy que estén interesados vivamente en conocer valiosas obras de nuestra desconocida historia.

RENÁN VEGA CANTOR