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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Para
el registro de las ceremonias, Fernández realizó 22 dibujos,
perdidos en su totalidad, que aparecen en el acta de entrega,
escrita y reseñada de su propia mano:
1.
Vista de Santa Marta desde el fondeadero; 2. Vista de la Bahía de
Santa Marta con los buques del Convoy; 3. Perspectiva de la vista de
San Pedro Alejandrino; 4. Plano de la misma; 5.
Perspectiva de la Catedral de Santa Marta; 6. Plano de la misma;
7. Catafalco de Santa Marta; 8. Exhumación del cadáver del
Libertador; 9. Embarco de los restos; 10. Perspectiva del interior
de la goleta Constitución, teniendo los restos a su bordo;
11. Los buques que componían la expedición fondeados en los
Roques; 12. Convoy de embarcaciones menores que en la rada de La
Guaira escoltan la falúa que conduce los restos al muelle, y vista
de los buques de guerra y mercantes que a la sazón se hallaban en
dicha rada; 13. Desembarco de los restos en el muelle de La Guaira;
14. Procesión fúnebre de La Guaira; 15,
16, 17 y 18. Procesión fúnebre en Caracas; 19. Interior del
templo de San Francisco; 20. Arco triunfal; 21. Catafalco de
Caracas; 22. Capilla de la Catedral.
Desde
el punto de vista estilístico, las imágenes de las ceremonias del
traslado de los restos de Bolívar se van transformando a lo largo
del recorrido. Las de Santa Marta son muy sencillas, casi un
registro naturalista. En la medida que la caravana se acerca a
Caracas toma apariencia napoleónica, y la procesión en la capital
venezolana y las honras en la iglesia de San Francisco parece que
tuvieran lugar en avenidas y templos de Paris.
La
causa de la desaparición de los dibujos resulta lógica, teniendo
en cuenta el sistema de trabajo de las litografías en el siglo XIX,
dentro del cual el dibujo del artista era una obra efímera que
pasaba a manos de dibujantes y grabadores. Hasta el nombre del autor
del original desaparecía la mayor parte de las veces y era
reemplazado por el de aquel que adaptaba el diseño a las
necesidades de la casa impresora.
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Pamplona.
Indio y mestizo de Pamplona, ca. 1852, acuarela sobre papel,
31.6 x 21 cm.
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Santander.
Tipo africano y mestizo, ca. 1852, acuarela sobre papel,
28.4 x 19.9 cm.
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Los
grabados de Fernández que han llegado hasta el presente son
aquellos que se reprodujeron en el libro del relator Simón Camacho
y los que publicó El Venezolano, al año siguiente de las
ceremonias, impresos en Caracas por Müllet¡ y Stapler. También
hay una edición realizada por grabadores franceses que, extrañamente,
a pesar del acta de Fernández, se han tomado como los autores.
Del
retrato del Libertador, titulado Bolívar
en el Chimborazo, existen un dibujo¡ en carboncillo, una
litografía sobre papel y una impresión sobre seda a manera
de pañuelo, la cual fue ofrendada a los invitados especiales
a las ceremonias. Las obras grabadas fueron realizadas por la casa
Thierry Fréres de París. En este Icono, Fernández combina el
reconocido perfil de Bolívar creado por el francés Desiré Roullin
y el cuerpo del retrato hecho en Lima por el peruano Gil de Castro,
con la diferencia de que en la mano porta un catalejo en lugar de la
-espada. Sin embargo, la obra no es un mero calco y encierra
elementos muy propios de Fernández: Bolívar, quien ocupa de arriba
abajo el espacio del cuadro, se halla en las alturas del Chimborazo,
con aire geógrafo más que de estratega militar; el paisaje
presenta un tratamiento naturalista, subrayado por las plantas de
cactos en primer plano; el mapa colocado sobre una roca está
elaborado con cuidado de cartógrafo; los caballos encabritados, sus
jinetes, las palmeras y el desfiladero ocupan la lejanía. De todos
modos es inevitable preguntarse cómo un artista diestro en retratos
y que conoció de cerca al Libertador no intentó en esta ocasión
crear un icono original. La única respuesta aceptable es su
sencillez; le interesaba buscar la imagen más apropiada, le
importaba la gloria del Libertador, no la suya propia como artista.
Los
retratos de los comisionados reproducidos en el libro de Simón
Camacho son de una impresionante simplicidad. La línea pura
recuerda el arte moderno. Allí,
Fernández revela su gran habilidad como dibujante. Aparecen los
colombianos Joaquín Posada Gutiérrez, quien habla despedido a Bolívar
desde Honda; Joaquín de Mier, dueño de la Quinta de San Pedro
Alejandrino, y Luis José Serrano, obispo de Santa Marta. Algunos de
los representantes de Venezuela, como José María Vargas, José María
Carreño, el presbítero Manuel Cipriano Sánchez y Mariano Uztáriz.
Fernández no dejó por fuera a los comandantes de los barcos en los
que se llevó a cabo el traslado: Jule Ricard, Reynold York, J. A. Jörh,
Sebastián Boguier y J. B. Baptista. Al igual que los dibujos de las
ceremonias, estos originales también se perdieron.
Esta
etapa de Carmelo Fernández en Colombia se diferencia de las dos
anteriores porque no está relacionada con su carrera de militar
sino exclusivamente con la:
de
artista. A su regreso a Caracas, se dedicó, además de la docencia,
al grabado. En esta técnica trabajó temas históricos, botánicos
y literarios. Las obras dibujadas y litografiadas las realizó para
el semanario El Promotor, el cual obsequiaba a los suscriptores con
estas láminas.
4.
1849-1852
REGRESA POR ULTIMA VEZ A COLOMBIA
Y SE CONVIERTE EN ARTISTA-VIAJERO
La
llegada de Carmelo Fernández a Bogotá, al igual que la de Codazzi
y un grupo de venezolanos ilustres, obedece a la persecución a los
amigos y colaboradores de Páez, por parte del gobierno de José
Tadeo Monagas. También
contribuyeron
las excelentes relaciones de la intelectualidad de Caracas con
Manuel Ancizar, quien llegó a ser presidente del Liceo Venezolano,
fundado para propagar las luces y fomentar [...] el cultivo de la
Literatura y Bellas Artes
(15)
.
Fernández
intuyó el peligro de permanecer en su patria, debido a su
parentesco con Páez, aun a pesar de haber tenido muchos roces con
él. En sus Memorias... criticó las actitudes de su tío; si bien recibió su
ayuda en la niñez, muchas veces éste, desde el poder, afectó su
futuro hasta impedir, en 1835, que se vinculara a la Comisión
Corográfica de Venezuela: No puede el Gobierno destinar al que
pide [Carmelo Fernández] en esta solicitud colocación en el
escuadrón Granaderos Montados, ni puede aumentar la comisión
corográfica con otro individuo, ni el que representa es oficial del
ejército de Venezuela
(16).
Un
año antes de volver a Bogotá, apareció en Venezuela una
caricatura impresa, firmada por Carmelo Fernández, pero cuya autoría
ha sido motivo de controversia. Páez, alzado contra Monagas en
1848, fue vencido en el sitio conocido como Los Araguatos. Sus
enemigos políticos empezaron a mencionarlo con el sobrenombre de
El Rey de los Araguatos. El retrato satírico, supuestamente
realizado por su sobrino, lo muestra mitad hombre y mitad mono,
con una enorme corona y un largo rabo. La leyenda dice: José
Antonio Páez, Rey de los Araguatos/Carmelo Fernández lo ideó/Olegario
Meneses lo dibujó
(17)
A los historiadores venezolanos les
resulta difícil creer que Fernández hubiera tenido el sarcasmo de
caricaturizar a su pariente, pero no han hallado argumentos que
contradigan la leyenda que acompaña la reproducción; no obstante,
puede tratarse de una pequeña venganza por las deterioradas
relaciones entre tío y sobrino.
Cuando
Carmelo Fernández llegó a Colombia a comienzos de 1849, el país
había cambiado. Acababa de terminar el gobierno de Tomás Cipriano
de Mosquera durante el cual, al contrario de las previsiones que se
habían hecho por el pasado belicoso del mandatario, no estallaron
guerras civiles y se consideró un período progresista. Sin
embargo, el 7 de marzo tuvo lugar la elección de José Hilario López
como presidente, hecho que ha pasado a la historia como la noche
de los puñales, hubo agitación en el país por el
enfrentamiento de las sociedades creadas por grupos políticos,
se temió el regreso a Bogotá del caudillo José María Obando y el
cólera hizo su aparición en las riberas del Magdalena.
En
el campo cultural existían proyectos importantes. La Plaza de la
Catedral ostentaba la estatua de Bolívar, se había iniciado la
construcción del edificio del capitolio, se proyectaba la sede de
la Sociedad Filarmónica y se creó el Instituto Caldas, cuyo
programa consistía en preservar la moral, fomentar la industria, la
educación, la inmigración, la estadística y las vías de
comunicación
En
el campo de las artes y las publicaciones culturales, los litógrafos
Jerónimo y Celestino Martínez y los tipógrafos León, Jacinto y
Cecilio Echeverría, coterráneos de Fernández, habían llegado al
país dos años atrás. Todos ellos fundaron, en compañía de
Manuel Anéizar, El Neogranadino (4 de agosto de 1848), semanario de
la talla de El Promotor, e incluso de mayor calidad.
Fernández
ingresó al país misteriosamente, como era su estilo. Se anunció
en El Neogradino (24 de mayo de 1849), con un aviso anónimo de
servicios, el cual ha sido tomado erróneamente como de Celestino
Martínez. El aviso anunciaba:
Bellas
Artes. Un sujeto residente en esta capital ofrece al público sus
servicios
como
dibujante litógrafo i como retratista a la aguada y en miniatura,
sea trabajando del natural o copiando obras de daguerrotipo. Enseña
el dibujo lineal, el natural de la figura humana, paisajes, flores,
animales, etc., el dibujo topográfico, la perspectiva,
proyecciones, cortes y diseños de arquitectura y fortificación, de
máquinas y artillería. El que se ofrece ha adquirido algún
conocimiento de estos ramos en los Estados Unidos y en Francia, i
por varios años ha sido profesor de la Academia militar de Caracas
i en los colegios particulares de aquella capital. El mismo que se
anuncia para los trabajos indicados, se ha ejercitado en la enseñan.za
de la jeografía i está en aptitud de rejentar una clase o de dar
lecciones particulares de esta materia, así como también de los
idiomas inglés i francés. Se darán informes en esta imprenta.
Identificar
a Fernández como autor de este aviso, se apoya en varias razones.
En primer lugar, la omisión de su nombre: los Martínez, Jerónimo
y Celestino, eran ya personas reconocidas en la capital y habían
llegado por invitación del gobierno; en cambio el sobrino de Páez
debía sentirse un perseguido político. En segundo lugar, la mayoría
de los conocimientos que ofrecía el aviso se ajustan más a Fernández
que al pintor y litógrafo Celestino Martínez: el dibujo topográfico,
la perspectiva y otras materias afines habían sido practicadas por
el primero desde sus inicios como militar. Tres años antes (1845), Fernández había anunciado en El Promotor, de Caracas, su
obra Lecciones de dibujo
topográfico, que se publicaría por entregas. Había sido
profesor de dibujo en el Colegio de la Paz y de geografía en el de
Roscio. Su práctica en ingeniería de fortificaciones lo habilitó
desde la década de 1840 como profesor de matemáticas en la
Academia Militar de Caracas. En resumen, coincidían en el dibujo,
el retrato, la litografía, la docencia y los idiomas, pero divergían
en su experiencia pragmática en el campo de la ingeniería y la
arquitectura militar.
(continuar)
15
Jorge Ancizar-Sordo, Manuel
Ancízar, Bogotá, Biblioteca Banco Popular, 1985.
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16
Cartnelo Fernández y Simón Camacho, op.
cit.
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17
Manuel Pérez Vila, L.a
caricatmmra política en el siglo XIX, Caracas, Cuadernos
Lagoven, 1979.
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17)
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