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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Gamín
bueno, mundo malo
Aventuras
de un niño en la calle
Julia
Mercedes Castilla
Editorial
Norma, Colección Torre de Papel,
Bogotá, 1990, 196 págs.
A
venturas de un niño en la calle,
dela
Colección Torre de Papel, corresponde a la Torre Amarilla, serie de
títulos recomendados para niños de once años en adelante. A los
once años no hubiera querido leer este libro.
El
relato narra los ires y venires de Joaquín, un gamín que, en compañía
de su amigo y compinche Armando busca por las calles de Bogotá qué
comer y dónde dormir. Las aventuras consisten en escapar de otros
gamines que lo golpean y roban, dela policía, de hombres bandidos y
de una casa-reformatorio. También en buscar con solidaridad de
amigo a Armando, en el hospital a donde ha sido llevado luego de un
accidente. El resto del cuento, ambos sufren las injusticias de la
vida, aguantan hambre, piden comida y escasísimas veces juegan en
los parques. Armando y Joaquín quieren ser libres, se sienten pájaros
y no quieren jaula; por eso dejan el trabajo permanente, o el
orfanato que les consiguen las señoras buenas.
El
texto está contenido en catorce capítulos que mantienen el
suspenso
y
ahora: ¿qué pasará? y tiene ilustraciones de Daniel García,
que representan algunos momentos de
los
niños en los escenarios de sus aventuras, tan grises como la
historia. A pesar del suspenso, bien logrado, y que da cierta
credibilidad a la aventura, es difícil aceptar que en diálogos
sostenidos por niños, y menos aún por gamines, se utilicen
expresiones como marrullerías (pág. 7), en consideración
a sus huesos (pág. 26), paliza (pág. 68), festín
(pág. 71), no les caí en gracia (pág. 72), sermonee
(pág. 109), estoy deprimido (pág. 142).
Los
niños son unos gamines demasiado buenos, que tienen algunas
reflexiones como de adultos y que poseen una sólida moral a pesar
de haber escapado desde los cinco años 1 de un tugurio del sur de
Bogotá. También rezan con fervor y de rodillas, tienen fe,
derraman lágrimas de felicidad y les molestan los malos olores.
Quizá lo más difícil de escribir desde el punto de vista de un niño,
sea sentir y pensar como niño o como gamín; es éste el caso de
Aventuras
de un niño en la calle.
La
aventura contada por Julia Mercedes Castilla es pobre. Pobre es
también la utilización del único recurso de fantasía. Pingo
Pingo es el amigo invisible del protagonista. Este lo llama a
veces y sostienen breves diálogos, donde siempre le pide ayuda, y
Pingo Pingo le responde a menudo con algún contenido moral,
la moral del propio gamín. (Perdóneme, Pingo Pingo; lo intenté,
pero usté sabe que los pájaros no podemos enjaularnos, ¿verdad?)
(Ay, ¿por qué me inventó? Trata uno de hacer de usted un buen
muchacho normal, y ya ve. Bueno, tal vez, la próxima...) (pág.
63).
El
resto de los personajes que aparecen son terriblemente
estereotipados. Niñas buenas de ojos sonrientes y crespos
melados (pág. 14), son las que le dan comida o dinero o les
ayudan. Las mujeres malas son flacas y de nariz puntiaguda, o
sea feas, o gordas: Rosana la de las carnes flojas y
abundantes. Los hombres malos tienen cicatriz en la cara, son
bizcos o gordos, extraña fascinación la de la autora en
describirlos así, habiendo tantas otras cosas.
La
caracterización de Joaquín, el protagonista, es un poco
inconsecuente: al principio es vivo y valiente; después pierde esa
fuerza que le diera la vida de gamin desde los cinco años y se
torna tonto, temeroso y débil. Los textos para jóvenes son textos
para jóvenes, las aventuras son aventuras, no necesariamente tendrán
que tener moraleja, ni los personajes tendrán que ser o
buenos o malos, porque, al igual que en la realidad, en
la fantasía las personas también pueden ser buenas y
malas al mismo tiempo.
DORA
CECILIA RAMÍREZ
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