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Boletín Cultural y Bibliográfico , Número
28, Volumen XXVIII, 1991
Novela
colombiana: una aproximación por regiones
Novela
y poder en Colombia, 1844-1937
Raymond
L. Williams (traductor: Alvaro
Pineda-Botero)
Tercer
Mundo Editores, Bogotá, 1991, 273 págs.
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Este
ambicioso estudio, que abarca casi siglo y medio de producción
novelística en Colombia, es típico de su autor a la vez que una
nueva aventura para éste. Sus libros anteriores, La
novela colombiana contemporánea (1976), Aproximaciones
a Gustavo Alvaréz Gardeazábal(1977), Una década de la novela
colombiana; la experiencia de los setenta (1981), Gabriel
García Márquez (1984) y Mario
Vargas Llosa (1986), entre otros, le han ganado la fama de ser
tanto un investigador incansable como un crítico ampliamente
informado acerca de la narrativa hispanoamericana contemporánea.
Fundador y primer presidente de la Asociación de Colombianistas
Norteamericanos (ca. 1983) y fundador y actual director de la
Revista de Estudios Colombianos (ca. 1985), Williams se ha
distinguido además como una especie de pionero en la institucionalización
de los estudios culturales colombianos en Estados Unidos. Lo
inesperado de este nuevo trabajo de investigación es la magnitud de
la empresa, ya que su realización implica leer no sólo muchas
novelas menores recientes sino más de cien obras que se
remontan a casi los albores dc la independencia colombiana. Un salto
cualitativo así, en el campo de especialización de un estudioso,
resulta ciertamente impresionante.
Novela
y poder en Colombia,
que
no es ni una historia literaria ni un trabajo de crítica literaria
en sentido estricto, se inicia tras una breve nota del traductor
y un sagaz prólogoreseña del finado y afectuosamente recordado
Germán Vargas con una introducción en la que Williams
expone
sus tres premisas fundamentales: 1) Colombia ha estado constituida
por regiones semiautónomas que han de tomarse en cuenta (lo
que estudios anteriores, como Evolución
de la novela en Colombia [1957] de Antonio Curcio Altamar, no
hicieron) para comprender el desarrollo peculiar, polifrontal, de su
narrativa de ficción; 2) muchas novelas colombianas han sido
vehículos de diálogo ideológico, y no de contemplación estética,
y 3) las distintas culturas regionales de Colombia se han visto
afectadas por lo que el crítico y teólogo Walter Ong ha denominado
la noética de la cultura oral y la cultura escrita.
La
primera parte, titulada Colombia en su novela, se divide en
dos capítulos: Colombia, su historia y sus regiones y La
ideología y la novela en los siglos XIX y XX en Colombia. El
primer capítulo ofrece un breve resumen de la historia de la república
y una explicación de su acentuado regionalismo. La periodización
histórica comprende los siguientes encabezamientos: La arcadia
heleno-católica: de la colonia a la república (1810-1862),
La utopía liberal (1863-1885), La Atenas suramericana: la
Regeneración (1886-1909), La república conservadora
(1910-1929), La república liberal: un Estado progresista y
moderno (1930-1946) y Colombia moderna y pos-regionalista
(1947-1987). Las divisiones regionales utilizadas comprenden el
altiplano cundiboyacense (asociada con la escritura autoconsciente),
la costa atlántica (asociada con una oralidad trietnica), Antioquia
la grande (asociada con una tradición industriosa e igualitaria,
tanto como marcada por una tendencia hacia la nostalgia) y el gran
Cauca (asociada con cierta heterogeneidad cultural). En el segundo
capítulo (La ideología y la novela), Williams proporciona un
análisis de la novela colombiana como instrumento ideológico o político
(los dos términos se usan indistintamente), elaborando así la
segunda de las premisas adelantadas en la introducción.
La
segunda parte, La novela en su región, consiste en cuatro capítulos
y constituye el cuerpo del estudio. Sus títulos son: La
tradición del altiplano cundiboyacense: de Manuela
(1858) a El buen salvaje (1966), La tradición costeña: de Ingermina
(1844) a Cien años desoledad(1967), La tradición de Antioquia la
grande: de Frutos de mi tierra
(1896) a El día señalado
(1964) y La tradición del gran Cauca: de María
(1867) a El bazar de los
idiotas (1974). Estos títulos indican el método que
Williams ha adoptado para organizar su abundante material: escoge
obras principales o representativas para estudiarlas con
cierto detenimiento, tras lo cual crea una tradición relacionándolas
mediante descripciones o resúmenes breves de textos menos
atractivos. (Hay también, al final de cada capítulo, un catálogo
cronológico de numerosas novelas de las respectivas regiones o épocas.
Recursos críticos no anunciados en la Introducción pero sí
empleados a menudo en las exégesis textuales incluyen la novela
como archivo(Roberto González Echevarría), la oración
nuclear (Gerard Genette), la intertextualidad como antónimo o
como sinónimo (Michel Riffaterre), la cualidad dinámica de
la experiencia del lector (John Brushwood) y la ciudad
letrada (Angel Rama).
La
tercera parte, titulada Después del regionalismo, consiste en
un solo capítulo, La novela moderna y posmoderna (1965-1987):
García Márquez y Moreno-Durán. Aquí Williams abandona adrede
su punto de vista regionalista, aseverando que a mediados de los años
sesenta la nación se había modernizado e interconectado a punto
tal, que ya no es aplicable el esquema inicial. En este
momento,
también su análisis de la dinámica entre la cultura oral y la
escrita representadas en la literatura cede paso a una narración
que intenta (y lo logra, por lo menos en el plano estilístico)
dirigirse a la compleja relación entre la literatura moderna y la
posmoderna. No hay conclusión general, ni bibliografía alfabética
ni indice de autores, temas o títulos, como suelen ser normativos
en los libros propiamente académicos.
Tal
vez a causa de lo gigantesco del reto que Williams se planteó con
este trabajo, surgen numerosos problemas elementales, casi de
detalle. Hay varios errores de redacción y de lógica del siguiente
tipo: La caracterización inicial de Agustín enfatiza, sobre
todo, su obsesión burguesa con el orden: pulcritud, simetría,
brillo son los adjetivos [sic] que se utilizan para
identificarlo (pág. 170). Más graves, no obstante, son las
interpretaciones forzadas que surgen de la imposición de la carga
de un amplio esquema regional sobre textos individuales que no
siempre quieren conformarse al modelo. ¿De qué otra manera podemos
explicar las rebuscadas hipótesis de que Arturo Coya no debe
tomarse, en algún nivel de la lectura, como la figura de un ser
humano (págs. 94-95); de que Isaacs no logra ficcionalizar una experiencia del
Nuevo Mundo más allá de la mediación documental de la cultura
escrita (pág. 214) (no hay indicio alguno de que Isaacs haya
abrigado tal intención); o de que El
bazar de los idiotas expresa una oralidad implícita porque su
narrador retrata personajes pesados y tiende a repetirse (págs.
232-234) (los ironistas, parodistas y satiristas de la cultura
escrita también emplean esas técnicas)? Estas dificultades, a su
vez, derivan de una tendencia a esencializar
(simplificar y, a pesar del cuadro cronológico, deshistorizar)
a las regiones de Colombia y a atribuirles poderes determinantes
sobre sus novelas, como en la cita siguiente:
De
acuerdo a [sic.] la tradición de igualdad de [Antioquia], Carrasquilla
a menudo acentúa lo oral y lo popular (pág. 173). En un estudio
general de pionero alguna simplificación es inevitable y aun
deseable, pero en un libro repleto de analepsis. y
narradores intradiegéticoheterodiegéticos uno no puede
menos que anhelar que Williams hubiera matizado un tantico más sus
tipificaciones regionales.
Este
libro ha sido injustamente (y previsiblemente) atacado,
principalmente por algunos escritores resentidos que se han creído
merecedores de mayor antención que la que se les ha dedicado. La
verdadera polémica
no
la pelea de gallos que se armó debe centrarse en la cuestión de
si el estudio ha podido profundizar en la historia y la cultura
colombianas con bastante refinamiento como para enseñar algo nuevo
a los mismos colombianos. No hay duda de que Williams ha trabajado
en serio, aportando una cantidad considerable de información
relevante, ni tampoco de que su paradigma no lineal del desarrollo
de la novela colombiana representa una revisión importante. Hay que
tener en cuenta también el hecho contundente de que la versión
original del libro (The
Colombian Novel, 1844-1987) [Austin, Tejas: University of Texas
Press, 1991] constituye el primer estudio comprebensivo en inglés
sobre la novela colombiana. Por consiguiente, muchos de los nombres
mencionados o estudiados, incluso los de sus más vociferantes
detractores, llegan por primera vez a la atención de una multitud
de lectores en el extranjero. En últimas me consta que, pese a sus
deficiencias, el trabajo de Williams representa una contribución
sustancial y estimulante a nuestro conocimiento de la literatura y
la cultura colombianas contribución
que
a lo mejor se convierte en punto de referencia obligatorio para
generaciones venideras de investigadores. Y que no se nos olvide la
juiciosa labor del traductor Alvaro Pineda-Botero, cuya presencia,
como es debido, casi no se nota.
JONATHAN
HITLER
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