Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

El ojo Ajeno


Entre onces y mediasnueves
Diario colombiano

Martes 4

Acabo de llegar a Colombia, ese país tan al norte de nuestro sur que, según me dicen, es absolutamente contradictorio. Pero vamos, todos nuestros países son básicamente contradictorios. ¿Te vas a México? Ah, qué país tan contradictorio. ¿Perú? Vas a ver las contradicciones con las que te vas a encontrar. ¿Brasil? Cuántas contradicciones. ¿Así que a Venezuela? Es un país muy contradictorio. La advertencia puede ser irritante, pero no es yana. La contradicción que por sí misma es la comprobación de las contradicciones, reside en que la vivencia es mucho más movilizadora que la de las maravillas del mundo. Desconocidas pero conocidas, quietas, eternas, museificadas, si se me permite el neologismo, las caras de Rembrandt o el Gran Cañón del Colorado o el posmodernismo, nos devuelven una mirada segura: pueden hacer que el mundo tambalee a nuestro alrededor, pero están ahí, y eso es una garantía, el aval contra el riesgo, el capital que la humanidad, raza frágil y tozuda si las hay, ha ido acumulando por si acaso, para los momentos de desdicha.

Pero la contradicción es resbalosa, quebradiza, y tan escondedora que termina por ser ubicua: ahí andamos, en estos países de América Latina, viviendo en algunos rubros en la Edad Media que nunca tuvimos y tratando en otros de alcanzar el siglo XXI, feroz y contradictorio él también, porque viene ya preñado de apocalipsis. Y sin embargo hemos hecho, estamos haciendo nuestra parte, haciendo vivir a Borges, Frida Khahlo, el Aleijadinho, Clarice Lispector, Martí, sumándola al capital que crece lentamente, muy lentamente, a espaldas de Bush, de Saddam Hussein, de Videla, de Pinochet y de tantos otros desagradables depredadores. Lo hacemos porque somos parte de esa raza que, además de ser frágil y tozuda, es intrínsecamente ficcional: creamos para no morir. O quizás y también, para adelantar el final. 10 de la noche. Hace frío, llueve. Me duele la cabeza, tengo dificultades para respirar y taquicardia. ¡Cómo! ¿No era esto el trópico? Sí, me aseguran, Bogotá es el trópico, cómo no, pero a dos mil quinientos metros y pico sobre el nivel del mar. Quién sabe si no sería conveniente renunciar a todo, volver a casa, morirse.

Miércoles 5

No me morí, por supuesto. Cualquier día: Bogotá es bellísima. Aunque está nublado, llueve de a ratos, hace muchísimo frío y sigo teniendo dificultades para respirar, pero me voy acostumbrando a la taquicardia. Mejor caminar despacio. Mejor no caminar y mucho menos subir escaleras. He ido novecientas veces hasta la ventana de mi cuarto de hotel y todavía no lo puedo creer. Los Andes están ahí. Esa línea de color marrón en los mapas, ese pliegue fanfarrón y formidable de la tierra, está ahí: si una saca la mano y se inclina un poco por la ventana, los toca. Sólo que no se puede, porque en Bogotá las ventanas no se abren. Enormes ventanales de vidrios fijos en todas partes. A un costado suele haber un ventilete chiquito así, que sí se abre y por el que entra un frío espantoso. Las fachadas de los edificios (torres de sesenta pisos como nada) parecen todas de vidrio. A veces lo son.

11:30 de la noche. ¿Quién te dijo que te ibas a otro país? Te viniste a otro mundo. Los limones son liliputienses como en Perú. El té se pide “té en agua”, porque si no te lo traen con leche. “Un tinto” no es un vino sino un cafecito, pero “un café” es un café con leche y “un perico” es un cortado. “¿Le provoca un tinto a sumercé?” significa “¿Quiere un cafecito?” Los colombianos mezclan el tú, el vos y el usted. Debí habérmelo supuesto desde las primeras cartas de mi querida amiga Helena Araújo que se llevó a la multilingüe Suiza su dulce lengua colombiana y que frente a La Périgourdine me abrió los brazos diciéndome “mi señora”. Lo que me encanta de eso de “sumercé” y de “mi señora” es que no van de abajo para arriba sino en todos los sentidos.

Como en Estados Unidos, la planta baja se llama primer piso y no planta baja; el primer piso se llama segundo piso y así sucesivamente, y no hay piso trece en ninguna parte. Nos previenen: no salgan de noche, no salgan solos de día, no suban a las busetas, ciudado con la burundanga, no tomen taxis de noche, no caminen contra las fachadas, no salgan, no vayan, cuidado, no hagan esto ni lo otro, no, no, no y no. La buseta es nuestro colectivo: de bus, buseta, en femenino, vaya sumercé a saber por qué. La burundanga no es sandunga. No es conga ni cumbia ni rumba ni joropo ni samba ni merengue ni bolero ni mambo ni tango. Es un aerosol que, dicen, contiene escopo­lamina. A mí me suena a leyenda: pufffff y zás, te matan. Eso dicen.

A las seis doy una conferencia en la Biblioteca Luis-Angel Arango sobre “Las mujeres y las palabras”. Mucha gente, muchos hombres, cosa que me llama la atención. Para mi que se equivocaron de conferencia, pienso. Pero no sólo no se equivocaron sino que parecen auténticamente interesados en el tema: preguntan, dan opiniones, piensan en lo que les contesto y vuelven a preguntar. Las mujeres también pero, bueno, eso se descuenta. Lo que me llama la atención es que los varones quieran hablar de temas que en la Argentina se debaten sólo entre mujeres, y que hablen, no que sonrían socarronamente, sobrándonos. Un hombre puede llegar a decir que le molestan las nuevas actitudes de las mujeres, pero no sugiere que somos todas estúpidas, frígidas, locas, marimachos y delirantes. Bueno, qué será lo que pasa acá con los movimientos de mujeres. En las librerías no hay, como en Estados Unidos y ahora en cierta medida en Argentina, como en los países de Europa por supuesto, anaqueles destinados al tema mujeres; pero en los diarios hay una sección de la cartelera cultural destinada a las conferencias, debates, películas, dedicados al tema mujer. El machismo no es elocuente desde afuera, para la que va viajando; la actividad de las mujeres silo es.

Viernes 7

A Cartagena no, no voy. No hay pasajes de avión ni de ómnibus ni de tren ni de bicicleta ni de nada. No hay lugar en los hoteles, hosterías, pensiones, carpas, sótanos o lo que sea. Y no es que una monstruosa ola turística se haya abatido sobre Cartagena de Indias. Es que en Cartagena de Indias se está por elegir a la Señorita Colombia. Señorita: nada de Miss. Todos los diarios, toda la televisión, todas las radios, todas las revistas, todas las conversaciones, y supongo que todas las confesiones y todas las sesiones psicoanalíticas, están ocupadas por un único tema: el de la elección de la reina de la belleza. Ah, no, les digo a las amigas, esto no puede ser, es una broma, estas cosas no suceden en la Argentina. ¿Cómo? me dicen, ¿no se elige a la reina de la belleza? Bueno, sí, admito, tengo idea de que, como en todos los países, sufrimos esa humillación periódica. Algunas pobres chicas que no tienen más que el cuerpo y que quieren ser modelos o vedettes o actrices son medidas, calibradas, pesadas, miradas como vaquillonas. Se les pregunta qué leen y contestan que Cortázar y Borges mirando con ojos de vaquillona ellas también, desde sus cerebros lisitos, sin una sola circunvolución, limadas por la publicidad y por los modelos que les han presentado como ideales. Enflaquecidas a fuerza de dietas, hieráticas, acartonadas, uniformadas, aspiran en esta civilización de lo efímero a ser el objeto más efímero de todos, a esfumarse detrás de maquillajes, peinados, trajes de baño y mohines, sin saber que obedecer no las hace más apetecibles y que lo contrario de obedecer es pensar: que lo que hay que elegir es un oficio, una carrera, una profesión en la que nos vayamos valorizando y no muriendo, con el paso de los años. Pero en la Argentina no pasa esto: el país no se detiene, la vida no se revoluciona. ¿Qué es lo que sucede aquí?

Me dicen que, para empezar, sólo pueden concursar las niñas de familias muy ricas. Hay que gastar en trajes, zapatos, peinadores, alhajas, perfumes, plumas de faisán, modistas, masajistas, lentejuelas, tules, sedas, terciopelos. Para seguir, se las adiestra toda la vida en función del concurso, y hay familias que se enorgullecen de dos o tres generaciones de Señoritas Colombia o de candidatas a Señoritas Colombia. Difícil de creer aunque se sepa que es cierto. Difícil cuando veo que hay en Colombia, como no hay en la Argentina, muchas mujeres en puestos claves en economía, en cultura, en comercio. Guardo la contradicción en el bolsillo para sacarla después a la luz, poder mirarla, darle vuelta entre las manos ante los ojos y tratar de comprender.

Sábado 8

Anduvimos caminando por ahí. Los sábados trabaja todo el mundo, manaña y tarde, salvo los bancos. Miramos vidrieras, nos metinos en los negocios, preguntamos precios, regateamos, no compramos nada. Recorremos el Centro y después nos vamos en auto al Norte. Bogotá está muy bien zonificada, no sé si por obra de los bogotanos o del azar que tal vez no exista o de una colaboración (¿azarosa?) entre ambos. El Sur es pobre y poco recomendable. Enseguida viene el Centro,que no está en el centro sino pegadito al Sur. Y más allá el Norte, que no es otro barrio ni otra ciudad ni otro país: es otro planeta. Es la parte rica y elegante de la ciudad. De la calle sesenta para adelante la cosa se pone exquisita. Y ya si vivís más allá de la calle cien, sos una bacana total. En el Norte los edificios, discretos y no altísimos como las rutilantes torres del Centro, están guardados por cercas, rejas y guardianes. Las avenidas son anchas y arboladas y las calles también. Los negocios son elegantísimos y carísimos. Todo es de oro, de sol, de tranquilidad y de silencio y hasta parece que hace menos frío. Autos largos como salchichas (qué comparación poco elegante; probemos de nuevo), autos largos como panteras (eso está mejor) salen de los garages blindados y el guardián saluda metralleta en ristre. Con los vidrios cerrados y los seguros asegurados, toman velocidad y se van quién sabe a dónde, sin detenerse en los semáforos en rojo.

Domingo 9

Nos levantamos tardísimo y vamos a almorzar al Zaguán de las Aguas, en la calle diecinueve, que queda en el Centro tirando para el Sur, pero es elegante, arbolada y ancha. De paso, mejor no pronunciar el verbo tirar en Colombia: decir botar o arrojar. Y no espantarse por el verbo coger, que nosotros no decimos o decimos sólo entre amigos, y que en Colombia se prodiga casi tanto como en España. Cómo ajiaco con pollo. Es una sopa de papa con pollo, choclo, alcaparras y palta. La palta se llama, como en México, aguacate. Es picante. Me gusta muchísimo. La comida colombiana típica es, como la nuestra, la comida de la pobreza. En Colombia, ajiaco, arepas, sancocho. En Argentina, puchero, mazamorra, carbonada, locro. En Argentina, dulce de leche; en Colombia Arequipe. En Argentina y en Colombia, empanadas. Tomamos cerveza. Llueve a cántaros. Y cuando no llueve, el cielo es gris, gris, gris, qué tristeza.

Lunes 10

Me voy a vivir a La Perseverancia a casa de Elsa. La Perseverancia es un barrio obrero, el primero que hubo en Bogotá. Está allá arriba, a la altura de las calles treinta a treinta y cinco más o menos, y por las carreras cuarta y tercera. Abajo, por ahí por donde ahora está la prestigiosa carrera séptima, estaban las fábricas. La casa es preciosa, modesta pero no berreta. Tiene una puerta de madera de doble hoja, pintada de celestes, y dos ventanas cuyos marcos también están pintados de celeste y que ¡se abren! Se entra a un patio, como en nuestros humildes departamentos de pasillo, lleno de plantas y gatos. Hay una enorme habitación a un costado, que sirve de comedor, sala, dormitorio y escritorio, también llena de plantas y gatos pero con muebles antiguos, mecedoras, almohadones, espejos, alfombras rústicas, canastas y máscaras de color en las paredes. Hay otra habitación más chica después de ésa, con un diván, un escritorio, más alfombras rústicas, más canastas, una butaca y un armario: mi dormitorio. Hay un baño minúsculo y hay una cocina eléctrica, también minúscula. Cocinan con electricidad: a mí me parece horrible pero a Elsa le parece horrible que nosotras cocinemos con gas. Yo digo que la electricidad es peligrosa, Elsa dice que el gas es peligroso, y nos reímos bastante de nuestras mutuas tonterías.

A La Perseverancia se sube haciendo trabajar mucho las piernas y los pulmones. Eso es bueno para la circulación, para las coronarias y para los malditos vasos de las piernas que se deterioran con la falta de ejercicio y no nos permiten tener miembros suavecitos y lisitos como los que nos exige el mundo. Subamos a La Perseverancia, dejemos que durante los tres primeros días nos atormente el dolor en las pantorrillas; al cuarto estaremos mejor, al quinto ya no sentiremos nada y treparemos como veteranas, sorteando chicos que juegan increíblemente a la pelota en las cuestas empinadas, mesas improvisadas sobre cajones en las que se venden frutas lujosas, vehículos que vienen como despeñándose desde allá arriba para parar en la carrera quinta entre el olor a pan y los grupos que esperan en silencio. Me gusta vivir en La Perseverancia: se puede salir a toda hora, se puede volver sola tarde en la noche, se puede perdirle algo a la vecina. Hay gente sentada en sillitas en la vereda, como en cualquier barrio de Rosario o de Buenos Aires, críos en las calles, una sensación como de familiaridad y de seguridad.

Martes 11

A la mañana saco fotos, muchas fotos de lugares de Bogotá y que presumiblemente no voy a volver a ver. En una calle paqueta hay un “salón de onces”. Me asomo. Parece una confitería. Tengo que preguntar de qué se trata. Almuerzo con las amigas en un barcito que hay en La Macarena cerca de la casa de ellas y después me voy corriendo a la Luis-Angel. Antes de irme pregunto: ¿Qué es un salón de onces? Se ríen de mi ignorancia: una sala de té, me dicen, un lugar en el que se toma el té. ¿Y por qué le dicen onces? sigo preguntando. Ah, no sabemos, me contestan, pero onces es tomar el té, la hora de las onces es la hora del té. Están locos estos colombianos, pienso, como piensa Astérix que los romanos están como un plumero.

Le pregunto a Marta Cubides por qué le llaman onces al té y a la hora del té. Me dice que no lo sabe pero que me lo va a averiguar. Que quizás antes se tomaba el té a las once y quedó eso de onces así como se llama mediasnueves a la colación que se tomaba a media mañana. No parece muy probable pero tampoco parece haber otra explicación a la vista. Me reúno con las escritoras. Se espera que yo hable y que las colombianas hagan aportes y preguntas. No me cuesta mucho hablar, así que arremeto. Están Maruja Vieira, poeta; Sonia Truque, cuentista; Lilia Gutiérrez, poeta; Rosita Jaramillo, ensayista; Mariela Zuluaga, poeta; y Liana Trujillo, la más joven de todas, poeta.

Hablamos mucho. Nos contamos cosas y las comparamos. Compartimos con los escritores varones ciertas zonas de dificultades para publicar, de problemas del libro y del lector, de tensiones de la escritura, de la (im)posibilidad de ganarse la vida escribiendo. Y tenemos nuestras propias dificultades: el silencio como modalidad de sumisión impuesto desde hace catorce mil años, semana más semana menos, la dura decisión de la palabra pública por fin y a pesar de todo, la opción entre callar y morir o usar un lenguaje que no nos pertenece, la necesidad urgente de poner en palabras prohibidas una identidad aun misteriosa y desechar la impuesta. Todo eso, además de las dificultades prácticas. Que una niña escriba (versos sobre todo) es aceptable y hasta encantador; total, cuando se case todo eso se le va a pasar. Pero que una mujer quiera hacerlo como profesión es, por lo menos, irritante. ¿Hay que renunciar por eso a la vida de familia para ser escritora? Muchas no lo hemos hecho. ¿Quién dice que no se puede pedir (tener) todo? ¿Por qué hay tantos libros dedicados a “mi esposa sin cuya abnegación y cariño este libro no hubiera sido escrito” y ninguno dedicado a “mi marido sin cuya abnegación y cariño este libro no hubiera sido escrito”? Ahora que somos tantas (o que se nos ve más) las mujeres que escribimos, ¿hemos ido adquiriendo un lenguaje o seguimos usando las palabras del ágora, del mercado, del campo de batalla, ámbitos que por suerte nos son ajenos? ¿Estamos haciendo algo por modificar eso en beneficio de mujeres y varones? ¿Qué pasa que estamos tan. aisladas y nos conocemos tan poco? Salgo de esa reunión con la seguridad de haber encontrado a gente valiosa y de haber averiguado que somos iguales de cualquier lado de la frontera del que estemos. De que nos comprendemos.

Miércoles 12

Me llama Marta Cubides y me devela el misterio de las onces. Viene del mundo privado de los hombres. Hace mucho tiempo los hombres volvían a sus casas después del trabajo, se aseaban, se cambiaban de ropa y al rato salían otra vez diciendo que se iban a “tomar las onces”. En realidad iban a tomar aguardiente y todo el mundo lo sabia, pero usaban el eufemismo cómodo porque la palabra aguardiente tiene once letras. La costumbre de ir a tomar las onces se perdió ose diluyó (se sigue tomando aguardiente a toda hora, y mucho), pero a la tarde las mujeres o por lo menos las mujeres de cierta clase, que no creo que fueran las de La Perseverancia, empezaron a salir a tomar el té, y a esas salidas les siguieron llamando “ir a tomar las onces”. No, si ya sabía yo que si alguien me podía averiguar esto, ese alguien era Marta.

A mediodía tomo el avión a Medellín. Es la segunda ciudad de Colombia, es la capital de Antioquia, es la ciudad en la que murió Carlos Gardel. En el aeropuerto suena un tango: Mi noche triste. En las calles se oyen tangos, en los bares pasan tangos por los aparatos de música. En las vidrieras hay retratos de Gardel. ¿Argentina? me preguntan, Carlos Gardel, ¿eh? Y, sí, digo yo, y camino por la peatonal al son de Malevaje, que un poco más allá se convierte en Tortazos, y esta noche me duermo acunada por Canchero y al día siguiente, supongo, me despertaré con Siga el corso.

Jueves 13

No, no fue Siga el corso pero en el comedor del hotel se oía Mano a mano en sordina. Es increíble. Me habían dicho en Bogotá que en Medellín se destruía y se reconstruía la ciudad cada dos años. Lo parece. Nueva, brillante, espaciosa, cruzada por enormes avenidas, llena de parques y de árboles y de montañas, claro. Recorro los tinglados de un mercado callejero en el que se vende de todo, desemboco en un lugar abierto en el que hay una enorme escultura de una gorda, me meto en el museo y me doy una panzada de la obra de Botero. Me gustan algunos cuadros y casi todas las esculturas. Salgo de allí sin postales con reproducciones porque no había, con la sensación de rosadas y suaves pieles bajo los dedos y riéndome. Anduve por las iglesias y por la universidad y los parques y las plazas y compre artesanías.

Trato de comunicarme con los movimientos de mujeres pero reboto olímpicamente, no sé por qué. Asisto sin embargo a dos conferencias, una de ellas con proyección de una película alemana sobre mujeres que trabajan, ¡filmada por hombres! en donde todas las mujeres son felices, divinas, eficientes y tienen mucha plata y ningún problema. Qué lindo. La otra es la universidad y resulta más interesante y esclarecedora pero me voy temprano porque quiero seguir viendo la ciudad y el tema identidad es algo que en la Argentina vemos a menudo.

Sábado 15

También se trabaja todo el día, y también con la intensidad con la que se trabaja en Bogotá y también se ve a las mujeres salir tempranito. Son tantas, tantas que es impresionante. ¿Serán más que los varones? No sé, no las conté, me disgustan las estadísticas, veo dos números seguidos y me desmayo de la impresión. Pero son muchas. Pero en Medellín, en Bogotá, como en todas las ciudades de la Argentina, como en los campos y los desiertos, como en las montañas y en los pantanos y en los oasis, trabajan al lado de los hombres con la misma intensidad. ¿La misma? No, no es la misma intensidad: mucho más intensamente, puesto que nosotros tenemos doble y a veces triple jornada. Eso lo sabemos todas y todos muy bien, y si no lo sabemos es porque ni pensamos en el asunto de tan sabido. Y si no pensamos en el asunto es porque no, no queremos que se nos mueva el suelo que pisamos.

Pero bueno, entonces en Colombia no hay nada diferente de lo que hay en este sentido en Argentina. No, no hay. Siempre hemos trabajado las mujeres al lado de los hombres y más que los hombres. Salvo por algunas reinas, algunas nobles, algunas aristócratas y después algunas burguesas, la imagen de la mujer ociosa que se pinta las uñas, come bombones y lee novelitas de amor o mira telenovelas y se aburre soberanamente en la vida y por tanto maquina cómo hacerle la vida imposible al marido, al amante, al papá y a la mejor amiga, es más falsa que un billete de dos pesos.

No somos las mujeres de hoy, ni en Colombia ni en la Argentina, las que hemos inaugurado este vicio de trabajar. La campesina francesa de hace cinco siglos salía antes del alba a sembrar y ordeñar y cosechar como los hombres y paría como las vacas (lástima, tan encantador el cuadro aquél de Millet) y se le morían más hijos que terneros a las vacas y seguía ordeñando y sembrando y pariendo. La obrera inglesa que manejó los primeros telares mecánicos se destrozaba las manos y los pulmones igualito que los hombres y se iba después a una casucha lóbrega a cocinar y coser. Las dactilógrafas de Nueva York, las maestras de frontera, las enfermeras de Bombay, pero, ¿de qué estamos hablando? Vaya novedad.

Entonces, por ese lado no se ve machismo, no se ven harem ni gineceo, no se ven mujeres atadas a la pata de la cama para que-no salgan a la calle. En Colombia las mujeres no tienen “la pierna quebrada y en casa”. Trabajan, estudian, a veces hacen la dos cosas y además se ocupan de la casa. ¿Culpa? Por supuesto, cuándo no. Hemos terminado por creer el cuento ése de que somos desalmadas y egoístas. Pero trabajamos. Por ahí no tenemos otra opción, es cierto, no es lucidez sino necesidad. Es cierto, pero ¿es cierto?

He ahí la contradicción. En Colombia, las mujeres tienen Cierto peso. Sus movilizaciones, los cargos que ocupan, sus manifestaciones, sus publicaciones, todo eso se mira como parte del panorama: no es motivo de burla. En eso son diferentes de nosotros y de nosotras. Interesante contradicción, voto a la Madre Eva y al Padre Adán. La sociedad colombiana, patriarcal como en toda América Latina, machista como en toda América Latina, sigue considerando a las mujeres como seres subhumanos, de segunda, mezcla de ameba con maniquí. Los hombres pegan, violan, matan, maltratan y desprecian. Y ni qué decir de obtener justicia, que en esos casos es extremadamente difícil si no imposible. Pero las mujeres hablan, escriben, se organizan, publican sus revistas, se hacen oír, son escuchadas, debatidas, aplaudidas.

Es intranquilizador pero también es estimulante. En Argentina, en lo que a las mujeres se refiere, no hay contradicción, somos desoladoramente coherentes: patriarcales, machistas, palpamos el desprecio y la mofa hacia los reclamos y la organización de las mujeres. En suma, estamos en peligro de muerte. La contradicción indica la vida, indica que algo pasa, que hay crisis, impulso, nacimiento, cambio. Como en Colombia. Bienvenidas las contradicciones.

Martes 1 8

No hice más que pasear el fin de semana. Ayer hablé sobre el cuento en la Biblioteca Piloto, en el taller de don Manuel Mejía Vallejo, un viejo señor buen mozo y simpático que toma aguardiente como quien toma agua. Me regala uno de sus libros y yo le regalo uno de los míos. Mucha gente en el taller, muy entusiasta e interesada. Don Manuel me presenta y después me larga para que yo les hable a sus talleristas. Cosa que hago durante una hora y me callo, para dar lugar a las preguntas. Es una intere­ sante experiencia. Hay tantos hombres como mujeres y todos escriben. La mayoría, poemas. Algunos, cuentos. Muy pocos, poemas y cuentos. Llueven las preguntas, algunos me alcanzan sus libros. Nos despedimos trabajosamente, y la directora de la Biblioteca me invita a quedarme en una reunión con escritores jóvenes. Manaña vuelvo a Bogotá.

Miércoles 19

Amanece lentamente en Bogotá bajo el mismo cielo gris que ha estado todos estos días sobre mi cabeza. Extraño el sol y el calorcito de Medellín, los tangos, las gordas de Botero, el sol, el sol. A mediodía se pone a llover. Hago mis valijas y espero el taxi. Vienen las amigas a despedirme y lloriqueamos un poquito. A la tarde tomo el avión y llegaré a Buenos Aires, creo, entre onces y mediasnueves.

ANGÉLICA GORODISCHER