Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

La gracia y vivacidad de las caricaturas de Torres Méndez lo sitúan sin duda entre los mejores cultivadores del género en la Nueva Granada en el siglo XIX. En el catálogo de la exposición Art in Latin America, organizado por la galería Hayward de Londres en 1989, se destaca a Torres como caricaturista y se señala que el pintor santafereño “produjo algunas de las sátiras más agudas de la sociedad y la política de su tiempo (14) .

La obra más antigua que se conoce de Torres Méndez es un Retrato de señora, miniatura sobre marfil firmada y fechada en 1834. En 1837 se fechan otras dos miniaturas: un Retrato de hombre y la exquisita miniatura de doña Eduviges Vanegas y Contreras. En 1838 se fecha un retrato sobre marfil de José Belver. La miniatura era entonces el medio para hacerse retratar más común entre los miembros de las clases altas bogotanas, y tuvo su apogeo precisamente en la década de 1830. No existen muchos ejemplos anteriores, y el comienzo de su declinación coincide con la introducción de la fotografía, que llegó a la Nueva Granada en el mismo año de su aparición en Europa: 1839. Para 1871 se había extinguido casi por completo, y en la exposición del 20 de julio de ese año sólo había un retrato de Napoleón en miniatura, hecho por la señorita Rosa Groot, que los críticos vieron “con indecible placer y mucho detenimiento”, como uno de los últimos ejemplares de “tan lucido y digno modo de pintar (15) . Aunque Torres Méndez todavía se anunciaba en 1867 como “retratista al óleo y miniaturista (16) , no se conoce ninguna miniatura fechada después del decenio de 1830, y es presumible que hubiera disminuido considerablemente su producción dentro del género.

Sin título, s.f. dibujo a lápiz sobre papel.

Al mismo tiempo que experimentaba con la miniatura sobre marfil, Torres Méndez comenzó a explorar el retrato al óleo. El arte del retrato proporcionó a Torres su medio de subsistencia más estable. De acercarse a la verdad la cifra propuesta por Belver, según la cual Torres Méndez pintó 600 retratos al óleo, podría calcularse que, durante los 50 años en que mantuvo su taller, ejecutó en promedio un retrato mensual. El retrato al óleo fue la expresión artística más abundante del siglo XIX local, y constituye una de las manifestaciones más sensibles de la idiosincrasia y los anhelos íntimos de las clases dominantes del país. La cualidad más sobresaliente de la obra retratística de Torres, y en la cual se cimentó el inigualado prestigio de que gozó en su época, fue su capacidad para el logro de la semejanza, capacidad que le permitió apropiarse del calificativo de “retratista infalible”. Quizá el éxito de Torres como retratista se explica por su comprensión del verdadero sentido que para sus contemporáneos tenía la “semejanza”. En contraste con la fotografía, los clientes de los retratistas no buscaban la fidelidad exacta con la apariencia externa; perseguían un imponderable balance entre sus rasgos físicos, su carácter y sus aspiraciones, el cual sólo se lograba por el intercambio personal con el pintor. La lista de las miniaturas y retratos al óleo de Torres Méndez es un prolijo índice de linajes y apellidos que comprende a terratenientes, comerciantes, prelados, diplomáticos, juristas, militares, funcionarios públicos y descendientes de los héroes de la independencia.

Jinetes de la ciudad y del campo, s.f. Litografía coloreada en acuarela.

Galleros, s.f. Litografía coloreada en acuarela.

En 1837 se fecha un paisaje de mediano formato, el Boquerón del río San Francisco, una de sus primeras pinturas al óleo. El paisaje no fue uno de los géneros preferidos del pintor y, aparte de esta obra, sólo puede considerarse como paisaje el Paseo campestre, compuesto hacia 1856, sin duda su mejor pintura. Aun cuando las “costumbres neogranadinas”, con sólo cuatro o cinco excepciones, se desarrollan en los espacios abiertos del campo y la ciudad, el paisaje tiene en estas obras un papel secundario, consistente en servir de escenario a las costumbres y tipos representados. Las vistas del entorno rural y urbano son casi siempre esquemáticas o difusas y no distraen la atención de la escena principal. No obstante, en todos los casos se percibe una clara conciencia del valor plástico de la naturaleza y una precisa percepción de la vegetación, la topografía y la arquitectura locales. Torres Méndez tenía un evidente talento para el paisaje, y su falta de desarrollo es un indicio importante para el análisis de los valores del universo visual de la Nueva Granada.

El aprendizaje formal de Torres Méndez se redujo a las lecciones gratuitas de diseño y de grabado que recibió del francés Antonio P. Lefebvre en la Casa de Moneda. Lefebvre llegó en abril de 1837 a Bogotá, contratado por el gobierno como parte de un proyecto para unificar las monedas de la república. El contrato con Lefebvre, firmado en París por don Rufino Cuervo, establecía que el grabador debía dar lecciones a 12 jóvenes, que fueron seleccionados por el director de la Casa de Moneda. No se sabe de grabados ejecutados por Torres Méndez. Sin embargo, las consecuencias del aprendizaje del diseño son visibles en toda la obra del pintor. Es patente, tanto en los cuadros al óleo como en las láminas de tipos y costumbres, el cuidado por el dibujo. Hay testimonios sobre su inclinación por la geometría plana, sin duda estimulada por las clases de Lefebvre. El dibujo de Torres Méndez es nítido, como el de una moneda, y es notorio su desinterés por las sombras. De ahí que sus obras se caractericen por cierta tersura y un tono directo que contribuyen a realzar su valor descriptivo.

Las lecciones de Lefebvre se extendieron por cerca de un año. A fines de 1838 o principios de 1839 Torres Méndez formó parte de una comisión oficial que envió el gobierno de Bogotá al valle de Tenza. La comisión posiblemente estaba relacionada con proyectos de la Casa de Moneda. En el valle de Tenza conoció a María Coleta Medina Morales, con quien se casó en Guayatá el 19 de abril de 1840. Una miniatura sobre marfil, posiblemente de ese año, retrata al clérigo que bendijo la unión, Pablo Agustín Calderón. De esta época data también la miniatura de Braulio Antonio Medina Camacho, primo de María Coleta. Del matrimonio Torres Medina hubo ocho hijos, a saber, Adelaida, Amalia, Avelina, Clelia, Cleofe, Clementina, Francisco y José Ramón. En la semblanza de Ramón Torres publicada por El Conservador en 1882 se describe así al hogar del pintor:

“En la casa de Torres todos dibujan, los hombres y las mujeres. Las señoritas cultivan también la música, y cultivan las flores, y cultivan algo mejor, cultivan la modestia (17) Quizá el encierro de la familia dentro de sí misma fue la causa para que, de los ocho hijos de Torres Méndez, seis hubieran permanecido solteros. También murieron solteros todos sus nietos, con excepción de María Helena Pardo Torres, hija de Adelaida.

Siguiendo la tradición colonial del hogar de artesanos, Torres Méndez transmitió a sus hijos los conocimientos de su oficio y, como resultado, cinco fueron pintores: Adelaida, Amalia, Francisco, Clementina y Avelina. Cuatro de ellos participaron en la exposición nacional de 1871, comentada por Leonidas Scarpetta y Saturnino Vergara, quienes escribieron complacidos que Torres “ha podido ver el fruto de sus desvelos en la enseñanza de sus dignos hijos (18) . Sin duda el más destacado fue Francisco, cuya amplia figuración en la vida artística de Bogotá puede seguirse hasta la exposición nacional de 1899. En la Primera Exposición Anual de 1886, participó con 11 obras. Los jóvenes Torres Medina conservaron cierta independencia artística respecto a su padre. Las obras predominantes entre las mujeres fueron los bodegones y las flores, aunque Adelaida representó también la figura humana. Francisco se destacó por las pinturas religiosas, paisajes y estudios. Curiosamente, ninguna de las obras conocidas de los pintores Torres Medina fue cuadro de costumbres.

Al viaje de Torres Méndez al valle de Tenza siguió otro, en 1841, a las provincias de Antioquia y Neiva, también en comisión oficial. José Belver afirma que, como pintor, dejó “bien conocido su nombre en aquellas poblaciones”. Sin embargo, aparte de un Monumento para la iglesia de Guayatá, en el valle de Tenza, y de las miniaturas de Pablo Agustín Calderón, párroco de Guayatá, y Braulio Antonio Medina Camacho, pariente de la esposa de Torres, no se sabe de su trabajo artístico en aquella época de viajes. No obstante, entre sus cuadros de tipos y costumbres figuran escenas que sin duda constituyen una memoria pictórica de este período.

Uno de los principios que guiaban a Torres Méndez era el de la fidelidad a la naturaleza. De ahí que se preciara de ser “retratista infalible”. Excepto quizá por las “alegorías”, que eran imaginativas en cuanto a la composición, pero ciertamente no en cuanto a los elementos que las integraban, y los cuadros religiosos, todas las obras de Torres Méndez son representaciones de personas y lugares reales en situaciones reales. La mayoría de cuadros de tipos y costumbres tienen como escenario a Bogotá y sus alrededores, que constituían el ambiente geográfico del pintor. Las demás escenas tienen lugar precisamente en el valle de Tenza, en Antioquia y Neiva y en los caminos de Bogotá a esas provincias. Como ejemplos de Antioquia pueden citarse Mujeres del pueblo en Medellín (Antioquia), Campesinas antioqueñas, Arriero antioqueño, Mulero antioqueño, y Carguero de la montaña de Sansón (Antioquia). De los llanos de Neiva son el Llanero propietario y el Llanero militar, así como los Viajeros tolimenses. Del valle de Tenza es una de sus láminas más conocidas, el Entierro de un niño. Llama particularmente la atención la lámina Habitantes de las orillas del Magdalena, de la Biblioteca Luis-Angel Arango. Su estilo difiere del de todas las demás láminas, y es evidente que el pintor no había alcanzado la maestría en el dibujo, que demostró en sus años de madurez. Bien puede datar de esta época, lo cual la convertiría en su escena de costumbres más antigua.

Poco después de su regreso a Bogotá, a fines de 1842, Torres Méndez conoció a uno de los personajes extranjeros más sugestivos de cuantos visitaron la Nueva Granada en aquella época: el barón Jean-Baptiste-Louis Gros, encargado de negocios de Francia, entre cuyas hazañas se cuenta la de haber descendido a las profundidades del salto de Tequendama atado a unas cuerdas y haber introducido en Colombia el daguerrotipo, a su llegada a Bogotá, en septiembre de 1839. Gros era hijo del pintor napoleónico Antoine-Jean Gros, y sin duda tenía conocimientos y un gusto definido en la pintura, habiendo sido él mismo pintor aficionado. Según Belver, “terminada la misión diplomática del barón, y viéndose obligado a volver a Francia, propuso a Torres que lo acompañara, comprometiéndose a costear el viaje”. Torres no aceptó, “por no abandonar a sus padres, de quienes era poderoso apoyo (19) .

Belver afirma que Torres “en otra ocasión rehusó una propuesta semejante hecha por un inglés”. En esta época de dominio británico de los mares, floreció también el extraordinario interés de los ingleses por la acuarela, por la pintura de viajes y por la “búsqueda de lo pintoresco”. Antes de Edward Mark, el pintor viajero británico históricamente más notable entre quienes visitaron la Nueva Granada, estuvo el londinense Joseph Brown (1802-1874). Durante la década de 1830, Brown compuso, con la colaboración de José Manuel Groot y José Ignacio Castillo, una colección de acuarelas de tipos y costumbres que hoy se encuentra en la Royal Geographical Society de Londres. Debe subrayarse la importancia de esta colección, no sólo por su antigüedad y extensión, sino por cuanto revela nexos anteriormente desconocidos entre la pintura británica de viajes y la pintura de tipos y costumbres de la Nueva Granada, y proporciona indicios vitales para entender los orígenes de esta última. Tanto por las fechas de su permanencia en la Nueva Granada (1825-1835 y 1836-1840), como por su estrecho contacto con los pintores locales, no parece desatinado sugerir que el pintor inglés al que se refiere Belver fue Joseph Brown (20) .

(continuar)

14 Dawn Ades, Art in L.atin America, The Modern Era, 1820-1980, with contributions by Guy Brett, Stanton Loomis Catlin and Rosemary O -Neill, Londres, The Hayward Gallery, 1989, pág. 85. (regresar 14)

15 Leonidas Scarpeta y Saturnino Vergara, “Breve noticia sobre las pinturas, dibujos y esculturas presentados en la Exposición Nacional del 20 de julio de 1871’, en Diario de Cundinamarca, Bogotá, núm. 530, 5 de septiembre de 1871, pág. 1.062. (regresar 15)

16 J. M. Vergara V. y J. B. Gaitán, Almanaque de Bogotá i guía de forasteros para 1867, Bogotá, Imprenta de Gaitán, 1866, págs. 368. (regresar 16)

17 .P.C., op. cit. (regresar 17)

18. J. M. Vergara V. y J. B. Gaitán, op. cit. (regresar 18)

19 José Belver, op. cit. (regresar 19)

20 Sobre Joseph Brown, véase MalĀ­com  Deas, Efraín Sánchez, Aida Martínez, tipos y costumbres de la Nueva Granada, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1989. (regresar 20)