Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

Sastrería alemana. Litografía. Publicada en Dertel ‘s Lesebuch, ca. 1850.

La Instrucción General para los Gremios de Santafé (2) expedida en 1777, contiene las formalidades que debía cumplir quien aspirara a la sastrería: entre los 10 y 14 años los muchachos se iniciaban como aprendices en el taller de un maestro, donde permanecían cuatro años antes de ser admitidos a examen pan pasar a la categoría de oficiales; en ésta permanecían dos años más, concluidos los cuales podían presentarse a un examen (cuyos costos asumía el estudiante), que consistía en la ejecución de una pieza ante dos veedores del gremio. Hasta ser aceptado como maestro, no podía poner tienda ni ejercer.

En el barrio de Las Nieves, el más típicamente artesanal de Santafé, según Julián Vargas (3) , hacia 1780 el mayor número de los oficios tenía que ver con la fabricación de prendas de vestir. Los artesanos de mayores ingresos, cerca de 62. pesos por año, eran los sastres. Naturalmente, entre ellos mismos existían categorías que el vestido señalaba: Miguel Jerónimo López, sastre de virreyes, podía usar capa de grana, sombrero de tres picos, calzón de terciopelo, zapatos con hebilla dorada y otros distintivos reservados a las clases altas (4) .

Los 50 maestros de sastrería que trabajaban en Santafé en 1807 (5) solicitaron autorización para establecer una caja triclave para depositar sus ahorros; deseaban constituir un fondo para atender a los gastos de enfermedad o entierro de los compañeros que fueran muy pobres, a la construcción de un altar adjudicado al gremio en la fiesta del Corpus y a la celebración del día de su patrono, san Homobono.

La organización gremial que caracteriza al siglo XVIII se desploma con las rupturas de la Independencia, pero es justamente en la tienda de un sastre español en donde el 20 de julio de 1810 comienzan los enfrentamientos, y es al Maestro Mayor del Gremio, José María Caballero, a quien debemos la mejor crónica de esos años (6) .

Sastrería china, acuarela, anónimo siglo XVIII.

ENTRE ARTESANOS Y COMERCIANTES

Los primeros gobernantes de la república pretendieron modificar, mediante el cobro de altos derechos de aduana a la ropa, una tradición de 300 años durante los cuales las clases altas se habían identificado entre sí y diferenciado de las inferiores por el uso de la moda europea. La igualdad que auspiciaba la república no se entendió como la obligación de renunciar a determinadas prebendas sino el derecho de acceder a ellas; la idea de un vestido nacional, si en algún momento se consideró, no tuvo ningún eco. Como había sucedido desde el siglo XVI, el gusto y la afición por la ropa extranjera, en vez de ceder, presionaron su introducción por las vías legales o acudieron a los viejos y conocidos caminos del contrabando.

Las importaciones entre 1821 y 1827 fueron de productos británicos, de las colonias inglesas y de Estados Unidos; armas, quincallería, hierro y acero, loza y vidrios, máquinas y, naturalmente, ropa: vestidos, trajes de moda, medias; géneros de algodón, hilo y lana; manufacturas de seda. Únicamente en sombreros para hombre se trajeron 51.943 unidades.

La nueva actividad comercial produjo detrimento en los ingresos de los sastre que, por otra parte, no estaban en condiciones de enfrentarse a una competencia de carácter industrial. El estadounidense John Steuart, fabricante de sombreros calcula en sesenta las sastrerías existentes en Bogotá en 1837, advirtiendo q “los sastres son el conjunto de trabajadores más desigual [...] en un taller hacinan tres y cuatro hombres sentados en butacos bajos, todos apeñuscad frente a la puerta, el único lugar a través del cual puede entrar la luz. Emplean un ojo en el trabajo y otro en la calle; dan una puntada por minuto y yo esto seguro de que un extranjero diestro puede hacer el trabajo de los cuatro y mucho más limpiamente”.

Para mantenerse en vigencia, empezaron a vender las telas y géneros importados requeridos para la confección y también accesorios para el vestuario masculino. A mediados de siglo la apertura total del comercio con el exterior multiplicó los negocios de ropa importada y, a medida que se refinaron las costumbres locales, las tiendas de los sastres se trocaron en almacenes.

Los avisos insertos en la prensa muestran numerosos establecimientos & sastrería; su competencia se basaba en la diversidad y calidad de la mercancía importada. La oferta del almacén de Tomás Rodríguez, sastre español, en 1852 es similar a las de los otros almacenes:

(En ese año el jornal diario era de $ 0,25.)

Casacas, levitas, sacos de color o negros = $ 18 a 20
Sacos o sobretodos de 2a. =$16 a 18
Pantalones de color a escoger de =$ 6 a 7
Pantalones negros elásticos =$7               
Pantalones de satén o raso de lana =$9 a 10

Chalecos bordados de raso negro y de merino de color =$ 6
Chalecos de raso negro liso o de color floreado =$ 4

Chalecos de raso de cuadros =$ 3 y medio
Chalecos de cachemira =$ 4
Chalecos de marsella o pique blanco =$ 2
Chalecos de terciopelo negro =$ 6 y medio
Capas forradas con mangas o sin ellas =$ 26
Corbatas de raso negro, de grot, de razo de colores =R$ 2
Guantes de caritilla legítima blancos y negros =R$ 1-4
Sombreros de felpa extranjeros =$ 6
Sombreros de fieltro =$R 4 y medio
Camisas de lino para hombre, docena =$ 42
Id. de algodón con pechera puños y cuello de lino =$ 30

Otro sastre, A. M. Gardeazábal, se dirigía en 1857 a “Las Gentes de Buen Tono” para anunciarles que “habiendo realizado un viaje a Europa con la mira de estudiar en los tipos genuinos de la moda i del buen gusto todo lo relativo a su profesión, y para relacionarse directamente con las casas más afamadas del mundo elegante que proveen de telas los talleres parisienses cree poder ofrecer al de esta capital que cuenta con todos los elementos necesarios para satisfacer hasta los más exigentes caprichos de la moda”. Anunciaba, además, “suscripciones a los periódicos de que son realmente el eco de la moda i el buen gusto”.

La importación de exclusividades extranjeras reavivó el interés por la moda; hombres y mujeres invertían gustosamente en el cambio de indumentaria hasta tal punto, que un observador crítico sintetiza así: “Es tanto el cuidado que han puesto en eliminar cualquier detalle autóctono en el vestido, que no es difícil pensar que también los importaron a ellos empacados en aserrín (7) .

Aunque también ofrecían algunas mercancías para señoras, ya por entonces el comercio mostraba cierto grado de especialización.

Se pueden apreciar las vestimentas en la plaza de Facatativá. (Iglesia y plaza de Facatativá, tornado de Le Tour du Monde, Librairie Hachette, et ci t ., París, 1877).

¿LABORES PROPIAS DE SU SEXO?

Al finalizar la Edad Media, las mujeres habían sido desplazadas de los talleres artesanales por las ordenanzas de los gremios, que eliminaban así un competidor que cobraba menos. Su tradicional trabajo en el ramo textil o como ayudantes de sastres, bordadores y peleteros fue prohibido; es decir, pasó a la clandestinidad.

(continuar)

2 AHNC, Fondo Colonia, Miscelánea, 1. III, fols. 287 a 298 r. y y. (regresar 2)

3 Julián Vargas Lesmes, La sociedad de Sa,mtafé colonial, Bogotá, Cinep, 1990. (regresar 3)

4 Ambrosio López, El desengaito, Bogotá, Imprenta de Espinosa, por Isidro García Ramírez, 1851. (regresar 4)

5 AHNC, Fondo Colonia, Miscelánea, t. III, foja. 263 r. y y., 264 r. (regresar 5)

6 José María Caballero. Particularid a des de Santaf é , Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura
 Colombiana, 1946.
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7 Isaac Holton, La Nueva Granada, veinte meses en los Andes, Bogotá, Banco de la República, 1981. 
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