Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 28, Volumen XXVIII, 1991
 

Las españolas introdujeron en América el arte del bordado (lo denominaban ‘labrado”), que practicaban para su propio uso. Trajeron también los instrumentos adecuados, como agujas de coser, agujas de labrar, tijeras, rasos, terciopelos, cordones de seda, hilos de diversas calidades, sedas para bordar, etc. (8)

Las camisas bordadas en las mangas, en el descote (o cabezón) y en la parte delantera con motivos florales o geométricos, de tradición árabe, constituyeron, según los historiadores del traje español (9) , uno de los rasgos originales de moda nacional que llegó a influir fuera de España. Usadas por Isabel la Católica y por Margarita de Austria (esposa de Carlos V), debieron de llegar a América con las primeras mujeres que desembarcaron. Por esos mismos años se difundió la fabricación de encajes y “puntas”, para los espléndidos cuellos (lechuguillas) que usaban hombres y mujeres. Nacieron así los gremios de encajeros es Flandes, Italia y Francia en los cuales se admitían mujeres.

Impedidas por las ordenanzas gremiales para trabajar en los talleres, anónima e incuantificables, las mujeres americanas cosieron, bordaron o remendaron la ropa de sus familias, o colaboraron calladamente en los talleres de sus esposa y de sus padres. Don Francisco Silvestre, gebernador de Antioquia a finales del siglo XVIII, proponia que para proteger a “la viuda honesta, doncella o casada que no tiene arbitrios para trabajar[...] se les pueden facilitar algodón, o lana para que escarmenen o desmoten, hilen, tejan, hagan medias o calcetas y otras labores propias de su sexo [...] que volviendo las trabajadas en su casa se les pagaría su trabajo” (10) . La propuesta era innovadora.

También expresaba un cambio la actitud del virrey de Nueva España, quien en 1798 mandó publicar un bando “permitiendo a las mujeres el bordado" y ocuparse de cualesquiera labores o manufacturas compatibles con su decoro y fuerzas, sin embargo de las ordenanzas gremiales o providencias gubernativas que disponían lo contrario”. Entre los motivos que aduce para ese cambio, están la necesidad de atender a la subsistencia de la familia y lo propio de las manos femeninas para labores como el bordado y otras semejantes que casi podían mirarse como indecentes al sexo varonil (11) .

Vestimentas en Bogotá, grabado en metal (Voyage dans les deux Ameriques, L. Tense, H. Dupuy, París, sf).

¿Estaban los dos funcionarios influidos por la experiencia conseguida en Francia, en donde desde 1675 se habla permitido a las mujeres fabricar lencería? Con el expreso derecho a la aguja, el hilo y el dedal, se daba a las mujeres americanas la ilusión de un instrumento económico. No podían ellas percibir el peligro que se escondía en esa separación de las actividades como propias de uno u otro sexo. La experiencia enseña que fue otra manera de marginarlas.

En documentos del siglo XIX es común que las mujeres se refieran a su ocupación como hilanderas, tejedoras o costureras. Sobre la difusión que tenían esas labores femeninas a comienzos del siglo pasado, encontramos un indicio en la narración Un chistoso de aldea, de Soledad Acosta de Samper, que se desarrolla en Guaduas en 1809; se refiere a cuatro hermanas “que tenían manos de primor para confeccionar toda suerte de obras de mano, bordados en blanco, costuras finísimas, encajes y randas tan artísticas y perfectas, que las señoronas de Santa fé, desde la Virreina para abajo, solían encargar a las Sánchez, encajes y bordados que enviaban a España...”.

Los colegios femeninos ponían gran énfasis en la enseñanza de labores manuales como “bordados en cadeneta, al pasado, de sedas de colores, de estambres, felpilla, crespón, hilo de oro, punto imitando encaje y diferentes deshilados para pañuelos de batista, paños, encajes de punto de malla, flecos y varias curiosidades (12) En la misma época, Josefa Acevedo de Gómez, quien se debatía entre las actividades intelectuales y las puramente domésticas, recomendaba a las mujeres no gastar su tiempo en bordados y labores inútiles.

La feria de las criadas, Burgos, España. Grabado de Tomás Carlos Capuy, Madrid, 1875. (Tomado de: Trajes y costumbres, 1988).

El uso de camisas bordadas, para mujeres y para hombres, puede seguirse en múltiples observaciones de cronistas y viajeros: Cartagena, 1720: “Una camisa muy delgada (que enrejan sacando muchos hilos en cruz) con cabezón de encaje muy ancho guarnecido de arrugas puntas al aire del mismo lienzo, ahugeradas y labradas de varios colores...” (traje de mulatas, mestizas y zambas) (13) . Vélez, 1850: “Distínguense [las mujeres de clase media] por el limpio vestido compuesto de camisa profusamente bordada de colores...” (14) .

Cartago, 1884: “Las mujeres hacen bonitos bordados multicolores en el tambor [...] las camisas de las fiestas [...] abiertas holgadamente sobre el pecho y atadas a la cintura por medio de un sencillo cordón están adornadas con estos, bordados...” (15) En esa prenda, aún vigente 400 años después de la Conquista, estaba patente la herencia hispano-árabe de las camisas bordadas por mano femenina. Un trabajo diferente, aunque también manual, era la costura de vestidos.

Escuela de modisteria, en Rechmond (grabado en madera en Frank´s Ilustrated Newspaper, 1866).

 

(continuar)

8 Juan Puede, Fuentes documentales para la historia de la Nueva Granada, Bogotá, Banco Popular. (regresar 8)

9 Carmen, Bernia Madrazo, lndumentaria medieval española, Madrid, Centro de Estudios Históricos Diego de Velásquez, 1956. (regresar 9)

10 Francisco Silvestre, Relación, de la provincia de Antioquia, Medellín, Secretaría dc Educación y Cultura de Antioquia, 1988, pág. 523.  (regresar 10)

11 Richard Konetzke , Colección de documentos para la Historia de la formación social de Hispanoamérica, 1493-1810, Madrid, Instituto Jaime Balmes CSIC, 1958, vol. III, t. II, pág. 767. (regresar 11)

12 Aviso del Colegio de Dolores y de Urdaneta, en El Neogranadino, noviembre de 1852, pág. 128. (regresar 12)

13 Enrique Otero D’Costa (trad.)Diario del príncipe de Santo Buenos, en Boletín de Historia y Antigüedades, marzo, abril y mayo de 1946, pág. 167. (regresar 13)

14 Manuel Ancizar, Peregrinación de Alpha, Bogotá, Banco Popular, 1984, pág. 99. (regresar 14)

15 Edward André, América equinoccial, Barcelona, Montaner y Simón. Editores, 1884. Edición Facsimilar, Cali, Carvajal S.A., 1982. (regresar 15)